domingo, 23 de enero de 2022

¿Filosofía versus Ciencia?

 


En la antigüedad clásica, el filósofo era, a la vez, científico. Sin embargo, en llegando la Edad Media, se diferenció la Filosofía de la Filosofía Natural, como se llamaba a la Física por aquel entonces. Así pues, la Filosofía Natural quedaba como una parte de la Filosofía, quizás un capítulo de la misma.

Ahora bien, llegados al siglo XVII, la Física (en general la Ciencia) comienza a desarrollarse a un gran ritmo, mientras que la Filosofía parece estancarse. Se acentúa, entonces, una disputa histórica de larga data, una discusión entre los físicos y filósofos acerca de la naturaleza de sus disciplinas y los límites de la ciencia. ¿Pueden los instrumentos y experimentos (o la razón pura y modelos teóricos) revelar alguna vez la naturaleza última de la realidad? ¿El triunfo de la física moderna convierte la filosofía en obsoleta? ¿Qué filosofía, si tienen alguna, podría decirse que poseen los físicos teóricos modernos? Diversos pensadores abordan todas estas cuestiones y tratan de reparar el creciente cisma entre estas dos grandes escuelas de pensamiento. Cuando los físicos hacen afirmaciones sobre el universo también están participando en una gran tradición filosófica que se remonta a miles de años. Inevitablemente, los físicos son filósofos, también.

Pero, no nos adelantemos. Comencemos por el principio: ¿Qué es la Filosofía? Y ¿Qué es la Ciencia y, en particular, la Física?

Desde que las condiciones socio-económicas permitieron que el hombre se sentara a pensar sobre las cuestiones que despertaban su curiosidad como, por ejemplo, qué es el hombre, cuál es el significado de su existencia sobre el planeta, hay vida después de la muerte, existe Dios, etc., comienza a acumularse un conjunto de reflexiones sobre la esencia, las propiedades, las causas y los efectos de las cosas naturales, especialmente sobre el hombre y el universo. Es a este conjunto de reflexiones a lo que llamamos Filosofía.

En su acepción literal, la filosofía es, según su etimología, el amor a la sabiduría (viene del griego filos: amor y sophia: sabiduría). Es el estudio de problemáticas diversas como son el conocimiento, la mente, la consciencia, la ética, el lenguaje, la belleza, la moral.

Pues bien, ¿Y qué es la Ciencia?

Podemos decir que: Ciencia es la rama del saber humano constituida por el conjunto de conocimientos objetivos y verificables sobre una materia determinada que son obtenidos mediante la observación y la experimentación, la explicación de sus principios y causas y la formulación y verificación de hipótesis y se caracteriza, además, por la utilización de una metodología adecuada para el objeto de estudio y la sistematización de los conocimientos.

Como vemos, las definiciones coinciden grandemente y solo difieren en la parte instrumental, es decir, en el cómo se obtiene el conocimiento, pero, por lo demás, son similares.

Ahora bien, ¿Por qué se las compara con el objeto de preferir una y denostar la otra? Veamos algunas posturas en uno y en otro sentido:

En abril de 2012 el físico teórico, cosmólogo y autor de best sellers Lawrence Krauss se vio en apuros en una entrevista con Ross Andersen para The Atlantic titulada “¿Ha trans­formado la Física en obsoletas la Filosofía y la Religión?” La respuesta de Krauss a esta pregunta consternó a los filósofos porque comentó, “la filosofía solía ser un campo que tenía contenido”, a lo que más tarde añadió: “La filosofía es un campo que, por desgracia, me recuerda esa vieja broma de Woody Allen, "aquellos que no pueden hacer, enseñan, y los que no pueden enseñar, enseñan gimnasia”. La gente en la filosofía se siente amenazada –y tienen todo el derecho a sentirse amenazados, porque la ciencia progresa y la filosofía no”.

Más tarde ese año Krauss tuvo una discusión amigable con el filósofo Julian Baggini en The Observer. Aunque mostrando un gran respeto por la ciencia y de acuerdo con Krauss y la mayoría de los físicos y cosmólogos que no hay “más cosas en el universo que las de la ciencia física”, Baggini se quejó de que Krauss parece compartir “algunas de las ambiciones imperialistas de la ciencia”. Baggini expresa la opinión común de que “hay algunos problemas de la existencia humana que simplemente no son científicos. No puedo ver cómo meros hechos podrían alguna vez resolver la cuestión de lo que es moralmente correcto o incorrecto, por ejemplo”.

Krauss distingue entre “preguntas que son con­testables y las que no lo son” y las contestables caen mayormente en el “dominio del co­nocimiento empírico, también conocido como la ciencia”. En cuanto a las cuestiones mo­rales, Krauss afirma que sólo son respondidas por “la razón... basada en la evidencia empírica”. Baggini no puede ver cómo cualquier “descubrimiento de hechos jamás podría resolver una cuestión del bien y el mal”.

Notables filósofos se molestaron con la entrevista de The Atlantic, incluyendo a Daniel Dennett, de la Universidad de Tufts que escribió a Krauss. Como resultado, Krauss escri­bió una explicación más cuidadosa de su posición que fue publicada en la revista Scienti­fic American en 2014 bajo el título "La consolación de la filosofía". Allí fue más generoso con la contribución de la filosofía al enriquecimiento de su propio pensamiento, aunque concedió poco de su posición básica: “Como físico experimental... Yo, y la mayoría de los colegas con quienes he discutido este asunto, hemos encontrado que las especulaciones filosóficas sobre la física y la natura­leza de la ciencia no son particularmente útiles y han tenido poco o ningún impacto sobre el progreso en mi campo. Aunque, en varias áreas asociadas con lo que con razón se puede llamar Filosofía de la Ciencia he encontrado reflexiones muy útiles”.

Krauss no está solo entre los físicos en su desdén por la filosofía. En septiembre de 2010 los físicos Stephen Hawking y Leonard Mlodinow publicaron un disparo que se escuchó alrededor del mundo y no sólo el mundo académico. En la primera página de su libro, The Grand Design, escribieron: “La filosofía ha muerto”, porque “los filósofos no se han mantenido al día con los desarrollos modernos de la ciencia, en particular la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”.

Las preguntas que la filosofía ya no es capaz de manejar (si alguna vez lo fue) incluyen: ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde vino todo? ¿Necesita el universo un creador? Según Hawking y Mlodinow, sólo los científicos ––no los filósofos– pueden proporcionar las respuestas.

El famoso astrofísico y divulgador de ciencia Neil deGrasse Tyson se ha unido al debate. En una entrevista en el podcast de Nerdist, de mayo de 2014, Tyson comentó: “Mi pre­ocupación es que los filósofos creen que en realidad están haciendo preguntas profundas sobre la naturaleza. Y para el científico es, ¿Qué están haciendo ustedes? ¿Por qué se enfrascan en el significado del significado. Su mensaje general fue claro: La ciencia se mueve; la filosofía permanece sumida, inútil y efectivamente muerta.

Ni que decir tiene, Tyson también ha sido fuertemente criticado por sus puntos de vista. Su posición puede ser aclarada viendo el video de su aparición en un foro en la Universi­dad de Howard en 2010, cuando estaba en el escenario con el biólogo Richard Dawkins. El argumento de Tyson es sencillo y es el mismo que expresara Krauss: Los filósofos desde la época de Platón y Aristóteles han afirmado que el conocimiento sobre el mundo se puede obtener sólo por el pensamiento puro. Como explica Tyson, tal conocimiento no se puede obtener por alguien sentado en un sillón. Sólo se puede obtener mediante la observación y el experimento. El físico Richard Feynman había expresado una vez una opi­nión similar sobre los “filósofos de sillón”. Dawkins estuvo de acuerdo con Tyson, seña­lando que la selección natural fue descubierta por dos naturalistas, Charles Darwin y Al­fred Russel Wallace, que trabajaban en la recolección de datos de campo.

Lo que estamos viendo aquí no es un fenómeno reciente. En su libro de 1.992 Sueños de una teoría final, el premio Nobel Steven Weinberg tiene todo un capítulo titulado “Contra la Filosofía”. Weinberg sorprende acerca de “la irracional ineficacia de la filosofía”.

Sin embargo, como decíamos más arriba, no hace mucho en la historia no se hacía distinción entre la Física y la Filosofía. Thales de Mileto (circa 624-546 antes de nuestra era; a.n.e.) es considerado generalmente como el primer físico, así como el primer filósofo, de la tradición occidental. Buscaba explicaciones natu­rales de los fenómenos que no hacían ninguna referencia a la mitología. Por ejemplo, ex­plicó los terremotos como el resultado de la Tierra descansando sobre el agua y siendo sacudida por las olas. Razonó esto desde la observación, no desde el pensamiento puro: La Tierra está rodeada de agua y se ve que los barcos se sacuden en el agua. Aunque la explicación de Thales para los terremotos no era correcta, significaba una mejora sobre la mitología de que son causados por el dios Poseidón golpeando el suelo con su tridente.

Thales es famoso por predecir un eclipse de sol que los astrónomos modernos calculan que ocurrió sobre Asia Menor el 28 de mayo de 585 a.n.e. La mayoría de los historiadores de hoy, sin embargo, dudan de la verdad de esta historia. La contribución más significa­tiva de Thales fue proponer que todas las sustancias materiales se componen de un solo constituyente elemental, verbigracia, el agua. Si bien estaba (no sin razón) equivocado sobre que el agua es elemental, la propuesta de Thales representa el primer intento re­gistrado, al menos en Occidente, de explicar la naturaleza de la materia sin la invocación de espíritus invisibles.

Thales y otros filósofos jónicos que siguieron sostuvieron una visión de la realidad, que ahora se llama monismo material, en la que todo es materia y nada más. Hoy en día esto sigue siendo la opinión predominante de los físicos, que encuentran no hay necesidad de introducir elementos sobrenaturales en sus modelos, que describen con éxito todas sus observaciones hasta la fecha.

La brecha a la que Tyson se refería, se formó cuando la física y la filosofía natural comen­zaron a divergir en disciplinas separadas en el siglo XVII, después de que Galileo y New­ton introdujeran los principios que describen el movimiento de los cuerpos. Newton fue capaz de derivar de los primeros principios las leyes del movimiento planetario que habían sido descubiertos antes por Kepler. La exitosa predicción del regreso del cometa Halley en 1759 demostró a todos el gran poder de la nueva ciencia.

El éxito de la física newtoniana abrió la perspectiva de una postura filosófica que se cono­ció como el universo de relojería, o, alternativamente, la máquina newtoniana del mundo. De acuerdo con este esquema, las leyes de la mecánica determinan todo lo que sucede en el mundo material. En particular, no hay lugar para un dios que desempeñe un papel activo en el universo. Como evidenció el matemático, astrónomo y físico francés Pierre-Simon, marqués de Laplace, las leyes de Newton eran en sí mismas suficientes para ex­plicar el movimiento de los planetas en toda la historia anterior. Esto lo llevó a proponer una noción radical que Newton había rechazado: No se necesita nada aparte de la física para entender el universo físico.

Mientras que el universo de relojería ha sido invalidado por el Principio de Incertidumbre de Heisenberg de la Mecánica Cuántica, ésta sigue siendo endiabladamente difícil de in­terpretar filosóficamente. En lugar de decir que la física "entiende" el universo, es más exacto decir que los modelos de la física siguen siendo suficientes para describir el mundo material como lo observamos con los ojos y los instrumentos.

Ahora bien, estimados amigos, quisiera volver atrás y detenerme en el párrafo donde Julian Baggini expresa una queja contra Krauss diciendo: Hay algunos problemas de la existencia humana que simplemente no son científicos. No puedo ver cómo meros hechos podrían alguna vez resolver la cuestión de lo que es moralmente correcto o incorrecto, por ejemplo. 

¡Ah, mes amies! Frases tan categóricas (podemos incluir aquí varias de las que hemos visto más arriba) no auguran un buen futuro al que las profiere. La ciencia tiene la simpática costumbre de acallar categóricos. Y como para muestra basta un botón, si me permiten, les contaré una pequeña anécdota: El, por algunos, considerado creador del positivismo Auguste Comte (que más allá de esta anécdota fue una muy buena persona), cayó en la tentación de ser categórico y en cierta oportunidad afirmó: Si hay algo que el hombre nunca podrá saber, es de qué están hechas las estrellas. Lo que Comte no sabía es que, años antes, en 1814, Joseph von Fraunhofer había investigado con seriedad acerca de las líneas de absorción en el espectro del Sol, con la invención del espectroscopio. Líneas se siguen llamando en nuestros días líneas de Fraunhofer en honor suyo. Fue el primero en darse cuenta de que los espectros de Sirio y de otras estrellas brillantes eran distintos entre sí y del Sol, iniciando de ese modo la espectroscopia estelar, que es la disciplina con la que hoy sabemos... ¡de qué están hechas las estrellas!

Volviendo a nuestro amigo Julian Baggini, diré que, en la enseñanza de la física, se hace ver al alumno que ésta trata sólo con magnitudes. Si algo es una magnitud, entra en el dominio de la Física; si no lo es, no entra. Pero entonces, ¿Qué es una magnitud? Una respuesta fácil y directa es que magnitud es todo aquello que se pueda medir. Por ejemplo, la longitud, ¿Se puede medir? ¡Por supuesto, hasta con un metro de costurera! Pues entonces, la longitud es una magnitud. El tiempo, ¿Se puede medir? Sí, el tiempo se puede medir. Luego el tiempo es una magnitud física. Pero, la bondad, ¿Se puede medir? Pues, hasta aquí, no, ergo, la bondad no es una magnitud física y, en consecuencia, la Física no trata con ella (en general no son magnitudes ninguna virtud o vicio, que es lo que postula Baggini). Ahora bien, queridos amigos, ¿Será esto siempre así? ¿Podemos afirmar que nunca podremos medir la bondad, transformándola en una magnitud física? Creo que sería arriesgado afirmarlo. Piénsese si no, en que en el Medioevo y antes no había manera de medir la capacidad intelectual, hoy tenemos el CI que es justamente eso, una medida de la capacidad intelectual (con sus defectos y críticas, todavía). En otras palabras, puedo estar de acuerdo con Julian en que hoy la Física no trata con la moral, bondad, ética, etc. En lo que no puedo estar de acuerdo es que eso será siempre así.

Por último, y para concluir, yo diría que no está bien enfrentar la Filosofía con la Ciencia. Más bien, pienso que se están fundiendo una en la otra, enriqueciéndose mutuamente. Creo que los científicos deben incorporar los métodos y conocimientos desarrollados por la filosofía y los filósofos deben incorporar los métodos y conocimientos desarrollados por la ciencia.

Tal vez estamos a punto de ver nacer la Filociencia o la Ciensofía.

¡Hasta la próxima!

domingo, 16 de enero de 2022

¿Qué ha pintado la selección natural en nuestro lienzo genético?

 ¡Saludos, queridos amigos!

En la nota de policromiadeideas.blogspot.com del 4 de octubre de 2021, titulada El doctor Carl Sagan, pudimos ver, de su mano, cómo el hombre “modeló” los cangrejos Heike de modo tal que portaran la cara de un samurai en su caparazón. La obvia intención de Sagan era mostrarnos cómo opera la selección natural con todas las formas vivas, con ese ejemplo de selección artificial.

Ahora bien, la selección natural trabaja 24/7, lo hizo en el pasado, lo hace en el presente y lo hará en el futuro. Veamos un ejemplo actual: Cuenta la historia que el primer plástico tuvo sus inicios en Estados Unidos, en 1860, cuando se ofreció un gran premio para quien pudiera sustituir el marfil para fabricar bolas de billar. El vencedor fue John Hyatt, quien inventó el celuloide, que a su vez dio origen a la industria cinematográfica. A partir de allí, han sido inventados gran variedad de plásticos y, como es bien sabido, con ellos hemos contaminado todo el planeta. Y, si bien el primer plástico es de 1860, la contaminación seria comenzó hace no mucho tiempo, digamos, 50 años.

En 2016, un equipo científico japonés descubrió una bacteria que había mutado para ser capaz de descomponer la molécula del tereftalato de polietileno (PET), un tipo de plástico muy usado en la fabricación de envases. Ahora, basándose en este descubrimiento, investigadores de la Universidad de Portsmouth (Reino Unido) y del Departamento de Energía de Estados Unidos han modificado la enzima producida por la bacteria, resultando de ello una nueva molécula capaz de descomponer el plástico incluso mejor de lo que hacía el organismo unicelular.

La moraleja entonces es: Si existe superabundancia de plástico en el medio ambiente, proliferarán los organismos que pueden aprovecharse de ello. En otras palabras, amigos, la selección natural supervisa permanentemente las condiciones ambientales y favorece los organismos y las conductas que mejor puedan adecuarse a ellas.

Pues bien, analicemos ahora las condiciones ambientales en las que vivían nuestros ancestros del Paleolítico.

Comencemos diciendo que la palabra Paleolítico proviene del griego y significa “piedra antigua”. Hace referencia al período del desarrollo humano de la Edad de Piedra antigua que antecedió al Mesolítico (que también corresponde a la Edad de Piedra, pero a la etapa media) y al Neolítico, tercera y última etapa de esta Edad de Piedra.

El Paleolítico comenzó con la aparición del hombre hace unos 3 millones de años y se extendió hasta el 10.000 antes de nuestra era (a.n.e.). Fue la etapa más prolongada de la Edad de Piedra, que se caracterizó por el uso de herramientas muy rudimentarias, como la piedra astillada.

Las herramientas de piedra resultaron los primeros artefactos culturales que los historiadores emplearon para reconstruir la vida del humano durante el Paleolítico. Además, se encontraron vestigios de pinturas rupestres en las cavernas, con escenas de recolección de frutos y de prácticas de cacería que realizaban conformados en grupos.

El período del Paleolítico se divide en tres partes:

Paleolítico inferior. Es la primera parte que abarcó desde 3 millones de años atrás hasta el 250.000 a.n.e. Los humanos eran nómades, se refugiaban en cuevas para protegerse del frío y de los animales salvajes. El gran aporte para la humanidad fue el descubrimiento del fuego.

Paleolítico medio. Es la segunda etapa que abarcó desde el 250.000 a.n.e. hasta el 30.000 a.n.e. Los humanos, en continua evolución, alcanzaron la fase de hombre de Neandertal, que se caracterizó por su inteligencia y por mejorar las armas que utilizaban para la caza.

Paleolítico superior. Es la tercera etapa que abarcó desde 30.000 a.n.e. hasta el 10.000 a.n.e. Se encontró la mayor cantidad de evidencias del desarrollo artístico (como las pinturas rupestres y pequeñas esculturas de arcilla o de hueso). La evolución del humano alcanzó la fase de hombre de Cromañón, que tenía mayor capacidad para comunicarse.

La lucha por la supervivencia fue, en los tiempos paleolíticos, una lucha del ser humano con el medio natural y con sus competidores de otras especies animales (tigres diente de sable, osos cavernarios, mamuts, lobos…). La vida era muy dura y sólo una minoría de seres humanos llegaría a los 40 años de edad y los que lo hacían, seguramente la tendrían difícil, aquejados de dolores de artritis, reumatismo, escorbuto y amenazados de muerte con cada hueso roto o muela infectada.


El interrogante, entonces, es: ¿Qué tipo de conductas favoreció la selección natural, en este contexto?

Fundamentalmente tres:

1.- La vida comunitaria. El hombre del Paleolítico debió aprender a vivir en sociedad por una razón muy simple: Para conseguir alimento y seguridad había que desenvolverse en grupo porque se competía contra adversarios muy poderosos y hacerlo solo era una condena de muerte.

2.- Pero, tampoco el grupo debía ser muy numeroso porque dificultaría los desplazamientos y aumentaría la demanda de alimentos. Así pues, aparece el clan, grupo relativamente pequeño estructurado alrededor de un líder o macho alfa que lo conduce.

3.- Es interesante notar que los distintos clanes se ven a si mismos como adversarios o rivales pues, en definitiva, compiten por los mismos recursos. No es raro, entonces, que exista guerra entre ellos y que los miembros de un clan execren a los miembros de otro. Razón de más para no vivir en soledad pues, uno podía ser eliminado por los miembros de un clan que lo sorprendieran solo.

Al respecto, viene a cuento recordar una escena de la película 2001: Odisea del espacio, en la que homínidos de un clan, desde una de las orillas de un riachuelo se enfrentan a los de otro clan, en la otra orilla, a los gritos y arrojándose piedras y palos.

 

Ahora bien, la conducta número 1, motorizada por la realidad que vivía el hombre del Paleolítico fue usada por la selección natural para moldear humanos con tendencia a la vida en sociedad. De hecho, en la escuela se estudia que el hombre es un ser gregario, y se agrega la frase por naturaleza. Ese por naturaleza quiere decir: genéticamente predispuesto a vivir en sociedad.

Tanto así es que, al que se aparta de los otros y vive en solitario se lo considera enfermo.

La conducta número 2, da origen, en tiempos modernos, a la familia. La familia representa la continuidad de aquellos clanes paleolíticos que, sin duda, también deben haber incluido a los hijos del macho alfa con las distintas hembras del grupo.

Y es muy interesante detenerse a considerar lo que implica la estructuración del grupo detrás del macho alfa. Veamos que, en nuestra sociedad actual se persigue ser el macho alfa en cualquier actividad: Ser el campeón mundial de automovilismo, por ejemplo, ser el empresario más exitoso, ser el hombre más rico del mundo, tener el libro más vendido de todos, ser el político más votado, etc. Es decir, el concepto de macho alfa impregna la sociedad actual y representa la aspiración de la mayoría de los humanos en cualquiera de los campos de actividad.

La conducta número 3 no es menos importante en sus consecuencias actuales pues, es la responsable de la xenofobia. Si, así es, ¿Qué es la xenofobia sino la animadversión hacia gentes de otra etnia, religión, ideas políticas,… en definitiva, ¡Hacia gente de otros clanes!?

Desde luego que no todo es mandato genético, también hay componentes culturales, pero, en la base, está lo que la selección natural ha hecho de nosotros.

  Mucho se habla en la actualidad de la actitud xenófoba de algunos pueblos para con sus vecinos, para con los inmigrantes, para con los de otra nacionalidad o religión, etc. Se los condena pensando que el siglo XXI no debería ver ya ese tipo de conductas. Sin embargo, queridos amigos, quisiera reclamar su poderosa atención de ustedes sobre el siguiente interrogante: ¿Es realmente la conducta xenófoba producto del libre albedrío (en cuyo caso sería totalmente condenable)? ¿O, por el contrario, es una conducta regida por la genética humana (y no sólo humana, los primates se comportan igual) que la ciega, pero omnipotente, selección natural ha filtrado en nuestro genoma (en cuyo caso no sería condenable)?

Piensen ustedes, queridos amigos, que la xenofobia ha acompañado al hombre desde siempre, no es un invento moderno, ni del medioevo. Esto estaría a favor de la segunda hipótesis de más arriba. Piensen, por ejemplo, que en un mundo que intenta globalizarse (lo que no sería una mala idea, en principio) florecen por doquier los nacionalismos a ultranza que fijan posturas inamovibles a favor de la diferenciación, no de la integración. Verbigracia, Catalunia vs. España.

Piensen, por ejemplo, en la pelea, a veces a muerte, de los hinchas de un club de fútbol contra los de sus rivales de barrio. Piensen en las banderas detrás de las que se encolumnan y que permite reconocer a "los míos" de "los mugrientos del otro equipo". Piensen en las divisiones peronistas-antiperonistas, nazis-antinazis, judíos-antijudíos, norteamericanos-antinorteamericanos,....

Piensen también en cómo se critica a un político que quiere edificar un muro en la frontera de su país con otro, sin tener en cuenta el muro que se levanta en todo barrio privado para separarlo de “los otros”.

¿Son estas actitudes producto del libre albedrío de los pueblos? ¿O son el resultado de un rígido mandato genético? (Repito que, aun cuando la xenofobia pueda tener un componente cultural, por ejemplo, un individuo educado en el odio hacia los que no sean nazis; no se puede desconocer la inclinación hacia esta conducta que aportan los genes).

Si la respuesta correcta es la primera hipótesis, es decir, es una conducta elegida libremente por cada agente, entonces, es enteramente condenable en un ser que se considera racional.

Si la respuesta correcta es la segunda hipótesis, ya no es tan condenable, como no lo es el hecho de padecer una tara genética.

Por supuesto que cabe la apreciación de que el hombre puede tener la tendencia hacia la xenofobia pero, cuenta con su libre albedrio para decidir si se deja llevar por ella o no. Sin embargo, más allá de lo que viéramos en la nota titulada Mizuki sobre el libre albedrio, lo que no se puede negar es la existencia de la tendencia.

Interesante tema, queridos amigos, ¿Verdad? Y no quisiera finalizarlo sin que podamos apreciar una actitud que, disfrazada de pintoresca parte del show, esconde la más pura y rancia xenofobia y nos recuerda, vívidamente, la mencionada escena de 2001: Odisea del espacio:

https://www.youtube.com/watch?v=X0W7YdKYPl0

¡Saludos y hasta la próxima!

 

 

 

 

domingo, 9 de enero de 2022

Los últimos días de Enrico Caruso

 

Siempre me gustó la traducción. La tarea de buscar la forma en que el texto traducido refleje fielmente el original y de la manera más elegante posible. Recuerdo que una de mis primeras traducciones, del inglés en este caso (también las he hecho del francés), se trató de un libro de programación de la Empresa Digital Co. Y también muy temprano en mi andar traductor se sitúa esta otra traducción de la que quiero hablarles. Integraba yo por aquel entonces (década del 70), el Coro Universitario de Mendoza y un día le comenté a la preparadora vocal del coro (y excelente cantante lírica), Fenicia Malgiolo de Cangemi, que estaba leyendo un libro, en inglés, que incluía un capítulo sobre Enrico Caruso. La Pepa (así llamábamos a Fenicia) me aleonó para que lo tradujera y así, joven y con ínfulas, me aboqué a la tarea. El libro era 13 famosos pacientes del médico Noah Daniel Fabricant. Al cabo de un lapso del que no recuerdo la duración, tuve lista la traducción. Recuerdo la fruición con que lo leyó la Pepa y su agradecimiento por mi labor.
Luego, las arenas del tiempo fueron cubriendo el episodio y, finalmente, no recordé más el tema. Pasaron décadas y, hace no muchos días, revisando papeles viejos, ¡Oh, sorpresa! ¡Apareció el original de la traducción (escrita en una Lexicon 80 y de la que di a Pepa una copia al carbónico)! Contento con el regreso del hijo pródigo decidí que, además de los diez bueyes que sacrifiqué para festejarlo, sería oportuno remozar la traducción y compartirla con todos ustedes (que no han podido asistir a los bueyes). De modo que aquí la tienen, ¡Disfrútenla!




La fama de Enrico Caruso, el más grande tenor dramático de las primeras dos décadas del siglo XX, creció durante su vida hasta tan grandes alturas que incluso aquellos que sabían muy poco de ópera conocían su nombre. Hoy, más de un siglo después de su muerte, Caruso continúa deleitando a los amantes de la música de todo el mundo gracias a la rica herencia de sus registros fonográficos.

Caruso 1873 - 1921

Mucha gente cree todavía que cuando Caruso sangró por la boca, durante su actuación del 11 de diciembre de 1920, fue debido a un incipiente cáncer localizado en su laringe, lengua o pulmones. Esta fue, inclusive, la errónea culminación del argumento del filme El gran Caruso, de hace varios años. La realidad, en cuanto a los hechos médicos concierne, es que la enfermedad final de Caruso y su muerte difieren grandemente de la leyenda popular.

Enrico Caruso nació en Italia el 27 de febrero de 1873. Fue un hombre saludable la mayor parte de su vida. Un hombre simple y pacífico. Medía alrededor de 1,75 metros y pesaba 80 kilos; peso que disminuía alrededor de 1,5 kilos después de cada actuación. En lo que hace a sus hábitos personales, se puede acotar que Caruso era un empedernido fumador de cigarrillos egipcios, no así, en cambio, de mucho comer. Ya en la ópera, tenía por costumbre cambiar de camisa en los entreactos, aprovechando esas oportunidades para perfumarse con agua de colonia. La noche anterior a cantar bebía alrededor de media botella de magnesia potenciada Henri disuelta en agua, antes de retirarse a dormir sus ocho horas habituales.

En forma rutinaria todas las mañanas, alrededor de las nueve, su valet le preparaba un baño de sales y disponía lo necesario para las acostumbradas inhalaciones de vapor que diariamente realizaba Caruso. Su joven esposa americana Dorothy comentaba: Enrico no cantaba durante su baño. Luego de su inhalación, que le ocupaba cerca de media hora, fijaba un espejo contra la ventana, abría ampliamente la boca e introducía un espejo de dentista bien adentro de su garganta para poder examinar sus cuerdas vocales. Si las encontraba enrojecidas las trataba con una solución especial. Por problemas de nariz o garganta Enrico se hacía tratar por el médico Holbrock Curtis, pero de sus cuerdas vocales siempre se hizo cargo él mismo.

Sigue el comentario de la Sra. Caruso: Siempre se dijo que Caruso no se ponía nervioso antes de una actuación. Esto es absolutamente falso pues siempre se ponía extremadamente nervioso y no trataba de disimularlo, incluso solía decir “Claro que estoy nervioso. Cada vez que tengo que actuar siento como si alguien estuviera acechándome para destruirme y debo luchar como un toro para mantenerme. El artista que alardea de no estar nunca nervioso no es un artista, es un mentiroso o un tonto”.

En septiembre de 1919 estaba programada la aparición de Caruso en la ciudad de Méjico, para una temporada de ópera, cobrando la más alta remuneración hasta ese momento pagada a un artista, 15.000 dólares la actuación. Su esposa no lo acompañó porque estaba embarazada. Caruso sufría desde hacía varios años fuertes dolores de cabeza que, en Méjico se tornaron más violentos. Puede verse lo penoso que eran en las cartas que escribió a su esposa en ese período. Estas cartas, siempre mal escritas, son una mezcla de ternura y humor. En una de ellas, escrita el 22 de septiembre de 1919, dice: Luego de terminar de escribir esta tarde tuve más entrevistas con el empresario, señor Rivera, hasta las ocho. A esa hora me encontraba muy cansado y mi cabeza me daba bastantes problemas por lo que me excusé y me retiré a mi dormitorio. Una vez allí me tomé tres aspirinas con un vaso de leche, tras lo cual pude dormir. Los dolores de cabeza continuaron acosando a Caruso, el 26 de septiembre de 1919, escribía: Queridísima Doro, ¡Qué día el de hoy! ¡Ni siquiera tus dos telegramas fueron capaces de aliviar mi dolor! ¡Es terrible! No sé qué es lo que puedo hacer. Tengo miedo que algo me pueda suceder pues realmente me duele mucho. Imagínate que durante la noche tuve la idea de cortarme la cabeza y desangrarme. No sé si este dolor tan fuerte es debido al clima o a que estoy inficionado del tren. Nunca fue como ahora. El dolor es continuo y nada parece aliviarlo. Mi vida es tan regular que no veo razones para estar en tan malas condiciones. De modo que, si me siento mejor, cantaré; si no, no.

El riesgo ocupacional de los cantantes, la laringitis, es una permanente amenaza para el artista que persiste en la tradición teatral de que el espectáculo debe continuar. Forzar la voz a través de la laringe inflamada y congestionada exacerba la condición y puede incluso obligar al cantante a adoptar una técnica artificial que puede, a su cez, distorsionar el patrón vocal. Otra de las cosas que puede causar estragos en un cantante es la ansiedad, el estado de inquietud, ya que desbarata el ritmo respiratorio, tensa las cuerdas vocales y seca las membranas mucosas de las que depende la calidad de la voz. Así las cosas, es fácil entender el estado de ánimo de Caruso cuando, el 9 de octubre de 1919, le escribió a su esposa: Anoche, en el ensayo, no pude sacar bien ningún sonido y esta mañana, antes del aseo, cuando miré mis cuerdas las encontré muy rojas. ¡Puedes imaginarte mi estado de nervios! Luego de tomar un baño volví a la cama y dormí, no muy plácidamente, hasta las doce... Volví a mirar mi garganta para ver si la medicación que me había administrado había sido efectiva y sí, las cuerdas estaban un poco mejor.

Durante el resto del mes, Caruso continuó refiriéndose al estado de su salud. Las cartas a su mujer enfatizan su angustia. Así, el 16 de octubre, decía: ¡Ah Doro mia[1]! No sé qué es lo que puedo hacer. Tengo miedo. No quiero permanecer más tiempo en este país. Quiero morir en tu compañía. Lloro por mi sufrimiento y porque te hago sufrir a ti. ¿Por qué debo sufrir este castigo si no hago nada malo? Me encuentro aquí, pálido y sin aliento, como los muertos. Dos veces he sido atacado por esta desgracia. Pocos días después escribía: ...fui al teatro en muy malas condiciones. Una vez allí, aquieté un poco mis nervios, pero el dolor seguía en mi nuca.

El siguiente día, 19 de octubre, continúa Caruso: Estoy en cama, sufriendo, desde que te dejé anoche. El dolor me ha atacado toda la noche, cariño, y esta mañana creí que me volvía loco. Hace tres días que estoy sufriendo terriblemente y nada es bueno para aliviarme... ¡Imagínate con qué espíritu iré a cantar Sansón dentro de dos horas! Sin aliento, con un nudo en el estómago y todos los nervios del cuello y nariz atacados. En la coronilla siento como si hubiera un incendio permanente. Mis ojos están hinchados... ¡Ah, mi Dios! ¿Qué es lo que he hecho? Ciertamente esto es un castigo. Esa noche Caruso cantó Sansón en el Teatro Toreo. Se había puesto bálsamo de Benjuí en la nariz y se había restregado con él la cabeza y el cuello, luego de lo cual, sin probar la voz, fue a cantar. Para su gran sorpresa todo fue perfecto hasta el final.

A fines de abril de 1920, Caruso partió para Cuba para una temporada de dos meses en La Habana. Su esposa no pudo acompañarlo pues la pequeña hija del matrimonio era muy pequeña para viajar. En las siguientes semanas, las cartas de Caruso a su esposa relataban las dificultades que fue enfrentando en La Habana. Escasamente dormía pues el calor era agobiante y, por primera vez en su vida se vio afectado por un dolor de muelas. En una ocasión le había dicho a su esposa: Sansón era fuerte por sus cabellos, yo lo soy por mis dientes. Cuando uno de ellos caiga, yo caeré con él y Caruso habrá terminado. La observación fue profética.

En el otoño de 1920 Caruso encaraba la temporada de ópera considerablemente cansado. Había llevado a cabo una de las giras más largas y duras, en el lapso de un mes había estado en Montreal, Toronto, Chicago, Saint Paul, Denver, Omaha, Tulsa, Fort Worth, Charlotte y Norfolk. En camino de Montreal a Toronto contrajo un resfrío que lo afectó a todo lo largo de la gira. El 9 de octubre de 1920 escribió a su esposa desde Denver: Ha sido realmente desafortunado comenzar la gira con este terrible resfrío. Lo siento en mi pecho y pienso que tardará bastante en irse.

Caruso regresó sumamente cansado a Nueva York a fines de octubre. La gira había resultado más pesada de lo que él había calculado y, para colmo, su infección respiratoria, en lugar de desaparecer, le había tomado el pecho. Esta condición lo mantenía despierto por las noches por lo que, finalmente, decidió consultar a su médico. No sé quién recomendó a este Dr. H, comenta la señora de Caruso, Enrico había consultado a neurólogos, quiroprácticos y osteópatas, incluso a simples practicantes, pero todos habían fallado en descubrir la causa de sus dolores de cabeza. Por alguna razón particular, pensó que el Dr. H tendría éxito.

La señora de Caruso dudaba seriamente de los conocimientos y honestidad del Dr. H., Lo había visto, el año anterior, dar tratamientos ridículos a Enrico para los dolores de cabeza. Lo recostaba sobre una mesa metálica y colocaba sobre su estómago platos de zinc que llevaban por encima bolsas de arena. Luego hacía circular una corriente eléctrica por los platos, afirmando que el movimiento espasmódico de las bolsas iba a eliminar la gordura y a curar los dolores de cabeza. A continuación, lo sometía a un tratamiento de deshidratación, al cabo del cual había perdido algunos cientos de gramos que recuperaba rápidamente al llegar a casa con sólo beber un poco de agua. Desde luego que sus dolores de cabeza continuaron. Dado que no lo había prevenido al buscar a este médico no dije nada de mi escepticismo, ni protesté cuando un crudo día del mes de noviembre partió para verlo y recibir, por un catarro de pecho, el mismo tratamiento que para un dolor de cabeza.

A principios de diciembre, Caruso sufrió un fuerte enfriamiento mientras paseaba por el parque. Insistió en ir a ver a su médico antes de regresar a su casa; éste le prescribió el mismo tratamiento que para el dolor de cabeza. Así, con los poros abiertos, Caruso volvió al helado aire invernal. Esa noche empezó a quejarse de un dolor sordo en el costado izquierdo del pecho a la vez que comenzó a toser. Para la siguiente semana estaba programada Pagliacci y, aun cuando su tos aumentaba día a día, Caruso insistió en cantar. Cuando cantó el la agudo del aria Vesti la giubba, su voz se quebró. Entonces, mientras se retiraba vacilante por bambalinas, se bajó la cortina y se interrumpió la representación. Es el dolor en mi costado, explicó Caruso. Cuando llegó el Dr. H., lo fajó a la altura del pecho con una cinta adhesiva mientras indicaba: Nada serio, es sólo un pequeño ataque de neuralgia intercostal. Ahora puede continuar.

Tres días más tarde, Caruso apareció en L’elisir d’amore, en la Academia de Música de Brooklyn. Su médico le había dicho que estaba en condiciones para cantar. Antes de la actuación, la señora de Caruso notó que el agua que su marido usaba para enjuagarse la boca tenía un color rosado y se iba tornando cada vez más roja. Durante la primer aria comenzaron a aparecer manchas rojas, brillantes, de sangre en la pechera de su camisa. Desde bambalinas, un ayudante le alcanzó una toalla, Caruso la tomó, limpió sus labios y siguió cantando. Varias toallas le fueron pasadas, pero, finalmente, cuando completó el aria, la perfomance tuvo que ser abandonada. Mientras tanto, el Dr. H. explicó que se ha roto una pequeña vena en la base de la lengua. Por primera vez en su vida, Caruso no protestó cuando la audiencia fue despachada.

Al día siguiente, al sentirse mejor, Caruso rehusó permanecer en la cama. Su médico insistía aun en que no era nada, salvo una neuralgia intercostal y, para aliviarle el dolor, agregó más cinta adhesiva al vendaje del pecho. Los días 13 y 16 de diciembre, aun embutido en un corset de cinta adhesiva tan duro como una cota de malla, el tenor regresó a sus actuaciones. El 21 de diciembre tenía que cantar nuevamente L’Elisir, pero esa mañana el dolor fue tan agudo que la propia señora de Caruso mandó a buscar al Dr. H. Éste cambió las cintas adhesivas y les aseguró a los Caruso que con un descanso de tres días el cantante estaría en condiciones aceptables para su actuación, durante la noche de Navidad, en La Juive. En el racconto, cabe consignar que ésta fue la última perfomance de una larga carrera que incluyó, por ejemplo, 607 apariciones en la Metropolitan Opera House.

En la mañana de Navidad, mientras tomaba un baño, Caruso, de repente, se puso a gritar. El dolor se había tornado tan fuerte que prácticamente enloqueció y tuvo que ser obligado a acostarse. Se requirió inmediatamente al médico del hotel, Dr. Francis Murray, quien le administró un narcótico que lentamente lo fue calmando. Dado que el Dr. H. no pudo ser encontrado, se llamó a un distinguido clínico de la ciudad de Nueva York, el médico Evan Evans. Su diagnóstico fue pleuresía aguda, probable derivación en neumonía. Al día siguiente se consultó a otros tres médicos y la coincidencia fue completa, con el agregado de que la pleuresía sí había derivado en neumonía. En cuestión de días se llevó a cabo un cultivo de los microorganismos obtenidos del esputo del tenor en los laboratorios de la Universidad de Columbia.

Cuenta la señora de Caruso que, tres días después, de improviso, la cara de Enrico se puso de color pizarra mientras respiraba en forma entrecortada. Había sobrevenido un cuadro de disnea y cianosis. Uno de los médicos, Antonio Stella, acertó a entrar en el cuarto cuando se producía el episodio. Rápidamente extrajo una cánula del maletín y la introdujo en la espalda del cantante. A medida que empezó a drenar el líquido, Caruso empezó a respirar libremente.

Para prevenir una repetición del episodio, los médicos intervinientes decidieron que era necesaria una operación. Se llamó al médico John F. Erdmann, eminente profesor de cirugía de la Universidad de Columbia. De la noche a la mañana la suite del Hotel Vanderbilt, donde se alojaba Caruso, fue transformada en sala de operaciones. Se extrajo una gran cantidad de líquido del pecho del paciente que salió a chorros por una incisión intercostal y se dejó puesta una sonda drenadora. Dos días después, la temperatura de Caruso era normal y había desaparecido el dolor. Luego de unas pocas semanas, en las cuales su salud y ánimo mejoraron, Caruso despertó una semana de febrero con mucha fiebre que, por la noche, era de 40°C. Volvieron a reunirse los médicos y uno de ellos explicó: El drenaje es imperfecto por lo que el Dr. Erdmann deberá operar nuevamente mañana.

En la nueva operación, el 12 de febrero de 1921, el médico Erdmann le extrajo 10 cm de una costilla para tener acceso al interior del pecho. Su comentario fue: Cuando el pecho fue abierto salieron chorros del pus más pestilente que yo creo haber visto u olido. En los siguientes días, la condición general de Caruso fue pobre, pero mejoró lo suficiente como para que se le pudieran tomar unas placas de su pecho con rayos X. Las mismas mostraron que el pulmón izquierdo se había contraído. Desde temprana etapa de su convalescencia, Caruso se quejaba de una parestesia en su mano derecha. ¿Qué le sucede a mis dedos?, preguntaba a sus médicos siento en ellos la misma sensación que en los pies cuando se duermen. A la aparición de esta sensación siguió una visible atrofia de los músculos de la mano. Sus dedos pulgar e índice se tornaron débiles, lo que le hizo cada vez más difícil poder escribir. Si bien no se han podido encontrar datos de exámenes neurológicos de Caruso, se puede suponer que su plexo braquial derecho, la intrincada cadena de nervios localizada en la axila, fue dañado de alguna manera, quizás cuando estaba bajo los efectos de la anestesia.

Y entonces, una tarde, escribe la señora de Caruso, se acercó la nurse con el termómetro en la mano.... ¿Cuánto? le pregunté... 38,6°C.... mandé llamar a los médicos. El examen del médico Erdmann reveló que se había formado un absceso profundo entre la cadera y las costillas. Tuvo que ser abierto y drenado, pero esta vez sin anestesia general. En 24 horas su temperatura era normal relató la señora Caruso pero, en una semana se había formado otro absceso lo que provocó otra operación y a los diez días todo el horrible procedimiento tuvo que repetirse otra vez... El cuarto absceso no pudo localizarse... La mañana siguiente el médico localizó el absceso, por fin. Pero, aun cuando drenó perfectamente, la debilidad de Enrico continuó y algunos días después se decidió hacerle una transfusión de sangre. En definitiva, se le drenaron cinco abscesos en la misma área general y se le administraron dos transfusiones de sangre. Aun cuando Caruso mejoró considerablemente luego de las transfusiones, estaba sumamente preocupado por algunos otros posibles efectos. Ya no tengo más mi pura sangre italiana, decía, ¿Qué es lo que soy ahora?

Con la autorización de los médicos, la familia Caruso decidió partir para Italia, en mayo de 1921, a los efectos de tomar un prolongado período de recuperación. El día antes de partir Caruso salió a dar un paseo, a lo largo del mismo se detuvo a pagar un dinero que aun debía por las placas de rayos X. En la oficina del radiólogo se le informó de la remoción de los 10 cm de costilla mostrándole la placa correspondiente. Ante esta revelación quedó absolutamente horrorizado pues la opinión prevaleciente en esa época era que perder una costilla era perder la voz. Muy deprimido, decidió suspender el paseo y regresar a su departamento. Le dijo a su acompañante que no se molestara en empacar sus partituras pues ya nunca podría volver a cantar. Este fue, en definitiva, el triste adiós de Caruso a los Estados Unidos.

En Italia, los Caruso alquilaron una suite en el Hotel Vittoria de Sorrento, un lugar de veraneo desde el cual se domina la bahía de Nápoles en la que pudieron nadar y descansar. Aquí se le administró a Caruso una fisioterapia para su mano derecha. Consistía en introducir el brazo en un tubo con cieno caliente que era traído todas las mañanas en barco desde Agnano. Caruso aumentó de peso y su condición general mejoró. Incluso un día cantó, un poco inadvertidamente, en el curso de una entrevista informal acordada a un muchacho. A fines de julio, al regresar de la playa una mañana, la señora Caruso se encontró a un médico viejo, el que había atendido a la madre de Caruso en su enfermedad final, explorando una pequeña área infectada en la última incisión que se le había practicado al cantante. A la mañana siguiente, la temperatura de Caruso era de 38,3 °C.

Se mandó a llamar desde Roma a los médicos Bastianelli, Raffaele, cirujano y Giuseppe, un clínico. Ambos eran profesores altamente entrenados de la Escuela de Medicina de Roma. Dado que ambos estaban casados con mujeres americanas, la señora Caruso pudo relatarles la historia clínica de su marido en inglés. Los Bastianelli no estuvieron de acuerdo con el relato que les hizo acerca de la enfermedad de Caruso, pero decidieron no hacer comentarios sobre el caso. Lo que sigue está basado en los dichos de la señora Caruso y en los reportes de los diarios de la época. Uno de ellos me dijo: No se preocupe señora, pero a su marido hay que extraerle un riñón... Debe venir a nuestra clínica en Roma para la operación... Los Bastianelli creían que el cantante padecía de un absceso subrenal que probablemente envolvía el riñón izquierdo, por lo cual lo mejor sería extraerlo.

Se hicieron los preparativos para hacer el viaje a Nápoles por barco y de allí en tren a Roma. Caruso arribó a Nápoles, su ciudad natal, el 31 de julio de 1921; ya nunca más la abandonaría. En la mañana del 1 de agosto, un feriado napolitano, un agudísimo dolor anunció que el estado de Caruso era crítico. Dadas las condiciones, fue sumamente difícil localizar a un médico, sólo después de un buen número de horas arribó uno al hotel. Lo primero que hizo fue administrarle un narcótico que le aliviara el dolor y le permitiera administrarle otras necesarias atenciones. Posteriormente se reunió a varios médicos en consulta, estos coincidieron en que Caruso tenía un absceso subfrénico (debajo del diafragma) complicado con peritonitis. No se dispuso una intervención quirúrgica y, en definitiva, no se practicó ninguna. Sobre los médicos napolitanos la señora de Caruso hizo el siguiente agrio comentario: Su ignorancia del caso y la eminencia del paciente los amedrentaron de tal forma que no se atrevieron a responsabilizarse por las consecuencias de una operación de urgencia. Temprano en la mañana del 2 de agosto de 1921 moría Enrico Caruso.

Presumiblemente no se llevó a cabo una autopsia. Visto desde la distancia de varias décadas, podría concluirse que Caruso padeció neumonía, enfisema pulmonar (acumulación de pus en los pulmones), numerosos abscesos satélites en los tejidos y músculos del costado izquierdo del pecho, un absceso subfrénico, un absceso al riñón y, al final, peritonitis generalizada.

Si alguna moraleja puede extraerse de la experiencia de Caruso, es esta: De tiempo en tiempo, famosos personajes tienen dificultades en obtener atención médica apropiada debido a que tienden a contratar médicos de moda y no médicos competentes. Durante la mayor parte de su vida Caruso estuvo libre de un asesoramiento médico incompetente, no así en el último año de su vida en el cual flirteó varias veces con él.

En descargo de sus médicos cabe decir que Caruso parece haber tenido inicialmente un tipo de afección muy resistente que afectó una zona del cuerpo difícil de drenar quirúrgicamente.

Por último, consignemos que si Enrico Caruso hubiera vivido en la época actual (o en la segunda mitad del siglo XX), los antibióticos y las sulfamidas hubieran curado su infección original en menos de una semana y su voz de oro hubiera seguido deleitando a sus admiradores en los años subsiguientes.

[1] En italiano en el original.

domingo, 2 de enero de 2022

Mizuki

En esta oportunidad, estimados amigos, deseo compartir con ustedes un cuento de mi autoría titulado Mizuki (hermosa como la Luna, en japonés). Lo hago, no tanto para exhibir sus méritos o desméritos, sino porque aporta ideas, datos e interpretaciones que ahondan temas que ya hemos tratado en notas anteriores como, por ejemplo, en Otras Miradas o en Robots Conscientes. De hecho, mi objetivo con esta nota es aportar "otras miradas" sobre temas que ya parecen saldados y sin más discusión. Si, además, el cuento les gusta, eso será un bonus adicional que me dejará muy satisfecho.

Sin más, los dejo con Mizuki.

¡Hasta la próxima!


Mis labios la besaban ávidos, mi lengua se hundía en sus profundidades y sentía el ardor crecer dentro de mí. Besé su cuello, su garganta y sus pechos. ¡Sus pechos! Pequeños, pero firmes y bien torneados. Me entretuve largamente en ellos, besándolos, acariciándolos, mordisqueándolos...

Seguí por su vientre, la piel de Mizuki era nacarada, suave, fragante. Sentí cómo se entregaba, cómo su cuerpo reaccionaba a mis caricias, cómo comenzábamos a vibrar al unísono. Cada vez me sentía más inmerso en ella. Lejos había quedado el stress de aquella tarde; de las duras negociaciones en las que había participado. Mi universo era ahora Mizuki. Su piel, su aroma, su...

¡Me detuve bruscamente! Por estúpido que parezca, una idea asaltó de repente mi pensamiento: ¡Estaba por hacer el amor a un robot! Sofisticado, hermoso, cuasi humano, ¡pero robot! ¡¿Y me estaba preocupando por satisfacerla?! No sé por qué, pero la sola idea de que así fuera me pareció ridícula... ¡y esto bastó para que mi ardor se evaporara!

Dándose cuenta del brusco cambio de situación, Mizuki tomó suavemente mi cabeza entre sus manos y con voz suave me preguntó:

- ¿Qué sucede Martín san? ¿Por qué te detienes?

No supe bien qué contestarle y apenas balbuceé:

- No,... yo,... eeeeh,...

Con una paciencia y dulzura muy propias del modelo japonés del cual era un bello exponente, Mizuki me atrajo hacia su pecho y, mientras me rascaba suavemente la nuca, me dijo:

- Estás muy tenso Martín san, déjame que te haga un masaje. ¿Quieres que te cante una canción de amor japonesa?

E iba a comenzar a hacerlo cuando respondí, un poco torpemente:

- ¡No! Creo que mejor dejamos esto...

Estaba confuso y molesto por haber arruinado lo que pensaba que iba a ser una estupenda noche. Mi encuentro con Mizuki lo había programado ni bien supe que viajaba a Japón representando a la empresa de software en la que trabajaba. Hasta hubo un momento, durante las negociaciones, en que me distraje pensando en la noche que me esperaba. ¡Y resulta que lo arruinaba así!

Como si leyera mi mente, Mizuki se levantó, se puso su sugerente negligeé y mientras preparaba dos tés me preguntó, siempre suave y melodiosamente:

- ¿Tal vez este robot no te ha satisfecho, Martín san?

¡Diablos con la japonesita!

- No, Mizuki, no es eso, es que...

Mientras seguía con el té, Mizuki continuó implacable:

- ¿Es que soy sólo un robot, Martín san?

Quedé mudo, admirando su aguda percepción. Mi cara de sorpresa debe haber advertido a Mizuki que había dado en el blanco, así que continuó.

- ¿Me permites que te cuente una historia Martín san? Creo que podremos sacar algo útil de ello.

- Pues,... si es así... cuéntamela.

- Bien, lo que quiero contarte sucedió en el verano de 1963, en un experimento llevado a cabo aquel año, el profesor e investigador español de Fisiología José Manuel Rodríguez Delgado se paró por primera vez en su vida delante de un toro, lo azuzó una y otra vez con el capote y cuando el animal inició la embestida consiguió hacer que se detuviera pulsando un botón en el radiotransmisor que sostenía entre sus manos: El profesor había instalado electrodos en el cerebro del novillo activados por el radiotransmisor. Es decir, la estimulación eléctrica del cerebro logró inhibir la conducta agresiva del miura. Una pulsación de un botón en el pequeño transmisor de radio y el toro frenó en seco. La pulsación de otro botón en el transmisor y el toro se volvió hacia la derecha y se alejó al trote.

- Rodríguez Delgado fue el primero en implantar electrodos activados por radio en el cerebro de gatos, monos, chimpancés, gibones, toros y también seres humanos. Con estos artilugios, Delgado pudo controlar su comportamiento (inducir o frenar movimientos) con solo apretar un botón.

- El estado de ánimo podía igualmente ser modificado, dependiendo del lugar del cerebro en el que se implantaran los electrodos y podían inducirse sensaciones de alegría, concentración mental, relajación, visiones coloreadas y todo tipo de sensaciones.

- Delgado explicó que las funciones tradicionalmente relacionadas con la psique, como la amistad, el placer o la expresión verbal, pueden ser inducidas, modificadas e inhibidas por la estimulación eléctrica directa del cerebro.

- ¿Me sigues, Martín san?

- Si, pero no sé dónde quieres llegar con esto.

- Ya lo verás, Martín san. Resulta que, en la misma línea de investigación, se ha instalado electrodos en el cerebro de gatos de modo tal que, ante la estimulación eléctrica de ciertas zonas cerebrales, el felino reacciona como si frente a él hubiera una presa, se agazapa, achata sus orejas, las pupilas se le dilatan, los bigotes se tensan hacia atrás. El único inconveniente es que, frente al animal, no hay ninguna presa.

- Pero, volviendo a Delgado, él apreciaba particularmente el experimento que realizó con una chimpancé llamada Paddy. Paddy era un animal nervioso y Delgado probó curarle su nerviosismo. Para ello conectó electrodos al cerebro de Paddy los cuales, a su vez, estaban conectados a un ordenador. Los electrodos recogían las señales que emitía la región cerebral denominada amígdala, que era la que señalaba el estado de nerviosismo del animal. Cuando el ordenador detectaba las señales, emitía otra, en respuesta, que causaba una sensación desagradable a Paddy. Así, en pocas horas, las dos amígdalas cerebrales de Paddy comenzaron a emitir señales con menor frecuencia: ¡Paddy había sido educada!

- ¿Te sugiere algo esto, Martín san?

- Pues,... parece como si los animales fueran...

- ¿Robots?

- Si, iba a decir autómatas.

- Bueno, autómatas, sí. Ahora bien, Martín san, si admitimos que los animales se comportan como si fueran autómatas... y, si consideramos que el hombre está hecho de lo mismo que los animales, el ADN, las células, el cerebro, la diferencia es de grado, no de naturaleza y si unos son autómatas,... ¿No cabría pensar que el hombre también es un autómata? Mucho más sofisticado que el gato o que el toro o que Paddy, pero autómata al fin.

Interrumpí su perorata bruscamente.

- ¿Qué? ¿Qué el hombre es un robot? Ja, ja, ja, por favor Mizuki, ¿Qué estás diciendo? ¡Hay diferencias fundamentales entre un humano y un robot!

- ¿Si, Martín san? ¿Cuáles, por ejemplo?

Sin saber en qué terreno cenagoso me estaba metiendo, disparé:

- ¡El libre albedrío! Sí, eso, el libre albedrío. Ustedes están programados y hasta muy bien como en tu caso, pero nosotros contamos con libertad para decidir sobre nuestras acciones.

Mi efervescencia no mosqueó siquiera a Mizuki que, de nuevo con una dulzura y paciencia muy orientales, respondió:

- La cuestión de si un ser, el humano en este caso, es o no libre y, por consiguiente, responsable de sus actos, sigue siendo debatida en círculos filosóficos y científicos. Sin embargo, las modernas técnicas de imaginería cerebral han permitido establecer algo muy curioso, Martín san. Han permitido detectar qué regiones del cerebro se ponen en funcionamiento cuando se toma una decisión. Y sucede que, utilizando esta tecnología, en la primera década del siglo XXI los científicos pudieron predecir con un 60% de exactitud si una persona iba o no a tomar una decisión sencilla (presionar o no un botón, asir o no un objeto…). Esto parecería no tener demasiada importancia para el tema que estamos tratando. Pero, si consideramos que la actividad cerebral que permitía esta predicción se iniciaba nada menos que cerca de 10 segundos antes de que los sujetos fueran conscientes de lo que habían decidido, llegamos a la conclusión de que el cerebro decidía primero y luego informaba a lo que quiera que sea el “yo” de la decisión tomada, haciendo creer a ese “yo”, además, que lo había decidido “él”.

- Esto, trabajando con personas, pero también se ha realizado la experiencia con monos macacos y los resultados han sido aún más espectaculares. Al estimular con un electrodo el área adecuada del cerebro, los investigadores fueron capaces de modificar una y otra vez las preferencias de los animales respecto a un color o a un objeto. Estos estudios siguen confirmando la ausencia de libertad de elección y avanzan en la comprensión de las zonas del cerebro implicadas en hacer creer al individuo que es libre.

- El libre albedrío implica que el comportamiento de un ser no está controlado por mecanismos materiales. De modo que, una cosa es que el cerebro se ponga en marcha cuando se decide algo y otra muy distinta que la decisión dependa de ese funcionamiento. Si eso es así, si lo modificamos podríamos causar un cambio en las decisiones. Esto es precisamente lo que sucede. Más, todavía, implica aceptar que el “yo” es una construcción automática del cerebro, un epifenómeno, si quieres, producto de su constitución y fisiología. Así que, ¿Dónde queda el libre albedrío después de todo esto, Martín san?

Comprendí que había sido conducido sutilmente hasta el borde del precipicio y entonces, como suele pasar con los que son derrotados en una argumentación, reaccioné con lo único que me quedaba, la violencia.

- Mucho bla, bla, bla, Mizuki. Puro palabrerío. Pero, aun siendo generoso y concediéndote que haya algo de cierto en lo que dices, no creo que tu materialismo pueda explicar las experiencias cercanas a la muerte, por ejemplo –dije con cierta soberbia, pensando que yo contraatacaba– experiencias que incluyen típicamente, verse a sí mismo fuera del cuerpo, un ascenso por un túnel oscuro con una luz al fondo, encuentros con parientes fallecidos y una inefable sensación de bienestar. ¿Eh? ¿Qué tienes que decir a eso? Nada, ¿Verdad?

Imperturbable, Mizuki, que mientras yo hablaba servía un té de jazmín que despedía un aroma delicioso, respondió:

- Interesante lo que dices, Martín san. Y, al respecto, me gustaría contarte otra historia. Si no te molesta, desde luego.

De nuevo sentí que el terreno faltaba bajo mis pies, pero el orgullo me impidió decir otra cosa que:

- ¡Ja! ¡Por supuesto! ¡Quiero ver cómo te las arreglas ahora!

- Recordarás seguramente, Martín san, la película 2001: Odisea del espa­cio. Lo que tal vez no recuerdes es que, cuando la computadora que dirigía la nave, la HAL 9000, comienza a ser desconectada por el protagonista, podríamos decir, cuando agoniza, comienza a cantar "Una bicicleta para dos", canción que había apren­dido en sus primeros días. Pues bien, Stephen L. Thaler, físico de la McDonnell Douglas, descubrió que esa vuelta a lo aprendido en una fase temprana es lo que realmente le ocu­rre a una red neuronal artificial cuando poco a poco se la va “ma­tando”. A medida que se acerca a la “muerte”, empieza a emitir, no incohe­rencias, sino información aprendida con anterioridad; por así decirlo, su vida de silicio pasa como un destello ante sus ojos.

- Es imposible que esto no nos re­cuerde las llamadas experiencias en el umbral de la muerte; al fin y al cabo, los creadores de redes neuronales pretenden al diseñarlas remedar la estructura y función de un cerebro biológico. Una red neuronal, como el cerebro, es capaz de aprender. Redes neuronales instruidas pue­den tomar a su cargo multitud de tareas, desde la compresión de datos hasta la modelización de los mercados bursátiles.

- Pues bien, mientras investigaba aplicaciones posibles para ellas, Thaler, por curio­sidad, se puso a ver qué pasaba cuando se aniquilaba una red neuronal. Preparó a tal fin un programa que fuera des­truyendo la red gradualmente, cortan­do al azar las conexiones entre uni­dades. Tras cada paso, Thaler examinaba la salida de la red.

- Cuando se destruían entre el 10 y 60 por ciento de las conexiones, la red escupía un galimatías sin sen­tido. Pero cuando el número de co­nexiones destruidas se acercaba al 90 por ciento, la salida empezaba a estabilizarse en valores bien caracte­rizados. En el caso de la red de Thaler, gran parte de lo producido eran los estados con los que fue instruida.

- De modo que redes neuronales construidas a imagen y semejanza del cerebro, cuando son “desmontadas” paso a paso, “recuerdan” lo que primero aprendieron. Del mismo modo que un humano cercano a la muerte recuerda a seres queridos que ya no están como su madre, por ejemplo. Ahora bien, estimo que estarás de acuerdo conmigo, Martín san, en que las redes neuronales son sólo un artefacto electrónico, un robot, ¿Verdad?

- Pues,... si,... estoy de acuerdo.

- O sea que no está animado de ningún espíritu, o alma, o cosa que se le parezca, ¿Verdad?

- No, ciertamente no.

- Y entonces, Martín san, ¿Por qué estás dispuesto a aceptar que el humano es fundamentalmente distinto cuando su comportamiento es básicamente el mismo que el de una red neuronal artificial?

Nuevamente me sentí atrapado y me moví incómodo en la cama. Iba a responder algo cuando Mizuki continuó implacable.

- Es más, si hiciéramos lo mismo con redes más complejas, por ejemplo, una que produjera imágenes. ¿Te extrañaría que al “desmontarla” mostrara en el monitor una luz que brilla al extremo de un largo túnel?

- Bueno, bueno, eso no prueba nada. –contraataqué- Me gustaría, insisto, en que me expliques las apariciones de los místicos, lo del túnel, la sensación de bienestar. Todo lo que has eludido, bah.

Calmadamente, como quien le tiene paciencia a un niño, Mizuki continuó.

- A eso iba, Martín san, a eso iba. Verás, han existido y existen diversos enfoques para explicar lo que planteas. Por cierto que, la investigación no cesa y es dable esperar que los resultados se afinen cada vez más.

- Por ejemplo, comencemos con Dean Hamer, director de estructura y regulación de genes en el Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos. Él está tratando de vincular la religión a un gen específico.

- ¡La religión con un gen!

- Sí, parece raro, ¿verdad? Que la religiosidad proceda de una actividad genética parecería llevar las cosas demasiado lejos. Pero, ahí están los estudios. En la década de 1980, un equipo de la Universidad de Minnesota llevó a cabo un estudio de 53 gemelos y 31 mellizos, que habían sido criados por separado. El estudio fue el primero en sugerir un componente genético en lo que los investigadores llaman “la religiosidad intrínseca”, que incluye la tendencia a orar a menudo y a sentir la presencia de Dios.

- Hamer comenzó su búsqueda a finales de 1990 cuando reunió 1.000 sujetos para el estudio de la relación entre la genética y la adicción a la nicotina. Para ello, entregó a los participantes un cuestionario detallado que contenía una sección donde se les pedía que evaluaran su sentimiento de distracción, la conexión con la naturaleza, la creencia en la percepción extrasensorial y otros rasgos. Según él, estas preguntas proporcionan una medida de la tendencia de los sujetos hacia la espiritualidad, lo que el grupo de Minnesota llama religiosidad intrínseca.

- Lo cierto es que Hamer encontró una variante de un gen, llamado VMAT, que se correlacionaba con las puntuaciones más altas en lo que él había definido como espiritualidad. Hamer llama la variante VMAT “el alelo espiritual”, o más dramáticamente “el gen de Dios” que también es el título del libro que ha escrito sobre el tema.

- Pero esto no es nada, Martín san, espera que te cuente acerca de Rick Strassman.

Debo confesar que el tema ya empezaba a interesarme por lo que había escuchado atentamente lo que Mizuki relataba.

- Rick Strassman, ¿Qué hay con él?

- Strassman, un psiquiatra en Nuevo México, alega que la espiritualidad es el efecto que produce un compuesto llamado dimetiltriptamina o DMT. En su libro DMT: The Spirit Molecule, Strassman explica que el cerebro humano secreta la DMT y ésta desempeña un profundo papel en la conciencia humana. En concreto, plantea la hipótesis de que la DMT provoca visiones místicas, alucinaciones psicóticas, experiencias de abducción extraterrestre, experiencias cercanas a la muerte y otros fenómenos cognitivos exóticos.

- ¡Pero esas son sólo hipótesis! –interrumpí.

- Si, Martín san, pero sucede que, más allá de esta DMT producida por el cerebro, existe también la DMT artificial. Resultó ser el principal ingrediente activo de la ayahuasca, un té alucinógeno que es ingerido como un sacramento por algunos indios del Amazonas y del que se la sintetizó en 1931. La DMT pura normalmente no tiene ningún efecto sobre la consciencia cuando se la consume por vía oral, debido a que una enzima en el intestino la torna inactiva. Pero en la década de 1950 se descubrió que cuando se inyecta, la DMT desencadena un viaje alucinógeno extremadamente poderoso que dura alrededor de una hora.

- Estos descubrimientos dieron lugar a la especulación de que la DMT endógena, tal vez producida en exceso o mal regulada por el organismo provoca, naturalmente, los efectos alucinógenos que llevaron, por ejemplo, a santa Teresa de Jesús a tener visiones de Cristo.

- Si, si, pero, tú misma lo has dicho, eso es una especulación...

- Si, Martín san, pero, motivado por ella, Strassman, que sospechaba que la DMT endógena jugaba un papel importante en el desencadenamiento de estas experiencias místicas obtuvo, en 1990, el permiso de las autoridades federales para inyectar el fármaco en voluntarios humanos. De 1990 a 1995, Strassman supervisó más de 400 sesiones de DMT en las que participaron 60 voluntarios de la Universidad de Nuevo México. Las sesiones aportaron abundante material a Strassman. Muchos de sus sujetos reportaron sensaciones cuasireligiosas de dicha, inefabilidad y atemporalidad; una certeza de que la conciencia sigue después de la muerte del cuerpo y contacto con “una presencia sumamente poderosa, sabia y amorosa”. Otros atravesaron clásicas experiencias cercanas a la muerte, sintiendo que abandonaban sus cuerpos y se movían a través de un túnel hacia una luz radiante. Sin embargo, Martín san, los voluntarios también reportaron visiones que no encajaban con la visión científica o espiritual del mundo de Strassman. Algunos refirieron haberse encontrado con seres de otro mundo descritos como payasos, duendes, robots humanoides, insectos, de estilo E.T., o “entidades” que desafiaron descripción. Estos seres extraños no siempre eran amables. Uno de los sujetos de Strassman afirmó que había sido devorado por un insecto. En parte debido a la preocupación acerca de esta experiencia negativa, Strassman suspendió su investigación.

- Como puedes ver, Martín san, hay más cosas entre el cielo y la...

¡No la dejé terminar! Mi frustración era tan grande que sólo hallé un modo de zafar de la situación,.. la tomé bruscamente por la cintura y la volqué sobre la cama. Desgarré sus vestiduras hasta dejarla completamente desnuda y le hice el amor frenéticamente, salvajemente.

Al terminar, me tumbé a su lado, todavía jadeante, sólo para escucharla decir, con una sonrisa:

- Está claro que quien me asignó a tu compañía intuyó, sabiamente, que lo que encendería tu deseo sería una charla sobre Metafísica, Martín san.

Homo ¿sapiens?

  Comencemos diciendo, estimados amigos, que el considerado "padre de la taxonomía", Carlos Linneo , famoso naturalista sueco, fue...