Comencemos diciendo, estimados amigos, que el considerado "padre de la taxonomía", Carlos Linneo, famoso naturalista sueco, fue quien, en 1758, bautizó el género humano como homo sapiens, en su libro Systema Naturae.
Ya
hemos comentado en este foro que Homo sapiens significa "hombre sabio",
“hombre pensante”, en latín.
Linneo
lo hizo desde la Biología/Zoología, no desde la Antropología. Pero, es esta
última la que toma ese nombre, ya existente, y lo somete a estudio.
-
Antropología biológica/física: estudia al Homo sapiens como
especie: evolución, fósiles, genética, variación física.
-
Antropología social/cultural: estudia al Homo sapiens como ser
cultural: lenguaje, rituales, sociedad.
O
sea: La Biología le puso el DNI científico. La Antropología estudia al que
lleva ese DNI.
Digamos
además que sapiens se usa para diferenciarnos de otras especies del
género Homo ya extintas, como el Homo neanderthalensis o el Homo
erectus.
Así
pues, el Homo sapiens es un primate catarrino (Simio que tiene las fosas
nasales separadas por un tabique cartilaginoso, tan estrecho que las ventanas
de la nariz quedan dirigidas hacia abajo) perteneciente a la familia de los
homínidos y al género Homo.
Se considera la especie que incluye a todos los seres humanos modernos,
caracterizados por capacidades cognitivas avanzadas, lenguaje complejo,
pensamiento abstracto y habilidades culturales y tecnológicas. Y son estos
atributos que supuestamente adornan al ser humano, los que quiero someter a
verificación en la presente nota.
Comenzaré por referirles, estimados
amigos, una anécdota personal. Hace ya muchas lunas dialogaba Nivi (yo) con un
amigo, en un café de la vecindad. Y, en esas aromáticas instancias, mi amigo me
contó la siguiente historia: Encontrándose él en Miami, caminaba por una vereda
cuando decidió cruzar la calle. Pero, lo iba a hacer por la mitad de la cuadra.
Curiosamente, acertó a encontrarse con un policía que se encontraba en dicha
mitad de cuadra y que, al ver su intento, lo miró y le dijo: Hundred
dollars! Ante esta clara advertencia, mi amigo juzgó oportuno dirigirse
hasta la esquina y cruzar por la senda peatonal.
Ahora bien: ¿Desconocía mi amigo la
regla de que hay que cruzar por las sendas peatonales de las esquinas? ¡Desde
luego que no! ¿Fue, entonces, el querer cruzar por la mitad de la cuadra, una
actitud sabia? ¡Desde luego que no! ¡Pero, cómo! ¿No se trata de un homo
sapiens? ¿No es que posee capacidades cognitivas avanzadas como para discernir por dónde
cruzar?
Este
ejemplo, de los miles y miles similares que podríamos mencionar, nos lleva a la
primera conclusión: El lenguaje que mejor entiende el humano es el del palo, el
castigo, la penalización. Mucho más que el diálogo, los códigos, las normas
morales, etc., lo que el humano entiende a la perfección es el palo. Ahora, ¿No
es esto raro para alguien con capacidades cognitivas avanzadas?
Veamos
otros ejemplos:
El juez miró al hombre que había
disparado contra el presidente egipcio Anwar Sadat y le preguntó con calma:
— ¿Por qué lo mataste?
— Porque era seglar —respondió el
asesino.
El juez frunció el ceño.
— ¿Qué significa “seglar”?
El hombre dudó un segundo.
— No lo sé.
¡No lo sé! ¡O sea que el acusado
comete un asesinato y no sabe por qué lo hace! ¿Es esta una muestra de capacidades cognitivas
avanzadas? ¿Estamos hablando de un homo sapiens? ¡Huelgan las
respuestas!
En otro juicio, el acusado había
intentado asesinar al escritor egipcio, ganador del Nobel, Naguib Mahfouz.
— ¿Por qué lo apuñalaste? —preguntó el
juez.
— Porque escribió una novela contra la
religión.
— ¿La leíste?
— No.
¿Homo sapiens?
Y ya que hablamos de juicios, veamos
un tercer caso: otro hombre enfrentaba cargos por asesinar a Farag Foda, un
prominente egipcio, profesor, escritor, columnista y activista por los derechos
humanos.
— ¿Por qué lo mataste?
— Porque no tenía fe.
— ¿Cómo lo sabes?
— Está en sus libros.
— ¿En cuál?
Silencio.
— No lo sé. No los he leído.
— ¿Por qué no los leíste?
El hombre bajó la cabeza.
— No sé leer ni escribir.
O sea, el acusado actuó como un robot:
Lo convencieron de que Foda era pernicioso para la sociedad y que él tenía que
matarlo y actuó como un robot: ¡Fue y lo mató!
¿Usaron estos homo ¿sapiens?
las capacidades
cognitivas avanzadas?
¡Claramente,
NO!
En los tres casos, el patrón fue el
mismo.
Se mataba por ideas que no se
entendían.
Se condenaba por palabras que no se
habían leído.
Se odiaba por conceptos que no se
sabían definir.
Era obediencia ciega.
La violencia no nació del pensamiento.
Nació de la ausencia de él.
El odio no se propaga a través del
conocimiento. Se propaga donde el conocimiento no llega.
¡Tremendo, amigos! ¡Y a mi qué me importa! O sea,
perocuparme del mundo donde vivo, de la sociedad en la que estoy inserto, no me
importa. Solo me interesa el fútbol. ¿Es esta una
muestra de capacidades
cognitivas avanzadas? Y lo peor es que abundan esta clase de especímenes. Hemos
hablado de ellos en las notas sobre el fracaso de la democracia.
Y también hemos hablado, como dice
Michel de Montaigne, de que es más fácil seguir que conducir. Es decir, que
otro piense por mí, decida por mí y me diga lo que debo hacer. Y, si el otro es
el que piensa por mí, será el otro el sapiens y no yo que he renunciado
a ello.
Y esto me recuerda el caso de Jim
Jones que viéramos en notas anteriores, comenzando por De conductores y
conducidos.
James
Warren «Jim» Jones (1931-
1978) fue un predicador, líder de secta y asesino en
masa estadounidense. Fundador y líder de la secta Templo del
Pueblo, famosa por el suicidio colectivo realizado el 18 de noviembre
de 1978 por parte de 917 de sus miembros en Jonestown (Guyana) que
fuera ordenado por él. Y el asesinato de cinco personas en una pista de
aterrizaje cercana, entre ellas el congresista estadounidense Leo Ryan.
Alrededor de doscientos niños fueron asesinados en Jonestown, casi todos por
envenenamiento de cianuro. Jones murió por una herida de bala en la
cabeza presuntamente autoinfligida.
¿De
qué se nutría el Templo del Pueblo? Pues, de aquellos que renuncian a pensar,
de aquellos que buscan que otro les dirija la vida pues ellos no son capaces de
hacerlo. Llegaron a matar a sus propios hijos siguiendo las órdenes del
“pastor”.
Y
esto es exactamente lo mismo que sucede con movimientos políticos como el
fascismo, el nazismo, el peronismo, el chavismo, etc., etc., etc. El líder
capta la voluntad de los seguidores convenciéndolos de que los guiará por el
camino del bien y la felicidad. Y la manada, alegre, le entrega sus vidas,
felices porque no tendrán que pensar cómo dirigirlas. Felices por no ser sapiens.
Y,
lo peor de todo, queridos amigos, es que estamos hablando de la mayoría de los
humanos.
Entonces,
respondiendo a la pregunta del título de esta nota, yo diría que: ¡No! El
nombre de homo sapiens está mal puesto, ya que la mayoría de los humanos
demuestra no serlo. En su lugar y también en notas anteriores, he propuesto
cambiar el nombre por homo predator, que es algo de lo que el humano ha
dado sobradas muestras.
Bien
amigos, con un cierto sabor amargo en la boca, me despido: ¡Hasta la próxima!