Bien, estimados amigos, ante el pedido de muchos de ustedes, aquí les mando un nuevo NOTI-NIVI que espero les proporciones agradables momentos de lectura.
ÍNDICE
1.-
Unas termas privadas con tres piscinas, sala de vapor y calefacción bajo el
suelo han aparecido en el interior de una torre del palacio del emperador
Maximinus Daza.
2.-
Durante décadas hemos imaginado el nacimiento de la Luna como una catástrofe
seguida de una lenta reconstrucción. Un nuevo estudio introduce en aquella
colisión una propiedad aparentemente sencilla que puede cambiar toda la
historia.
3.-
Una perforación en busca de cobre recuperó a 473,2 metros de profundidad
los restos de un dinosaurio del Cretácico que amplía el mapa paleontológico de
Mongolia Interior.
4.-
Un gigantesco estudio genético aborda una cuestión que nos acompaña
desde hace siglos: cuánto de nuestra forma de ser procede de lo que heredamos y
cuánto de nuestra propia historia.
5.-
Un implante cerebral remoto recibió órdenes desde EE. UU. hasta Corea.
Descubre qué puede activar, cómo funciona y cuáles son sus límites reales.
Descubren
dentro de una torre romana el lujoso baño de un emperador con tres piscinas y
calefacción bajo el suelo. Recreación artística. Foto: ChatGPT-4o/Christian
Pérez
Publicado por Christian Pérez
Redactor
especializado en divulgación científica e histórica
Creado: 11.09.2026
| 11:31Actualizado: 11.09.2026 | 11:32
A comienzos del siglo IV, cuando el Imperio romano atravesaba una de sus etapas políticas más convulsas, el lujo seguía siendo una forma de poder. En el actual este de Serbia, un emperador mandó levantar una residencia fortificada en la que no faltaban las comodidades propias de su rango. Más de 1.700 años después, los arqueólogos han descubierto allí uno de sus espacios más insólitos: un baño privado construido dentro de una de las torres del palacio.
El
hallazgo se ha producido en Vrelo-Šarkamen, cerca de Negotin, un yacimiento
vinculado a Maximinus Daza, emperador romano entre 310 y 313. La sorpresa no
está únicamente en la existencia de unas termas privadas. Lo verdaderamente
excepcional es su ubicación. El complejo apareció en el nivel inferior de la
gran torre situada en la esquina suroccidental del recinto, una solución
arquitectónica para la que, según los investigadores, no se conocen paralelos
claros en otras residencias imperiales romanas.
El
espacio tenía planta circular, condicionado por la propia forma de la torre, y
estuvo cubierto por una cúpula provista de seis aberturas destinadas a iluminar
el interior. La
combinación resulta especialmente llamativa porque los baños romanos tendían a
distribuir sus estancias siguiendo recorridos más lineales. Aquí, en cambio,
arquitectos y constructores tuvieron que adaptar piscinas, zonas calientes y
espacios técnicos a una estructura completamente diferente.
La
excavación ha sacado a la luz tres piscinas o bañeras y un sudatorium, una
estancia destinada al calor intenso que podría compararse, con las debidas
distancias, con una sauna. Todo indica que no se trataba de un pequeño cuarto
para lavarse, sino de un balneum privado diseñado para el descanso de los
habitantes de mayor rango del palacio. En otras palabras, un espacio donde la
higiene, el ocio y la representación social formaban parte de una misma
experiencia.
Un
sistema de calefacción que todavía puede reconstruirse
Uno
de los elementos mejor conservados es el hipocausto,
el conocido sistema romano de calefacción
bajo el suelo. Una serie de pequeños pilares circulares sostenía el
pavimento y dejaba una cámara inferior por la que circulaba aire caliente.
Gracias a su estado de conservación, los arqueólogos pueden reconstruir con
bastante precisión cómo se distribuía el calor por las distintas dependencias.
El
corazón del sistema era el praefurnium, el horno desde el que se generaba el
aire caliente. También
se ha localizado la base sobre la que estuvo instalado un gran recipiente de
cobre utilizado para calentar el agua. El metal desapareció hace siglos,
probablemente porque fue recuperado y reutilizado cuando el edificio dejó de
funcionar. El cobre era demasiado valioso como para permanecer abandonado entre
las ruinas.
La
organización del conjunto revela además una separación muy cuidada entre
quienes disfrutaban del baño y quienes hacían posible su funcionamiento. Los
trabajadores encargados de alimentar el horno y mantener las instalaciones
podían acceder al área técnica desde el oeste mediante una gran entrada
independiente. De ese modo, el servicio podía trabajar sin interferir en los
espacios reservados al emperador, su familia o los residentes de alto estatus.
Todavía
quedan interrogantes importantes. En el lado oriental existe una entrada
conectada con un corredor pavimentado del palacio, pero los investigadores aún
no han logrado determinar cómo se salvaba el desnivel entre ambos espacios.
Tampoco está completamente clara la función de todas las habitaciones
documentadas alrededor de la torre. Es probable que futuras campañas permitan
reconstruir el recorrido que seguían quienes entraban en estas termas privadas.
El
palacio de un emperador atrapado en las guerras de Roma
Vrelo-Šarkamen
pertenece al mundo de la Tetrarquía, el sistema político impulsado por Diocleciano a
finales del siglo III para repartir el gobierno del Imperio entre varios
emperadores. Maximinus Daza, nacido en los Balcanes y emparentado
con el emperador Galerio, fue uno de aquellos gobernantes. Primero
ejerció como césar y posteriormente reclamó una posición imperial superior en
medio de las guerras civiles que terminaron descomponiendo el sistema
tetrárquico.
Detalle
del hipocausto romano, cuyo excelente estado de conservación permite observar
el antiguo sistema de calefacción. Foto: Krajina Museum
Su
trayectoria política fue breve. En el año 313 fue derrotado por Licinio y murió
poco después. Sin embargo, la residencia de Šarkamen muestra hasta
qué punto estos emperadores regionales construían complejos monumentales
capaces de combinar defensa, representación y vida privada. La torre con el
balneum resume perfectamente esa mezcla: desde el exterior formaba parte de una
arquitectura fortificada; en su interior escondía un espacio dedicado al
confort.
El
yacimiento ya había proporcionado una sorpresa extraordinaria tres décadas
atrás. En su mausoleo apareció un conjunto de joyas de oro asociado al entorno
imperial. Aquel descubrimiento confirmó la importancia excepcional del lugar.
Las nuevas excavaciones añaden ahora una dimensión más íntima: permiten
imaginar cómo se calentaba el agua, cómo circulaba el aire bajo el suelo o cómo
el servicio mantenía en funcionamiento un baño reservado a una pequeña élite.
Eso
es precisamente lo que convierte este hallazgo en algo más que otra terma
romana. Los grandes baños públicos son relativamente habituales en ciudades del
Imperio, pero Šarkamen muestra una solución construida a medida para una
residencia imperial y encajada en un espacio poco convencional. Tras siglos
oculta bajo una torre, esta instalación ofrece una escena poco conocida del
poder romano: un emperador que, en medio de luchas por el control del Imperio,
disponía de piscinas calientes, una sala de vapor y un sofisticado sistema de
calefacción dentro de su propia fortaleza.
Recreación
artística de la proto-Luna separándose de la Tierra tras el impacto de Theia.
ChatGPT, César Noragueda
Publicado por César Noragueda
Periodista especializado en cine, ciencia y
pensamiento crítico.
Creado: 12.09.2026 |
19:05Actualizado: 12.09.2026 | 19:05
Basta mirar el cielo nocturno para formular una pregunta que acompaña a la astronomía desde hace siglos: ¿cómo llegó la Luna hasta ahí? Nuestro satélite conserva pistas de una época en la que el Sistema Solar era un escenario caótico, con mundos jóvenes chocando, creciendo y reorganizándose. Reconstruir lo ocurrido hace unos 4.500 millones de años obliga a combinar rocas, composición química, dinámica orbital y modelos informáticos.
La explicación más aceptada parte de un
encontronazo descomunal. Un protoplaneta llamado Theia, aproximadamente del
tamaño de Marte, habría golpeado la Tierra primitiva. Según la versión clásica,
aquella colisión expulsó al espacio una enorme cantidad de material. Los restos
quedaron alrededor de nuestro planeta formando un disco y, con el tiempo,
fueron agrupándose hasta construir la Luna que conocemos.
Sin embargo, esa película contiene una
simplificación importante. Muchas simulaciones han tratado los cuerpos
implicados casi como fluidos, despreciando la resistencia que ofrecen los
materiales sólidos cuando intentan deformarse. Pero ¿qué sucede si Theia,
aunque abrasador, todavía conservaba cierta consistencia? Ese detalle
aparentemente pequeño es el punto de partida de un trabajo publicado en The
Astrophysical Journal Letters.
Antes de entender el hallazgo hay que dejar de
imaginar planetas como bolas rígidas
Un planeta rocoso no se comporta como una pelota de
billar. Bajo presiones enormes, temperaturas extremas y la violencia de una
colisión gigantesca, su interior puede doblarse, fluir, fundirse o desgarrarse.
Pero eso no significa que toda su materia responda exactamente igual que un
líquido.
La diferencia puede entenderse comparando agua con
plastilina muy caliente. Ambas pueden cambiar de forma con facilidad, pero la
segunda todavía opone cierta resistencia cuando intentamos cortarla o desplazar
unas capas respecto a otras. Esa oposición, llamada resistencia al
cizallamiento, afecta a cómo se distribuyen las tensiones y, por tanto, a
la manera en que un objeto termina deformándose o rompiéndose.
El equipo de C. Adeene Denton incorporó esa
propiedad a sus simulaciones mediante un modelo geofísico que vincula la dureza
con la temperatura. Cuanto más caliente está la roca y
más cerca se encuentra de fundirse, menor es su capacidad para mantener la
forma. Los investigadores probaron distintos estados térmicos, con temperaturas
superficiales aproximadas de 400, 800 y 2.000 kelvin.
La idea decisiva es sencilla: no basta con conocer
la masa, la velocidad o el ángulo de choque. También importa si el mundo que
recibe el golpe —o el que lo protagoniza— está frío, caliente, casi fundido o
completamente líquido.
El choque que pudo crear nuestro satélite
Para reconstruir el episodio, los autores
emplearon hidrodinámica de partículas suavizadas, conocida por las
siglas SPH. El nombre parece intimidante, pero el principio puede visualizarse
sin matemáticas: el programa representa ambos mundos mediante cientos
de miles de elementos numéricos y calcula cómo se mueven, comprimen, calientan
y atraen gravitatoriamente durante el encontronazo.
Cada partícula interactúa con sus vecinas, de modo
que el conjunto permite seguir la evolución de la materia sin imponer una
cuadrícula fija. Es, en esencia, una manera de convertir una catástrofe
planetaria imposible de repetir en un laboratorio virtual.
En el escenario de referencia, la proto-Tierra
posee 0,877 masas terrestres y Theia, 0,133. Los dos astros incluyen un manto
rocoso y un núcleo de hierro. El impacto ocurre con una inclinación cercana a
45 grados y a una velocidad aproximada de nueve kilómetros por segundo, unos
32.400 kilómetros por hora.
El grupo también modificó ligeramente el ángulo, la
rapidez y la estructura térmica para comprobar hasta qué punto cambiaba el
desenlace. No buscaba fabricar una única narración definitiva del pasado,
sino averiguar qué papel desempeña esa solidez que muchas recreaciones
anteriores habían ignorado.
Dos casos con condiciones prácticamente idénticas
proporcionan la comparación fundamental: uno trata los cuerpos como si
carecieran de consistencia efectiva, el otro permite que la roca conserve
capacidad para soportar deformaciones. Y ahí llega la sorpresa.
Y entonces apareció una Luna prácticamente entera
Cuando la resistencia no se incluye, la recreación
reproduce aproximadamente el relato tradicional.
Cerca del 91 por ciento de Theia termina incorporándose a la Tierra y una
pequeña parte de sus silicatos queda en órbita formando un disco caliente,
dominado por materia fundida. A partir de ese anillo de restos, podría
agregarse posteriormente un satélite.
Recreación
artística de los distintos desenlaces del impacto según la temperatura de
Theia. ChatGPT, César Noragueda.
Al introducir la solidez de un Theia muy
caliente pero todavía mayoritariamente sólido, la escena cambia:
el protoplaneta no se estira ni se mezcla de la misma manera, sino que, tras
golpear nuestro mundo, parte de su masa rebota, se deforma y acaba dividiéndose
en dos grandes componentes. El fragmento interior vuelve a caer sobre la
proto-Tierra y el exterior recibe suficiente momento angular para quedar
atrapado alrededor de ella.
Ese remanente es enorme. En la simulación
principal, alcanza alrededor de 1,78 masas lunares, está probablemente fundido
y conserva, sobre todo, componentes procedentes del manto de Theia. En
vez de nacer mediante la reunión progresiva de incontables escombros, emerge ya
con dimensiones colosales.
La separación inicial ocurre durante las primeras
cinco horas. Entre aproximadamente cinco y diez, la división de Theia modifica
la órbita del futuro satélite. Después llegan encuentros cercanos, pérdida de
materia y fuertes mareas, pero al final de una recreación prolongada hasta 36
horas el objeto sigue intacto.
Por eso, “formarse entera en cinco horas” necesita
una precisión: no significa que cinco horas después existiera la Luna actual,
fría, redonda y situada a su distancia moderna, sino que el gran precursor
lunar pudo quedar constituido directamente, sin reconstruirse primero desde un
disco.
La temperatura de Theia puede decidir qué Luna nace
La diferencia más reveladora se descubre al cambiar
únicamente el estado térmico previo. Con una superficie cercana a 400
kelvin, Theia es más frío y resistente. Soporta mejor la deformación,
permanece cohesionado durante más tiempo y vuelve a chocar con la proto-Tierra.
El proceso desemboca, de nuevo, en un gran disco de restos.
A unos 800 kelvin ocurre
algo intermedio. Se genera un satélite semintacto de unas 0,63
masas lunares, acompañado por una especie de cola de escombros que cae hacia
nuestro planeta. Durante unas horas parece sobrevivir, pero su trayectoria lo
lleva demasiado cerca y las fuerzas de marea terminan despedazándolo.
El caso cercano a 2.000 kelvin resulta
paradójico. Theia está muy caliente y próximo a la fusión, pero todavía
conserva suficiente consistencia para no comportarse exactamente como un
fluido. Esa combinación permite que se deforme de la manera adecuada, se divida
y lance al componente exterior hacia una órbita estable.
Más dureza, por tanto, no conlleva necesariamente
mayor supervivencia.
Igual que una rama seca puede partirse de forma distinta a una flexible, lo
importante no es solo cuánto aguanta esa sustancia rocosa, sino cómo responde
mientras la energía se redistribuye.
Cinco horas no resuelven todavía el misterio
El estudio no demuestra que nuestra Luna naciera
exactamente así. Sus autores establecen que ese desenlace es
físicamente posible bajo determinadas condiciones y que se obtiene en
una parte de los parámetros explorados.
Además, el fenómeno es sensible al ángulo y a la
velocidad. En las condiciones térmicas más favorables, el satélite
intacto queda capturado alrededor de una inclinación de 45 grados para
la rapidez canónica estudiada, aunque pequeñas variaciones permiten obtener
cuerpos semejantes con otras geometrías.
También permanece abierto uno de los grandes
problemas de cualquier modelo sobre el origen lunar: la extraordinaria
similitud isotópica entre la Tierra y la Luna, es decir, el parecido casi
idéntico en las proporciones de distintas variantes atómicas de varios
elementos. En estas simulaciones, el nuevo astro está compuesto principalmente
por materia de Theia, de modo que incorporar resistencia mecánica no elimina
por sí solo ese rompecabezas
químico.
Los investigadores comprobaron asimismo la
resolución numérica. Al pasar de 500.000 a un millón de partículas, el gran
satélite volvió a generarse y su masa apenas cambió alrededor de un 0,23 %. Eso
refuerza la consistencia del resultado dentro del modelo, aunque no convierte
una recreación informática en una fotografía del pasado.
Lo que la Luna puede contarnos sobre la juventud de
la Tierra
La consecuencia más interesante va más allá de las
cinco horas. Si la temperatura de Theia determina si queda un cuerpo casi
completo o un disco de escombros, el desenlace podría indicar cuándo
sucedió aquella colisión.
Un Theia todavía muy caliente encaja mejor con un
choque temprano, cuando los mundos interiores no habían tenido tanto tiempo
para enfriarse. El trabajo cita escenarios donde la formación
lunar habría ocurrido antes de unos 60 millones de años desde el inicio
del Sistema Solar.
Si el encuentro fuese posterior, entre
aproximadamente 100 y 150 millones, el protoplaneta podría haber estado más
frío y favorecer otra evolución.
Esa conexión transforma la pregunta. Ya no se trata
solo de averiguar qué golpe creó la Luna, sino de utilizar su origen para
reconstruir el estado térmico de aquellos mundos y ordenar la juventud
terrestre.
Cuando miramos al cielo, vemos un mundo que ha
acompañado a la Tierra durante
casi toda su historia. Tal vez no sea simplemente el producto de una nube de
restos ensamblada poco a poco. Una parte enorme de aquella proto-Luna pudo
cobrar existencia casi de una pieza durante las primeras horas de uno de los
episodios más violentos de nuestro planeta.
Recreación
artística de Psittacosaurus sp. La reconstrucción toma como referencia los
patrones de piel y pigmentación descritos a partir del ejemplar del Museo
Senckenberg de Alemania (Jakob Vinther et al.). Foto: ChatGPT-4o/Christian
Pérez
Publicado por Christian Pérez
Redactor especializado en divulgación científica e
histórica
Creado: 12.09.2026 |
11:07Actualizado: 12.09.2026 | 11:07
La paleontología suele asociarse a excavaciones
minuciosas, laderas erosionadas y científicos retirando sedimento con pequeñas
herramientas. Pero algunos fósiles aparecen de una forma mucho menos
previsible. En Mongolia Interior, al norte de China, un sondeo realizado para
buscar recursos minerales atravesó una capa de roca que ocultaba algo
completamente distinto: los restos de un dinosaurio del Cretácico Inferior.
El fósil apareció en un testigo de perforación
extraído a 473,2 metros de profundidad durante un proyecto de
exploración de cobre desarrollado por el Geological Party No. 208. Los huesos
proceden de las proximidades de Guaizihu, en la cuenca de Yin'gen-Ejinaqi, y
han sido catalogados con el código 208GPV01. Su antigüedad se sitúa
en el Aptiense, una etapa del Cretácico Inferior.
El descubrimiento acaba de ser estudiado por un
equipo encabezado por Tianyu Li y Ranwei Wang, con participación de
investigadores como Lida Xing y Xing Xu. El trabajo, publicado en Earth
History and Biodiversity, no presenta una nueva
especie de dinosaurio. Su importancia reside en otro lugar: es el primer
registro publicado de un dinosaurio de la Formación Bayan Gobi en el sector
occidental de esta cuenca.
Y lo más interesante es que una pequeña parte de su
cola ha permitido reconstruir bastante más de lo que podría parecer a primera
vista.
Una cola enterrada bajo casi medio kilómetro de
roca
El material recuperado es muy fragmentario. Se
conservan cuatro centros de vértebras caudales, seis arcos neurales, varios
procesos transversos, una costilla sacra y tendones osificados. Los
investigadores consideran que las vértebras pertenecían a la zona próxima al
comienzo de la cola, entre otras razones por sus centros relativamente cortos y
sus procesos transversos bien desarrollados.
No parece, además, que el animal hubiera alcanzado
la madurez. Los centros vertebrales, arcos neurales y procesos transversos
permanecen sin fusionar, una característica que el equipo interpreta como
indicio de un ejemplar inmaduro. El estado del fósil impide saber con seguridad
a qué especie perteneció, pero su anatomía permite acotar considerablemente su
identidad.
Las pistas están en pequeños detalles de las
vértebras. Los procesos transversos son estrechos, se afinan hacia sus extremos
y se sitúan cerca de la unión entre el centro vertebral y el arco neural,
claramente por debajo de las apófisis articulares. A ello se suma la presencia
de delgados tendones osificados sobre la parte dorsal de los arcos neurales.
La combinación llevó a los paleontólogos
hasta Ornithischia, uno de los grandes linajes de dinosaurios y el
grupo al que pertenecieron animales tan diferentes como los estegosaurios,
anquilosaurios, hadrosaurios y ceratopsios. Pero identificar un grupo amplio
era solo el comienzo.
Reconstrucción de Psittacosaurus sp. realizada a partir de las evidencias sobre la piel y la coloración conservadas en un ejemplar del Museo Senckenberg de Alemania. Foto: Tianyu Li et al. Earth History and Biodiversity (2026)
Las vértebras apuntan hacia Psittacosaurus
Para comprobar a qué dinosaurios se parecía
208GPV01, los investigadores recurrieron a la morfometría geométrica. En
términos sencillos, compararon cuantitativamente la forma de las vértebras
mediante nueve puntos anatómicos seleccionados en imágenes de vértebras
caudales de diferentes ornitisquios.
El análisis de componentes principales reveló una
proximidad particularmente interesante. En una de las comparaciones, el
ejemplar chino se situó cerca de Scutellosaurus y Psittacosaurus;
en otra, la mayor semejanza apareció precisamente con Psittacosaurus.
Las proporciones anatómicas cuentan una historia parecida: la relación entre la
longitud y altura de los centros vertebrales y las dimensiones de las espinas
neurales recuerda especialmente a este dinosaurio.
Psittacosaurus fue un
pequeño ceratopsio muy extendido por Asia durante el Cretácico Inferior. Sin
embargo, parecido no significa identidad. Con apenas una porción de la cola
disponible, los autores consideran que asignar el ejemplar a Psittacosaurus,
y mucho menos a una especie concreta, iría más allá de lo que permiten las
pruebas.
Por eso el fósil permanece clasificado
prudentemente como "Ornithischia indeterminado". Es una
cautela importante: muchas características de las vértebras caudales proximales
se repiten entre pequeños ornitisquios y no poseen necesariamente valor
suficiente para distinguir especies.
Un detalle extraño aparece en sus vértebras
Hay, sin embargo, una peculiaridad que llamó
especialmente la atención de los investigadores. Varias vértebras presentan
pequeños orificios dispuestos regularmente en sus superficies laterales. Se
trata de forámenes nutricios o neurovasculares, aberturas
relacionadas con el paso de vasos sanguíneos y nervios.
Su posición puede recordar superficialmente a las
aberturas asociadas a la neumatización vertebral observada en determinados
terópodos y saurópodos. El interior de estas vértebras, sin embargo, carece de
las características necesarias para interpretarlas de esa manera. Para los
autores, son probablemente forámenes neurovasculares ordinarios.
Lo extraordinario es su distribución. El patrón
regular observado entre el segundo y el cuarto centro caudal conservado no
había sido descrito de esa forma en otros ornitisquios. Se conocen pequeñas
aberturas en vértebras de dinosaurios como Haya o Jeholosaurus,
pero su disposición es diferente o irregular.
Eso tampoco convierte automáticamente a 208GPV01 en
una especie desconocida. El dinosaurio era
probablemente joven y todavía no sabemos si esos orificios cambiaban durante el
crecimiento, si constituían una peculiaridad individual o si realmente
caracterizaban a un grupo concreto. Para resolverlo harán
falta fósiles más completos.
Un nuevo punto en el mapa de los dinosaurios de
China
La Formación Bayan Gobi ya había proporcionado
dinosaurios importantes, entre ellos Penelopognathus weishampeli, Bayannurosaurus
perfectus y alvarezsauroideos como Bannykus wulatensis,
además de registros atribuidos a Psittacosaurus. Sin embargo, los
hallazgos conocidos estaban concentrados principalmente en la mitad oriental de
la cuenca.
208GPV01 cambia ese mapa. El yacimiento de Guaizihu
constituye el registro de dinosaurio más occidental conocido hasta ahora dentro
de la Formación Bayan Gobi y amplía, por tanto, la distribución geográfica
documentada de su fauna.
Hay además una ironía difícil de pasar por alto:
nadie estaba buscando dinosaurios. Una perforación destinada a investigar cobre
terminó atravesando una página del Cretácico enterrada bajo casi medio
kilómetro de roca.
El fósil no permite poner un nuevo nombre en el
árbol de los dinosaurios. Pero demuestra algo quizá más sugerente: bajo una
región donde apenas existían registros paleontológicos conocidos todavía quedan
capítulos enteros de la historia de estos animales esperando a que alguien,
incluso por accidente, llegue hasta ellos.
Recreación
artística de la influencia del ADN en la personalidad humana. ChatGPT, César
Noragueda
Publicado por César Noragueda
Periodista especializado en cine, ciencia y
pensamiento crítico.
Creado: 3.09.2026 |
20:15Actualizado: 5.09.2026 | 17:20
Dos personas llegan a una fiesta llena de
desconocidos. Una tarda segundos en presentarse a medio salón; la otra busca
primero una cara familiar. Reconocemos esas diferencias enseguida porque
convivimos con ellas todos los días.
De ahí nace una pregunta mucho más profunda: ¿por
qué somos como somos? Experiencias, educación, cultura y relaciones
van moldeándonos, pero también heredamos una combinación irrepetible de ADN. Averiguar
cuánto aporta cada ingrediente lleva décadas ocupando a la ciencia.
Un nuevo paper publicado en Nature del
Revived Genomics of Personality Consortium (ReGPC), un consorcio internacional
dedicado a la genómica de la personalidad, ha llevado esa búsqueda a una escala
extraordinaria. El equipo combinó 46 grupos de participantes procedentes de
distintos estudio y examinó a entre 611.037 y 1,14 millones de ellos,
dependiendo del rasgo analizado. Ese volumen permitió rastrear el genoma con
una resolución inédita.
Lo obtenido no convierte nuestro carácter en un
destino biológico; al contrario, obliga a imaginar su origen como un entramado
bastante más complejo.
Antes de buscar genes hay que explicar qué
significa “personalidad”
En psicología, la personalidad no equivale
simplemente a ser simpático, tímido o tener “mucho carácter”. El término
describe patrones relativamente estables en nuestra manera de pensar,
sentir y comportarnos. Para estudiarlos, uno de los modelos más utilizados
los resume en cinco grandes dimensiones conocidas como Big
Five.
Son extraversión, relacionada con sociabilidad,
energía y asertividad; amabilidad, que abarca compasión, respeto y confianza;
responsabilidad, vinculada con organización y constancia; neuroticismo,
asociado con tendencia a emociones negativas e inestabilidad; y apertura a la
experiencia, donde entran curiosidad, imaginación y sensibilidad estética.
Conviene imaginarlas como cinco reguladores de una
mesa de mezclas, no como cinco cajones, cada uno admite innumerables posiciones
y nadie necesita pertenecer por completo a una categoría. El perfil surge de la
combinación.
Esa imagen evita además un error crucial: si una
característica humana varía gradualmente, buscar su base biológica no equivale
a localizar un interruptor que la encienda o apague.
Buscar la personalidad en el ADN no significa
encontrar “el gen de ser extrovertido”
Para rastrear esa base, los autores realizaron
estudios de asociación del genoma completo, conocidos por las siglas GWAS.
El nombre intimida más que la idea.
Imaginemos cientos de miles de ejemplares de un
libro casi idéntico. Entre sus miles de millones de letras, existen pequeñas
diferencias. Si además conocemos la puntuación de cada propietario en
extraversión o responsabilidad, podemos comprobar si determinadas letras
aparecen con algo más de frecuencia conforme cambia esa puntuación.
El procedimiento hizo algo conceptualmente parecido
con alrededor de diez millones de SNP por cada dimensión. Un SNP —pronunciado
“snip”— es una posición del genoma donde una sola letra del ADN puede variar
entre individuos. Después, rastrearon asociaciones estadísticas
suficientemente sólidas para descartar razonablemente que hubieran surgido por
azar.
Encontrar una asociación no implica que esa
variante dicte una conducta ni que sea necesariamente su causa. Señala una
relación estadística con la característica examinada. Entre millones de
comparaciones, separar un vínculo auténtico del ruido exige muestras enormes y
criterios rigurosos.
Entonces, aparecieron 1.260 variantes genéticas
El análisis identificó 1.260 posiciones principales
del genoma, aproximadamente independientes entre sí, asociadas de forma
significativa con alguna de las cinco grandes dimensiones de la
personalidad. De ellos, 824 —un 65 por ciento— estaban en regiones que no
se habían vinculado anteriormente con variaciones del rasgo correspondiente.
El procedimiento hizo algo conceptualmente parecido
con alrededor de diez millones de SNP por cada dimensión. Un SNP —pronunciado
“snip”— es una posición del genoma donde una sola letra del ADN puede variar
entre individuos. Después, rastrearon asociaciones estadísticas
suficientemente sólidas para descartar razonablemente que hubieran surgido por
azar.
Encontrar una asociación no implica que esa
variante dicte una conducta ni que sea necesariamente su causa. Señala una
relación estadística con la característica examinada. Entre millones de
comparaciones, separar un vínculo auténtico del ruido exige muestras enormes y
criterios rigurosos.
Entonces, aparecieron 1.260 variantes genéticas
El análisis identificó 1.260 posiciones principales
del genoma, aproximadamente independientes entre sí, asociadas de forma
significativa con alguna de las cinco grandes dimensiones de la
personalidad. De ellos, 824 —un 65 por ciento— estaban en regiones que no
se habían vinculado anteriormente con variaciones del rasgo correspondiente.
Tus genes influyen, pero no llevan escrita tu
biografía
¿Cuánto explican entonces esas diferencias
heredadas? En las estimaciones poblacionales principales, las variantes comunes
capturadas por los estudios de asociación del genoma daban cuenta de entre
el 4,8 y el 9,3 por ciento de la variación observada
según la dimensión. Otros modelos producen cifras superiores; considerando
rasgos y procedimientos, el artículo recoge valores que alcanzan el 16,2 por
ciento.
De ahí no se desprende que “el resto sea ambiente”.
La heredabilidad describe diferencias dentro de una población bajo determinadas
condiciones, no reparte a un individuo en porciones genéticas y ambientales.
Podemos imaginar una receta elaborada con una
cantidad enorme de pizcas. Cada una altera poquísimo el resultado y ninguna
determina por sí sola el sabor final. Además, la cocina importa: desarrollo,
familia, amistades, educación, cultura, acontecimientos y circunstancias se
entrelazan con las predisposiciones biológicas.
Estudios con gemelos y familias han obtenido
estimaciones globales de heredabilidad del 40 al 60 por ciento, pues captan
componentes que estos estudios de asociación del genoma no abarcan por
completo. Los investigadores recalcan que todos los métodos encuentran
una influencia sustancial del entorno.
La oposición “genes contra ambiente” empieza así a
plantear una falsa disyuntiva.
Una de las pruebas más interesantes estaba dentro
de las familias
Quedaba un problema. Si cierta variante parece
ligada a la responsabilidad, ¿refleja un efecto transmitido
biológicamente o características del hogar, ascendencia poblacional u otros
factores compartidos?
Para reducir esa confusión, se compararon miembros
de una misma familia. Entre otros datos, se utilizaron 2.956 familias del
Registro Neerlandés de Gemelos (Netherlands Twin Register) y 4.751 del Estudio
sobre el Desarrollo Temprano de los Gemelos (Twins Early Development Study).
Los investigadores cotejaron agemelos
dicigóticos, que comparten de media alrededor de la mitad de sus variantes
genéticas. Las diferencias entre sus índices poligénicos —puntuaciones que
resumen el efecto combinado de numerosas variantes— predijeron los
respectivos rasgos con una magnitud muy semejante a la obtenida en las
estimaciones poblacionales.
Otra comprobación utilizó datos de 34.506
conjuntos de padres e hijos recopilados por la compañía islandesa
deCODE Genetics. La comparación permitió separar el efecto del ADN que los
hijos habían heredado directamente de sus padres de otras influencias
compartidas por las familias. Al hacerlo, los investigadores comprobaron que
esos efectos genéticos directos conservaban el 96,2 por ciento de la
capacidad que tenían los índices poligénicos para predecir diferencias de personalidad al
comparar individuos de toda la población.
Eso no quiere decir que los genes expliquen ese
porcentaje de nuestra personalidad. Significa algo mucho más concreto: que la
relación detectada entre esos índices genéticos y los rasgos de personalidad
apenas se reducía al controlar las posibles distorsiones derivadas del entorno
y de otras características compartidas dentro de las familias.
El cerebro aparece, pero tampoco como esperábamos
Al indagar qué mecanismos podían esconderse detrás
de los hallazgos, los científicos encontraron otra pista esclarecedora. Para
cuatro dimensiones —todas salvo amabilidad—, las asociaciones estaban
enriquecidas en genes expresados en la corteza prefrontal, una región
cerebral implicada en numerosas funciones complejas.
Sin embargo, el mapa no conduce a una explicación
sencilla. Algunas teorías han otorgado especial protagonismo a sistemas
relacionados con dopamina para apertura y extraversión, o serotonina para
responsabilidad, neuroticismo y amabilidad. Las nuevas comprobaciones
ofrecieron poco respaldo a esa división.
Ni el tamaño de los efectos ni su significación
situaron a esos neurotransmisores entre los tipos neuronales más enriquecidos.
Eso no vuelve irrelevantes a serotonina o dopamina; muestra que reducir
dimensiones psicológicas a una sustancia resulta demasiado simple.
El panorama que emerge recuerda menos a cinco
circuitos independientes que a sistemas moleculares y celulares
solapados cuya participación todavía habrá que desentrañar.
Tu ADN tampoco puede decir cómo vas a comportarte
mañana
Con tantas asociaciones, surge una tentación
inevitable: ¿podríamos secuenciar a alguien y anticipar cómo será? La
investigación aporta una advertencia particularmente útil para frenar fantasías
deterministas.
Se construyeron índices poligénicos, puntuaciones
que reúnen el efecto estadístico de numerosas variantes. Estos consiguieron predecir modestamente
los cinco rasgos en cinco cohortes independientes con genomas similares a los
europeos. También obtuvieron algunas predicciones
significativas para extraversión, neuroticismo y apertura en participantes con
ascendencia genética semejante a poblaciones africanas, aunque la precisión
disminuye cuando cambia la ascendencia respecto a las muestras empleadas para
construir el índice.
El artículo lo advierte explícitamente: esas
puntuaciones no permiten anticipar el comportamiento futuro de un individuo.
Una tendencia estadística entre cientos de miles de
personas no funciona como una bola de cristal personal. Tampoco conviene
universalizar conclusiones obtenidas predominantemente en poblaciones
occidentales. Harán falta antecedentes ancestrales y culturales más diversos
para comprobar qué vínculos se mantienen.
Entonces, ¿nacemos con nuestra personalidad?
La contestación más fiel es menos rotunda y más
interesante. No llegamos al mundo con nuestro carácter escrito por completo,
pero tampoco como una página biológicamente en blanco. Heredamos un abanico de
pequeñas propensiones que se despliegan dentro de una vida concreta.
La escala impresiona: más allá de las 1.260 variantes
genéticas que superaron el estricto umbral estadístico, el estudio
estima unas 16.180 variantes comunes independientemente asociadas, en promedio,
con cada dimensión. La arquitectura resulta extraordinariamente repartida.
Volvamos a la fiesta. No existe una letra del ADN
que condene a alguien a recorrer el salón presentándose a desconocidos ni otra
que empuje a su acompañante hacia un rincón. Intervienen incontables
influencias diminutas, además de todo lo vivido.
Ahí reside el cambio de perspectiva. Podemos
detectar la huella biológica de algo tan íntimo como nuestro modo habitual de
pensar, sentir y actuar sin convertirla en destino. Cuanto más detallado se
vuelve ese mapa, menos recuerda paradójicamente a un guion: aparece como una
inmensa colección de posibilidades sobre la que cada biografía escribe una
historia distinta.
Publicado por Muy Interesante
Creado: 2.09.2026 |
21:00Actualizado: 2.09.2026 | 22:36
Un investigador situado en Chicago pulsó una orden
y, casi al instante, un implante
cerebral remoto instalado en el cerebro de una rata en
Daejeon, Corea del Sur, respondió. Entre ambos puntos había 10.596
kilómetros y la infraestructura completa de internet. La escena parece
salida de la ciencia ficción, pero conviene desactivar la lectura
sensacionalista antes de continuar: no hubo control mental, ni lectura de
pensamientos, ni gobierno remoto de las emociones del animal.
Lo que ocurrió fue algo más sobrio y, en cierto
modo, más interesante. Un neuroimplante remoto llamado RAPIDO,
desarrollado en el KAIST, ejecutó dos acciones físicas concretas:
administrar un fármaco mediante una microbomba implantable y encender un
micro-LED para estimular tejido cerebral. Ni más, ni menos.
Qué puede hacer: activar de
forma remota funciones físicas concretas y programables, como liberar una dosis
de fármaco en una región cerebral específica o encender un micro-LED para
estimulación óptica de un circuito ya modificado genéticamente.
Qué no puede hacer:
leer pensamientos, interpretar intenciones, controlar emociones ni tomar
decisiones por su cuenta. El implante ejecuta órdenes puntuales; no gobierna la
mente del animal.
Qué es RAPIDO y por qué ha llamado la atención
El sistema fue desarrollado por investigadores
del KAIST y la Universidad Yonsei y presentado en el
artículo "IoT-enabled wireless neural implant for chronic,
programmable neuropharmacology and optogenetics", publicado en la
revista Science Advances el 29 de julio de 2026 en su versión
en línea, dentro del número del 31 de julio. RAPIDO es el acrónimo de una
plataforma implantable, programable y accionada de forma remota.
Su relevancia no está tanto en el gesto llamativo
del control transcontinental como en la infraestructura que lo hace posible. El
dispositivo integra una microbomba electroquímica para
dosificar sustancias, un micro-LED azul de 470 nanómetros para
optogenética, electrónica de control, batería y comunicación inalámbrica. Todo
ello en un conjunto que mide aproximadamente 11,8 × 9,4 × 24,4
milímetros y pesa 2,5 gramos, de los cuales la sonda
optofluídica implantada de forma crónica supone alrededor de 1,1 gramos.
El módulo de la microbomba, por su parte, apenas alcanza los 0,3 gramos.
Esas magnitudes importan: cuanto menos pesa y ocupa el conjunto, menos altera
el comportamiento natural del animal que lo lleva encima durante semanas.
Cómo viaja una orden de Chicago a un cerebro en
Daejeon
Aquí conviene deshacer un malentendido habitual: el
implante no se conecta directamente a internet. La arquitectura descrita por el
equipo funciona por eslabones. El investigador envía una orden a través de una
interfaz web autorizada; esa orden viaja por internet hasta un ordenador
situado junto al animal, un Raspberry Pi que actúa como puerta
de enlace; y ese ordenador traduce la instrucción y la transmite al implante
mediante Bluetooth Low Energy (BLE).
Dicho con una metáfora sencilla: internet
transporta el mensaje hasta la puerta del laboratorio, un ordenador cercano lo
recoge y el implante ejecuta finalmente la acción física. La distancia separa
al investigador del dispositivo, pero no convierte al implante en un sistema
autónomo capaz de decidir por su cuenta. Es una arquitectura de eslabones no
muy distinta, salvando las diferencias de propósito, de la que enfrenta un niño
de once
años y su teléfono cuando accede por primera vez a
una red de notificaciones y mensajes constantes.
Las cifras dimensionan el hito. La latencia media
del control en tiempo real entre Chicago y Daejeon fue de unos 109
milisegundos. Cuando las órdenes se programaban por adelantado y se
ejecutaban localmente en el ordenador de enlace, el retraso efectivo bajó a
aproximadamente 55,8 milisegundos. Y en el rango corto, con control
directo por Bluetooth dentro de 10 metros, la latencia se mantuvo por debajo de
los 50 milisegundos. Esa reducción no es un detalle menor: la
programación local resuelve una limitación práctica de trabajar a través de una
red global, porque una orden que se ejecuta al lado del animal no depende de
los vaivenes del tráfico transoceánico.
Dos técnicas reunidas en un mismo dispositivo
RAPIDO combina dos herramientas que suelen requerir
equipos separados. Por un lado, la neurofarmacología, es decir, la
administración controlada de sustancias en una región cerebral concreta. Por
otro, la estimulación cerebral optogenética, que activa circuitos
mediante luz después de haber modificado previamente ciertas células con
herramientas genéticas. En este caso, la estimulación óptica requirió la
expresión viral de Opto-RhoA antes del experimento.
La parte implantable actuó sobre ambos núcleos
accumbens, una región asociada a los circuitos de recompensa y motivación. El
sistema permitió programar de forma remota el lado de la infusión (izquierdo,
derecho o bilateral), el nivel de la bomba, la duración de la administración y
los parámetros de estimulación óptica. Esa versatilidad, aplicada a un animal
que se mueve libremente, es precisamente lo que aporta valor científico, porque
permite comparar intervenciones sobre el mismo circuito sin cables que restrinjan
la conducta. Esa capacidad de combinar variables sin perder precisión recuerda
al debate sobre tu cerebro y la multitarea, y hasta qué punto puede gestionar
varios procesos a la vez.
El experimento con cocaína: qué se midió realmente
El equipo utilizó un paradigma clásico en
investigación de la adicción: la preferencia de lugar condicionada por cocaína.
Las ratas recibieron cocaína (20 mg/kg por vía intraperitoneal)
durante bloques de acondicionamiento, y en el grupo tratado se aplicó
estimulación bilateral con luz azul de 470 nanómetros en ciclos de 3
minutos de encendido y apagado durante el emparejamiento con el
contexto.
El resultado: mientras la cocaína sola producía una
preferencia significativa por el compartimento asociado a la droga, la
estimulación óptica evitó ese aumento comparable de tiempo y distancia
recorrida en la zona vinculada a la cocaína. El estudio comparó tres grupos
(solución salina, cocaína sin luz y cocaína con estimulación), con solo n
= 4 ratas por grupo.
Conviene subrayar la diferencia entre controlar
un dispositivo y controlar una conducta. Que la
estimulación modifique una preferencia medida en el laboratorio no significa
que el sistema gobierne al animal, interprete sus intenciones o suprima su
deseo. El implante ejecuta acciones; no toma decisiones. Tal y como resume la
profesora Wha Young Kim, de la Universidad Yonsei, la plataforma permite
"controlar de forma remota y precisa circuitos cerebrales específicos
durante periodos prolongados mientras los animales se mueven libremente",
según el comunicado difundido por KAIST y EurekAlert.
Los límites que no conviene olvidar
El trabajo es enteramente preclínico. Se realizó en
ratas macho Sprague-Dawley, con muestras pequeñas y periodos de observación
limitados. La plataforma se empleó también para administrar fármacos de manera
crónica y estudiar actividad locomotora y biocompatibilidad durante un periodo
de hasta cuatro semanas, aunque conviene precisar un matiz
cronológico: la prueba de preferencia por el contexto asociado a cocaína se
realizó dos semanas después de la cirugía, no al final de ese mes. Esa cautela
ante muestras reducidas no es exclusiva de la neurociencia animal: la misma
prudencia aparece al hablar de terapia
hormonal y niebla mental en otros campos de la salud.
De ahí que los resultados no puedan extrapolarse
alegremente. El estudio no demuestra que RAPIDO sirva en seres humanos, no
aporta pruebas clínicas de eficacia o seguridad y no permite establecer si el
efecto sobre la preferencia asociada a la cocaína sería reproducible en
muestras mayores o en otras especies. Tampoco determina cuánto tiempo podría
permanecer implantado el dispositivo sin complicaciones más allá de los
periodos estudiados. Al fin y al cabo, cualquier intervención crónica en un
organismo vivo actúa, igual que el calor extremo como
multiplicador de riesgos, sobre múltiples sistemas a la vez. Y reducir una
preferencia en un laberinto no equivale a eliminar una adicción.
Las preguntas de gobernanza que abre un experimento
conectado a internet
¿Qué ocurre si la conexión se interrumpe en mitad
de una administración? ¿Cómo se autentican las órdenes que cruzan medio
planeta? ¿Quién tiene autoridad para modificar un protocolo remoto, detener una
sesión o revisar después cada instrucción enviada al implante? Son preguntas
legítimas, y conviene formularlas con precisión: se trata de cuestiones de
gobernanza y diseño futuro, no de riesgos ya demostrados por este estudio. Es
la misma lógica que exige distinguir, ante una fiebre infantil que
preocupa a los pediatras, cuándo un síntoma común merece vigilancia adicional.
La demostración transcontinental convierte una
instalación local en un nodo científico remoto. Y en ese escenario, la
fiabilidad de la red, la gestión de permisos y la trazabilidad de las órdenes
pasan a formar parte del propio protocolo experimental. Las fuentes consultadas
no detallan qué sistema concreto de autenticación, cifrado o registro de
cambios se aplicaría en un despliegue más amplio, ni qué sucede exactamente con
una estimulación en curso si se pierde la comunicación. Son, por tanto, cuestiones
abiertas que deberán resolverse antes de que este tipo de experimentos se
generalicen entre laboratorios de distintos países.
En conjunto, RAPIDO es un hito de conectividad e
instrumentación neurocientífica: una cápsula implantable, un enlace Bluetooth,
un ordenador local y una red global pueden coordinar una intervención cerebral
experimental a 10.596 kilómetros. El hallazgo no acerca el control mental;
acerca la investigación a una nueva forma de operación distribuida, en la que
la seguridad técnica, el bienestar animal y la gobernanza internacional pasan a
ser tan decisivos como el micro-LED de 470 nanómetros o la latencia de 109
milisegundos. Conviene insistir en que se trata de una demostración
experimental realizada exclusivamente en animales: antes de plantear cualquier
uso médico en humanos quedarían por validar aspectos como la seguridad a largo
plazo del implante, su comportamiento en muestras mucho más amplias, la
reproducibilidad de los efectos observados en otras especies y los protocolos
de gobernanza y ciberseguridad necesarios para operar un implante cerebral
remoto a distancia.
¡Hasta
la próxima!