Ustedes saben, queridos amigos, que un tema caro a mis intereses es la consciencia. Y, reflexionando acerca de ello, recordé una charla que diera aquel gran divulgador científico que fuera Isaac Asímov (1920-1992) y que figura en su libro El monstruo subatómico de 1986.
Es
cierto que ya ha pasado agua bajo el puente y hay cosas que conocemos con más
detalle que en esa época, pero la dicha charla es muy interesante desde el
punto de vista del razonar científico , además, aporta datos sobre la
morfología del cerebro muy interesantes.
Así
pues, no resistí la tentación de acercársela a ustedes para que la disfruten.
¡Que
así sea!
Supongamos
que comenzamos con la fácil suposición de que el sapiens es la especie más
inteligente de la Tierra, que viva hoy o lo haya hecho en el pasado. Por lo
tanto, no debería sorprender que el cerebro humano sea tan grande. Tenemos la
tendencia con bastante razón, de asociar el cerebro con la inteligencia, y
viceversa.
El
cerebro del humano adulto del sexo masculino tiene una masa de,
aproximadamente, 1,4 kilogramos, como promedio, y es, con mucho, más grande que
cualquier cerebro que no sea de mamífero, pasado o actual. Esto no resulta
sorprendente, considerando que los mamíferos son una clase que tiene el cerebro
más grande y son más inteligentes cualquier otro tipo de organismos vivos.
Entre
los mismos mamíferos, tampoco resulta sorprendente que, cuanto mayor es el
organismo en conjunto, mayor es el cerebro, pero el cerebro humano se aparta de
esta norma. Es más grande que el de aquellos mamíferos que son mucho más
voluminosos que los humanos. El cerebro del hombre es más grande que el del
caballo, el rinoceronte, o el gorila, por ejemplo.
Y,
sin embargo, el cerebro humano no es el más grande que existe. El
cerebro de los elefantes es mayor. Se ha encontrado que los cerebros de elefante
más grandes poseen masas de unos 6 kilogramos, más o menos, 4 ¼ veces la
del cerebro humano. Y lo que es más, se ha comprobado que
los cerebros de las grandes ballenas son aún más voluminosos. El cerebro
de mayor masa jamás medido fue el de un cachalote, que poseía una masa de 9,2
kilogramos, es decir, 6,5 veces la del cerebro humano.
Sin
embargo, nunca se ha pensado que los elefantes y las ballenas grandes, aunque sean más inteligentes
que la mayoría de los animales, pudiesen ni remotamente compararse con los
seres humanos en cuanto a inteligencia. En resumen: la masa cerebral no es lo
único que hay que tener en cuenta en lo que a la inteligencia se refiere.
El
cerebro humano constituye, más o menos, el 2 % de la masa total del cuerpo
humano. No obstante, un elefante con un cerebro de 6 kilogramos tendría una masa de 5.000
kilogramos, de modo que su cerebro constituiría sólo el 0,12 % de la masa de
su cuerpo. En cuanto al cachalote que puede alcanzar una masa de 65.000
kilogramos su cerebro de 9,2 kilogramos representaría sólo el 0,014% de la masa de
su cuerpo.
En
otras palabras, por unidad de masa corporal, el cerebro humano es 17 veces
mayor que el del elefante, y 140 veces más grande que el del cachalote.
¿Es
razonable poner la relación cerebro/cuerpo por delante de la simple masa cerebral?
Bueno,
al parecer nos da una respuesta verdadera, puesto que señala el hecho aparentemente
obvio de que los seres humanos son más inteligentes que los
elefantes y las ballenas, que tienen cerebros más grandes. Además, podríamos
argumentar (probablemente de una manera simplista) de esta manera:
El
cerebro controla las funciones del cuerpo, y lo que queda después de esas
actividades de bajo control de pensamiento puede reservarse para actividades
tales como la imaginación, el razonamiento abstracto y las fantasías creativas. Aunque los
cerebros de los elefantes y ballenas más grandes, los cuerpos de
esos mamíferos son enormes, por lo que, sus cerebros, por muy grandes
que sean, están totalmente ocupados con toda la rutina de hacer funcionar
esas vastas masas, y les queda muy poco para funciones «más elevadas».
Elefantes y ballenas son, pues, menos inteligentes que los seres humanos, a
pesar del tamaño de sus cerebros.
(Y
ésa es la razón de que la mujer posea un cerebro con un 10 % menos de masa que
el del hombre, como promedio, y no sea un 10 % menos inteligente. Su cuerpo es
también más pequeño, y su relación de masa cerebro/cuerpo es, en todo caso, un
poco más elevada que la del hombre).
De
todos modos, la relación de masa cerebro/cuerpo tampoco puede serlo todo. Los
primates (simios y monos) tienen relaciones elevadas cerebro/cuerpo y, en
conjunto, cuanto más pequeño es el primate, más elevada es la relación. En
algunos monos pequeños, el cerebro constituye el 5,7 % de la masa corporal, y
eso es casi tres veces la proporción que se da en los seres humanos.
¿Por
qué, pues, esos pequeños monos no son más inteligentes que los seres humanos?
Aquí la respuesta puede ser que sus cerebros son demasiado pequeños para servir
a ese propósito.
Para
tener una inteligencia realmente elevada, se necesita un cerebro lo
suficientemente grande como para proporcionar el poder de pensamiento
necesario, y un cuerpo lo suficientemente pequeño para no emplear todo el
cerebro no dejando nada para el pensamiento. Esta combinación cerebro grande y
cuerpo pequeño parece encontrar su mejor equilibrio el ser humano.
¡Pero
esperen! Igual que los primates tienden a poseer una proporción cerebro/cuerpo
más elevada a medida que se hacen más pequeños, lo mismo hacen los cetáceos (la
familia de las ballenas). El delfín común no es más voluminoso que un hombre,
en conjunto, pero tiene un cerebro que posee unos 1,7 kilogramos de masa, o 1/5
más masa que el cerebro humano. La proporción cerebro/cuerpo es del 2,4 %.
En
ese caso, ¿por qué no es el delfín más inteligente que el ser humano ¿Puede
existir alguna diferencia cualitativa entre las dos clases de cerebros que
condene a los delfines a una relativa estupidez?
Por
ejemplo, las células cerebrales propiamente dichas están situadas en la
superficie del cerebro y constituyen la «materia gris». El interior del cerebro
está compuesto, en gran parte por las protuberancias recubiertas de grasa que
se extienden desde las células y (gracias al color de grasas) constituye la
«materia blanca».
Es
la materia gris la que se asocia con la inteligencia y, por tanto, el área
superficial del cerebro es más importante que su masa. Cuando consideramos las
especies en orden de inteligencia creciente, hallamos que el área superficial
del cerebro aumenta con mayor rapidez que la masa. Una manera en que esto se
hace aparente es que el área superficial aumenta hasta el punto en que no puede
esparcirse de forma llana por el interior del cerebro, sino que se retuerce
formando circunvoluciones. Un cerebro con circunvoluciones tendría una mayor
área superficial que un cerebro liso de la misma masa.
Por
lo tanto, asociamos las circunvoluciones con la inteligencia y, con seguridad,
los cerebros de los mamíferos poseen circunvoluciones mientras que los cerebros
de los no mamíferos no las tienen. El cerebro de un mono posee más
circunvoluciones que el cerebro de un gato. No resulta sorprendente que un
cerebro humano tenga más circunvoluciones que el de cualquier otro mamífero
terrestre, incluyendo incluso a los relativamente inteligentes como los
chimpancés y los elefantes.
Y,
sin embargo, el cerebro del delfín tiene más masa que el cerebro humano, posee
una mayor proporción masa de cerebro/cuerpo y, además, tiene más
circunvoluciones que el cerebro humano.
Entonces,
¿por qué los delfines no son más inteligentes que los seres humanos? Para
explicarlo, debemos volver a la suposición de que existe algún defecto en la
estructura de las células del cerebro del delfín, o en su organización
cerebral, puntos respecto de los cuales no existe ninguna evidencia.
No
obstante, permítanme sugerir un punto de vista alternativo. ¿Cómo sabemos que
los delfines no son más inteligentes que los seres humanos?
Sin
duda, no poseen tecnología, pero esto no es sorprendente. Viven en el agua,
donde el fuego resulta imposible, y el hábil empleo del fuego constituye la
base fundamental de la tecnología humana. Y lo que es más, la vida en el mar
hace esencial el ser aerodinámico, por lo que los delfines carecen del
equivalente de las manos delicadamente manipuladoras que poseen los seres
humanos.
¿Pero
es la tecnología sola una medida suficiente de la inteligencia? Cuando nos
interesa, dejamos de lado la tecnología. Consideremos las estructuras
construidas por algunos insectos sociales, tales como abejas, hormigas y
termitas, o la delicada tracería de la tela de las arañas. ¿Todas esas realizaciones
hacen la abeja, la hormiga, la termita o la araña más inteligentes que el
gorila, que construye un tosco nido en un árbol?
Decimos
«no» sin titubear un momento. Consideramos que los animales inferiores, por
maravillosos que sean sus logros, actúan sólo por instinto, y que esto es
inferior al pensamiento consciente. Sin embargo, puede que esto sólo sea
nuestra opinión personal.
¿No
podría ser concebible que los delfines considerasen nuestra tecnología el
resultado de una forma inferior del pensamiento, y no aceptarlo como una prueba
de inteligencia, según un juicio propio sólo de ellos?
Naturalmente,
los seres humanos tienen la facultad del habla. Empleamos complejas
modulaciones del sonido para expresar ideas infinitamente sutiles, y ninguna
otra especie de seres vivos lo hace o llega siquiera a algo parecido. (Tampoco
pueden comunicarse con la equivalente complejidad, versatilidad y sutileza por
ningún otro medio, por lo que sabemos hasta ahora).
Sin
embargo, la ballena de joroba canta complejas «canciones», mientras que el
delfín es capaz de producir una mayor variedad de sonidos diferentes que
nosotros. ¿Qué nos hace estar tan seguros de que los delfines no pueden hablar?
Pero
la inteligencia es algo que se percibe. Si los delfines son tan listos ¿por qué
no resulta obvio que lo son?
En
«Pensamientos acerca del pensamiento» mantenía que existen di rentes clases de
inteligencia entre los seres humanos, y que las pruebas de CI son equivocadas
por esta razón. No obstante, aunque fuese así, todas las variedades
inteligenciales humanas (tengo que inventar esta palabra) pertenecen claramente
al mismo género. Nos es posible reconocer estas variedades, aunque sean del
todo diferentes. Podemos ver que Beethoven tenía una clase de inteligencia y
Shakespeare otra, Newton otra aún, y Peter Piper (el experto en elegir adobos)
tiene otra, y podemos comprender el valor de cada una de ellas.
Y,
sin embargo, ¿qué podemos decir de una variedad inteligencial diferente de las
que poseen los seres humanos? ¿También la reconoceríamos como inteligencia, sin
importar cómo la estudiásemos?
Imaginemos
que un delfín, con su enorme y circunvolucionado cerebro y su amplio repertorio
de sonidos, tuviera una mente que pudiera considerar ideas complejas y un
lenguaje que pudiera expresarlas con finita sutileza. Pero supongamos que esas
ideas y ese lenguaje fueran diferentes de todo a lo que estuviéramos
acostumbrados, que no pudiéramos siquiera captar el hecho de que eran ideas y
lenguaje, y mucho nos entender su contenido. Supongamos que una colonia de
termitas, todas juntas, poseyeran un cerebro comunitario que pudiera reaccionar
de una forma tan diferente a las de nuestras individualidades, que no viéramos
la inteligencia comunitaria, por muy notoriamente «obvia» que pudiera ser.
El
problema puede ser parcialmente semántico. Insistimos en definir el
«pensamiento» de tal manera que llegamos a la conclusión automática de que sólo
los seres humanos piensan. (En realidad, los fanáticos, a través de toda la
historia, han estado seguros de que sólo los seres masculinos similares en
apariencia a ellos podían pensar, y que las mujeres y «razas inferiores» no
podían hacerlo. Las definiciones que benefician a uno pueden servir de mucho).
Supongamos
que definimos el «pensamiento» como ese tipo de acción que lleva a una especie
a tomar las medidas que aseguren mejor su supervivencia. Según esta definición,
todas las especies piensan, de algún modo. El pensamiento humano no es sino una
variedad más, y no necesariamente mejor que las otras.
En
realidad, si consideramos que la especie humana, con plena capacidad para la
premeditación, y conociendo exactamente lo que hace y lo que puede suceder, de
todos modos tiene grandes probabilidades de destruirse a sí misma en un
holocausto nuclear, la única conclusión lógica a la que podemos llegar, según
mi definición, es que el homo sapiens piensa más pobremente, y es menos
inteligente, que cualquier otra especie que viva, o haya vivido, en la Tierra.
Por
lo tanto, es posible que, así como los que analizan el CI logran sus resultados
definiendo cuidosamente la inteligencia de un modo que hace que ellos mismos y
la gente como ellos, sean «superiores», del mismo modo la Humanidad, en
conjunto, realiza algo parecido con su cuidadosa definición de lo que
constituye el pensamiento.
Para
hacerlo más sencillo, consideremos una analogía.
Los
seres humanos «andan». Lo hacen sobre dos piernas con su cuerpo de mamífero
erguido, produciendo una inclinación hacia atrás en su columna vertebral, en la
región lumbar.
Podríamos
definir el «andar» como el movimiento sobre dos piernas con el cuerpo en
equilibrio sobre una columna curvada. Según esta definición, andar sería algo
único de los seres humanos y podríamos estar muy orgullosos de este hecho, y
con razón. Esta manera de andar liberó a nuestros miembros superiores de toda
necesidad de ayudarnos a movernos (excepción hecha de ciertas situaciones de
emergencia), y nos permitió tener las manos permanentemente disponibles. Este
desarrollo de la posición erguida precedió al desarrollo de nuestro gran
cerebro y puede que, en realidad, nos llevara a ello.
Otros
animales no andan. Se mueven sobre cuatro patas o sobre seis, ocho, docenas, o
ninguna. O vuelan, o nadan. Incluso esos cuadrúpedos que pueden erguirse sobre
sus patas traseras (como los osos y los simios) lo hacen sólo temporalmente, y
están más cómodos sobre sus cuatro patas.
Existen
animales que son estrictamente bípedos, como los canguros y las aves, pero a
menudo saltan más que andan. Incluso las aves que andan (como las palomas y los
pingüinos) son principalmente voladoras o nadadoras. Y las aves que no hacen
nunca otra cosa excepto andar (o, su primo más rápido, correr) como el
avestruz, carecen de una columna vertebral curvada.
Así
pues, supongamos que insistiéramos en hacer del «andar» algo por completo
único, hasta el punto de que careciéramos de palabras para las maneras en que
otras especies avanzan. Supongamos que nos contentásemos con decir que los
seres humanos fuesen «andantes» y que las demás especies no, y nos negásemos a
ampliar nuestro vocabulario.
Si
insistiésemos en hacerlo con suficiente fervor, no necesitaríamos prestar
atención a la bella eficiencia con que algunas especies botan saltan, o corren,
o vuelan, o planean, o se zambullen, o se deslizan. No desarrollaríamos ninguna
frase del tipo «locomoción animal» para cubrir todas esas variedades de modos
de avanzar.
Y
si dejásemos de lado todas las formas de locomoción animal, menos las nuestras,
como simplemente «no andantes», nunca tendríamos que enfrentarnos con el hecho
de que la locomoción humana es, en muchas formas, no tan grácil como la de un
caballo o un halcón y que es incluso una de las menos gráciles y admirables
formas de locomoción animal.
Supongamos,
pues, que inventamos una palabra para designar todas las formas en que las
cosas vivas podrían comportarse para hacer frente a un desafío o para promover
la supervivencia. Llamémosla «zorquear». El pensar, en el sentido humano,
podría ser una manera de zorquear, mientras que otras especies de cosas vivas
podrían mostrar otras formas de zorquear.
Si
abordamos el zorqueo sin ninguna clase de juicio preconcebido, podríamos
descubrir que el pensar no es siempre la manera mejor de zorquear, y podríamos
tener una posibilidad ligeramente mayor de comprender el zorqueo de los
delfines o de las comunidades de termitas.
O
supongamos que consideramos el problema de si las máquinas pueden pensar, si un
ordenador puede llegar a tener conciencia; si es posible que los robots sientan
emociones; dónde, en resumen, conseguiremos, - en el futuro, una cosa tan
auténtica como la «inteligencia artificial».
¿Cómo
podemos discutir una cosa así, sin detenernos primero a considerar qué podría
ser la inteligencia? Si es algo que sólo un ser humano puede tener por
definición, en ese caso, naturalmente, una máquina no puede tenerla.
Pero
cualquier especie puede zorquear, y es posible que los ordenadores también sean
capaces de hacerlo. Tal vez los ordenadores no zorqueen de la forma en que lo
haga cualquier especie biológica, por lo que también necesitamos una nueva
palabra para lo que hacen. En mi improvisada charla acerca de la fuerza del
ordenador, empleé la palabra «groquear», y me parece que servirá igual que
cualquier otra.
Entre
los seres humano existe un número indefinido de maneras diferentes de zorquear;
distintas que son suficientemente parecidas para que se incluyan bajo el título
general de «pensar». Y, asimismo, entre los ordenadores es seguro que existe un
número indefinido de diferentes formas zorquear, pero unas formas tan
diferentes de las encontradas en los seres humanos, como para incluirlas bajo
el título general del «groquear».
(Y
los animales no humanos pueden zorquear también de diferentes maneras, de modo
que tendríamos que inventarnos docenas de diferentes palabras para las
variedades de zorquear y clasificarlas de un modo complicado. Y lo que es más,
a medida que se desarrollaran los ordenadores, podríamos encontrar que groquear
no era suficiente, por lo que deberíamos elaborar más subtítulos... Pero todo
esto corresponde al futuro. Mi bola de cristal no es infinitamente clara).
En
realidad, diseñamos nuestros ordenadores de tal modo que pueden resolver
problemas que nos son de interés y, por lo tanto, tenemos la impresión de que
piensan. Sin embargo, debemos reconocer que, aunque un ordenador resuelva un
problema que nosotros mismos tendríamos que resolver sin él, él y nosotros lo
solucionamos a través de unos procesos por completo diferentes. Ellos groquean
y nosotros pensamos, y es inútil darle vueltas y discutir de si los ordenadores
piensan. Los ordenadores también podrían darle vueltas y discutir si los seres
humanos groquean.
Pero,
¿es razonable suponer que los seres humanos crearían una inteligencia
artificial tan diferente de la inteligencia humana que requiriese un reconocimiento
del groqueo del ordenador como algo independiente del pensamiento humano?
¿Por
qué no? Ya ha sucedido antes. Durante incontables millares de unos, los seres
humanos han transportado objetos poniéndoselos debajo del brazo o
manteniéndolos en equilibrio sobre la cabeza. Al hacerlo, sólo podían
transportar como mucho su masa.
Si
los seres humanos apilaban objetos a lomos de asnos, caballos, bueyes, camellos
o elefantes, podían transportar masas mayores. Esto, sin embargo, es sólo la
sustitución del empleo directo de unos músculos más grandes en vez de otros más
pequeños.
Sin
embargo, finalmente, los seres humanos inventaron un mecanismo artificial que
hacía más fácil el transporte. ¿Y cómo realizaba esto la máquina? ¿Lo realizaba
produciendo un andar artificial, una carrera o un vuelo, o cualquiera de la
miríada de otras formas de locomoción animal?
No.
Algunos seres humanos, en los oscuros días de la prehistoria, inventaron la
rueda y el eje. Como resultado de ello, pudo colocarse una masa mucho más
grande en un carro, y ser arrastrado por músculos humanos o animales, que la
que podía transportarse directamente con esos músculos.
La
rueda y el eje trasero constituyen el más asombroso invento jamás realizado por
los seres humanos, en mi opinión. El empleo humano del fuego fue, por lo menos,
precedido de la observación de los incendios naturales producidos por el rayo.
Pero la rueda y el eje no tenían ningún antepasado natural. No existen en la
Naturaleza; ninguna forma de vida los ha desarrollado hasta hoy. Así la
«locomoción con ayuda de máquinas» fue, desde su concepción, algo completamente
diferente de todas las formas de locomoción humana; y, del mismo modo, no resultaría
sorprendente que el zorqueo mecánico fuese distinto de todas las formas de zorqueo
biológico.
Naturalmente,
los carros primitivos no podían moverse por sí mismos, pero, con el tiempo se
inventó la máquina de vapor, y más tarde el motor, de combustión interna y el
cohete; ninguna de estas cosas se comporta forma parecida a los músculos.
Los
ordenadores se encuentran, sin embargo, en la actualidad, en el período
anterior a la máquina de vapor. Los ordenadores pueden realizar sus funciones,
pero no lo hacen «por sí mismos». Con el tiempo se desarrollará el equivalente
de una máquina de vapor y los ordenadores serán capaces de resolver los
problemas por sí mismos, pero, de todos modos, a través de un proceso
totalmente diferente al del cerebro humano. Lo harán groqueando más que
pensando.
Todo
esto parece descartar el miedo a que los ordenadores «nos reemplazarán», o que
los seres humanos se harán superfluos y desaparecerán.
A
fin de cuentas, las ruedas no han hecho superfluas las piernas. Hay ocasiones
en que andar resulta más conveniente y más útil que ir sobre ruedas. Abrirse
camino por un terreno accidentado es fácil andando, muy difícil en automóvil. Y
no imagino ningún modo de ir de mi dormitorio al cuarto de baño que no sea
andando.
Pero
¿no podrían los ordenadores llegar a hacer todo lo que los ser humanos pueden
realizar, aunque groqueen en vez de pensar? ¿No podrían los ordenadores
groquear sinfonías, dramas, teorías científicas, asuntos amorosos, cualquier
cosa que se quiera imaginar?
Tal
vez. De vez en cuando veo una máquina diseñada para levantar las piernas por
encima de obstáculos, para que camine. Sin embargo, la máquina es tan
complicada y el movimiento tan poco grácil, que no me sorprende que nadie
llegue a tomarse la enorme molestia de tratar de producir y emplear semejantes
cosas como algo más que un tour de force (como el aeroplano que voló
sobre el canal de la Mancha impulsado por la fuerza de una bicicleta, y que ya
no volvió a usarse más).
Resulta
obvio que groquear, sea lo que fuere, está mejor adaptado a la manipulación
increíblemente rápida e infalible de cantidades aritméticas. Incluso el
ordenador más simple puede groquear la multiplicación y división de cifras
enormes mucho más de prisa de lo que los seres humanos pueden pensar la
solución.
Esto
no significa que groquear sea superior a pensar; simplemente, significa que
groquear está mejor adaptado a ese proceso particular. En cuanto a pensar, está
bien adaptado al proceso que implica intuición, previsión y la combinación
creativa de datos para la producción de resultados inesperados.
Los
ordenadores pueden tal vez estar diseñados para hacer cosas así hasta cierto
punto, al igual que los prodigios matemáticos pueden groquear en cierto modo,
pero tanto una cosa como la otra constituye una pérdida de tiempo.
Dejemos
que los pensadores y los groqueadores desarrollen sus especialidades y guarden
sus resultados. Me imagino que los seres humanos y los ordenadores, trabajando
juntos, pueden hacer mucho más que cualquiera de ellos por separado. Es
la simbiosis de ambos lo que representa los perfiles del futuro.
Una
cosa más. Si el groquear y el pensar son cosas muy diferentes, ¿se puede
esperar que el estudio de los ordenadores llegue a esclarecer el problema del
pensamiento humano?
Volvamos
al problema de la locomoción.
Una
máquina de vapor puede propulsar las máquinas para que realicen el trabajo que
ordinariamente llevan a cabo los músculos, y lo hacen con mayor intensidad y
sin esfuerzo, pero esa máquina de vapor tiene una estructura que no se parece
en nada al músculo. En la máquina de vapor, el agua se calienta hasta
el punto de ebullición y la fuerza del vapor mueve los pistones. En el músculo,
una delicada proteína llamada actomiosina experimenta cambios moleculares que
hacen que el músculo se contraiga.
Parece
pues que uno puede estudiar agua hirviendo y el vapor que sale durante un millón de años y, sin embargo, no ser
capaz de deducir de ello la menor cosa acerca de la actomiosina. O, a la
inversa, uno podría estudiar todos los cambios moleculares que sufre la
actomiosina y, sin embargo, no aprender lo más mínimo acerca de qué es lo que
hace hervir el agua.
No
obstante, en 1824, un joven físico francés, Nicolás L. S. Carnot (1796-1832),
estudió la máquina de vapor a fin de determinar qué factores regulaban la
eficacia con que funciona. Al hacerlo, fue el primero en iniciar una serie de
pruebas que, a fines de siglo, le habían hecho desarrollar por completo las
leyes de la termodinámica.
Esas
leyes se encuentran entre las más importantes generalizaciones en física, y se
descubrió que eran aplicables con pleno rigor tanto a los sistemas vivos como a
cosas más simples como las máquinas de vapor.
La
acción muscular, pese a lo complicado de sus más íntimas funciones, debe actuar
impulsada por las leyes de la termodinámica, igual que deben hacerlo las
máquinas de vapor, y esto nos dice algo acerca de los músculos que resulta de
la mayor importancia. Y lo que es más, lo hemos aprendido a partir de las
máquinas de vapor, y nunca lo habríamos sabido a través, únicamente, del
estudio de los músculos.
De
manera similar, el estudio de los ordenadores tal vez nunca llegue a decirnos,
directamente, nada acerca de la estructura íntima del cerebro humano, o de las
células del cerebro humano. Sin embargo, el estudio del groqueo nos puede
llevar a la determinación de las leyes básicas del zorqueo, y puede que
averigüemos que esas leyes del zorqueo son aplicables tanto al pensar como al
groquear.
Así
pues, es posible que, aunque los ordenadores no se parezcan en nada al cerebro,
nos enseñen cosas acerca de los cerebros que nunca cubriríamos estudiando sólo
éstos.
Bien, llegados a este punto, me despido: ¡Hasta la próxima!
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