domingo, 10 de agosto de 2025

Hoy hablamos del alma -1

 Bien, queridos amigos, iniciamos, con esta nota, el tratamiento de este tema tan apasionante: El alma. Existe, no existe, qué es, etc.

El tema, seguramente, nos llevará más de una nota y, como ustedes saben, me gusta escuchar no solo mi voz, sino la de otros expositores cuya opinión merezca respeto.

Así pues, he invitado, para esta primer entrega, a Christof Koch (Kansas City, 13 de noviembre de 1956). Christof es un científico alemán-estadounidense con especialidad en neurociencia, conocido por su trabajo acerca de las bases neuronales de la conciencia. Es director científico del Instituto Allen para la Ciencia del Cerebro (IA), ubicado en Seattle.​ Fue profesor en biología e ingeniería en el Instituto de Tecnología de California entre 1986 y el 2013.

Christof Koch

  Christof nos hace un interesante recorrido por el concepto de alma a lo largo de la historia. Los dejo, entonces, en su docta compañía.

  La idea de una esencia humana imperecedera es más antigua que la filosofía occidental. Ya en las pinturas de las cuevas de Lascaux, situadas al sudoeste de Francia y que datan de hace más de 15.000 años, el alma de los muertos se re­presentaba como un pájaro. El fi­lósofo naturalista y místico de los números Pitágoras de Samos (ha­cia 570-510 a.C.) fue uno de los primeros pensadores occidentales en formular una teoría de la reen­carnación y el renacimiento, la cual ya contaba con una larga tra­dición budista e hinduista. Los pensadores de la Grecia clásica ha­blaban de la psique, derivada de la palabra en griego antiguo psyché («aliento»). En español, la palabra alma proviene del latín ánima, en referencia a un «soplo vital». Por ello, exhalarlo implicaba la muer­te. A diferencia del alemán, que utiliza la misma palabra para refe­rirse al alma y a la mente (Geist), el español usa un vocablo para cada concepto. Las connotaciones de ambos son dispares, a pesar del origen conceptual que puedan compartir.

En su diálogo Fedón o Sobre el alma, Platón (hacia 428-348 a.C.) describe cómo su mentor Sócrates (469-399 a.C.) argumenta en pro de la inmortalidad e incorporeidad del alma después de beberse un vaso con la mortal cicuta. El idealismo platónico se caracteriza por una representación del alma que incluye la capacidad cognitiva: De esta ma­nera, los humanos solo tienen acce­so a la esfera de las «ideas puras» a través de ella.

Por el contrario, Aristóteles (384-322 a.C), discípulo de Platón, se re­fería a la psique como «principio vi­tal», diferenciándola del intelecto, de la mente (nous). La sede del alma solía atribuirse al corazón. Solo el médico Alcmeón (finales del siglo VI - principios del siglo V antes de nuestra era) reco­noció el cerebro como órgano res­ponsable del alma.

En la Edad Moderna influyó sobre todo Rene Descartes (1596-1650) con sus enseñanzas sobre dos sustancias: La corporal (res extensa) y la cognitiva (res cogitans). Esta doctrina se conoce como dualismo sustancial. Un enfoque actual y extendido de esta idea es el dualismo de propiedades, según el cual lo mental consiste en un pro­ducto o efecto secundario de los procesos neuronales. El filósofo australiano David Chalmers es el principal representante de esta perspectiva.

La contracorriente más relevan­te del dualismo es el monismo. Esta doctrina argumenta que todo es cuerpo y que el alma constituye otra manera (subjetiva) de descri­birlo. El filósofo Daniel Dennett es un representante destacado de este enfoque.

En todas las variantes de repre­sentación del alma que se han dado a lo largo de diferentes épocas y culturas, ha predominado la idea de una esencia inmortal en el concepto de sí mismo humano. Es ahora cuando más pensadores se alejan de ella.

«A diferencia de cualquier otra entidad empírica de la Naturaleza, la presencia de la mente le resulta inmediatamente obvia a sí misma, pero le es opaca a todos los observadores externos.»

—George Makari, Soul Machine, 2015

  En contraste con entes materiales como un huevo, un perro o el cerebro, consciencia, mente y alma son constructos históricos dotados de un universo de significados religiosos, metafísicos, culturales y cien­tíficos y acompañados de una batería de presunciones subyacentes, algunas enunciadas con claridad, pero otras ignoradas por completo. Estos significados se van adap­tando a los tiempos a causa de guerras y revoluciones, catástrofes, comercio y tratados, inventos y descubrimien­tos. George Makari, psiquiatra e historiador, se propone arrojar luz sobre esta evolución histórica. En su reciente libro Soul machine: The invention of the modern mind, publicado en noviembre de 2015, describe cuan elusivas resultan las nociones de consciencia, mente y alma, las cuales filósofos, teólogos, estudiosos y médicos buscan domeñar con conceptualizaciones, definiciones, cosificaciones, negando o redefiniendo estos términos a través de los tiempos para enfrentarse con el misterio de nues­tra vida interior.

Descartes, Locke y Hobbes

 La búsqueda sistemática de respuestas se remonta a Aris­tóteles (384-322 a.C), considerado el primero de los bió­logos, taxonomistas, embriólogos y evolucionistas. En su Acerca del alma (De Anima) ofrece una clasificación de los seres vivos y expone su noción del alma (psyché), que significa, para él, la esencia de una cosa. Un organismo es definido por su alma. Todos los seres vivos poseen almas, de cualidades peculiares. El alma vegetativa da cuerpo a la fuerza vital, que diferencia a la materia viva (ya se trate de plantas, animales o personas) de la inanimada (las piedras, por ejemplo). El alma vegetativa es sostén de la nutrición, el crecimiento y la reproducción. El alma sen­sitiva, en cambio, faculta la percepción a través de los sentidos, del dolor y del placer, de la memoria, la imagi­nación y la emoción. Es común en los animales y los hu­manos. Tanto el alma vegetativa como la sensitiva son corpóreas y, por consiguiente, mortales. El alma racional, exclusiva de los humanos, es responsable del intelecto, el pensamiento y el razonamiento. El alma racional consti­tuye la esencia del ser humano. Para Aristóteles, aunque el alma racional es inmaterial, no puede existir con inde­pendencia del cuerpo. Es sabido que Sócrates y Platón diferían de Aristóteles en este punto, pues abogaban por la inmortalidad del alma una vez fallecido el cuerpo.

Tomás de Aquino (1225-1274), fraile dominico y filó­sofo escolástico, volcó estas ideas clásicas griegas en moldes acordes con las doctrinas cristianas, tesis que ejercieron una gran influencia durante la Edad Media. Según Tomás, todo individuo humano se encuentra integrado por una terna de almas: Un alma nutriente, común a todos los organismos; un alma sensible (o apetitiva), característica de los animales y las personas, y un alma racional, la cual es inmortal, depositaría de los rasgos divinos de la humanidad y que eleva a la persona sobre el mundo natural, material. El alma ra­cional no podía enfermar, por su cualidad de inmaterial, pero sí ser poseída por el Diablo o algunos de sus demo­níacos servidores. La medicina no podía sanar a los que sufrían esa fatalidad; en cambio, la autoridad eclesiásti­ca sí sabía ayudarlos. Salvaba las almas inmortales de un modo u otro, como demuestra la muerte en la hoguera de decenas de miles de brujas y brujos.

Esta filosofía tomista constituyó durante cuatro siglos la narrativa intelectual dominante en la cristiandad, tan­to de nobles como de campesinos. Ofrecía alivio al fati­gado y consuelo al moribundo; justificaba el derecho divino y el poder absoluto de la monarquía. Sin embargo, las encarnizadas guerras de religión entre cristianos que acontecieron durante la primera mitad del siglo XVII, en nombre de la «única fe verdadera», llevaron a una gene­ralizada crítica de estas verdades recibidas.

Filósofos, sabios, médicos, escritores y revolucionarios de la Ilustración inglesa, escocesa, francesa y alemana metamorfosearon a lo largo de dos siglos el alma racional hacia un ente mecanicista, natural y desacralizado, des­cribe Makari. Este proceso engendró la psicología, la neurología y la psiquiatría, así como nuestro conocimien­to actual de que hemos evolucionado desde los simios.

La superstición, ejemplificada en la obra La bruja de Endor, de William Blake, recibió críticas fulminantes de los filósofos de la Ilustración, entre ellos, Rene Descar­tes, Tilomas Hobbes y John Locke.

Todo comenzó con Rene Descartes (1596-1650), un francés solitario, y Thomas Hobbes (1588-1679), un inglés radical y sin pelos en la lengua. Descartes es uno de los padres de la ciencia moderna: Vinculó el álgebra y la geometría, con lo que nos legó las coordenadas cartesia­nas. Sustituyó las apolilladas formas y causas finales de los escolásticos («la madera arde porque existe en ella una forma inherente que busca arder») y las sustituyó por causas mecánicas. En concreto, sostuvo que las ac­ciones y los movimientos de los animales y los humanos se deben a partículas de diversas formas que chocan y se empujan entre sí y se mueven de un lado a otro. Nada más y nada menos.

Descartes postulaba que todo cuanto existe bajo el sol está formado por una de dos sustancias. Lo tangible y dotado de extensión espacial es res extensa («sustancia extensa»). Lo intangible, lo que no puede verse y no posee extensión, es cosa pensante, res cogitans. Solo la sustancia pensante faculta a los humanos para razonar, hablar y decidir libremente. El dualismo cartesiano dividía al mundo en dos magisterios. Uno, el mecanicista, debía ser el campo de juego de los filósofos experimentales, los precursores de los científicos y clínicos modernos. El otro, el teológico, estaba destinado al dominio del alma inmortal e inmaterial. De este modo, el filósofo francés ampa­raba el dogma cristiano y la autoridad eclesiástica.

Esa dicotomía le supuso a Descartes la enemistad de Hobbes, autor del famoso Leviatán, un osado manifiesto materialista que se considera el fundamento de la filosofía política occidental. Para Hobbes, todo estaba formado por materia. No había necesidad alguna de una sustancia pensante especial. La materia podía pensar. El grueso del Leviatán es un argumento en pro de la monarquía abso­luta y no tanto de la autoridad religiosa, para prevenir la sangría de las guerras de religión europeas (entre 1524 y 1648). No obstante, Hobbes fue tenido por blasfemo y sus libros, quemados.

John Locke (1632-1704), filósofo y médico inglés, atri­buyó al alma racional un carácter más natural todavía en su Ensayo sobre el entendimiento humano. Lo escribió en Holanda, durante el exilio, y se publicó por vez prime­ra en una edición abreviada en francés. El empirismo de Locke contribuyó a convertir el alma en algo más cercano a la mente moderna, el escenario de nuestra experiencia subjetiva. La mente se encuentra poblada de ideas que proceden del exterior, de las sensaciones, puesto que, al fin y al cabo, la mente al nacer es una hoja en blanco, una tabula rasa. Las ideas de Dios, de la justicia, de las mate­máticas o la idea del propio ser o de los objetos cotidianos, trátese de útiles, máquinas, animales o personas, no son innatas. Por el contrario, se aprenden por experiencia, por reflexión y por asociación. El modo en que la mente podía llevar a cabo tales tareas constituía para Locke un misterio, como también lo fue para Descartes, Hobbes y para todos los demás. A la luz de la mecánica y la química de su época, resultaba inexplicable que la mera materia cerebral pudiera pensar, razonar o hablar. Locke postuló que Dios había implantado fuerzas activas en la materia cerebral.

Descartes, Hobbes, Locke, Baruch Spinoza y otros pensadores radicales compartían el desprecio por la su­perstición. Makari cita una entrada del diario de Locke: «Las tres grandes cosas que gobiernan la humanidad son la razón, la pasión y la superstición. La primera rige solo a unos pocos; las dos últimas las comparte la mayoría de la humanidad y la poseen en sus cambios. Pero la supers­tición, con más poder, produce el mayor daño». El «gran inquisidor», de Fyodor Dostoievski, a dos siglos de dis­tancia, comprendía perfectamente esta disposición mental: «Las tres únicas fuerzas capaces de conquistar y conservar cautivas para siempre las conciencias de estos débiles rebeldes, para su propia felicidad... son el milagro, el misterio y la autoridad». Dos siglos después, en nues­tros días, la humanidad sigue combatiendo estas fuerzas.

En las postrimerías del siglo XVII, la mente había perdido muchos de sus atributos celestiales y pasado a formar parte de la naturaleza. Ahora podía sufrir las corrupciones que padece todo lo material: podía volverse disfuncional, enfermar o sufrir melancolía (una dolencia de amplia difusión). También podía ser falible y formar asociaciones equivocadas que conducían a errores de cognición, lo que explicaría la creciente marea de fanáticos, entusiastas y profetas religiosos: anabaptistas, metodistas, adventistas, cuáqueros y otros autoproclamados mensajeros de la di­vinidad, que recorrían el mundo predicando su especial interpretación de Dios y de la Biblia. Quizá no era Dios quien hablaba por su boca, sino que, sencillamente, se engañaban. De igual manera, tal vez los brujos no estuvie­ran posesos; tal vez solo fuesen enfermos o locos. Y no tendrían que haber sido quemados.

Si las mentes de las personas podían desequilibrarse, ¿Sería posible devolverles el equilibrio? ¿Podrían curarse? ¿De qué modo? ¿Encerrándolas en manicomios? ¿Cómo distinguir a los locos de los excéntricos? Estas preguntas apasionaron al Reino Unido a causa del estrafalario com­portamiento del rey Jorge III, el soberano que perdió las colonias americanas y cuya salud mental provocó una crisis política por su locura y por el debate sobre cómo podría devolvérsele el juicio. Todavía hoy suenan los ecos de estas controversias sobre quién ha de ser culpado de los atentados en masa: Los individuos perturbados, la posesión de armas o los factores culturales.

Siempre muy lentamente, con un sinfín de pasos atrás, conforme los decenios sumaban un siglo y luego dos, las explicaciones religiosas de comportamientos idiosincrá­sicos se convirtieron en explicaciones clínicas, con sus asilos mentales concomitantes y sus médicos especialis­tas para tratar a los afectados, quienes ya no eran consi­derados diablos ni seres tocados por Dios, sino pacientes que necesitaban ayuda.

El astrónomo y filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804) hizo más que ningún otro para sondear y delimitar lo que la mente puede conocer y lo que la razón puede deducir sobre el mundo. Con precisión de bisturí, sostuvo que nuestra mente no podrá jamás penetrar la auténtica naturaleza de las cosas.

De espíritus y profanos

 Las posesiones y los exorcismos habían servido de prue­ba visible de la realidad del mundo espiritual. Si estas materias eran de carácter profano, sujetas a la medicina y la razón, ¿Dónde quedaría la justificación divina de los derechos absolutos de la monarquía?

Makari concluye a mediados del siglo XIX, con una semblanza de los médicos Franz Joseph Gall (1758-1828) y su ayudante Johann Spurzheim (1776-1832). Gall, ba­sándose en la disección sistemática de cerebros humanos y de animales, formuló una descripción materialista, concienzudamente fundamentada, en la que el cerebro era, en exclusiva, el órgano de la mente; un órgano que no es homogéneo, sino un agregado de partes y, en consecuencia, de diferentes «funciones». Sostenía que su número era 27, asignadas una por una a distintas regiones del cerebro. Cada individuo hereda un conjunto peculiar de órganos, al­gunos más pequeños, otros más grandes, lo cual explica las diferencias entre unos y otros. Estas teorías, que veían en el cerebro una máquina para producir pensamientos y recuerdos, chocaban con los sentimientos religiosos y la moralidad pública de su tiempo. Al final, el médico tuvo que abandonar su Viena natal y establecerse en el París posrevolucionario.

Gall y Spurzheim aseguraban que a partir de los de­talles de curvatura, forma y tamaño del cráneo podían inferir el tamaño e importancia del órgano subyacente y diagnosticar el carácter mental del individuo examina­do. Su método frenológico adquirió una inmensa popu­laridad, pues era del agrado de la creciente clase media gracias a su apariencia científica, refinada y moderna. La frenología se empleó para clasificar a criminales, lunáti­cos y eminencias; también a los famosos (o infames). No obstante, la técnica acabó sin el prestigio de un método científico serio; poco a poco fue languideciendo hasta comienzos del siglo XX.

Aunque no existe relación discernible entre la mor­fología externa del cráneo y el tamaño y la función del tejido neural subyacente, la insistencia de Gall sobre la ubicación de funciones cognitivas específicas en la corteza cerebral encontró apoyo en 1848, en los trabajos del neurólogo parisino Paul Broca (1824-1880). Este médico expuso un caso de referencia: Un paciente in­capaz de hablar, con la curiosa excepción de que solo podía pronunciar la sílaba tan. Se demostró que el ce­rebro del enfermo (quien se acabaría conociendo en la literatura médica como «Tan-Tan») había sufrido una lesión en el lóbulo frontal izquierdo. Broca dedujo que la función del habla se encontraba en estrecha relación con dicha región. El análisis de un segundo paciente reforzó su convicción de que un área circunscripta de la corteza cerebral (el giro frontal inferior izquierdo, hoy llamada área de Broca) era responsable del habla productiva, la conducta humana por excelencia.

De Descartes al paradigma computacional

 Las ideas cartesianas arraigaban en la incapacidad del filósofo francés para concebir procedimientos y meca­nismos que explicasen la inteligencia, el razonamiento y el lenguaje. Nadie en el siglo XVII podía soñar que la aplicación automática («sin mente») de una infinidad de instrucciones, minuciosamente detalladas y ejecutadas paso a paso (lo que ahora llamamos un algoritmo pu­diera conseguir que una máquina computadora jugase al ajedrez, reconociese rostros, etiquetase fotografías o tradujese páginas de Internet. Descartes tuvo que apelar a una sustancia misteriosa, etérea, que, de alguna nebu­losa manera, efectuaba el pensar y el razonar.

En la moderna concepción de la mente computacional, todo contenido sobrenatural ha sido lixiviado por el baño ácido de la Ilustración: Si no hay cerebro, no hay mente. No obstante, nuestra comprensión del entramado de consciencia, mente y alma no ha alcanzado en absoluto su definitivo apogeo. Seguirá evolucionando a la par que científicos, clínicos y filósofos, a quienes recientemente se han sumado ingenieros, buscan una talla cada vez más precisa de sus articulaciones naturales, por usar una hermosa metáfora platónica.


Hasta aquí Christof. Espero que su exposición les haya interesado y, como dije al comienzo, en futuras notas iremos aportando más opiniones.

¡Hasta la próxima!



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