Fue una exposición bastante aséptica en el sentido de que Koch no emitió opiniones personales sobre el tema limitándose a mostrar la dicha evolución.
En esta segunda entrega sobre el tema, las cosas cambian y nuestra invitada ostenta opiniones más radicales sobre el alma, pero, no opiniones gratuitas, sino bien fundamentadas.
Y, sin más preámbulos, permítanme que les presente a nuestra expositora de hoy: Ella es Katja Crone.
Katia nació en 1970 en Lüdenscheid, Alemania. es profesora de Filosofía en la Universidad TU Dortmund. Trabaja principalmente en temas relacionados con la Filosofía de la Mente. Su investigación se centra en la autoconciencia, la identidad personal, la cognición social y la intencionalidad colectiva. También trabajó en la filosofía de Kant y Fichte. Antes de incorporarse al departamento de la TU Dortmund, Katja Crone fue profesora en la Universidad Humboldt de Berlín y en las universidades de Mannheim, Halle y Hamburgo. Ha sido profesora visitante en la Universidad de Osnabrück (2010) y colaboradora científica en el Consejo Alemán de Ética (2002-2006). En 1999 obtuvo una beca de investigación en el King's College de Londres. Estudió Filosofía y Literatura Francesa y Alemana en las Universidades de Montpellier y Hamburgo (1992-1998). En 2004, la Sociedad de Ciencias Joachim Jungius le concedió el Premio al Joven Investigador por su tesis doctoral sobre “Teoría de la subjetividad de Fichte” en la Universidad de Hamburgo. Obtuvo su habilitación en “Identidades de Personas. Un análisis estructural de la autocomprensión biográfica” en la Universidad Humboldt de Berlín en 2015.
A continuación, veremos una entrevista que le realizó Steve Ayan, redactor de Gehirn und Geist, edición alemana de Mente y Cerebro.
Los qualia son las experiencias subjetivas individuales de los estados mentales. Se refieren a cómo se siente algo desde el punto de vista de quien lo experimenta.
Por ejemplo:
- El sabor del chocolate 🍫
- El dolor de cabeza 🤕
- El color rojo tal como lo ves 🔴
- El sonido de un violín 🎻
Estas experiencias tienen una cualidad fenomenológica que no puede ser completamente explicada por procesos físicos o neuronales. Es decir, aunque sepamos qué parte del cerebro se activa al ver el rojo, eso no nos dice cómo se siente ver el rojo.
Bien, ahora sí, vamos a la entrevista. Responde Katja Crome:
Ninguno. Este término prácticamente ha desaparecido de la filosofía actual. Aunque el concepto de alma cuenta con una larga historia, a lo largo de ese recorrido ha emergido de muy diversas maneras, hasta que hoy en día ya ha pasado de moda.
¿No existe ningún argumento para que aceptemos la esencia inmortal del ser humano?
De manera aislada, todavía pueden encontrarse posiciones emparentadas con el concepto tradicional de alma. Principalmente el sustancialismo. No obstante, en la actualidad resulta raro toparse con un enfoque que defienda la existencia de un mundo espiritual junto al corporal, de un ámbito para el ser inmaterial. De haberlo, el alma casi ni aparece, porque se trata de un concepto sobrecargado de creencias.
No obstante, en el pensamiento cotidiano el alma se halla tan presente como antes. ¿Por qué nos cuesta tanto abandonar la idea de que los humanos poseemos una parte inmortal?
Como es natural, la separación entre cuerpo y mente nos parece, en principio, plausible. Si indago los orígenes de mis distintos estados mentales, no me parece que tengan nada de corporal per se; los percibo como algo subjetivo. Sin embargo, los conocimientos de la neurociencia cognitiva y las reflexiones filosóficas nos están llevando cada vez más hacia un cambio de planteamiento.
¿En qué sentido?
Hoy sabemos con mayor precisión que el cerebro lleva a cabo funciones mentales y cómo lo hace. Ese conocimiento repercute en la manera en la que reflexionamos sobre los procesos de nuestra mente. La idea de que más allá de esos mecanismos neurofisiológicos pueda existir algo puramente espiritual e inmaterial resulta difícil de argumentar. Incluso el hecho de que las personas interactuemos no significa de ninguna manera que el alma se encuentre flotando en algún lugar entre nosotros o que sea capaz de sobrevivir a la muerte del cerebro.
Tales creencias pueden resultar interesantes desde un punto de vista intuitivo, lo que no implica que no se puedan modificar.
¿Deberían cambiar?
En mi opinión, la idea de un alma es del todo prescindible. Nos las podemos arreglar perfectamente sin ella. Por supuesto que la visión dualista cuenta con una larga historia y hemos aprendido, tanto cultural como individualmente, a pensar así. Pero la idea del alma también se ha ido transformando una y otra vez en el pasado.
¿Qué cambios ha sufrido con el tiempo?
En un inicio, el alma era mucho más que la consciencia. En la antigua Grecia, en la época de Aristóteles, no abarcaba simplemente funciones mentales como la percepción, los sentimientos, el pensamiento y la voluntad, sino que comprendía un principio vital general, precisamente aquello que nos convierte en seres vivos. Desde entonces, hemos obtenido muchos más conocimientos sobre la fisiología del cuerpo y ya no necesitamos el constructo del alma para explicar las funciones vitales.
Y es obvio que el concepto de alma continuará transformándose.
Usted habla de transformación, no de desaparición.
Creo que expulsar este término del lenguaje cotidiano no va a resultar tan fácil, así que continuaremos disponiendo de un concepto de alma. Solo que nos referimos a una cosa distinta a la de antes.
¿A qué?
Actualmente ya empleamos esta palabra de manera similar a psique, como resumen de todo tipo de rendimientos mentales, o bien en sentido figurado. Si hablo de «un evento sin alma», me refiero a un acontecimiento insípido, impersonal. Ello guarda poca relación con lo extrasensorial.
¿Cómo plantean los filósofos actuales el concepto clásico de alma?
Los filósofos hablamos de la consciencia como una cualidad determinada de los estados mentales. Sin embargo, el modo en que el cerebro los lleva a cabo y, por ejemplo, cómo se originan las circunstancias vitales subjetivas, como los qualia, representan aún hoy uno de los grandes retos de la neurociencia. Sin embargo, estoy convencida de que podremos resolverlos algún día. Para ello, las neurociencias no podrán prescindir de la filosofía, puesto que esta pone a su disposición explicaciones conceptuales y argumentos. El conocimiento de que existe una base física de los procesos de la consciencia debería convertirse, poco a poco, en un bien común de la sociedad.
¿No necesitamos una instancia mental que nos confiera identidad?
Tradicionalmente, el alma también representaba aquello que nos hace individuos, como el núcleo de nuestra autoconsciencia. Cada persona posee una representación de sí misma como unidad personal con características determinadas. Ello nos es necesario para tener capacidad de acción. Sin embargo, esta instancia no se halla oculta y desunida de nuestros procesos corporales, sino que es una parte o un producto de los mismos.
Con frecuencia se afirma que el yo es una ilusión.
Esa afirmación la encuentro exagerada. Si digo «yo», me refiero a mí misma como persona, y esta persona es real. Lo que me distingue como persona puede ser más flexible, cambiante y polifacético de lo que a mí me parece, pero eso no lo convierte en una ilusión. Resulta más apropiado hablar de una construcción del cerebro.
¿Reflexionar sobre el cuerpo, el yo y la consciencia no nos involucra en un continuo de contradicciones?
No podemos separar nuestros pensamientos de nuestra consciencia. Todo lo que pienso y quiero hacer forma parte de lo mismo. Dicho de otro modo, sus fuentes no se pueden reconocer de manera subjetiva. El primer motor inmóvil se remonta a Aristóteles. El filósofo creía que debía existir un núcleo completamente libre e incondicional en nosotros. Pero estamos imbuidos en una comunidad, interiorizamos reglas y desarrollamos preferencias, de manera que nuestra voluntad siempre se encuentra enclavada en un contexto social y cultural. El libre albedrío puede interpretarse como que el mundo se halla determinado de manera causal pero que nosotros aún somos libres. Es lo que se denomina compatibilismo. Ser libre significa actuar de acuerdo con las convicciones y los motivos propios. Por el contrario, la libertad total sería equiparable a la falta de libertad.
Desde hace siglos, el alma cumple también una función moral. Debemos «hacer el bien» para que vaya al cielo o se reencarne. ¿Sería posible pensar en una convivencia pacífica sin esa convicción?
Curiosamente, Immanuel Kant ya se oponía a la existencia de un alma en su Crítica de la razón pura. Sostenía que considerar la posibilidad de una sustancia inmaterial constituía una conclusión errónea de nuestro razonamiento. Por el contrario, en su filosofía práctica, la ética del deber, sostenía que la ley moral entrañaba la existencia de una vida tras la muerte. Kant veía en ella un postulado necesario. Y si Kant podía vivir con esa contradicción, quizá nosotros también podamos.
Pero ¿se puede respetar un principio del que no se está convencido?
En la actualidad nos ocurre algo similar con el libre albedrío. Su existencia también es teóricamente controvertida, sin embargo, resulta indispensable en la práctica de la vida cotidiana.
¿Quedará el alma cada vez más arrinconada al ámbito de la fe a medida que se avance en el estudio del funcionamiento del cerebro?
Lo está desde hace tiempo. El alma inmortal es un concepto teológico. Hay personas que se aferran al alma porque así lo quieren o porque les hace sentir bien. Creer o no en ella no puede fundamentarse de manera concluyente solo con argumentos.
Algunas personas consideran la imagen neuro-científica del ser humano como algo desilusionante, incluso como una amenaza. ¿Qué le parece?
Seguro que llevará un largo proceso deshacerse de la creencia en un alma y el más allá. Pero nosotros ya estamos atrapados en ese proceso. Ello no significa que en una sociedad pluralista no puedan existir otros puntos de vista. La ciencia contribuye a sustituir viejos enfoques, a los que a menudo nos sentimos apegados, por otros nuevos que resultan más explicativos y evitan los problemas de los anteriores. Así funciona el avance. No hay que tener miedo de ello.
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