domingo, 16 de marzo de 2025

Las ideas políticas a lo largo de la historia - 4

Bien, queridos amigos, volvemos a nuestro libro guía Antología de las ideas políticas, de Bouthoul y Ortuño, pero, debo confesarles, abrumado, que temo que dejará de serlo porque me ha decepcionado con las traducciones que, a mi gusto, no son muy claras.

Y hoy tenemos a nuestro conocido Tucídides y al maestro Platón. Veamos:

Tucídides

 TUCÍDIDES (hacia 460 – hacia 395 antes de la Era Común). Nacido en Atenas de una familia noble, descendiente del príncipe tracio Oloros, suegro de Milcíades, emparentado con Cimón y quizás con Pisístrato, Tucídides tras una educación seria y refinada, fue nombrado comandante de la flota ateniense en 424, para proteger la Tracia de los espartanos. Habiendo fracasado se le acusó de traición, salvándose gracias al exilio en Tracia, donde se consagró durante muchos años a la explotación de las minas de oro. Aprovechó el exilio para viajar y recoger testimonios para su Historia de la guerra del Peloponeso contra los espartanos que viéramos en la nota anterior. Siguió, para ello, un método imparcial y objetivo que hizo de él el primer historiador de la antigüedad. Su visión informada y clara de los discursos y de las arengas, sirven para el mejor conocimiento de la política griega. Portavoz de Pericles, Tucídides nos comunica su concepto de la democracia y de la guerra, en donde el realismo corre parejo con el entusiasmo.

La flor en el fusil

Por ambas partes se alimentaban grandes proyectos, dedicando todas sus fuerzas a la preparación de la guerra. Nada más natural: Cuando un asunto se comienza, todo el mundo demuestra mayor interés. Los hombres en edad militar, por entonces abundantes en el Peloponeso y en Atenas, se lanzaban a la lucha sin experiencia, pero con ardor. El resto de Grecia se había sobreexcitado ante el conflicto que oponía a las ciudades más poderosas. Se propalaban variadas predicciones y los adivinos multiplicaban los oráculos en las ciudades que se estaban preparando para la guerra.

                                                                                                                                    I, VIII.

Democracia ateniense

Nuestra constitución política no tiene nada que envidiar a las leyes que rigen a nuestros vecinos; lejos de imitarlos estamos dando el ejemplo a seguir. Debido a que el Estado, entre nosotros, se administra en interés de la masa y no de una minoría, nuestro régimen se llama democracia... Nuestra regla para gobernar la república es la libertad y en nuestras relaciones cotidianas no existe lugar para la sospecha; no nos enfadamos con el vecino, si hace lo que le parece; además, no nos gustan esas humillaciones que, aunque no supongan ninguna pérdida material son, sin embargo, muy dolorosas, por el espectáculo que ofrecen.

II, XXXVII.

Los juegos y la guerra

Por otra parte, para acabar con tanta dejadez, hemos evitado que el alma repose en exceso; hemos instituido los juegos; las fiestas que tienen lugar del principio hasta el fin del año, diversiones especiales y maravillosas cuya práctica diaria aleja la tristeza.

En lo que se refiere a la guerra he aquí en qué nos diferenciamos de nuestros adversarios. Nuestra ciudad está abierta a todos; nunca hemos sentido xenofobia como para eliminar algo de un conocimiento o espectáculo cuya revelación pudiera aprovechar a nuestros enemigos. Basamos nuestra confianza, mucho más en nuestro propio valor cuando hay que actuar, que en los preparativos y en las astucias de la guerra. En lo que se refiere a la educación, otros pueblos, mediante un penoso entrenamiento, acostumbran a los niños desde su edad más joven al valor viril; nosotros, a pesar de que vivimos sin coacciones, nos enfrentamos, con tanto valor como ellos, ante los posibles peligros.

II, XXXVIII.

Valor del desprecio

...Debe dar más vergüenza dejarse arrebatar los bienes propios que el fracaso tratando de conseguirlos. Tenemos que enfrentarnos al enemigo llenos de confianza y llenos de desprecio. Cuando el éxito favorece la ignorancia, en el alma del cobarde nace una orgullosa presunción; el desprecio sólo puede existir en quien tiene conciencia de su superioridad intelectual. Nosotros poseemos ese sentimiento. En igualdad de condiciones, la inteligencia que se apoya en la grandeza de alma proporciona mayor seguridad y mayor audacia; no se basa tanto en la esperanza, que es vacilante, como en el conocimiento racional de los acontecimientos, lo que permite descifrar el porvenir con mayor seguridad.

II, LXII.

Injusticia y necesidad

No podéis renunciar a ese imperio, aunque actualmente, por miedo y por deseo de descanso, llevéis a cabo ese acto heroico. Consideradlo como la tiranía: conseguirlo puede significar una injusticia; renunciar a él constituye un peligro.

II, LXIII.

Pericles o el monarca demócrata

La influencia de Pericles se basaba en la consideración de quienes lo rodeaban y en la profundidad de su inteligencia; su desinterés era absoluto, sin atentar contra la libertad; sabía contener a la multitud que él dirigía, mucho mejor de lo que ella creía dirigirlo. Habiendo conseguido su influencia honestamente, no tenía por qué halagar a la multitud. Debido a su autoridad personal, podía enfrentársele incluso demostrar su irritación. Siempre que los atenienses caían en la tentación intempestiva de la audacia o del orgullo, los llenaba de temor; pero si se atemorizaban sin motivo, les devolvía la confianza. Este gobierno llevaba el título de democracia, aunque en realidad era el gobierno de un hombre solo. Sus sucesores, ninguno de los cuales tenía su superioridad, al pretender elevarse a un primer plano, se veían obligados, para halagar al pueblo, a descuidar los asuntos,

II LXV.

Saber terminar la guerra

Nuestras previsiones no se han cumplido, desgracia a la que están expuestos igualmente todos los hombres. Por eso, no es justo que el poderío actual de vuestro Estado y vuestros éxitos recientes os inciten a creer que la fortuna estará siempre de vuestro lado. Son sabios aquellos que, para su seguridad, desconfían del éxito; ellos son igualmente, quienes mejor conllevan el infortunio; no pueden imaginarse que la guerra se desarrolle de acuerdo con sus deseos, sino más bien que en la guerra los hombres son juguetes del destino. Gracias a eso están menos expuestos a los fracasos, porque no se dejan embriagar por la victoria y saben elegir el momento, en que todo va de acuerdo con sus deseos, para poner fin a la guerra.

IV, XVIII.

Súbditos temibles

No son los pueblos que tienen un imperio, como los lacedemonios, los más temibles para los vencidos (además no estamos luchando aquí contra los lacedemonios), sino que son los súbditos, cuando atacan a sus antiguos dueños y consiguen vencerlos.

V, XCI.

La ley del más fuerte

(Los atenienses:) Ya no tememos que nos falte la benevolencia divina. No deseamos ni realizamos nada que se oponga a la idea que los hombres tienen de la divinidad, nada que no cuadre con las pretensiones humanas. Los dioses, según nuestra opinión, y los hombres de acuerdo con nuestro conocimiento de las realidades, tienden por necesidad de su naturaleza, a dominar allí donde sus fuerzas prevalecen. No somos nosotros quienes hemos establecido esta ley, ni tampoco los primeros en aplicarla, Antes de nosotros ya se sabía y subsistirá para siempre. Nos aprovechamos de ella, perfectamente convencidos de que vosotros, como los demás, si tuviérais nuestro poderío, os comportaríais del mismo modo. En lo que respecta a la divinidad, según todas las probabilidades, no tememos quedarnos en estado de inferioridad.

V, CV.

El temor recíproco

...Pero, como ellos (los atenienses) habían sometido a la mayoría de los aliados y nosotros éramos los únicos que nos manteníamos en plano de igualdad con ellos, tal situación tenía que resultarles penosa: los demás habían cedido y sólo nosotros los tratábamos como a iguales. Por otra parte, su poderío aumentaba al mismo tiempo que nuestro aislamiento. El miedo recíproco resulta la única garantía para una alianza fiel. Quien se siente tentado de escapar a las condiciones de una alianza, sólo puede oponerse a esta tentación, por el temor de no ser el más fuerte, si se decide a atacar.

III, XI

Historia de la guerra del Peloponeso,

 

Platón

 ...PLATÓN (hacia 427 antes de la Era Común).

Al morir Sócrates en 399, Platón, huyendo de Atenas, realizó un viaje que lo condujo a Egipto, y más tarde al Sur de Italia, donde en Siracusa se hizo amigo de Dion, cuñado de Denis el Antiguo, tirano de la ciudad. Este, molesto por las críticas que el filósofo hizo de su política, lo vendió como esclavo a Egine, de quien lo compró uno de sus amigos para libertarlo. En 367, al morir Denis el Antiguo, Dion llamó nuevamente a Platón a Siracusa; pretendía hacerlo consejero del nuevo tirano, Denis el joven. Nueva experiencia desgraciada, que obligó al mismo Dion a exiliarse y que supuso para Platón la indiferencia del déspota. En 361, tercer intento, que esta vez acabó con el encarcelamiento de Platón, liberado gracias a un barco de guerra ateniense. Estos fracasos 'repetidos no lo alejaron de la política y cuando escribía Las Leyes, un, proyecto de constitución para Siracusa, murió, después de haber fracasado tres veces, al tratar de aplicarla a la realidad. De hecho, para Platón la política fue una suprema ambición filosófica. Trata de ella en La República y en La Política, que son, con Las Leyes, sus diálogos más largos y más importantes. Esta obsesión política se la debía Platón, sobre todo, a los acontecimientos de la historia griega, donde las revoluciones se habían ido sucediendo en una decadencia continua de la ciudad. Se la debía también, a su concepción metafísica de las ideas o formas inteligibles, lo que implicaba la esencia de una ciudad ideal. La política platónica, no es reformista: Una sociedad que no se puede corregir debe ser rehecha. De ahí la importancia capital de la educación, concebida para formar ciudadanos ideales, y el principio comunitario que debe unirlos, puesto que su único bien debe ser la virtud y el que hayan sido formados en la perspectiva única de la vida colectiva. Esta educación sólo puede darla el filósofo. Tal es el tema de La República. En La Política y en Las Leyes, Platón es menos utópico. Se preocupa un poco más de la realidad y toma en consideración la imperfección humana. Pero se sigue inspirando del principio comunitario, si no comunista. A pesar de lodo y a pesar del carácter utópico o abstracto de su pensamiento político, Platón supo descubrir, en el estado real de las sociedades políticas, con pesimismo y con lucidez, algunas de las leyes secretas que regulan los diversos regímenes.

Gobernar es un castigo

...Las personas de bien no quieren gobernar, ni por las riquezas, ni por los honores: no quieren ser tratados como mercenarios, al exigir claramente el salario de su función, ni como ladrones, obteniendo por sí mismos beneficios secretos de su cargo. Por eso, es necesario que se les obligue, como castigo, a tomar parte en el gobierno; de esta forma se arriesga, al tomarse voluntariamente el poder sin esperar la necesidad, que les produzca cierta vergüenza. El castigo más grave está en ser gobernado por alguien más ruin que uno, al negarse uno mismo a gobernar: y por miedo a este castigo, me parece, las personas honestas que están en el poder se encargan del gobierno.

Libro I, XIX.

...El Estado debe su nacimiento a la impotencia en la que se encuentra el individuo para satisfacerse a sí mismo y en su necesidad de mil cosas.

I, XI.

Cualidades del hombre de Estado

...Filósofo, irritado, rápido y fuerte, esto es lo que debe ser naturalmente, el hombre destinado a convertirse en un excelente guardián del Estado.

II, XVI.

Los únicos que tienen derecho a mentir son los gobernadores de la ciudad, para engañar a los enemigos o a los ciudadanos, si así lo exige el interés del Estado; nadie más debería hacer una cosa tan delicada,

A cada cual su función

Lo que distingue a nuestro Estado es que el zapatero se ocupa de sus zapatos y no es piloto a la vez que zapatero; el labrador es labrador y no juez a la vez que labrador y el guerrero es guerrero y no comerciante a la vez que guerrero, y así todos los demás.

III, IX.

Es evidente a todas luces que los viejos deben ordenar y los jóvenes obedecer.

III, XIX.

Causas de la ruina del Estado

El Estado se hundirá cuando esté dominado por el hierro o por el bronce.

III, XXI.

En cuanto (los guardianes del Estado) sean como los demás, propietarios de un campo, de edificios y dinero, de guardianes que son, se convertirán en administradores y labradores; de defensores de la ciudad, en sus tiranos y sus enemigos; odiando y odiados, acosando y acosados, de esta forma pasarán su vida; temerán más y con mayor frecuencia a los enemigos de dentro que a los de fuera y por sí mismos llevarán a la ciudad hasta el borde del abismo.

III, XXII.

Hemos encontrado (. . .) otra tarea para nuestros guardianes, la de impedir, por todos los medios, que esos dos males (la riqueza y la pobreza) penetren, sin que ellos lo sepan, en la ciudad (. . .) porque, además de este deseo de novedades, provoca, al mismo tiempo, la bajeza y el mal obrar.

IV, II.

…mientras el engrandecimiento no llegue a comprometer la unidad del Estado, que se engrandezca, pero no más.

IV, III.

Una minoría de sabios

…un Estado constituido conforme la naturaleza, y considerado en su conjunto, debe el título de prudente al cuerpo menos numeroso, a la parte más pequeña de él y a la ciencia que esta posee, gracias a quienes están a su frente y lo gobiernan; y, según parece, corresponde al grupo menos numeroso tener participación en esa ciencia que, entre todas, es la única que merece el nombre de prudencia.

IV, VI.

Una mayoría moderadora

…si el valor y la sabiduría, que solo se encuentran en una parte del Estado, lo convierten una en sabio y la otra en valeroso, no ocurre lo mismo con la moderación: Esta alcanza, absolutamente, a toda la ciudad y realiza el acuerdo perfecto entre los ciudadanos, sin distinción de clase, baja, alta o media en la que los coloque su inteligencia o, si quieres, su fuerza, su número, sus riquezas o cualquier otra ventaja…

IV, IX.

De la injusticia

"...la usurpación de las funciones de otros y la mezcla de las tres clases causarían un gran peligro al Estado y no nos equivocaríamos al considerarlo como verdadero crimen (...) pero, ¿tú no llamarías injusticia a un verdadero crimen contra el Estado?

IV, X.

...por el contrario diremos que, cuando los tres órdenes de mercenarios, auxiliares y guardianes se limitan a sus atribuciones y cada uno de ellos realiza la tarea que le corresponde dentro del Estado, el resultado es lo contrario de lo que acabamos de decir, esto es, la justicia y lo que hace que un Estado sea justo.

IV, XI.

Comunismo

...Las mujeres de los guardianes deberán estar desnudas, porque les servirá de vestido su virtud y participarán, junto con ellos, en la guerra y en la vigilancia del Estado, sin dedicarse a nada más.

V, VI.

Las mujeres de nuestros guerreros serán comunes para todos ellos; y ninguna cohabitará en particular con ninguno de ellos; los niños serán asimismo comunes y ni el padre conocerá a su hijo, ni el hijo a su padre.

V, VII.

En cuanto a los niños, a medida que vayan naciendo, se entregarán a un comité que se ocupe de ellos, compuesto de hombres, de mujeres

o de personas de ambos sexos, ya que las funciones públicas son comunes a los hombres y a las mujeres.

V, IX.

A menos (...) que los filósofos gobiernen los Estados, o que quienes se llaman actualmente reyes y soberanos se conviertan en filósofos verdaderos y serios, de suerte que veamos reunirse en la misma persona, la autoridad y la filosofía, y que por otro lado una ley rigurosa excluya del gobierno a la multitud de aquellos que por sus talentos se inclinan hacia una o la otra exclusivamente, no habrá, mi querido Glaucón, remedio posible para los males de los Estados, ni tampoco, creo yo, para los del género humano.

V, XVIII.

El ciudadano "honorable"

(El hombre timocrático, o del gobierno del honor). Debe ser (. . .) más confiado en sí mismo y estar menos atraído por las Musas, aunque las aprecie; le. gustan los discursos, aunque no sea todo un orador. Un hombre de esta categoría es duro con los esclavos, en lugar de despreciarlos, como hace quien ha recibido una perfecta educación; es amable con los hombres libres y obediente con los magistrados; amigo del poder y de los honores; pero no apoya sus pretensiones al mando en la elocuencia o en cualquier cualidad por el estilo, sino en sus hazañas guerreras y en sus talentos militares.

VIII, V.

De la oligarquía

(. . .) Ese Estado no es uno, sino dos, el de los pobres y el de los ricos, que conviven en el mismo lugar y que están conspirando incesantemente uno contra el otro (. . .) Tampoco es una ventaja la casi absoluta certeza de la impotencia de los oligarcas para hacer la guerra, porque necesitan armar al pueblo, temiéndolo más que al enemigo, o si no lo hacen así, han de tomar parte en la batalla como oligarcas, además de que su avaricia les impedirá sufragar los gastos de la guerra.

VIII, VII.

De la democracia

...la democracia se establece cuando los pobres, vencedores de sus enemigos, asesinan a unos, destierran a los otros y se dividen el gobierno y las magistraturas; es frecuente que las magistraturas se repartan por sorteo y por igual, con los que quedan.

VIII, X.

Esta constitución (...) da la impresión de ser la más hermosa de todas, como una capa pintarrajeada, en la que se combinan toda clase de colores; ese gobierno abigarrado con tantos caracteres podría aparecer como modelo de belleza; y es muy posible (...) que semejantes a los niños y a las mujeres, en quienes todo lo pintarrajeado excita la curiosidad, muchas gentes lo consideraran efectivamente como el más hermoso.

VIII, XI.

Cuando un Estado democrático falseado por la libertad, encuentra a su frente dirigentes incapaces, desaparece la medida y se embriaga de pura libertad; entonces, si quienes gobiernan no son extraordinariamente flexibles y no conceden la libertad completa, se los acusa y castiga, como si fueran criminales y oligarcas.

VIII, XIV.

Del exceso de libertad sólo puede resultar un exceso de servidumbre, tanto en el individuo como en el Estado.

VIII, XV.

De la tiranía

¿No tiene el pueblo la costumbre invariable de elegir a un favorito para colocarlo al frente, alimentando y acrecentando su poder?

VIII, XVI.

(El tirano) debe (. . .) comprender con una aguda mirada quiénes son los que poseen valor, altura de alma, prudencia, fortuna y es tal su dicha que se ve obligado, a pesar suyo, a luchar contra todos y a tenderles lazos, hasta que haya limpiado el Estado (...). Debe vivir entre gentes que son en general despreciables y que además lo odian, o renunciar a la vida.

VIII, XVII-XVIII.

La República.

 

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