Bien, queridos amigos, volvemos a nuestro libro guía Antología de las ideas políticas, de Bouthoul y Ortuño, pero, debo confesarles, abrumado, que temo que dejará de serlo porque me ha decepcionado con las traducciones que, a mi gusto, no son muy claras.
Y hoy tenemos a nuestro conocido Tucídides y al maestro Platón. Veamos:
Tucídides
La
flor en el fusil
Por ambas partes se alimentaban grandes proyectos, dedicando todas sus fuerzas a la preparación de la guerra. Nada más natural: Cuando un asunto se comienza, todo el mundo demuestra mayor interés. Los hombres en edad militar, por entonces abundantes en el Peloponeso y en Atenas, se lanzaban a la lucha sin experiencia, pero con ardor. El resto de Grecia se había sobreexcitado ante el conflicto que oponía a las ciudades más poderosas. Se propalaban variadas predicciones y los adivinos multiplicaban los oráculos en las ciudades que se estaban preparando para la guerra.
I, VIII.
Democracia
ateniense
Nuestra
constitución política no tiene nada que envidiar a las leyes que rigen a
nuestros vecinos; lejos de imitarlos estamos dando el ejemplo a seguir. Debido
a que el Estado, entre nosotros, se administra en interés de la masa y no de
una minoría, nuestro régimen se llama democracia... Nuestra regla para gobernar
la república es la libertad y en nuestras relaciones cotidianas no existe lugar
para la sospecha; no nos enfadamos con el vecino, si hace lo que le parece;
además, no nos gustan esas humillaciones que, aunque no supongan ninguna
pérdida material son, sin embargo, muy dolorosas, por el espectáculo que
ofrecen.
II, XXXVII.
Los
juegos y la guerra
Por
otra parte, para acabar con tanta dejadez, hemos evitado que el alma repose en
exceso; hemos instituido los juegos; las fiestas que tienen lugar del principio
hasta el fin del año, diversiones especiales y maravillosas cuya práctica
diaria aleja la tristeza.
En
lo que se refiere a la guerra he aquí en qué nos diferenciamos de nuestros
adversarios. Nuestra ciudad está abierta a todos; nunca hemos sentido xenofobia
como para eliminar algo de un conocimiento o espectáculo cuya revelación
pudiera aprovechar a nuestros enemigos. Basamos nuestra confianza, mucho más en
nuestro propio valor cuando hay que actuar, que en los preparativos y en las
astucias de la guerra. En lo que se refiere a la educación, otros pueblos,
mediante un penoso entrenamiento, acostumbran a los niños desde su edad más
joven al valor viril; nosotros, a pesar de que vivimos sin coacciones, nos
enfrentamos, con tanto valor como ellos, ante los posibles peligros.
II, XXXVIII.
Valor
del desprecio
...Debe
dar más vergüenza dejarse arrebatar los bienes propios que el fracaso tratando
de conseguirlos. Tenemos que enfrentarnos al enemigo llenos de confianza y
llenos de desprecio. Cuando el éxito favorece la ignorancia, en el alma del
cobarde nace una orgullosa presunción; el desprecio sólo puede existir en quien
tiene conciencia de su superioridad intelectual. Nosotros poseemos ese
sentimiento. En igualdad de condiciones, la inteligencia que se apoya en la
grandeza de alma proporciona mayor seguridad y mayor audacia; no se basa tanto
en la esperanza, que es vacilante, como en el conocimiento racional de los
acontecimientos, lo que permite descifrar el porvenir con mayor seguridad.
II, LXII.
Injusticia
y necesidad
No
podéis renunciar a ese imperio, aunque actualmente, por miedo y por deseo de
descanso, llevéis a cabo ese acto heroico. Consideradlo como la tiranía:
conseguirlo puede significar una injusticia; renunciar a él constituye un
peligro.
II, LXIII.
Pericles
o el monarca demócrata
La
influencia de Pericles se basaba en la consideración de quienes lo rodeaban y
en la profundidad de su inteligencia; su desinterés era absoluto, sin atentar contra
la libertad; sabía contener a la multitud que él dirigía, mucho mejor de lo que
ella creía dirigirlo. Habiendo conseguido su influencia honestamente, no tenía
por qué halagar a la multitud. Debido a su autoridad personal, podía
enfrentársele incluso demostrar su irritación. Siempre que los atenienses caían
en la tentación intempestiva de la audacia o del orgullo, los llenaba de temor;
pero si se atemorizaban sin motivo, les devolvía la confianza. Este gobierno
llevaba el título de democracia, aunque en realidad era el gobierno de un
hombre solo. Sus sucesores, ninguno de los cuales tenía su superioridad, al
pretender elevarse a un primer plano, se veían obligados, para halagar al
pueblo, a descuidar los asuntos,
II LXV.
Saber
terminar la guerra
Nuestras
previsiones no se han cumplido, desgracia a la que están expuestos igualmente
todos los hombres. Por eso, no es justo que el poderío actual de vuestro Estado
y vuestros éxitos recientes os inciten a creer que la fortuna estará siempre de
vuestro lado. Son sabios aquellos que, para su seguridad, desconfían del éxito;
ellos son igualmente, quienes mejor conllevan el infortunio; no pueden
imaginarse que la guerra se desarrolle de acuerdo con sus deseos, sino más bien
que en la guerra los hombres son juguetes del destino. Gracias a eso están
menos expuestos a los fracasos, porque no se dejan embriagar por la victoria y
saben elegir el momento, en que todo va de acuerdo con sus deseos, para poner
fin a la guerra.
IV, XVIII.
Súbditos
temibles
No
son los pueblos que tienen un imperio, como los lacedemonios, los más temibles
para los vencidos (además no estamos luchando aquí contra los lacedemonios),
sino que son los súbditos, cuando atacan a sus antiguos dueños y consiguen
vencerlos.
V, XCI.
La
ley del más fuerte
(Los
atenienses:) Ya no tememos que nos falte la benevolencia divina. No deseamos ni
realizamos nada que se oponga a la idea que los hombres tienen de la divinidad,
nada que no cuadre con las pretensiones humanas. Los dioses, según nuestra
opinión, y los hombres de acuerdo con nuestro conocimiento de las realidades,
tienden por necesidad de su naturaleza, a dominar allí donde sus fuerzas
prevalecen. No somos nosotros quienes hemos establecido esta ley, ni tampoco
los primeros en aplicarla, Antes de nosotros ya se sabía y subsistirá para siempre.
Nos aprovechamos de ella, perfectamente convencidos de que vosotros, como los
demás, si tuviérais nuestro poderío, os comportaríais del mismo modo. En lo que
respecta a la divinidad, según todas las probabilidades, no tememos quedarnos
en estado de inferioridad.
V, CV.
El
temor recíproco
...Pero,
como ellos (los atenienses) habían sometido a la mayoría de los aliados y
nosotros éramos los únicos que nos manteníamos en plano de igualdad con ellos,
tal situación tenía que resultarles penosa: los demás habían cedido y sólo
nosotros los tratábamos como a iguales. Por otra parte, su poderío aumentaba al
mismo tiempo que nuestro aislamiento. El miedo recíproco resulta la única
garantía para una alianza fiel. Quien se siente tentado de escapar a las
condiciones de una alianza, sólo puede oponerse a esta tentación, por el temor
de no ser el más fuerte, si se decide a atacar.
III, XI
Historia de la guerra del
Peloponeso,
Platón
Al
morir Sócrates en 399, Platón, huyendo de Atenas, realizó un viaje que lo
condujo a Egipto, y más tarde al Sur de Italia, donde en Siracusa se hizo amigo
de Dion, cuñado de Denis el Antiguo, tirano de la ciudad. Este, molesto por las
críticas que el filósofo hizo de su política, lo vendió como esclavo a Egine,
de quien lo compró uno de sus amigos para libertarlo. En 367, al morir Denis el
Antiguo, Dion llamó nuevamente a Platón a Siracusa; pretendía hacerlo consejero
del nuevo tirano, Denis el joven. Nueva experiencia desgraciada, que obligó al
mismo Dion a exiliarse y que supuso para Platón la indiferencia del déspota. En
361, tercer intento, que esta vez acabó con el encarcelamiento de Platón,
liberado gracias a un barco de guerra ateniense. Estos fracasos 'repetidos no
lo alejaron de la política y cuando escribía Las Leyes, un, proyecto de
constitución para Siracusa, murió, después de haber fracasado tres veces, al
tratar de aplicarla a la realidad. De hecho, para Platón la política fue una
suprema ambición filosófica. Trata de ella en La República y en La Política,
que son, con Las Leyes, sus diálogos más largos y más importantes. Esta
obsesión política se la debía Platón, sobre todo, a los acontecimientos de la
historia griega, donde las revoluciones se habían ido sucediendo en una
decadencia continua de la ciudad. Se la debía también, a su concepción
metafísica de las ideas o formas inteligibles, lo que implicaba la esencia de
una ciudad ideal. La política platónica, no es reformista: Una sociedad que no
se puede corregir debe ser rehecha. De ahí la importancia capital de la
educación, concebida para formar ciudadanos ideales, y el principio comunitario
que debe unirlos, puesto que su único bien debe ser la virtud y el que hayan
sido formados en la perspectiva única de la vida colectiva. Esta educación sólo
puede darla el filósofo. Tal es el tema de La República. En La Política y en
Las Leyes, Platón es menos utópico. Se preocupa un poco más de la realidad y
toma en consideración la imperfección humana. Pero se sigue inspirando del
principio comunitario, si no comunista. A pesar de lodo y a pesar del carácter
utópico o abstracto de su pensamiento político, Platón supo descubrir, en el estado
real de las sociedades políticas, con pesimismo y con lucidez, algunas de las
leyes secretas que regulan los diversos regímenes.
Gobernar
es un castigo
...Las
personas de bien no quieren gobernar, ni por las riquezas, ni por los honores:
no quieren ser tratados como mercenarios, al exigir claramente el salario de su
función, ni como ladrones, obteniendo por sí mismos beneficios secretos de su
cargo. Por eso, es necesario que se les obligue, como castigo, a tomar parte en
el gobierno; de esta forma se arriesga, al tomarse voluntariamente el poder sin
esperar la necesidad, que les produzca cierta vergüenza. El castigo más grave
está en ser gobernado por alguien más ruin que uno, al negarse uno mismo a
gobernar: y por miedo a este castigo, me parece, las personas honestas que
están en el poder se encargan del gobierno.
Libro I, XIX.
...El
Estado debe su nacimiento a la impotencia en la que se encuentra el individuo
para satisfacerse a sí mismo y en su necesidad de mil cosas.
I, XI.
Cualidades
del hombre de Estado
...Filósofo,
irritado, rápido y fuerte, esto es lo que debe ser naturalmente, el hombre
destinado a convertirse en un excelente guardián del Estado.
II, XVI.
Los
únicos que tienen derecho a mentir son los gobernadores de la ciudad, para
engañar a los enemigos o a los ciudadanos, si así lo exige el interés del
Estado; nadie más debería hacer una cosa tan delicada,
A
cada cual su función
Lo
que distingue a nuestro Estado es que el zapatero se ocupa de sus zapatos y no
es piloto a la vez que zapatero; el labrador es labrador y no juez a la vez que
labrador y el guerrero es guerrero y no comerciante a la vez que guerrero, y
así todos los demás.
III, IX.
Es
evidente a todas luces que los viejos deben ordenar y los jóvenes obedecer.
III, XIX.
Causas
de la ruina del Estado
El
Estado se hundirá cuando esté dominado por el hierro o por el bronce.
III, XXI.
En
cuanto (los guardianes del Estado) sean como los demás, propietarios de un
campo, de edificios y dinero, de guardianes que son, se convertirán en
administradores y labradores; de defensores de la ciudad, en sus tiranos y sus
enemigos; odiando y odiados, acosando y acosados, de esta forma pasarán su
vida; temerán más y con mayor frecuencia a los enemigos de dentro que a los de
fuera y por sí mismos llevarán a la ciudad hasta el borde del abismo.
III, XXII.
Hemos
encontrado (. . .) otra tarea para nuestros guardianes, la de impedir, por
todos los medios, que esos dos males (la riqueza y la pobreza) penetren, sin
que ellos lo sepan, en la ciudad (. . .) porque, además de este deseo de
novedades, provoca, al mismo tiempo, la bajeza y el mal obrar.
IV, II.
…mientras
el engrandecimiento no llegue a comprometer la unidad del Estado, que se
engrandezca, pero no más.
IV, III.
Una
minoría de sabios
…un
Estado constituido conforme la naturaleza, y considerado en su conjunto, debe
el título de prudente al cuerpo menos numeroso, a la parte más pequeña de él y
a la ciencia que esta posee, gracias a quienes están a su frente y lo
gobiernan; y, según parece, corresponde al grupo menos numeroso tener
participación en esa ciencia que, entre todas, es la única que merece el nombre
de prudencia.
IV, VI.
Una
mayoría moderadora
…si
el valor y la sabiduría, que solo se encuentran en una parte del Estado, lo
convierten una en sabio y la otra en valeroso, no ocurre lo mismo con la
moderación: Esta alcanza, absolutamente, a toda la ciudad y realiza el acuerdo
perfecto entre los ciudadanos, sin distinción de clase, baja, alta o media en
la que los coloque su inteligencia o, si quieres, su fuerza, su número, sus
riquezas o cualquier otra ventaja…
IV, IX.
De
la injusticia
"...la
usurpación de las funciones de otros y la mezcla de las tres clases causarían
un gran peligro al Estado y no nos equivocaríamos al considerarlo como
verdadero crimen (...) pero, ¿tú no llamarías injusticia a un verdadero crimen
contra el Estado?
IV, X.
...por
el contrario diremos que, cuando los tres órdenes de mercenarios, auxiliares y
guardianes se limitan a sus atribuciones y cada uno de ellos realiza la tarea
que le corresponde dentro del Estado, el resultado es lo contrario de lo que
acabamos de decir, esto es, la justicia y lo que hace que un Estado sea justo.
IV, XI.
Comunismo
...Las
mujeres de los guardianes deberán estar desnudas, porque les servirá de vestido
su virtud y participarán, junto con ellos, en la guerra y en la vigilancia del
Estado, sin dedicarse a nada más.
V, VI.
Las
mujeres de nuestros guerreros serán comunes para todos ellos; y ninguna
cohabitará en particular con ninguno de ellos; los niños serán asimismo comunes
y ni el padre conocerá a su hijo, ni el hijo a su padre.
V, VII.
En
cuanto a los niños, a medida que vayan naciendo, se entregarán a un comité que se ocupe
de ellos, compuesto de hombres, de mujeres
o
de personas de ambos sexos, ya que las funciones públicas son comunes a los
hombres y a las mujeres.
V, IX.
A
menos (...) que los filósofos gobiernen los Estados, o que quienes se llaman
actualmente reyes y soberanos se conviertan en filósofos verdaderos y serios,
de suerte que veamos reunirse en la misma persona, la autoridad y la filosofía,
y que por otro lado una ley rigurosa excluya del gobierno a la multitud de
aquellos que por sus talentos se inclinan hacia una o la otra exclusivamente,
no habrá, mi querido Glaucón, remedio posible para los males de los Estados, ni
tampoco, creo yo, para los del género humano.
V, XVIII.
El
ciudadano "honorable"
(El
hombre timocrático, o del gobierno del honor). Debe ser (. . .) más confiado en
sí mismo y estar menos atraído por las Musas, aunque las aprecie; le. gustan
los discursos, aunque no sea todo un orador. Un hombre de esta categoría es
duro con los esclavos, en lugar de despreciarlos, como hace quien ha recibido
una perfecta educación; es amable con los hombres libres y obediente con los
magistrados; amigo del poder y de los honores; pero no apoya sus pretensiones
al mando en la elocuencia o en cualquier cualidad por el estilo, sino en sus
hazañas guerreras y en sus talentos militares.
VIII, V.
De
la oligarquía
(.
. .) Ese Estado no es uno, sino dos, el de los pobres y el de los ricos, que
conviven en el mismo lugar y que están conspirando incesantemente uno contra el
otro (. . .) Tampoco es una ventaja la casi absoluta certeza de la impotencia
de los oligarcas para hacer la guerra, porque necesitan armar al pueblo,
temiéndolo más que al enemigo, o si no lo hacen así, han de tomar parte en la
batalla como oligarcas, además de que su avaricia les impedirá sufragar los
gastos de la guerra.
VIII, VII.
De
la democracia
...la
democracia se establece cuando los pobres, vencedores de sus enemigos, asesinan
a unos, destierran a los otros y se dividen el gobierno y las magistraturas; es
frecuente que las magistraturas se repartan por sorteo y por igual, con los que
quedan.
VIII, X.
Esta
constitución (...) da la impresión de ser la más hermosa de todas, como una
capa pintarrajeada, en la que se combinan toda clase de colores; ese gobierno
abigarrado con tantos caracteres podría aparecer como modelo de belleza; y es
muy posible (...) que semejantes a los niños y a las mujeres, en quienes todo
lo pintarrajeado excita la curiosidad, muchas gentes lo consideraran
efectivamente como el más hermoso.
VIII, XI.
Cuando
un Estado democrático falseado por la libertad, encuentra a su frente
dirigentes incapaces, desaparece la medida y se embriaga de pura libertad;
entonces, si quienes gobiernan no son extraordinariamente flexibles y no
conceden la libertad completa, se los acusa y castiga, como si fueran
criminales y oligarcas.
VIII, XIV.
Del
exceso de libertad sólo puede resultar un exceso de servidumbre, tanto en el
individuo como en el Estado.
VIII, XV.
De
la tiranía
¿No
tiene el pueblo la costumbre invariable de elegir a un favorito para colocarlo
al frente, alimentando y acrecentando su poder?
VIII, XVI.
(El
tirano) debe (. . .) comprender con una aguda mirada quiénes son los que poseen
valor, altura de alma, prudencia, fortuna y es tal su dicha que se ve obligado,
a pesar suyo, a luchar contra todos y a tenderles lazos, hasta que haya
limpiado el Estado (...). Debe vivir entre gentes que son en general
despreciables y que además lo odian, o renunciar a la vida.
VIII, XVII-XVIII.
La República.

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