domingo, 8 de septiembre de 2024

La paradoja de Newcomb

 Se designa como paradoja, queridos amigos, a la figura retórica que consiste en la utilización de expresiones que envuelven una contradicción.

Ustedes, ávidos lectores de Policromía de Ideas, seguramente recuerdan la nota Gödel, Escher y Bach, en la que viéramos la conocida paradoja del cretense Epiménides que reza de la siguiente guisa:

Todos los cretenses mienten.

Ahora bien, si todos los cretenses mienten, él, como cretense, está mintiendo, luego lo que dijo es mentira, pero, si es mentira, significa que los cretenses no mienten, dicen la verdad; pero, si dicen la verdad, entonces es cierto que todos los cretenses mienten y volvemos al punto de partida sin haber aclarado las cosas. He ahí una paradoja.

Esto nos lleva a William Newcomb (1927 – 1999), un físico teórico americano, profesor en el Laboratorio Lawrence Livermore de la Universidad de California, sobrino bisnieto del astrónomo Simon Newcomb; un polímata canadiense del siglo XIX.

Pues bien, en 1960, mientras analizaba el conocido "dilema del prisionero", Newcomb dio forma a la que luego pasó a ser conocida como “paradoja de Newcomb”. Curiosamente, Newcomb nunca escribió acerca de ella, pero, unos años más tarde, llegó a oídos del conocido filósofo estadounidense Robert Nozick. Admirado por ella, Nozick la hizo pública en 1969, con la anuencia de Newcomb. "Es un problema hermoso. Ojalá fuera mío", acotó.

¿Y, en qué consiste la tal paradoja, Martín?

Pues, veámosla:

Supongamos una mesa sobre la que hay dos cajas cerradas:

1.- la caja A que contiene US$1.000 y

2.- la caja B que puede contener US$1.000.000 o nada.

Se nos ofrecen dos opciones:

1.- llevarnos sólo la caja B o

2.- llevarnos las dos cajas.

Nos quedaremos con todo lo que haya en la/s caja/s que escojamos y el objetivo es llevarnos la mayor cantidad de dinero.

Antes de tomar la decisión, debes tener en cuenta que todo esto fue ideado por un ser supremo cuya capacidad de predicción es perfecta.

Él ya pronosticó qué haríamos.

Si predijo que tomaríamos ambas cajas, dejó la B vacía.

Si predijo que escogeríamos sólo la B, guardó en ella el millón de dólares.

Obviamente, no sabemos lo que predijo.

Entonces, ¿Qué hacer? ¿Nos llevamos las dos cajas o sólo una? Recordemos que el objetivo es llevarnos la mayor cantidad de dinero posible.

Y resulta que este engañosamente simple problema está lejos de ser de fácil solución. Y así, las encuestas muestran que el público reacciona de la siguiente forma: Más o menos la mitad está convencida de que la opción 1 es la correcta y la 2, absurda; y la opinión de la otra mitad es igual de contundente, pero al revés.

De hecho, fue por esa dicotomía que Nozick decidió publicarla.

El tema es que hay dos soluciones posibles, pero, llevan a decisiones diferentes:

Argumentos a favor de tomar sólo la caja B.

Si tomamos lo que hay en ambas cajas, el ser supremo lo habrá predicho y no habrá puesto el millón de dólares en la caja B, y, por lo tanto, obtendremos US$1.000.

Si tomamos solamente la caja B, el ser lo predijo así que al abrirla encontrarás US$1.000.000.

Por lo tanto, lo lógico es optar por tomar solo una caja.

Argumentos a favor de escoger las dos cajas.

El ser supremo ya hizo su predicción; el millón de dólares ya está o ya no está en la caja B. Esto es un hecho y, entonces, el dinero no se va a esfumar dependiendo de nuestra elección, pues una decisión en el presente no cambia una tomada en el pasado.

Si el ser ya puso el millón en la caja B y tomamos ambas, obtendremos US$1.001.000, mil más que si tomáramos una sola caja.

Si el ser no puso el millón en la caja B y escogemos ambas, al menos nos quedaremos con US$1.000, en vez de nada.

En conclusión.

No es sorprendente si, a pesar de haber leído las razones de quienes escogieron la opción distinta a la tuya, te sigue pareciendo irracional.

Eso ha venido pasando incluso desde antes de que Nozick popularizara la paradoja.

"He planteado este problema a un gran número de personas, tanto amigos como estudiantes en clase", escribió el filósofo.

"Para casi todo el mundo es perfectamente claro y obvio lo que se debe hacer. La dificultad es que estas personas parecen dividirse casi por igual sobre el problema, y ​​un gran número piensa que la mitad opuesta simplemente está siendo tonta".

Sin embargo, subrayó, "dados dos argumentos opuestos tan convincentes, no basta con conformarse con la creencia de que uno sabe qué hacer. Ni basta con repetir uno de los argumentos en voz muy alta y lentamente".

Agregó que era necesario "desarmar el argumento opuesto; explicar por qué no se sostiene, mostrándole el debido respeto".

Muchos han intentado hacerlo; varios están convencidos de que lo lograron.

Pero la paradoja de Newcomb sigue siendo un rompecabezas espinoso y tremendamente controvertido, con ramificaciones en la teoría de la decisión, la economía, la psicología filosófica y la ciencia política.

Nozick esperaba que la publicación del problema pudiera “dar con una solución que me permitiera dejar de volver, periódicamente, a él”.

Pero hasta ahora, a pesar de que se ha estudiado, discutido y escrito profusamente sobre esta paradoja, no se ha llegado al consenso que le habría restaurado su paz mental.

Ustedes, queridos amigos, ¿Por qué opción se inclinan?

Bien, hasta aquí nuestro amigo Newcomb.


Sin embargo, no quisiera finalizar esta nota sin cumplir con el expreso pedido de mi presentadora de la semana pasada: Blanche Monnier. ¿La recuerdan? Aquí va su foto para ayudar a ello.

Concretamente, Blanche me pidió que contara su historia. ¡Su triste historia!

¡Lo haré! Y contaré para ello con el auxilio del excelente canal de Youtube, Mystery Scoop, que ha preparado un magnífico informe.

Es como decimos nosotros los brasileros: Não há fim para a maldade humana.

Se puede cambiar los subtítulos al español yendo abajo a la derecha a Configuración (la florcita redonda) - Subtítulos - Traducir automáticamente - Español

https://www.youtube.com/watch?v=3Dn-GvPGt4o

Es verdaderamente increíble lo que le sucedió a Blanche. Una vida que asomaba estupenda, destruida por quien más debió cuidarla.

Pero, Policromía de Ideas no ha olvidado a Blanche y sirva este recuerdo para rescatarla de las sombras.

¡Vaya nuestro saludo y cariño, Blanche, a través del tiempo y la muerte!

Bien, me despedido, pero, no sin antes recordarles que: Si tienen un hijo, sobrino, nieto, o ustedes mismos a quien tienen que agasajar, qué mejor que regalarle mi libro de El Ajedrez de la B a la Q, Tomo I (no se demoren que ya viene el Tomo II), que podrán encontrar en Mi Librería:

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domingo, 1 de septiembre de 2024

Las piezas de la evolución

Con motivo del lanzamiento del libro 'Las piezas de la evolución' de Neil Shubin (Pinolia, 2024), les traigo, estimados amigos, un interesante extracto de su primer capítulo, donde la ciencia y la historia se entrelazan para revelar los secretos de la vida en la Tierra.

Fósil de un pez. Foto: Istock

La evolución es una historia compleja y fascinante que ha intrigado a científicos y pensadores durante siglos. Ya hemos visto, en notas anteriores parte de su origen y desarrollo. Desde los primeros días de la paleontología, los investigadores han explorado rincones remotos del planeta en busca de pistas que expliquen cómo la vida en la Tierra ha cambiado de formas tan asombrosas a lo largo del tiempo. Gracias a estos esfuerzos, hoy en día contamos con una comprensión más clara de los procesos que llevaron a los peces a desarrollar extremidades y caminar sobre la tierra, a los reptiles a convertirse en majestuosas aves, y a los primates a evolucionar en seres humanos capaces de reflexionar sobre su propia existencia.

El conocimiento acumulado por los paleontólogos, combinado con los avances en la tecnología del ADN, ha permitido que por primera vez podamos responder preguntas fundamentales sobre nuestra propia historia evolutiva. ¿Cómo han ocurrido estos cambios tan trascendentales? ¿Es la vida en la Tierra producto de una serie de eventos fortuitos o existe un patrón más profundo que guía la evolución?

En su libro Las piezas de la evolución, el renombrado paleontólogo Neil Shubin nos invita a embarcarnos en un viaje a través de los siglos para desentrañar estos misterios. Con un estilo  que combina rigor científico con una narrativa accesible, Shubin explora los grandes hitos evolutivos que han moldeado la diversidad biológica que conocemos hoy. Desde su célebre descubrimiento del Tiktaalik roseae, un fósil que ofrece una ventana única a la transición de la vida del agua a la tierra, hasta las preguntas más fundamentales sobre el origen de las especies, Shubin ofrece una perspectiva fresca y emocionante sobre la historia de la vida en nuestro planeta.

A continuación, un extracto del primer capítulo de Las piezas de la evolución, escrito por Neil Shubin y publicado por Pinolia.

Cinco palabras

Algunas personas encuentran el propósito de su vida en un laboratorio o sobre el terreno. Yo encontré el mío en la diapositiva de una presentación. Cuando era estudiante de posgrado, asistí a una clase impartida por un científico veterano sobre los grandes éxitos de la historia de la vida. Era un curso breve, una especie de cita rápida con los grandes enigmas de la evolución. El tema de debate de cada semana era una transformación evolutiva diferente. En una de las primeras sesiones, el profesor mostró un corto de dibujos animados que mostraba lo que sabíamos entonces, en 1986, sobre la transición de los peces a los animales terrestres. En la parte superior del dibujo había un pez y en la inferior un anfibio fósil primitivo. Una flecha señalaba del pez al anfibio. Lo que me llamó la atención fue la flecha, no el pez. Miré la figura y me rasqué la cabeza. Peces caminando por tierra: ¿Cómo podía ocurrir? Parecía un enigma científico de primera clase al que dedicarme. Fue amor a primera vista. Así empezaron cuatro décadas de expediciones a los dos polos y a varios continentes, a la caza de fósiles que demostraran cómo se produjo este acontecimiento. 

Sin embargo, cuando intentaba explicar mi búsqueda a mis familiares y amigos, a menudo recibía miradas compasivas y secas preguntas. Transformar un pez en un animal terrestre significaba desarrollar un nuevo tipo de esqueleto, con extremidades para caminar en lugar de aletas para nadar. Además, tuvo que surgir una nueva forma de respirar, con pulmones en lugar de branquias. También tuvieron que cambiar la alimentación y la reproducción: comer y poner huevos en el agua es muy diferente de lo que ocurre en tierra. Prácticamente todos los sistemas del cuerpo tendrían que transformarse al mismo tiempo. ¿De qué serviría tener extremidades para caminar en tierra si el animal no podía respirar, alimentarse o reproducirse? Vivir en tierra requiere no solo un cambio, sino la interacción de cientos de ellos. Esta dificultad es válida para cada una de los miles de transiciones de la historia de la vida, desde los orígenes del vuelo y la marcha bípeda hasta los orígenes de los cuerpos y la vida misma. Mi búsqueda parecía condenada al fracaso desde el principio.

La solución a este dilema se encuentra en una famosa cita de la dramaturga Lillian Hellman. Al describir su vida —desde su inclusión en la lista negra del Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes durante la década de 1950 hasta su duro estilo de vida— dijo una vez: «Nada, por supuesto, empieza en el momento en que crees que empieza». Con esa frase describió, por casualidad, uno de los conceptos más poderosos de la historia de la vida, que explica el origen de casi todos los órganos, tejidos y fragmentos de ADN de todas las criaturas del planeta Tierra.

Las semillas de esta idea en biología comenzaron como consecuencia del trabajo de una de las figuras más autodestructivas de toda la ciencia, que siendo fiel a su estilo, cambió el campo al equivocarse. 

Para comprender el significado de los recientes descubrimientos sobre el genoma, debemos remontarnos a una época anterior de exploración. La Inglaterra victoriana fue un crisol de ideas y descubrimientos perdurables. Saber que las ideas sobre cómo funciona el ADN en la historia de la vida fueron desarrolladas en una época en la que la gente ni siquiera sabía que existían los genes tiene algo de poético. 

George Jackson Mivart (1827-1900) nació en Londres en una familia fervientemente evangélica. Su padre había ascendido de mayordomo a propietario de uno de los principales hoteles de la ciudad. La posición de Mivart padre dio a su hijo la oportunidad de alcanzar la posición social de un caballero y le concedió el privilegio de realizar la carrera de su elección. Al igual que su contemporáneo Charles Darwin, Mivart era un apasionado por la naturaleza. De niño coleccionaba insectos, plantas y minerales, a menudo tomaba muchas notas de campo e ideaba esquemas de clasificación. Mivart parecía destinado a dedicarse a la historia natural. 

Entonces intervino el tema dominante de su vida personal: la lucha con la autoridad. En su preadolescencia, Mivart se sintió cada vez más incómodo con la fe anglicana de su familia. Para gran consternación de sus padres, se convirtió al catolicismo romano. Este paso, audaz para un joven de dieciséis años, tuvo consecuencias imprevistas. Su recién descubierta lealtad a la Iglesia Católica le impidió asistir a Oxford o Cambridge, ya que el acceso a las universidades inglesas estaba vetado a los católicos en aquella época. Al no poder matricularse en un programa de historia natural, eligió la única opción que le quedaba: estudiar Derecho en el Inns of Court, donde la religión no era un obstáculo. Mivart se hizo abogado.

No está claro si Mivart ejerció alguna vez la abogacía, pero la historia natural siguió siendo su pasión. Aprovechando su condición de caballero, entró en la alta sociedad científica, donde entabló relaciones con figuras clave de la época, sobre todo con Thomas Henry Huxley (1825-95), que pronto se convertiría en un destacado defensor de las ideas de Darwin en la esfera pública. Huxley era un consumado anatomista comparativo por derecho propio y había reunido a un grupo de entusiastas aprendices. Mivart se hizo gran amigo del hombre, trabajó en su laboratorio e incluso participó en algunas de sus reuniones familiares. Bajo la tutela de Huxley, Mivart produjo algunos trabajos esenciales, aunque, sobre todo, descriptivos, acerca de la anatomía comparada de los primates. Estas descripciones detalladas del esqueleto siguen siendo útiles hoy en día. Cuando Darwin publicó su primera edición de El origen de las especies en 1859, Mivart se consideraba partidario de la nueva idea de Darwin, probablemente influido del fervor de Huxley. 

Thomas H. Huxley. 

Sin embargo, y como había ocurrido con la fe anglicana de su juventud, Mivart empezó a dudar sobre las ideas de Darwin y desarrolló objeciones intelectuales a la idea darwiniana del cambio gradual. Empezó a manifestar sus ideas en público, primero con suavidad y luego con más fuerza. Con pruebas que apoyaban su desacuerdo, redactó una respuesta a El origen de las especies. Si le quedaban amigos entre sus antiguos colegas del mundo de la historia natural, acabó de perderlos con el simple cambio de una palabra del título de Darwin: La génesis de las especies (On the Genesis of Species). 

Como si eso no fuera suficiente, Mivart empezó a criticar a la Iglesia católica. Escribió varias publicaciones eclesiásticas donde señalaba que el nacimiento virginal y la infalibilidad de la doctrina eclesiástica eran tan inverosímiles como las ideas de Darwin. Con la publicación de La génesis de las especies, Mivart fue prácticamente excomulgado de la ciencia. Sus escritos llevaron a la Iglesia católica a excomulgarle seis semanas antes de su muerte en 1900. 

El desafío de Mivart a Darwin refleja las encarnizadas luchas intelectuales de la Inglaterra victoriana y al mismo tiempo articula un escollo que mucha gente sigue teniendo con Darwin. Mivart abrió su ataque refiriéndose a sí mismo en tercera persona, utilizando un lenguaje destinado a establecer su credibilidad como una persona de mente abierta: «En un principio, no estaba dispuesto a rechazar la fascinante teoría de Darwin». 

Mivart empieza a exponer sus argumentos con un capítulo sustancial en el que esboza lo que considera el defecto fatal de Darwin, llamándolo «la incompetencia de la selección natural para dar cuenta de las etapas incipientes de las estructuras útiles». El título es un poco como un trabalenguas, pero resume una cuestión crucial: Darwin concebía la evolución como una sucesión de estados intermedios e incontables de una especie a otra. Para que la evolución funcionara, cada uno de esos estados intermedios tenía que ser adaptativo y aumentar la capacidad del individuo para prosperar. Para Mivart, estas etapas intermedias no parecían plausibles. Pongamos por ejemplo el origen del vuelo. ¿Qué utilidad podría tener una fase temprana en el origen de unas alas? El fallecido paleontólogo Stephen Jay Gould llamó a esta cuestión el «problema del porcentaje del 2 % de un ala»: una diminuta ala primitiva en un ancestro de ave no sirve para nada. En algún momento estas alas podrían llegar a ser lo suficientemente grandes como para que un animal pudiese planear con ellas, pero un ala diminuta no puede utilizarse para ningún tipo de vuelo propulsado. 

Mivart ofreció un caso tras otro en los que las etapas intermedias parecían inverosímiles. Los peces planos tienen dos ojos en un lado del cuerpo, las jirafas poseen los cuellos largos, algunas ballenas tienen barbas, varios insectos imitan la corteza de los árboles y así sucesivamente. ¿Qué utilidad podría tener un leve desplazamiento fraccionado de los ojos, el alargamiento del cuello o una sutil variación de coloración? ¿Qué tal una mandíbula con solo una astilla de barbas para alimentar a toda una ballena? La evolución, al parecer, consistía en innumerables callejones sin salida entre los estados finales de cualquier transición importante. 

Mivart fue uno de los primeros científicos en llamar la atención sobre el hecho de que en las grandes transiciones evolutivas no cambia un solo órgano, sino todo un conjunto de características corporales. ¿De qué serviría desarrollar extremidades para caminar sobre la tierra si una criatura no tuviera pulmones para respirar aire? Otro ejemplo: el origen del vuelo de las aves. El vuelo motorizado requiere muchos inventos diferentes: alas, plumas, huesos huecos, metabolismos elevados. Sería inútil que una criatura con huesos tan toscos como los de un elefante o un metabolismo tan lento como el de una salamandra desarrollara alas. Si para cualquier gran transformación es necesario que cambien cuerpos enteros y que cambien simultáneamente muchas características, ¿Cómo es posible que las grandes transiciones se produzcan de forma gradual? 

Mivart fue uno de los primeros científicos en llamar la atención sobre el hecho de que en las grandes transiciones evolutivas no cambia un solo órgano, sino todo un conjunto de características corporales

En el siglo y medio transcurrido desde la publicación de las ideas de Mivart, han sido la piedra angular de muchas críticas a la evolución. En su momento, sin embargo, también sirvieron para catalizar una de las grandes ideas de Darwin. 

Darwin vio en Mivart un crítico importante. Mientras que la primera edición de El origen de las especies fue en 1859; el libro del caballero inglés apareció en 1871. En la sexta edición definitiva de El origen de las especies, publicada en 1872, Darwin añadió un nuevo capítulo para responder a sus críticos, entre ellos Mivart. 

Fiel a las convenciones del debate victoriano, Darwin comenzó diciendo: «Un distinguido zoólogo, el Sr. St. George Mivart, ha recopilado recientemente todas las objeciones que otros y yo hemos presentado contra la teoría de la selección natural, tal como la propuse junto con el Sr. Wallace, y las ha ilustrado con admirable arte y fuerza». Y continuó: «Cuando se reúnen así, forman un conjunto formidable». 

Luego acalló la crítica de Mivart con una sola frase, seguida de copiosos ejemplos propios. «Todas las objeciones del Sr. Mivart serán, o han sido, consideradas en el presente volumen. El único punto nuevo que parece haber impresionado a muchos lectores es: “Que la selección natural es incompetente para explicar las etapas incipientes de las estructuras útiles”. Este tema está íntimamente relacionado con el de la gradación de los caracteres, a menudo acompañada de un cambio de función». 

Es difícil sobrestimar la importancia que estas cinco últimas palabras han tenido para la ciencia. Contienen las semillas de una nueva forma de ver las grandes transiciones en la historia de la vida. 

¿Cómo es posible? Como de costumbre, los peces aportan nuevas perspectivas.

Charles Darwin fotografiado hacia 1868.

Un soplo de aire fresco

Cuando Napoleón Bonaparte invadió Egipto en 1798, trajo con su ejército algo más que barcos, soldados y armas. Viéndose a sí mismo como un científico, quería transformar a Egipto para controlar el Nilo, mejorar su nivel de vida y comprender su historia cultural y natural. En su equipo figuraban algunos de los principales ingenieros y científicos franceses. Entre ellos se encontraba Étienne Geoffroy Saint-Hilaire (1772-1844). 

A los veintiséis años, Saint-Hilaire era un prodigio de la ciencia. Era catedrático de zoología en el Museo de Historia Natural de París y estaba destinado a convertirse en uno de los más grandes anatomistas de todos los tiempos. Ya a los veinte años era popular por sus descripciones anatómicas de mamíferos y peces. En el séquito de Napoleón tuvo la estimulante tarea de diseccionar, analizar y dar nombre a muchas de las especies que los equipos de Napoleón encontraban en los uadis, oasis y ríos de Egipto. Uno de ellos era un pez del que el director del museo de París dijo más tarde que justificaba toda la excursión egipcia de Napoleón. Por supuesto, Jean-François Champollion, que descifró los jeroglíficos egipcios utilizando la Piedra Rosetta, probablemente se opuso a esa descripción. 

Con sus escamas, aletas y cola, la criatura parecía un pez normal por fuera. En la época de Saint-Hilaire, las descripciones anatómicas exigían unas disecciones muy minuciosas, a menudo con la ayuda de un equipo de artistas que plasmaban cada detalle importante en unas litografías preciosas, a menudo coloreadas. La parte superior del cráneo tenía dos agujeros en la parte trasera, cerca del hombro. Eso ya era extraño de por sí, pero la verdadera sorpresa estaba en el esófago. Normalmente, trazar el esófago en la disección de un pez es un asunto bastante anodino, ya que se trata de un simple tubo que va de la boca al estómago. Pero este era diferente: tenía un saco de aire a cada lado.

Este tipo de saco era conocido por la ciencia de la época. Se habían descrito vejigas natatorias en diversos peces; incluso Goethe, el poeta y filósofo alemán, se refirió a ellas en una ocasión. Presentes tanto en especies oceánicas como de agua dulce, estas bolsas se llenan de aire y luego se desinflan, ofreciendo una capacidad de flotar neutra cuando un pez navega a diferentes profundidades de agua. Como un submarino que expulsa aire al grito de «¡sumérgete, sumérgete, sumérgete!», la concentración de aire de la vejiga natatoria cambia, de forma que el animal es capaz de desplazarse a distintas profundidades y presiones de agua. 

Al seguir diseccionando se llevaron otra sorpresa: estos sacos aéreos estaban conectados al esófago a través de un pequeño conducto. Ese pequeño conducto, una diminuta conexión entre el saco aéreo y el esófago, tuvo un gran impacto en el pensamiento de Saint-Hilaire. 

Observar a estos peces en libertad no hizo sino confirmar lo que Saint-Hilaire dedujo de su anatomía. Aspiraban aire por los orificios de la parte posterior de la cabeza. Incluso, mostraban una forma de succión de aire sincronizada con grandes cohortes de ellos resoplando al unísono. Los grupos de estos peces bufadores, conocidos como bichires, solían emitir otros sonidos, como golpes o gemidos, con el aire que inhalaban, con el objetivo de aparearse. 

Estos peces hacían otra cosa inesperada. Respiraban aire. Los sacos estaban llenos de vasos sanguíneos, lo que demostraba que los peces utilizaban este sistema para llevar oxígeno a su torrente sanguíneo. Y, lo que es más importante, respiraban a través de los orificios de la parte superior de la cabeza, llenando los sacos de aire mientras sus cuerpos permanecían en el agua. 

Se trataba de un pez que tenía branquias y un órgano que le permitía respirar aire. Ni que decir tiene que este pez se convirtió en una causa célebre. Unas décadas después del descubrimiento egipcio, un equipo austriaco fue enviado a una expedición para explorar el Amazonas con motivo de la boda de una princesa austriaca. El equipo recolectó varios insectos, ranas y plantas: nuevas especies a las que dar nombre en honor de la familia real. Entre los descubrimientos había un nuevo pez que, como cualquier otro, tenía branquias y aletas. Pero en su interior también tenía unas inconfundibles tuberías vasculares: no era un simple saco de aire, sino un órgano cargado de lóbulos, riego sanguíneo y tejidos característicos de unos pulmones auténticamente humanos. Se trataba de una criatura que tendía un puente entre dos grandes formas de vida: los peces y los anfibios. Para captar la confusión, los exploradores le dieron el nombre de Lepidosiren paradoxa, que en latín significa «salamandra de escamas paradójicas». 

Llámelos como quiera —peces, anfibios o algo intermedio—, estas criaturas tenían aletas y branquias para vivir en el agua, pero también pulmones para respirar aire. Y no se trataba de un caso aislado. En 1860, se descubrió otro pez con pulmones en Queensland (Australia).

Este pez también tenía una dentadura muy característica. En forma de cuchillo plano, esos dientes ya se habían encontrado en el registro fósil de una especie extinguida hacía mucho tiempo: un animal llamado Ceratodus hallado en rocas de más de 200 millones de años. La conclusión era clara: los peces pulmonados que respiraban aire eran globales y llevaban cientos de millones de años viviendo en la Tierra. 

Una observación aberrante puede cambiar nuestra forma de ver el mundo. Los pulmones y las vejigas natatorias de los peces dieron lugar a una generación de científicos interesados en explorar la historia de la vida observando tanto los fósiles como los seres vivos. Los fósiles muestran cómo era la vida en un pasado remoto y los seres vivos revelan cómo funcionan las estructuras anatómicas y cómo se desarrollan los órganos desde el huevo hasta el adulto. Como veremos, se trata de un método muy eficaz. 

Fósil de pez Priscacara de la Formación Green River, Wyoming, EE.UU.

La relación entre los estudios de fósiles y los embriones fue un fructífero campo de investigación para los científicos naturales que siguieron a Darwin. Bashford Dean (1867-1928) tuvo una distinción poco habitual en los círculos académicos: es la única persona que ha ocupado un cargo de conservador tanto en el Museo Metropolitano de Arte como, justo enfrente de Central Park, en el Museo Americano de Historia Natural. Tenía dos pasiones en la vida: los peces fósiles y las armaduras de combate. Fundó la colección y las exposiciones de armaduras del Met, e hizo lo mismo con la colección de peces del Museo de Historia Natural. Como corresponde a una persona con tales intereses, era un individuo estrafalario. Diseñó su propia armadura y llegó a lucirla por las calles de Manhattan. 

La relación entre los estudios de fósiles y los embriones fue un fructífero campo de investigación para los científicos naturales que siguieron a Darwin

Cuando no estaba vistiendo mallas medievales, Bashford Dean estudiaba peces antiguos. Creía que en algún lugar de la transformación del embrión de huevo a adulto estaban las respuestas a los misterios de la historia y al mecanismo de descendencia de los peces actuales a partir de especies ancestrales. Comparando embriones de peces con fósiles y repasando los trabajos de los laboratorios de anatomía de la época, Dean vio que los pulmones y las vejigas natatorias tenían en esencia el mismo aspecto durante el desarrollo. 

Ambos órganos brotan del tubo digestivo y ambos forman sacos de aire. La principal diferencia es que las vejigas natatorias se desarrollan en la parte superior de la trompa, cerca de la columna vertebral, mientras que los pulmones brotan de la parte inferior, es decir, del vientre. A partir de estos datos, Dean argumentó que las vejigas natatorias y los pulmones eran versiones diferentes de un mismo órgano, formadas en el mismo proceso de desarrollo. De hecho, prácticamente todos los peces, salvo los tiburones, tienen algún tipo de bolsa de aire. Como muchas ideas científicas, la comparativa de Dean tiene una larga historia. Sus antecedentes se remontan a los trabajos de los anatomistas alemanes del siglo XIX.

Bien, hasta aquí el extracto del primer capítulo del libro de Shubin. 

Me despedido, pero, no sin antes recordarles que: Si tienen un hijo, sobrino, nieto, o ustedes mismos a quien tienen que agasajar, qué mejor que regalarle mi libro de El Ajedrez de la B a la Q, Tomo I (no se demoren que ya viene el Tomo II), que podrán encontrar en Mi Librería:


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Ahora si, queridos amigos, llegados a este punto, me despido con un sonoro:

¡Hasta la próxima!




domingo, 25 de agosto de 2024

La actualización de la democracia

Bien, mis estimados amigos, está claro que, con el paso del tiempo, cambian las costumbres, los hábitos, los procedimientos, los sistemas. Es así, entonces, que lo que otrora funcionó bien, o muy bien, deba ser aggiornado o, incluso, reemplazado.

En esa situación se encuentra, a mi modo de ver, el sistema de gobierno bautizado como democracia. Sistema que, en otros tiempos, funcionó razonablemente bien, pero en la actualidad adolece de fallas que hacen necesaria su actualización. Esto lo he venido discutiendo en este foro en varias notas anteriores que los invito a repasar, ellas con:

Acerca del derecho del más fuerte – Parte 1 de 2 – 13/9/2021

Acerca del derecho del más fuerte – Parte 2 de 2 – 20/9/2021

De conductores y conducidos – 31/1/2022

Del fracaso de la democracia – 25/4/2022

Ciencias Políticas – 22/5/2022

¿Liberté, égalité, fraternité? – 8/8/2022

Anatomía del populismo – 12/9/2022 – Parte 1 de 2

Anatomía del populismo – 19/9/2022 – Parte 2 de 2

Del fracaso de la democracia – 2 – 30/1/2023

Del fracaso de la democracia – 3 – 20/3/2023

Del fracaso de la democracia – 4 – 27/3/2023

Socialismo y populismo, ¿primos? – 17/4/2023

Panem et circenses – 10/7/2023

De la incompatibilidad hombre-democracia – 22/4/2024

Voy a resumir en esta nota estas catorce anteriores sin que esto excluya la conveniencia de releerlas, ya que aportan citas, detalles, historias que no incluiré en este resumen.

Comencemos from the very begining.

En el alba de la Historia se consolidó un sistema de ordenamiento político-social que constaba, básicamente, con dos estamentos: Uno superior, constituido por el rey, emperador o faraón, una casta militar, los grandes generales, una casta religiosa, constituida por los sacerdotes del culto en boga y una reducida aristocracia formada por los miembros familiares de los arriba mencionados.

Y el otro estamento, el inferior, constituido por el pueblo, que no tenía ni voz ni voto y que se dedicaba a la producción de alimentos y enseres domésticos. El comercio estaba poco desarrollada a este nivel y no constituía una actividad primordial.

Obviamente, era un sistema rígido, donde el movimiento entre clases sociales era escaso o nulo. Esto tenía el lado negativo en que se perdían recursos. Por ejemplo, supongamos que nacía en el pueblo un individuo que, bien educado, podría haber sido un Arquímedes, por ejemplo. Y dado que no recibiría esa educación, se perdía como recurso de la población.

Por el otro lado, al saber cada uno el lugar que le corresponde dentro de esas sociedades, se obtenía una relativa calma social sin movimientos de protesta o rebeliones.

Es importante notar aquí que, este primer sistema de ordenamiento socio-político responde a la lógica de que el grupo debe seguir lo que ordena el macho alfa. Es decir, como manera de ordenar las sociedades, debía haber un conductor que marcara el rumbo y seguidores que obedecieran lo que este ordenaba.

Y este sistema no había surgido de la nada, sino de la necesidad. Piénsese que, en el Paleolítico, un individuo solo tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir, rodeado como estaba de peligrosos depredadores como el tigre diente de sable, por ejemplo. Esto hizo que, al igual que las demás especies animales, el humano se agrupara en los denominados clanes. El vivir en un grupo le otorgaba muchas más posibilidades de sobrevivir. Pero, como costo de dicha mejora de posibilidades, aparecía ahora la necesidad de ordenar el funcionamiento del clan. Y, como hizo la mayoría de las especies animales, esto se logró con la figura del macho alfa como conductor del grupo.

Habida cuenta de que las facultades mentales del homo sapiens aun no estaban demasiado desarrolladas, la elección del conductor se basó en su fuerza física y capacidad de mando que, obviamente, eran cualidades de nacimiento.

Y quiero hacer un alto, por un momento, para analizar el impacto que tiene hoy en día este ordenamiento socio-político inicial. Impacto, desde luego, que nos ha llegado vía selección natural:

1.- Hay una tendencia natural a seguir al macho alfa. Por eso los grandes líderes de la historia han conquistado a las masas con personalidades fuertes, fuertes y decididas.

2.- El hecho de que sobrevivir en el Paleolítico era difícil hizo que se avivara la competencia entre los clanes. Competencia por los recursos. Y esta competencia llevó a la lucha entre ellos. Hoy se ve lo mismo, por ejemplo, los de este lado del rio Grande somos mejores que los del otro lado y no los dejaremos pasar. Y noten, queridos amigos que esta competencia entre clanes se ve reflejada hoy en las hinchadas de fútbol, por ejemplo. Se dice yo soy de River y los de Boca son una porquería y viceversa. A tanto llega la rivalidad que frecuentemente se pelean las hinchadas.

Pero, la competencia entre clanes tiene su descendiente más dramático en el racismo. No hace falta ir muy lejos para encontrarnos con el nazismo del siglo XX que propugnaba la predominancia de la raza aria sobre las demás. Algo no respaldado por la ciencia que ni siquiera reconoce que el humano esté dividido en razas.

3.- El famoso bulling también hunde sus raíces en el amanecer de la humanidad. La competencia por los recursos era tan importante que no había lugar en un clan para albergar débiles. El nacido con alguna patología inhabilitante seguramente era abandonado a su suerte. No se podía gastar comida en él. Hoy, herencia de ese comportamiento, no se lo abandona, pero se hace burla de él.

Pero, ¿vos decís Martín que esos comportamientos son genéticos?

Sí. Prueba de ello es que siempre han acompañado al hombre y no hay sociedad que esté libre de ellos.

Bien, continuemos.

Como es dable esperar, este sistema del macho alfa tiene sus puntos a favor y sus puntos en contra. Está claro que, si toca un macho alfa capacitado, honesto y visionario, se podrá tener un siglo de oro, como sucedió en la Grecia antigua con Pericles. En el extremo opuesto tenemos, por ejemplo, a Nerón que fue el imperceptible origen de la decadencia del Imperio Romano.

Pero, la gran virtud de este sistema es que cada cual sabe que lugar ocupa en la sociedad y no hay mayores discusiones al respecto; es decir, se goza de paz social.

Y así llegamos al siglo VI antes de la era común en que el propio Pericles, en gran medida, acompañado por Solón y Clístenes dan origen a un sistema revolucionario para la época: La democracia griega. Y, si bien la tal democracia es considerada la base de las modernas democracias, especialmente las que están vigentes en los países occidentales, tenía diferencias muy marcadas en comparación con nuestra moderna idea de lo que es democrático.

Similar a como sucede en la actualidad, la democracia griega estaba conformada por tres órganos de gobierno: la Ekklesía, la Boule y la Dikasteria.

1. La Ekklesia

La Ekklesía (Ἐκκλησία), también conocida como la Asamblea, fue el órgano principal y soberano del gobierno ateniense. Esta institución sería comparable a la de los parlamentos actuales en las democracias modernas, el poder legislativo de la época. Los miembros de la Ekklesia no eran elegidos.

La forma en la que se podía ser miembro de la Ekklesia variaba según la ciudad-estado, pero en general, se seguían estos criterios:

1. Ciudadanía: Solo los ciudadanos varones adultos de la polis podían participar en la Ekklesia.
2. Propiedad: En algunas ciudades, como Atenas, solo los ciudadanos que poseían una cierta cantidad de propiedades o riqueza podían participar en la Ekklesia.
3. Edad: En general, se requería una edad mínima de 20 o 30 años para participar en la Ekklesia.
4. Clase social: En algunas ciudades, como Esparta, la participación en la Ekklesia estaba reservada para los ciudadanos de clase alta o noble.

Es decir que, no había un proceso de elección formal para ser miembro de la Ekklesia. En lugar de eso, los ciudadanos que cumplían con los criterios anteriores podían asistir a las reuniones de la Ekklesia y participar en las discusiones y decisiones.

En esta institución se decidía sobre leyes, se elegían magistrados y se acordaba el proceder sobre la guerra y la paz. Los asistentes podían hablar libremente, aunque muy pocos solían hacerlo, y votaban a mano alzada o metiendo una piedra blanca o negra dentro de una urna. Se trataba de una democracia directa y no representativa.

Cualquier ciudadano varón adulto, mayor de 20 años, podía participar y, de hecho, se esperaba que todos los hombres libres así lo hicieran en sus reuniones. La Ekklesia era un club exclusivo, y las mujeres, los esclavos y residentes extranjeros tenían prohibida su participación.

Todo individuo que quisiera que su voz y voto fueran escuchadas tenía que acudir presencialmente al lugar de reunión. Estar de servicio militar o simplemente fuera de la ciudad de Atenas imposibilitaba formar parte del proceso democrático, dado que no existía el voto por correo.

Dado el gran privilegio y suerte que implicaba ser miembro de ella, el no querer asistir a la Ekklesia no era bien visto. De hecho, quienes eran invitados y no iban eran conocidos como “idiotai”, en cuyo sentido más literal y clásico significa algo así como “ciudadano privado”. Esta palabra es el origen etimológico de “idiota”.

2. La Boule

La segunda institución era la Boule, también conocida como el consejo de los Quinientos, que vendría a ejercer de poder ejecutivo. El principal objetivo de esta institución era llevar a cabo el poder práctico del gobierno, reuniéndose de forma frecuente para decidir qué temas serían los que se discutirían en la Ekklesía.

Consistía en un consejo conformado por 500 hombres. Estos procedían de las 10 tribus atenienses, quienes enviaban a 50 hombres cada una de ellas para ser representadas en la Boule. Estos hombres eran seleccionados por sorteo. Los hombres elegidos debían servir en el consejo durante un año.

3. La Dikasteria

La Dikasteria era los tribunales populares, sirviendo como rama judicial de la antigua Atenas. Tenía 500 hombres como la Boule, que eran conocidos como jurados y también eran seleccionados por sorteo. Para ser elegible como jurado se tenía que ser mayor de 30 años.

No obstante, cualquier persona mayor de 20 años podía presentar sus litigios en la Dikasteria, llevando casos ante el tribunal, y defendiendo la acusación o la defensa. Los veredictos y las sentencias eran aprobadas por el gobierno de la mayoría.

Digamos, de paso, que la curia romana conserva el nombre con los Dicasterios que es la denominación que se utiliza para referirse a sus departamentos u organismos especializados.

No cabe duda que la democracia griega fue un gran desarrollo para la historia de la civilización occidental, y que las democracias actuales toman muchos elementos de ella. Sin embargo, y por mucho que pueda sorprender, en la época también había voces que se mostraban críticas con la concepción de lo que era democrático en su momento. Filósofos como Platón y Aristóteles vieron fallas en este sistema de gobierno.

Por ejemplo, Aristóteles, en su “Política", escribió que la democracia es la forma perversa de un régimen de gobierno. En este sistema la prioridad máxima era la de beneficiar a unos pocos, mientras que el beneficio de la mayoría era una cuestión dejada para último momento. En esencia, no era una democracia verdadera, sino otra oligarquía que se preocupaba solo por quienes ostentaban el poder.

Y en la “República” de Platón también se pueden encontrar críticas a este sistema de gobierno. Platón consideraba que ofrecer los puestos de la Ekklesía, la Boule y la Dikasteria por sorteo implicaba que muchos cargos gubernamentales serían ocupados por gente que no tendría las capacidades de un buen gobernante. Algo sobre lo que volveremos más adelante.

Ahora bien, hay que reconocer que, si bien fue un sorprendente ensayo de gobierno para la época, la democracia griega tenía una limitante importante: Regía sobre ciudades; o sea, pequeña extensión territorial y no muchos habitantes. Piensen ustedes, estimados amigos, que, en su época de mayor esplendor, Atenas tenía alrededor de 600.000 habitantes, de los cuales, para la democracia, hay que descontar a las mujeres, a los menores de 20 años y a los esclavos, con lo cual la cantidad de “demócratas” se reduce bastante.

Así pues, la posta la tomó el Imperio Romano, que a finales del siglo I alcanzó su máxima extensión (desde Hispania hasta Asia Menor y desde el norte de África hasta casi el mar Báltico) lo cual hizo que fuera absolutamente impracticable la idea de los griegos.

¿Y entonces, Martín?

Entonces, se volvió a la conducción por medio del macho alfa, que fue el emperador. Existían los patricios que constituían la aristocracia, los plebeyos y los esclavos.

Sin embargo, algo había cambiado, el romano plebeyo ya era “ciudadano” romano y, por lo tanto, había que reconocerle ciertos derechos. ¡

¡Y entonces, apareció el “ruido” social!

Algo que está representado en el siguiente chiste gráfico, si bien pobremente porque era mucho más grave.

Así pues, era necesario hacer algo para que este ruido social no obstaculizara la acción de gobierno (y, de paso, para que la clase gobernante hiciera lo que quisiera) y los romanos dieron con una solución que es la que se aplica hoy en día todavía, perfeccionada por los años: El famoso panem et circenses, “pan y juegos de circo”. Démosle al pueblo pan (la famosa annona, dos hogazas de pan diarias) y juegos de circo de modo que estén ocupados en ello y “no molesten”. Esto se sigue haciendo hoy en día en forma más perfeccionada… ¡y perversa!

¿Cómo se sigue haciendo, Martín?

Hoy en día, el sistema se ha perfeccionado y, más allá de los juegos de circo, se implementan ideas fuerza que atrapen la atención del pueblo y lo encolumnen detrás de ellas, de modo que esté ocupado en otras cosas y no en la acción de gobierno que queda así en manos de la clase gobernante.

Estas ideas fuerza incluyen el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, la transexualidad y hasta (y aquí lo perverso) la droga que, sin duda, es una muy eficaz manera de apartar al “usuario” de la cuestión pública.

Bien, sigamos, a la caída del Imperio Romano de Occidente en 476 comienza la Edad Media en la que se siguió con el sistema del macho alfa: Un rey o emperador (faraón ya no se usaba), una aristocracia y los plebeyos, los siervos de la gleba, como se les decía a los individuos sometidos a un señor feudal que se encontraban asociados a una heredad de la cual no podía desvincularse, incluso si esta cambiaba de propietario.

Y parecía que las cosas seguirían así, pero…

Un nuevo actor hizo su aparición en escena: ¡La burguesía!

Los términos burgués y burguesía provienen de la Edad Media y se empleaban para referirse a los habitantes de los “burgos” que eran los nuevos asentamientos que se instalaban alrededor de los castillos medievales. Los burgueses eran comerciantes que acumulaban riquezas a partir de la práctica de un oficio, del intercambio mercantil o del préstamo de dinero. 

En términos históricos, la burguesía fue la clase social europea que creció durante el siglo XVII y se convirtió en propietaria de grandes extensiones de tierra (burguesía agraria) y de empresas comerciales (burguesía mercantil).

La expansión y el empoderamiento de este grupo social fueron factores clave en la transición del sistema feudal medieval a la aparición del capitalismo en la Edad Moderna. 

Los burgueses no estaban sujetos a ningún señor feudal de la misma manera que el campesinado. No tenían privilegios como la nobleza y el clero, pero tampoco se encontraban atados a la servidumbre y el trabajo agrícola de la tierra. 

Sus oficios eran valorados por las clases altas, ya que los miembros de la nobleza y el clero podían acceder a bienes de lujo traídos por los comerciantes o a bienes manufacturados producidos por artesanos especializados.

Las condiciones que diferenciaban a los burgueses de los campesinos durante la Edad Media permitieron que los burgueses de diferentes partes de Europa crecieran como grupo social y acumularan riquezas monetarias. 

Por otro lado, los cambios económicos de los siglos XVI y XVII hicieron que la sociedad europea se volviera más compleja y más variada. Aparecieron diferencias dentro de los distintos grupos sociales y la burguesía comenzó a tener divisiones internas. 

En Inglaterra y otros países de Europa occidental, apareció la burguesía agraria, conformada por campesinos enriquecidos que se habían convertido en grandes terratenientes y comenzaron a contratar a jornaleros (mano de obra asalariada) para el trabajo de la tierra. Se trataba de un grupo social que no trabajaba personalmente sus tierras (por lo que no eran campesinos) pero tampoco estaba conformado por nobles (que era la clase social que tradicionalmente era dueña de las tierras).

Por otro lado, apareció un grupo denominado “la alta burguesía”, conformado por comerciantes más ricos, dueños de las empresas que organizaban los intercambios entre los reinos europeos con América, Asia y África. Debido a sus enormes ganancias y la gran acumulación de riquezas, se convirtieron además en prestamistas de dinero y entre sus clientes se encontraban nobles, clérigos y reyes de diferentes partes de Europa.

En las ciudades, otra parte de la burguesía urbana estaba compuesta por los maestros que controlaban los gremios de artesanos. Los más ricos eran los que controlaban la producción y los precios de los bienes de lujo (como telas finas, muebles y joyas) para el consumo de los nobles. 

Por último, apareció otro grupo burgués que estaba ligado al comercio y los mercados locales y regionales. Se trataba de empresarios que desarrollaron la industria rural a domicilio: una forma de organización de la producción que utilizaba la mano de obra campesina (ubicada en los campos) para producir bienes que se vendían luego en los mercados urbanos. 

Y, los profundos cambios económicos y sociales de los siglos XVII y XVIII llevaron al crecimiento de la burguesía como clase social. Si bien era la clase más adinerada y con mayor poder económico, esto no se reflejaba en la estructura política de las diferentes sociedades europeas, que estaba dominada por la aristocracia. 

Y así fue que, la primera expresión de este conflicto fue la Revolución francesa de 1789. Luego, durante el siglo XIX, en Europa se sucedieron una serie de revoluciones que buscaron limitar el poder de las noblezas terratenientes y promover sistemas políticos acordes a los intereses de la burguesía. 

Estas oleadas revolucionarias se conocen como “revoluciones burguesas” o “revoluciones liberales” y se caracterizaron por haber acabado con los gobiernos absolutistas y haber establecido formas de gobierno liberales. 

Con el tiempo, la burguesía desarrolló su propia ideología basada en los valores y principios que mejor representaban sus intereses. La principal corriente de pensamiento burgués fue el liberalismo político (al que hoy en día se llama “liberalismo clásico”, para diferenciarlo de otras ideas posteriores).

El liberalismo clásico sostenía que la sociedad estaba compuesta por un conjunto de individuos racionales y libres, cuyas libertades debían garantizarse en un marco legal. El individuo era la base de la sociedad y sus derechos y necesidades eran más importantes que las del Estado y la religión

Para los filósofos políticos liberales, el Estado tenía el deber de garantizar la seguridad de los individuos sin limitar las libertades personales. El liberalismo promovía la libertad de expresión, asociación y comercio y se basaba en el derecho de la propiedad privada. 

En su expresión política, sostenía que los derechos de las personas debían garantizarse a través de la creación de una Constitución y que el gobierno debía estar constituido por representantes elegidos por la ciudadanía. 

Las revoluciones burguesas del siglo XIX seguían el pensamiento liberal y buscaron limitar el poder absoluto del rey y crear gobiernos parlamentarios. Otras características del pensamiento liberal eran la defensa del sufragio censitario (es decir, del voto de las personas con propiedades), la separación de la Iglesia y el Estado, y la división de poderes. 

Entre los principales pensadores del liberalismo clásico se encuentran John Locke, Montesquieu, Voltaire, Thomas Jefferson, Benjamín Franklin y Alexis de Tocqueville. 

Ahora bien ¿Qué diferencias existían entre burguesía y aristocracia, Martín?

La aristocracia era la clase que detentaba el poder en el orden feudal. Los integrantes de esta casta compartían un origen noble y eran los grandes poseedores de tierras y propiedades. El origen de su nobleza estaba ligado a las historias de grandes héroes militares que habían defendido los reinos europeos. 

La burguesía, en cambio, no poseía títulos de nobleza de origen ni grandes propiedades, pero sí la capacidad para generar y administrar dinero. Esto llevó a que durante los siglos XVIII y XIX, cada vez más familias de la nobleza se emparentaran con familias adineradas de la burguesía.

¿Y entre la burguesía y el proletariado?

A diferencia de la burguesía, el proletariado y el campesinado estaban compuestos por las clases bajas de la sociedad, que no tenían otra cosa que ofrecer que su mano de obra, su fuerza y capacidad de trabajo.

En la Edad Media los campesinos trabajaban las tierras de un señor feudal, al que estaban sujetos por los lazos de vasallaje que caracterizaban a la sociedad feudal. Con la aparición del sistema de producción capitalista, parte del campesinado empobrecido que no tenía tierras para trabajar se mudó a las ciudades para emplearse en las fábricas como asalariados. 

Esta nueva clase social urbana se llamó proletariado y se caracterizó en solo poseer su capacidad de trabajo, ya que no era dueña de ningún tipo de medio de producción (tierra, herramientas, materias primas o capital). La burguesía, en cambio, era la dueña de los medios de producción y se enriquecía con el trabajo del proletariado.

Bien, podríamos seguir hablando largo sobre este tema, pero no quiero apartarme de la idea central de esta nota que apunta a un método para aggiornar la democracia. Solo dejaré los puntos clave que resumen esta última parte:

·       La burguesía es una clase social que se define por ser propietaria de los medios de producción.

·       En el sistema capitalista es la clase social dominante.

·       Según el marxismo, la burguesía se beneficia de la explotación de la clase obrera.

·       Fue la protagonista de las revoluciones

Bien, hasta aquí todo claro y positivo, ¿Cuál es, entonces el problema, Martín?

El problema aparece cuando se piensa que se les da libertades y derechos a muchos que ni siquiera saben qué diantres hacer con ellos.

Por ejemplo, en una democracia, sistema de ordenamiento social caracterizado por la participación de los ciudadanos en el ejercicio del poder, con seguridad que todos ustedes han escuchado decir:

·       No, la política no es para mí.

·       Yo no me meto en política.

Y cosas por el estilo. Esto, viviendo en democracia, es como decir:

·       No, yo en el mantenimiento de mi hogar no me meto. No es para mí.

Y es aquí, entonces, donde voy a apelar a lo que ya nos han dicho diversos pensadores a lo largo de la Historia, como lo he hecho en notas anteriores comenzando por De conductores y conducidos, del 31 de enero de 2022. Y antes que ninguna otra, quiero rescatar la de Cayo Salustio Crispo, ese preclaro historiador romano del siglo I antes de la era común. Nos dijo Salustio:

 

“Son pocos los que prefieren la libertad,

la mayoría prefiere un amo justo.”

Cayo Salustio Crispo

 ¡Tremenda frase, amigos! Tremenda porque subyace a ella el concepto de que es inútil pretender que todos los hombres sean libres, que es inútil otorgarles la libertad, porque no todos la quieren. Es más, nos dice que solo unos pocos la quieren, la mayoría solo aspira a estar bajo los dictados de un amo justo y, agrego yo, dadivoso.

¡Se ve que en la época de Salustio también había ciudadanos que decían Yo no me meto en política!

Pero entonces, Martín ¿Qué hay de aquello de Liberté, égalité, fratenité?

Pues, les diré, es una bonita frase, pero solo eso, una bonita frase…

Más aun, ese desapego a involucrarse en política lleva a la ignorancia de lo que uno puede, lo que uno vale y lo que se le debe. Pero, esto ya nos lo había dicho Voltaire cuando nos advirtió que:

 “...encuentro que todo está al revés entre los hombres, que nadie conoce sus derechos ni sus deberes (...)”

 Habrán escuchado ustedes, como yo, decir con aire contundente: Yo conozco mis derechos. ¡Falso! La gran mayoría de los ciudadanos ni conoce sus derechos ni las obligaciones que estos conllevan, ¡mucho menos las obligaciones!

Pero, sigamos escuchando a los sabios precursores. Analicemos la pregunta, ¿Por qué la mayoría de los hombres no querría la libertad?, podemos comenzar por escuchar al moralista y pensador francés Michel de Montaigne quien nos advierte que:

        …estoy convencido que es más fácil y más                              satisfactorio seguir que conducir…

 Esto explica, sino totalmente al menos en un buen porcentaje, la aparición del líder, del macho alfa. Su figura canaliza la insuficiencia de los que no saben conducir su propia vida. Es como si el seguidor dijera: Toma mi vida, que yo no sé qué hacer con ella. Y, como contraparte, el líder dijera: Dame tu vida, que yo te diré qué hacer con ella.

Un claro ejemplo de esto de dejar mi vida a responsabilidad de otro es lo que vemos en las religiones. Consideremos para ello el siguiente dibujo.

O sea, lo que sea que suceda será la voluntad de Dios, no del feligrés. Se le murió un hijo: Es la voluntad de Dios. Lo echaron del trabajo: Dios lo quiere así. etc. etc. etc. Es decir, no conduzco yo mi propia vida, la conduce Dios.

¿Para qué quiere libertad un individuo así? 

Está claro que no todo creyente es así, hay otros que tienen por lema: A Dios rogando y con el mazo dando.

Y, obviamente, no todo el mundo nace para líder. Ya nos lo dijo Cayo Julio César cuando nos advirtió que: 

…la propia naturaleza ha creado siempre hombres para mandar y hombres para obedecer.

 De hecho, la existencia del esquema líder-seguidores parece ser el orden natural de las cosas. Piénsese, por ejemplo, que los organismos biológicos tienen un cerebro que es el conductor que maneja todo el organismo, no dos o más. Del mismo modo, el organismo social parece requerir de un “cerebro”, que sería el líder. Y del mismo modo que cuando el cerebro funciona mal, funciona mal el organismo biológico; cuando el líder funciona mal, el organismo social funciona mal.

Pero, no quiero terminar esta recopilación de frases que nos han dejado los precursores sin rescatar la respuesta de Voltaire a por qué la abundancia de dictadores si la gente dice preferir la democracia. Parece tomada de Salustio:

 …la verdadera razón se encuentra en que raramente los hombres son dignos de gobernarse por sí mismos.

 Es decir, nuevamente se indica que la manada necesita un macho alfa que la conduzca. Y digo manada sin intención despectiva, lo uso porque es muy gráfico a la hora de señalar que el grupo sigue al líder sin chistar.

Tampoco quiero demonizar, queridos amigos, a quienes no se interesan por la política. Está claro que, si la vocación de una persona es ser investigador, digamos en el área de la Biología, su interés está puesto allí y no en la Política. Pero, si uno vive en democracia, tiene obligaciones para con la sociedad.

Entonces, ¿Cómo resolvemos este intríngulis, Martín?

Bueno, yo propongo dos medidas a tomar, una ya la expuse en la mencionada nota De conductores y conducidos y trata de ilustrar al pueblo en el ejercicio de la Democracia, pero no como una materia más que hay que estudiar para luego olvidar al salir de la escuela. Ilustrar haciendo vivir la democracia al joven educando. Los invito a que lean esta primera parte de la solución en la mencionada nota donde está extensamente tratada.

En cuanto a la segunda medida que yo propongo, se trata de aceptar que no todo el mundo está interesado en la Política. Reconociendo esto, propongo que, llegado a la mayoría de edad, el ciudadano decida si quiere participar en ella o no.

Si decide participar, deberá afiliarse a un partido político y deberá asistir a sus reuniones donde se expondrá la plataforma de dicho partido, deberá hacer aportes, como proyectos de leyes, por ejemplo, personalmente o en grupo. Deberá debatirlo en su partido y, al menos una vez al año deberá realizar tareas que emanen del propio partido.

Desde luego que, deberá asistir a las reuniones semanales del partido de su elección. Hoy, con lo medios electrónicos al alcance, será muy fácil rastrear a todos los participantes e, incluso, ver sus producciones.

¿Y el que decide no participar, Martín?

Todo bien con él, podrá no hacerlo, pero… ¡No tendrá derecho a votar en las elecciones a cargos públicos ni tampoco a ocupar los tales cargos públicos!

¿Pero, por qué, Martín?

Porque, si no está interesado en la Política, no se preocupa por saber de ideas, proyectos, plataformas, planes de candidatos, etc. su voto es un tiro al aire. Recordemos lo que decía Platón que ofrecer los puestos de la Ekklesía, la Boule y la Dikasteria por sorteo implicaba que muchos cargos gubernamentales serían ocupados por gente que no tendría las capacidades de un buen gobernante. Lo mismo puede decirse de quien no tiene ningún interés en la Política y no se preocupa por informarse: Permitir que voten o que ocupen cargos públicos sería peligroso porque no tendrían las capacidades para ser buenos gobernantes. Y, lo que es más grave, como no les interesa el tema, no sería nada raro que vendan su voto.

Me dicen que si el tema no se arregla con el voto calificado. La respuesta es que no. No, queridos amigos, el voto calificado no elimina la venta de votos y, además, hemos visto en la Historia cómo los populismos se han nutrido de distinguidos profesores universitarios y de profesionales egresados. No, estimados amigos:

¡Usted participa, usted vota!

¡Usted participa, usted puede ocupar cargos públicos!

Como queda dicho, algún Ministerio del Gobierno deberá encargarse de controlar que los que han apostado por la Política cumplan con la reglamentación vigente.

Bien amigos, hasta aquí el tema de hoy. Espero que haya sido del interés de todos.

 

Y, antes de terminar, una nota de color. Varios de ustedes me preguntaron si la presentadora del lunes pasado, la chica del Reino de Bohemia, era una creación de una IA. La respuesta es sí y no.

No porque la chica realmente existió, vivió en el siglo XIX y tocaba la mandolina. Su nombre… su nombre se ha perdido en la bruma del tiempo.

¿Y por qué sí? Porque fue coloreada y puesta a hablar por una IA.

Aquí tienen la foto original de donde fue extraída. ¡Con la mandolina!



Bien, me despedido, pero, no sin antes recordarles que: Si tienen un hijo, sobrino, nieto, o ustedes mismos a quien tienen que agasajar, qué mejor que regalarle mi libro de El Ajedrez de la B a la Q, Tomo I (no se demoren que ya viene el Tomo II), que podrán encontrar en Mi Librería:


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Ahora si, queridos amigos, llegados a este punto, me despido con un sonoro:

¡Hasta la próxima!

 

 

 

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