domingo, 21 de agosto de 2022

¿Somos conscientes? Addendum 2.



Bueno, queridos amigos, parece que las notas acerca de si somos conscientes no cesan de provocar respuestas y preguntas de parte de ustedes. Y una pregunta recurrente es: En qué lugar queda el alma en la hipótesis vertida en ellas. De manera que me decidí, un poco en contra de la filosofía de policromiadeideas, a otorgarle al tema una nota más, en la que me referiré, ya que estamos, al alma y al lugar que ocupa en la hipótesis de las notas.

Comencemos por reconocer que es un tema que ha ocupado al humano desde siempre y mucho se ha dicho al respecto, por ejemplo:

* El alma es inmortal y migra pasando de una forma de vida a otra. Pitágoras. Uno se pregunta cómo habrá hecho Pitágoras para llegar a semejante contundencia.

* He diseccionado muchos cadáveres y nunca he hallado un alma. Rudolf Virchow, médico, 1821 - 1902. ¡Prudente el empirista! Ni afirma ni niega, aporta un dato de su experiencia.

* Mi alma, por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta de mi cuerpo. René Descartes. René, por su parte, se decanta porque sí existe un alma ¡y gracias a ella él es lo que es! Nuevamente, uno se asombra de la contundencia con que se proclama la idea.

* La Metafísica y la Teología tratan de demostrar la existencia del alma; sin embargo, la hipótesis de una unidad esencial de ese tipo resulta irrelevante para la Psicología. William James, filósofo y psicólogo, 1842 - 1910. ¡Otra postura, la hipótesis es irrelevante!

¿Y será como pinta la obra de Shakespeare Much ado about nothing? ¿O no será así y el alma es ese hálito inmortal que refieren las religiones?

Se puede apreciar que el tema presenta las más variadas aristas y que lejos se está de llegar a un punto en común.

Así pues, me decidí a motorizar una búsqueda de lo que se ha dicho y se dice acerca del alma, para luego establecer qué lugar ocupa en la hipótesis vertida en ¿Somos conscientes?

Y comenzaré, con la ayuda de Steve Ayan, redactor de la revista científica Gehirn und Geist, a estructurar la siguiente breve historia del concepto de alma:
 

La idea de una esencia humana imperecedera es más antigua que la filosofía occidental. Ya en las pinturas de las cuevas de Lascaux, situadas al sudoeste de Francia y que datan de hace más de 15.000 años, el alma de los muertos se re­presentaba como un pájaro. El fi­lósofo naturalista y místico de los números Pitágoras de Samos (ha­cia 570-510 a.n.e.) fue uno de los primeros pensadores occidentales en formular una teoría de la reen­carnación y el renacimiento, la cual ya contaba con una larga tra­dición budista e hinduista. Los pensadores de la Grecia clásica ha­blaban de la psique, derivada de la palabra en griego antiguo psyché («aliento»). En español, la palabra alma proviene del latín anima, en referencia a un «soplo vital». Por ello, exhalarlo implicaba la muer­te. A diferencia del alemán, que utiliza la misma palabra para refe­rirse al alma y a la mente (Geist), el español usa un vocablo para cada concepto. Las connotaciones de ambos son dispares, a pesar del origen conceptual que puedan compartir.

En su diálogo Fedón o Sobre el alma, Platón (hacia 428-348 antes de nuestra era) describe cómo su mentor Sócrates (469-399 a.n.e.) argumenta en pro de la inmortalidad e incorporeidad del alma después de beberse un vaso con la mortal cicuta. El idealismo platónico se caracteriza por una representación del alma que incluye la capacidad cognitiva: De esta ma­nera, los humanos solo tienen acce­so a la esfera de las «ideas puras» a través de ella.

Por el contrario, Aristóteles (384-322 a.n.e.), discípulo de Platón, se re­fería a la psique como «principio vi­tal», diferenciándola del intelecto, de la mente (nous). La sede del alma solía atribuirse al corazón (siguiendo en esto la tradición egipcia). Solo el médico Alcmeón (finales del siglo VI - principios del siglo V antes de nuestra era) reco­noció el cerebro como órgano responsable del alma.

En la Edad Moderna influyó sobre todo René Descartes (1596-1650) con sus enseñanzas sobre dos sustancias: la corporal (res extensa) y la cognitiva (res cogitans). Esta doctrina se conoce como dualismo sustancial. Un enfoque actual y extendido de esta idea es el dualismo de propiedades, según el cual lo mental consiste en un pro­ducto o efecto secundario de los procesos neuronales. El filósofo australiano David Chalmers es el principal representante de esta perspectiva.

La contracorriente más relevan­te del dualismo es el monismo. Esta doctrina argumenta que todo es cuerpo y que el alma constituye otra manera (subjetiva) de descri­birlo. El filósofo Daniel Dennett es un representante destacado de este enfoque.

En todas las variantes de repre­sentación del alma que se han dado a lo largo de diferentes épocas y culturas, ha predominado la idea de una esencia inmortal en el concepto del sí mismo humano. Es ahora cuando más pensadores se alejan de ella.



Interesante, ¿Verdad? Volveré, más adelante, sobre un concepto allí vertido.

Sin embargo, no contento con ello, decidí ampliar el tema con el auxilio de dos interesantes pensadores contemporáneos: Christof Koch, presidente y director científico del Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, en Seattle y con la filósofa Katja Crone.

Lo que obtuve fue lo siguiente:


«A diferencia de cualquier otra entidad empírica de la Naturaleza, la presencia de la mente le resulta inmediatamente obvia a sí misma, pero le es opaca a todos los observadores externos.»

—George Makari, Soul Machine, 2015

En contraste con entes materiales como un huevo, un perro o el cerebro, consciencia, mente y alma son constructos históricos dotados de un universo de significados religiosos, metafísicos, culturales y cien­tíficos y acompañados de una batería de presunciones subyacentes, algunas enunciadas con claridad, pero otras ignoradas por completo. Estos significados se van adap­tando a los tiempos a causa de guerras y revoluciones, catástrofes, comercio y tratados, inventos y descubrimien­tos. Christof Koch nos cuenta que George Makari, psiquiatra e historiador, se propone arrojar luz sobre esta evolución histórica. En su libro Soul machine: The invention of the modern mind, publicado en noviembre de 2015, describe cuán elusivas resultan las nociones de consciencia, mente y alma, las cuales filósofos, teólogos, estudiosos y médicos buscan domeñar con conceptualizaciones, definiciones, cosificaciones, negando o redefiniendo estos términos a través de los tiempos para enfrentarse con el misterio de nues­tra vida interior.

Descartes, Locke y Hobbes

La búsqueda sistemática de respuestas se remonta a Aristóteles (384-322 a.n.e.), considerado el primero de los biólogos, taxonomistas, embriólogos y evolucionistas. En su Acerca del alma (De Anima) ofrece una clasificación de los seres vivos y expone su noción del alma (psyché), que significa, para él, la esencia de una cosa. Un organismo es definido por su alma. Todos los seres vivos poseen almas, de cualidades peculiares. El alma vegetativa da cuerpo a la fuerza vital, que diferencia la materia viva (ya se trate de plantas, animales o personas) de la inanimada (las piedras, por ejemplo). El alma vegetativa es sostén de la nutrición, el crecimiento y la reproducción. El alma sen­sitiva, en cambio, faculta la percepción a través de los sentidos, del dolor y del placer, de la memoria, la imagi­nación y la emoción. Es común en los animales y los hu­manos. Tanto el alma vegetativa como la sensitiva son corpóreas y, por consiguiente, mortales. El alma racional, exclusiva de los humanos, es responsable del intelecto, el pensamiento y el razonamiento. El alma racional consti­tuye la esencia del ser humano. Para Aristóteles, aunque el alma racional es inmaterial, no puede existir con independencia del cuerpo. Es sabido que Sócrates y Platón diferían de Aristóteles en este punto, pues abogaban por la inmortalidad del alma una vez fallecido el cuerpo.

Tomás de Aquino (1225-1274), fraile dominico y filó­sofo escolástico, volcó estas ideas clásicas griegas en moldes acordes con las doctrinas cristianas, tesis que ejercieron una gran influencia durante toda la Edad Media. Según Aquino, todo individuo humano se encuentra integrado por una terna de almas: un alma nutriente, común a todos los organismos; un alma sensible (o apetitiva), característica de los animales y las personas, y un alma racional, la cual es inmortal, depositaria de los rasgos divinos de la humanidad y que eleva a la persona sobre el mundo natural, material. El alma ra­cional no podía enfermar, por su cualidad de inmaterial, pero sí ser poseída por el Diablo o algunos de sus demo­níacos servidores. La medicina no podía sanar a los que sufrían esa fatalidad; en cambio, la autoridad eclesiásti­ca sí sabía ayudarlos. Salvaba las almas inmortales de un modo u otro, como demuestra la muerte en la hoguera de decenas de miles de brujas y brujos.

Esta filosofía tomista constituyó durante cuatro siglos la narrativa intelectual dominante en la cristiandad, tan­to de nobles como de campesinos. Ofrecía alivio al fati­gado y consuelo al moribundo; justificaba el derecho divino y el poder absoluto de la monarquía. Sin embargo, las encarnizadas guerras de religión entre cristianos que acontecieron durante la primera mitad del siglo XVII, en nombre de la «única fe verdadera», llevaron a una gene­ralizada crítica de estas verdades recibidas.

Filósofos, sabios, médicos, escritores y revolucionarios de la Ilustración inglesa, escocesa, francesa y alemana metamorfosearon a lo largo de dos siglos el alma racional hacia un ente mecanicista, natural y desacralizado, des­cribe Makari. Este proceso engendró la psicología, la neurología y la psiquiatría, así como nuestro conocimien­to actual de que hemos evolucionado desde los simios.

Todo comenzó con René Descartes (1596-1650), un francés solitario, y Thomas Hobbes (1588-1679), un inglés radical y sin pelos en la lengua. Descartes es uno de los padres de la ciencia moderna: Vinculó el álgebra y la geometría, con lo que nos legó las coordenadas cartesia­nas. Sustituyó las apolilladas formas y causas finales de los escolásticos («la madera arde porque existe en ella una forma inherente que busca arder») y las sustituyó por causas mecánicas. En concreto, sostuvo que las ac­ciones y los movimientos de los animales y los humanos se deben a partículas de diversas formas que chocan y se empujan entre sí y se mueven de un lado a otro. Nada más y nada menos.

Descartes postulaba que todo cuanto existe bajo el sol está formado por una de dos sustancias. Lo tangible y dotado de extensión espacial es res extensa («sustancia extensa»). Lo intangible, lo que no puede verse y no posee extensión, es cosa pensante, res cogitans. Solo la sustancia pensante faculta a los humanos para razonar, hablar y decidir libremente. El dualismo cartesiano dividía al mundo en dos magisterios. Uno, el mecanicista, debía ser el campo de juego de los filósofos experimentales, los precursores de los científicos y clínicos modernos. El otro, el teológico, estaba destinado al dominio del alma inmortal e inmaterial. De este modo, el filósofo francés ampa­raba el dogma cristiano y la autoridad eclesiástica.

Esa dicotomía le supuso a Descartes la enemistad de Hobbes, autor del famoso Leviatán, un osado manifiesto materialista que se considera el fundamento de la filosofía política occidental. Para Hobbes, todo estaba formado por materia. No había necesidad alguna de una sustancia pensante especial. La materia podía pensar. El grueso del Leviatán es un argumento en pro de la monarquía abso­luta y no tanto de la autoridad religiosa, para prevenir la sangría de las guerras de religión europeas (entre 1524 y 1648). No obstante, Hobbes fue tenido por blasfemo y sus libros, quemados.


John Locke (1632-1704), filósofo y médico inglés, atri­buyó al alma racional un carácter más natural todavía en su Ensayo sobre el entendimiento humano. Lo escribió en Holanda, durante el exilio, y se publicó por vez prime­ra en una edición abreviada en francés. El empirismo de Locke contribuyó a convertir el alma en algo más cercano a la mente moderna, el escenario de nuestra experiencia subjetiva. La mente se encuentra poblada de ideas que proceden del exterior, de las sensaciones, puesto que, al fin y al cabo, la mente al nacer es una hoja en blanco, una tabula rasa. Las ideas de Dios, de la justicia, de las mate­máticas o la idea del propio ser o de los objetos cotidianos, trátese de útiles, máquinas, animales o personas, no son innatas. Por el contrario, se aprenden por experiencia, por reflexión y por asociación. El modo en que la mente podía llevar a cabo tales tareas constituía para Locke un misterio, como también lo fue para Descartes, Hobbes y para todos los demás. A la luz de la mecánica y la química de su época, resultaba inexplicable que la mera materia cerebral pudiera pensar, razonar o hablar. Locke postuló que Dios había implantado fuerzas activas en la materia cerebral.

John Locke

Descartes, Hobbes, Locke, Baruch Spinoza y otros pensadores radicales compartían el desprecio por la su­perstición. Makari cita una entrada del diario de Locke: «Las tres grandes cosas que gobiernan la humanidad son la razón, la pasión y la superstición. La primera rige solo a unos pocos; las dos últimas las comparte la mayoría de la humanidad y la poseen en sus cambios. Pero la supers­tición, con más poder, produce el mayor daño». El «gran inquisidor», de Fyodor Dostoievski, a dos siglos de dis­tancia, comprendía perfectamente esta disposición mental: «Las tres únicas fuerzas capaces de conquistar y conservar cautivas para siempre las conciencias de estos débiles rebeldes, para su propia felicidad... son el milagro, el misterio y la autoridad». Dos siglos después, en nues­tros días, la humanidad sigue combatiendo estas fuerzas.

En las postrimerías del siglo XVII, la mente había perdido muchos de sus atributos celestiales y pasado a formar parte de la naturaleza. Ahora podía sufrir las corrupciones que padece todo lo material, podía volverse disfuncional, enfermar o sufrir melancolía (una dolencia de amplia difusión). También podía ser falible y formar asociaciones equivocadas que conducían a errores de cognición, lo que explicaría la creciente marea de fanáticos, entusiastas y profetas religiosos: anabaptistas, metodistas, adventistas, cuáqueros y otros autoproclamados mensajeros de la di­vinidad, que recorrían el mundo predicando su especial interpretación de Dios y de la Biblia. Quizá no era Dios quien hablaba por su boca, sino que, sencillamente, se engañaban. De igual manera, tal vez los brujos no estuvie­ran posesos; tal vez solo fuesen enfermos o locos. Y no tendrían que haber sido quemados.

Si las mentes de las personas podían desequilibrarse, ¿sería posible devolverles el equilibrio? ¿Podrían curarse? ¿De qué modo? ¿Encerrándolas en manicomios? ¿Cómo distinguir a los locos de los excéntricos? Estas preguntas apasionaron al Reino Unido a causa del estrafalario comportamiento del rey Jorge III, el soberano que perdió las colonias americanas y cuya salud mental provocó una crisis política por su locura y por el debate sobre cómo podría devolvérsele el juicio. Todavía hoy suenan los ecos de estas controversias sobre quién ha de ser culpado de los atentados en masa: los individuos perturbados, la posesión de armas o los factores culturales.

Siempre muy lentamente, con un sinfín de pasos atrás, conforme los decenios sumaban un siglo y luego dos, las explicaciones religiosas de comportamientos idiosincrá­sicos se convirtieron en explicaciones clínicas, con sus asilos mentales concomitantes y sus médicos especialis­tas para tratar a los afectados, quienes ya no eran consi­derados diablos ni seres tocados por Dios, sino pacientes que necesitaban ayuda.

El astrónomo y filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804) hizo más que ningún otro para sondear y delimitar lo que la mente puede conocer y lo que la razón puede deducir sobre el mundo. Con precisión de bisturí, sostuvo que nuestra mente no podrá jamás penetrar la auténtica naturaleza de las cosas.

De espíritus y profanos

Las posesiones y los exorcismos habían servido de prue­ba visible de la realidad del mundo espiritual. Si estas materias eran de carácter profano, sujetas a la medicina y la razón, ¿dónde quedaría la justificación divina de los derechos absolutos de la monarquía?

Makari concluye a mediados del siglo XIX, con una semblanza de los médicos Franz Joseph Gall (1758-1828) y su ayudante Johann Spurzheim (1776-1832). Gall, ba­sándose en la disección sistemática de cerebros humanos y de animales, formuló una descripción materialista, concienzudamente fundamentada, en la que el cerebro era en exclusiva el órgano de la mente; un órgano que no es homogéneo, sino un agregado de partes y, en consecuencia, de diferentes «funciones». Sostenía que su número era 27, asignadas una por una a distintas regiones del cerebro. Cada individuo hereda un conjunto peculiar de órganos, al­gunos más pequeños, otros más grandes, lo cual explica las diferencias entre unos y otros. Estas teorías, que veían en el cerebro una máquina para producir pensamientos y recuerdos, chocaban con los sentimientos religiosos y la moralidad pública de su tiempo. Al final, el médico tuvo que abandonar su Viena natal y establecerse en el París posrevolucionario.

Gall y Spurzheim aseguraban que a partir de los de­talles de curvatura, forma y tamaño del cráneo podían inferir el tamaño e importancia del órgano subyacente y diagnosticar el carácter mental del individuo examina­do. Su método frenológico adquirió una inmensa popu­laridad, pues era del agrado de la creciente clase media gracias a su apariencia científica, refinada y moderna. La frenología se empleó para clasificar a criminales, lunáti­cos y eminencias; también a los famosos (o infames). No obstante, la técnica acabó sin el prestigio de un método científico serio; poco a poco fue languideciendo hasta comienzos del siglo XX.

Aunque no existe relación discernible entre la mor­fología externa del cráneo y el tamaño y la función del tejido neural subyacente, la insistencia de Gall sobre la ubicación de funciones cognitivas específicas en la corteza cerebral encontró apoyo en 1848, en los trabajos del neurólogo parisino Paul Broca (1824-1880). Este médico expuso un caso de referencia: un paciente in­capaz de hablar, con la curiosa excepción de que solo podía pronunciar la sílaba tan. Se demostró que el ce­rebro del enfermo (quien se acabaría conociendo en la literatura médica como «Tan-Tan») había sufrido una lesión en el lóbulo frontal izquierdo. Broca dedujo que la función del habla se encontraba en estrecha relación con dicha región. El análisis de un segundo paciente reforzó su convicción de que un área circunscrita a la corteza cerebral (la tercera circunvolución del lóbulo frontal inferior izquierdo, hoy llamada área de Broca) era responsable del habla productiva, la conducta humana por excelencia.

De Descartes al paradigma computacional

Las ideas cartesianas arraigaban en la incapacidad del filósofo francés para concebir procedimientos y meca­nismos que explicasen la inteligencia, el razonamiento y el lenguaje. Nadie en el siglo XVII podía soñar que la aplicación automática («sin mente») de una infinidad de instrucciones, minuciosamente detalladas y ejecutadas paso a paso (lo que ahora llamamos un algoritmo pu­diera conseguir que una máquina computadora jugase al ajedrez, reconociese rostros, etiquetase fotografías o tradujese páginas de Internet. Descartes tuvo que apelar a una sustancia misteriosa, etérea, que, de alguna nebu­losa manera, efectuaba el pensar y el razonar.

En la moderna concepción de la mente computacional, todo contenido sobrenatural ha sido lixiviado por el baño ácido de la Ilustración: si no hay cerebro, no hay mente. No obstante, nuestra comprensión del entramado de consciencia, mente y alma no ha alcanzado en absoluto su definitivo apogeo. Seguirá evolucionando a la par que científicos, clínicos y filósofos, a quienes recientemente se han sumado ingenieros, buscan una talla cada vez más precisa de sus articulaciones naturales, por usar una hermosa metáfora platónica.

Makari describe cómo estos conceptos se han ido formando y determinando por contingencias históricas y culturales, según modos que la ciencia, normalmente, opta por dejar de lado.


Nuevamente: Muy interesante, ¿Verdad?

Sin embargo, queda la duda acerca de qué tiene que decir la Filosofía sobre el alma. Para averiguarlo, dirijámonos a Dortmund para entrevistar a Katja Crone, profesora de Filosofía en la Universidad TU de Dortmund. Principalmente trabaja en temas relacionados con la Filosofía de la Mente. Su investigación se centra en la autoconciencia, la identidad personal, la cognición social y la intencionalidad colectiva. También ha trabajado en la filosofía de Kant y Fichte.  Veamos:

— ¿Qué papel desempeña el alma en el pen­samiento contemporáneo?

— Ninguno. Este término prácticamente ha desaparecido de la filosofía actual. Aunque el concepto de alma cuen­ta con una larga historia, a lo largo de ese recorrido ha emergido de muy diversas maneras, hasta que hoy en día ya ha pasado de moda.

— ¿No existe ningún argumento para que aceptemos la esencia inmortal del ser humano?

— De manera aislada, todavía pueden encontrarse posicio­nes emparentadas con el concepto tradicional de alma. Principalmente el sustancialismo. No obstante, en la actualidad resulta raro toparse con un enfoque que de­fienda la existencia de un mundo espiritual junto al corporal, de un ámbito para el ser inmaterial. De haber­lo, el alma casi ni aparece, porque se trata de un concep­to sobrecargado de creencias.

— No obstante, en el pensamiento cotidiano el alma se halla tan presente como antes. ¿Por qué nos cuesta tanto abandonar la idea de que los humanos poseemos una parte inmortal?

— Como es natural, la separación entre cuerpo y mente nos parece, en principio, plausible. Si indago los orígenes de mis distintos estados mentales, no me parece que tengan nada de corporal per se; los percibo como algo subjetivo. Sin embargo, los conocimientos de la neurociencia cognitiva y las reflexiones filosóficas nos están llevando cada vez más hacia un cambio de planteamiento.

— ¿En qué sentido?

— Hoy sabemos con mayor precisión que el cerebro lleva a cabo funciones mentales y cómo lo hace. Ese conoci­miento repercute en la manera en la que reflexionamos sobre los procesos de nuestra mente. La idea de que más allá de esos mecanismos neurofisiológicos pueda existir algo puramente espiritual e inmaterial resulta difícil de argumentar. Incluso el hecho de que las personas interactuemos no significa de ninguna manera que el alma se encuentre flotando en algún lugar entre nosotros o que sea capaz de sobrevivir a la muerte del cerebro.

Tales creencias pueden resultar interesantes desde un punto de vista intuitivo, lo que no implica que no se puedan modificar.

— ¿Deberían cambiar?

— En mi opinión, la idea de un alma es del todo prescin­dible. Nos las podemos arreglar perfectamente sin ella. Por supuesto que la visión dualista cuenta con una larga historia y hemos aprendido, tanto cultural como individualmente, a pensar así. Pero la idea del alma también se ha ido transformando una y otra vez en el pasado.

— ¿Qué cambios ha sufrido con el tiempo?

— En un inicio, el alma era mucho más que la consciencia. En la antigua Grecia, en la época de Aristóteles, no abarcaba simplemente funciones mentales como la percepción, los sentimientos, el pensamiento y la volun­tad, sino que comprendía un principio vital general, precisamente aquello que nos convierte en seres vivos. Desde entonces, hemos obtenido muchos más conoci­mientos sobre la fisiología del cuerpo y ya no necesitamos el constructo del alma para explicar las funciones vitales.

Y es obvio que el concepto de alma continuará transfor­mándose.

— Usted habla de transformación, no de desaparición.

— Creo que expulsar este término del lenguaje cotidiano no va a resultar tan fácil, así que continuaremos dispo­niendo de un concepto de alma. Solo que nos referimos a una cosa distinta a la de antes.

— ¿A qué?

— Actualmente ya empleamos esta palabra de manera simi­lar a psique, como resumen de todo tipo de rendimientos mentales, o bien en sentido figurado. Si hablo de «un evento sin alma», me refiero a un acontecimiento insípi­do, impersonal. Ello guarda poca relación con lo extrasensorial.

— ¿Cómo plantean los filósofos actuales el concepto clásico de alma?

— Los filósofos hablamos de la consciencia como una cua­lidad determinada de los estados mentales. Sin embargo, el modo en que el cerebro los lleva a cabo y, por ejemplo, cómo se originan las circunstancias vitales subjetivas, como los qualia, representan aún hoy uno de los grandes retos de la neurociencia. Sin embargo, estoy convencida de que podremos resolverlos algún día. Para ello, las neurociencias no podrán prescindir de la filosofía, pues­to que esta pone a su disposición explicaciones concep­tuales y argumentos. El conocimiento de que existe una base física de los procesos de la consciencia debería convertirse, poco a poco, en un bien común de la sociedad.

— ¿No necesitamos una instancia mental que nos confiera identidad?

— Tradicionalmente, el alma también representaba aquello que nos hace individuos, como el núcleo de nuestra autoconsciencia. Cada persona posee una representación de sí misma como unidad personal con características deter­minadas. Ello nos es necesario para tener capacidad de acción. Sin embargo, esta instancia no se halla oculta y desunida de nuestros procesos corporales, sino que es una parte o un producto de los mismos.

— Con frecuencia se afirma que el yo es una ilusión.

— Esa afirmación la encuentro exagerada. Si digo «yo», me refiero a mí misma como persona, y esta persona es real. Lo que me distingue como persona puede ser más flexi­ble, cambiante y polifacético de lo que a mí me parece, pero eso no lo convierte en una ilusión. Resulta más apropiado hablar de una construcción del cerebro.

— ¿Reflexionar sobre el cuerpo, el yo y la conscien­cia no nos involucra en un continuo de contra­dicciones?

— No podemos separar nuestros pensamientos de nuestra consciencia. Todo lo que pienso y quiero hacer forma parte de lo mismo. Dicho de otro modo, sus fuentes no se pueden reconocer de manera subjetiva. El primer motor inmóvil se remonta a Aristóteles. El filósofo creía que debía existir un núcleo completamente libre e incon­dicional en nosotros. Pero estamos imbuidos en una comunidad, interiorizamos reglas y desarrollamos pre­ferencias, de manera que nuestra voluntad siempre se encuentra enclavada en un contexto social y cultural. El libre albedrío puede interpretarse como que el mundo se halla determinado de manera causal pero que nosotros aún somos libres. Es lo que se denomina compatibilismo. Ser libre significa actuar de acuerdo con las convicciones y los motivos propios. Por el contrario, la libertad total sería equiparable a la falta de libertad.

— Desde hace siglos, el alma cumple también una función moral. Debemos «hacer el bien» para que vaya al cielo o se reencarne. ¿Sería posible pensar en una convivencia pacífica sin esa con­vicción?

— Curiosamente, Immanuel Kant ya se oponía a la exis­tencia de un alma en su Crítica de la razón pura. Sos­tenía que considerar la posibilidad de una sustancia inmaterial constituía una conclusión errónea de nues­tro razonamiento. Por el contrario, en su filosofía práctica, la ética del deber, sostenía que la ley moral entrañaba la existencia de una vida tras la muerte. Kant veía en ella un postulado necesario. Y si Kant podía vivir con esa contradicción, quizá nosotros también podamos.

— Pero, ¿se puede respetar un principio del que no se está convencido?

— En la actualidad nos ocurre algo similar con el libre al­bedrío. Su existencia también es teóricamente controver­tida, sin embargo, resulta indispensable en la práctica de la vida cotidiana.

— ¿Quedará el alma cada vez más arrinconada al ámbito de la fe a medida que se avance en el estu­dio del funcionamiento del cerebro?

— Lo está desde hace tiempo. El alma inmortal es un con­cepto teológico. Hay personas que se aferran al alma porque así lo quieren o porque les hace sentir bien. Creer o no en ella no puede fundamentarse de manera conclu­yente solo con argumentos.

— Algunas personas consideran la imagen neurocientífica del ser humano como algo desilusionan­te, incluso como una amenaza. ¿Qué le parece?

— Seguro que llevará un largo proceso deshacerse de la creencia en un alma y el más allá. Pero nosotros ya estamos atrapados en ese proceso. Ello no significa que en una sociedad pluralista no puedan existir otros puntos de vista. La ciencia contribuye a sustituir viejos enfoques, a los que a menudo nos sentimos apegados, por otros nuevos que resultan más explicativos y evitan los problemas de los anteriores. Así funciona el avance. No hay que tener miedo de ello.



Bien, el recorrido ha sido sumamente interesante e instructivo y he rescatado una serie de afirmaciones que, me parece, ameritan que me extienda en ellas. Vamos con la número uno:

1.- Un enfoque actual y extendido de esta idea es el dualismo de propiedades, según el cual lo mental consiste en un pro­ducto o efecto secundario de los procesos neuronales. Tomado de nuestra charla con Steve Ayan.

¿Qué por qué llamó mi atención? Porque es, justamente, lo que se sigue de la hipótesis expresada en las notas ¿Somos conscientes? Es decir, la actividad mental, el raciocinio, no es producto de un alma que anima los cuerpos materiales. Es un epifenómeno de la complejidad de una red neuronal.

¿Y qué es un epifenómeno? Pues, Epifenómeno (del griego antiguo ἐπί “sobre, además, junto a” y Φαινόμενoν “fenómeno, evento observable”) en filosofía es un fenómeno secundario que acompaña o sigue a un fenómeno primario sin constituir parte esencial de él y sin que aparentemente ejerza influencia sobre el mismo. En otras palabras, dada una red neuronal con una estructura umbral, aparece, como consecuencia, la conciencia, sin que haya sido el objetivo primario de dicha red y sin modificarla.

Esto, claramente, es aplicando la navaja de nuestro amigo Okham. Si se puede explicar la conciencia sin necesidad de un alma, no hay que considerarla… ¡al menos inicialmente!

¿Pero, así y todo, puede existir el alma, Martín?

Si, puede existir. Sin embargo, al no ser necesaria, no se incluye en la hipótesis inicial. Como he dicho antes, si, más adelante, se hace necesaria, se la incluirá.

2.- Para Hobbes, todo estaba formado por materia. No había necesidad alguna de una sustancia pensante especial. La materia podía pensar. Tomado del libro de George Makari.

Es notable que, en pleno siglo XVII, Hobbes haya tenido este pensamiento absolutamente moderno.

3.- El empirismo de Locke contribuyó a convertir el alma en algo más cercano a la mente moderna, el escenario de nuestra experiencia subjetiva. La mente se encuentra poblada de ideas que proceden del exterior, de las sensaciones, puesto que, al fin y al cabo, la mente al nacer es una hoja en blanco, una tabula rasa.

Y esto es exactamente lo que yo decía en las notas mencionadas cuando referí que la red neuronal nace como una tabula rasa y solo al crecer y acumular experiencias configura una extensa base de datos que permiten la aparición de la consciencia.

4.- Descartes, Hobbes, Locke, Baruch Spinoza y otros pensadores radicales compartían el desprecio por la su­perstición. Makari cita una entrada del diario de Locke: «Las tres grandes cosas que gobiernan la humanidad son la razón, la pasión y la superstición. La primera rige solo a unos pocos; las dos últimas las comparte la mayoría de la humanidad y la poseen en sus cambios. Pero la supers­tición, con más poder, produce el mayor daño». El «gran inquisidor», de Fyodor Dostoievski, a dos siglos de dis­tancia, comprendía perfectamente esta disposición mental: «Las tres únicas fuerzas capaces de conquistar y conservar cautivas para siempre las conciencias de estos débiles rebeldes, para su propia felicidad... son el milagro, el misterio y la autoridad». Dos siglos después, en nues­tros días, la humanidad sigue combatiendo estas fuerzas.
Y no cabe duda de que la superstición está vastamente extendida.

5.- De igual manera, tal vez los brujos no estuvie­ran posesos; tal vez solo fuesen enfermos o locos. Y no tendrían que haber sido quemados.

En la nota De Conductores y Conducidos, mencioné la posibilidad de que Juana de Arco no haya sido ni una bruja, ni una santa, tan solo una esquizofrénica.

6.- Cada individuo hereda un conjunto peculiar de órganos, al­gunos más pequeños, otros más grandes, lo cual explica las diferencias entre unos y otros. Estas teorías, que veían en el cerebro una máquina para producir pensamientos y recuerdos, chocaban con los sentimientos religiosos y la moralidad pública de su tiempo.

Claramente, la idea de que fuera el cerebro y no el alma lo que nos permitiera pensar va en contra de las creencias religiosas. Fíjense, queridos amigos, que ya los egipcios, hace cuatro mil años creían en un alma o espíritu que animaba el cuerpo y que lo sobrevivía. Lo llamaban el ka.

7.- En la actualidad nos ocurre algo similar con el libre al­bedrío. Su existencia también es teóricamente controver­tida, sin embargo, resulta indispensable en la práctica de la vida cotidiana. Tomado de Katja Crone.

Efectivamente, en mi cuento Mizuki del 3 de enero de 2022 podrán ustedes ver que el libre albedrío no es tan libre, después de todo.

8.- Otra duda expresada por ustedes, queridos amigos, es qué sucede después de la muerte. Creo que si han llegado hasta aquí, les debe haber quedado claro que, si la consciencia es un epifenómeno de una red neuronal compleja, munida de una buena base de datos, al desaparecer dicha red neuronal, desaparece la consciencia y, simplemente, no hay mas nada…


Bien, hasta aquí la nota de hoy. Espero haber satisfecho su curiosidad de ustedes.

¡Hasta la próxima!

domingo, 14 de agosto de 2022

¿Somos conscientes? Addendum.

Al parecer, las notas que, bajo el título de ¿Somos conscientes?, publiqué el 20 y el 27 de junio pasados, provocaron una generalizada curiosidad entre todos ustedes respecto a si yo realmente creía en la hipótesis allí vertida acerca de cuál es el origen de la consciencia en el ser humano. Así me lo hicieron saber las muchas consultas que recibí al respecto.

Lo cierto es que, una hipótesis no es un teorema; entendiendo, por este último, una verdad demostrada. La hipótesis es el paso que antecede al teorema; es un enunciado que pretende serlo, pero aún no ha sido demostrado.

Y, si uno adhiere al método científico, como es mi caso, no reduce la verdad a solo “creer o no creer”, sino que pretende aceptar las verdades solo cuando han sido demostradas. Sin embargo, para llegar al teorema hay que partir de una posible explicación del hecho que a uno lo ocupa. Y esa es la hipótesis.

Desde luego que, para el planteo de la hipótesis, es de mucha utilidad la "navaja de Occam", puesto que lo lógico es empezar por lo más simple y solo escalar la complejidad si es necesario.

Así las cosas, digamos que lo enunciado en aquellas notas fue precisamente eso: Una posible explicación al fenómeno de la consciencia humana. Una hipótesis acerca de cómo surge la consciencia en nuestros cerebros, en nuestras redes neuronales.

Ahora bien, las mencionadas consultas de muchos de ustedes me llevan a ahondar sobre el tema aportando otras reflexiones sobre el mismo. Y, para comenzar, creo conveniente recordar cuál fue la hipótesis de marras. Dije en aquellas notas que:

La consciencia humana es en un todo similar a la que surge en las redes neuronales artificiales construidas por el hombre.

Y, el primer testigo que quiero llamar al estrado es Mizuki, ¿Remember Mizuki? En mi cuento del mismo nombre se entabla entre Mizuki y Martín san el siguiente diálogo acerca de las ECM, decía Mizuki:

 

- De modo que redes neuronales construidas a imagen y semejanza del cerebro, cuando son “desmontadas” paso a paso, “recuerdan” lo que primero aprendieron. Del mismo modo que un humano cercano a la muerte recuerda a seres queridos que ya no están como su madre, por ejemplo. Ahora bien, estimo que estarás de acuerdo conmigo, Martín san, en que las redes neuronales son sólo un artefacto electrónico, un robot, ¿Verdad?
- Pues,... si,... estoy de acuerdo.
- O sea que no está animado de ningún espíritu, o alma, o cosa que se le parezca, ¿Verdad?
- No, ciertamente no.
- Y entonces, Martín san, ¿Por qué estás dispuesto a aceptar que el humano es fundamentalmente distinto cuando su comportamiento es básicamente el mismo que el de una red neuronal artificial?

 

¡Y este es el punto! Si una red neuronal (similar a nuestro cerebro) se comporta de manera similar a nosotros mismos, ¿Por qué hemos de aceptar que ese comportamiento es de un origen fundamentalmente distinto al origen de nuestro propio comportamiento?

Y, más aún, resulta que ese comportamiento similar aparece en redes neuronales muy simples (comparadas con el cerebro humano). ¿Qué no esperar de futuras redes, mucho más complejas?

No dejo de ver que, la duda mayor que despierta esta hipótesis es la expresada por muchos de ustedes: Las redes neuronales artificiales creen tener consciencia, pero, en realidad, no la tienen. Es solo una cáscara de consciencia.

¿Y qué tal si nosotros también creemos tener consciencia, cuando, en realidad no la tenemos? ¿Qué tal si también vivimos una cáscara de consciencia? Desde luego que, una tremendamente poderosa red neuronal como es el cerebro, nos hace vivir esa ficción como si fuese una realidad aplastante.

¿Lo es realmente, estimados amigos?

 

Ahora bien, quisiera, antes de proseguir, detenerme en algunas consideraciones sobre el test de Turing. Recordemos, para los recién llegados, en qué consistía.

El inglés Alan Turing, uno de los padres de la computación, diseñó una prueba con el objeto de determinar la capacidad de una máquina para exhibir un comportamiento inteligente similar al de un ser humano o indistinguible de éste

Turing propuso que un humano evaluara conversaciones en lenguaje natural entre un él y un grupo de interlocutores entre los que hay una máquina diseñada para generar respuestas similares a las de un humano. El evaluador sabría que uno de los participantes de la conversación es una máquina y los intervinientes serían separados unos de otros. La conversación estaría limitada a un medio únicamente textual como un teclado de computadora y un monitor por lo que sería irrelevante la capacidad de la máquina de transformar texto en habla. En el caso de que el evaluador no pueda distinguir entre los humanos y la máquina acertadamente, la máquina habría pasado la prueba.

Turing propuso esta prueba en su ensayo “Computing Machinery and Intelligence” de 1950 mientras trabajaba en la Universidad de Mánchester. Inicia con las palabras: Propongo que se considere la siguiente pregunta, ¿Pueden pensar las máquinas?

Es interesante notar que, mientras se pensó que las máquinas nunca podrían pensar se tomó el test de Turing como muy bueno. Ahora, cuando han aparecido máquinas que pueden superarlo, se considera que no, no es tan decisivo ni importante.

¡Parece que el humano se niega a reconocer que no es algo maravilloso!

Ahora, me pregunto yo, si la conducta de un robot es indistinguible de la de un ser humano, si su desempeño es indistinguible del de un ser humano, si estamos construidos con el mismo modelo de red neuronal, ¿tiene sentido argumentar que no es consciente y nosotros sí? O, más bien, si ellos no son conscientes, ¿será que nosotros tampoco? O, si nosotros somos conscientes, ¿será que ellos también lo son?

………………………………….

Bien, a continuación, les dejo una serie de artículos sobre el tema, a favor y no tan a favor del mismo, para que puedan reflexionar sobre él. Y ya el primero nos da una pista de por qué somos inteligentes y por qué otros animales también los son (mal que le pese al finadito Descartes que opinaba que los animales no tienen mente).

¡Ah!, me olvidaba decirles, si al querer decir sus nombres… eeehhh, no, perdón,... digo que al final de esta nota hallarán dos links de videos donde les contarán acerca de Watson, la IA de IBM que, entre otros logros, ganó u$s 1.000.000 en el programa de preguntas y respuestas Jeopardy, de Estados Unidos. Y, como si esto fuera poco, los invito a buscar en Youtube el título Trailer Morgan y podrán ver la colilla de una película de terror, confeccionada totalmente por una IA.

Bien, ahora sí: ¡Hasta la próxima!

 

¿Por qué algunos animales

son más inteligentes que otros?

Descubre de dónde surge la capacidad de innovación y aprendizaje de los animales más inteligentes del planeta.

POR CRISTINA CRESPO GARAY
PUBLICADO 8 AGO 2022 12:05 GMT-3

Grajillas (Coloeus monedula) rompiendo una cáscara de nuez y arrojándola sobre el suelo; gorriones bloqueando los sensores de las puertas de supermercados para robar comida o herrerillos (Cyanistes caeruleus) abriendo los botes de leche que el repartidor deja a las puertas de las casas, estos animales (incluso con cerebros del tamaño de un fruto seco) logran comportamientos y aprendizajes que han sido objeto de estudio durante décadas.

Entre las aves, los cuervos se consideran los animales más inteligentes del mundo, superando incluso a algunos niños y primates. De hecho, diversos estudios han descubierto a lo largo de los últimos años que los cuervos elaboran y utilizan herramientas o resuelven acertijos, y otras especies, como los loros, cuentan con un vocabulario muy diverso.

La ciencia ya comprobó que estas aves aprovechan muy bien sus cavidades cerebrales y, de hecho, tienen más neuronas que muchos mamíferos. Pero, ¿qué es lo que hace entonces que algunos animales sean más inteligentes que otros?

Hace años se creía que la inteligencia estaba relacionada con el tamaño del cerebro. Esta teoría, llamada teoría de la encefalización, defiende que el tejido cerebral "extra" de un cerebro más grande permite dedicar más neuronas a tareas cognitivas, según explican los investigadores del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) de España.

Sin embargo, hasta ahora no se disponía de una evidencia científica debido, en parte, a la dificultad de contabilizar la densidad neuronal en distintas especies animales.

¿Tienen los animales capacidad para innovar?

Un trabajo reciente publicado en la revista Nature Ecology and Evolution demuestra, por primera vez, que un mayor número de neuronas está relacionado con una de las principales formas de inteligencia: la capacidad de innovar. A su vez, este número de neuronas está relacionado con un mayor cerebro, tanto en relación con el cuerpo, como en términos absolutos.

“Nuestros resultados sugieren que en córvidos y loros la acumulación de neuronas en el palio (un área del cerebro que se corresponde con funciones superiores como el aprendizaje, distintos tipos de memoria, inteligencia, emociones, lenguaje, etc) es el resultado de alargar el tiempo que necesita el pollo para desarrollarse, una vez salido del huevo”, afirma Daniel Sol, científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del CREAF.

Por tanto, estos resultados demuestran que el número de neuronas en el palio son un predictor afinado de la capacidad cognitiva de una especie. Es decir, un mayor número de neuronas en esta zona cerebral implica una mayor capacidad de innovación. “Estos resultados son consistentes con la hipótesis de que la acumulación de neuronas en esta región tiene lugar en fases tardías del desarrollo”, explica Sol.

“A su vez, la acumulación de neuronas en el palio hace que el cerebro crezca tanto en términos absolutos como en términos relativos. Así pues, de entre todas las especies y linajes estudiados, los científicos destacan que son los córvidos y los loros las aves que tienen un cerebro mayor en relación al cuerpo y también más neuronas en el palio. Son también las que tienen un tiempo de maduración más largo”, explican.

En cambio, “en grupos como los faisanes y las palomas, la etapa de desarrollo postnatal es más corta, lo que no les permite acumular tantas neuronas en esa zona cerebral. Esto puede explicar por qué tienen un cerebro relativo pequeño y son poco innovadoras en su comportamiento”.

(Te puede interesar: ¿Cómo demuestran su inteligencia los pingüinos?)

Hacia un nuevo modelo evolutivo


Además, tanto córvidos como loros tienen una vida más larga. "Vivir más tiempo aumenta el valor de resolver problemas mediante la innovación porque el tiempo que dedicas a aprender un nuevo comportamiento se compensa si el comportamiento ofrece beneficios durante más tiempo". Hasta ahora, existía controversia sobre si era más importante el tamaño del cerebro en términos absolutos o en términos relativos.

"Los elefantes tienen un cerebro mayor que los humanos en términos absolutos", indica Louis Lefebvre, psicólogo de la McGill University (Montreal, Canadá) y co-líder del estudio; “¿quiere decir esto que son más inteligentes que los humanos? No necesariamente, si lo que más importa es el tamaño relativo del cerebro. El cerebro de los humanos contiene más neuronas en el palio, lo que hace que sea mayor en proporción a nuestro tamaño que el de los elefantes”.

Este nuevo hallazgo ha sido posible por el reciente desarrollo de un nuevo método para contar neuronas, el fraccionador isotrópico, que logra contar las neuronas de diversas especies de forma precisa, un descubrimiento de la neurobióloga Suzana Herculano-Houzel y su equipo. Los investigadores han partido de la estimación del número de neuronas en el telencéfalo palial, área cerebral de los pájaros donde tienen lugar funciones superiores (sensoriales, asociativas y pre-motoras) y que en los mamíferos correspondería al neocórtex.

Los investigadores han medido la densidad neuronal de 81 individuos de 46 especies, gracias a la participación de Pavel Němec, neurobiólogo de la Charles University de Praga, República Checa, que ha co-liderado el estudio y que es uno de los pocos expertos mundiales en la cuantificación de neuronas con la técnica del fraccionador isotrópico. Sumadas a las 65 especies medidas en estudios previos, el número total de especies analizadas llega hasta 111, lo que representa la mayor muestra de número de neuronas utilizada hasta ahora en un mismo estudio. 

Conoce a estos animales agricultores que “cultivan” antes que...

Los datos del número de neuronas han sido comparados con información de la capacidad de innovación basada en más de 4 000 observaciones, realizadas desde 1960 hasta 2020, que describen comportamientos innovadores de pájaros en sus hábitats naturales, tanto en la adopción de nuevos alimentos como en el uso de nuevas técnicas. 

Según Lefevbre, “nuestros resultados ayudan a unificar las medidas neuroanatómicas en múltiples niveles, reconciliando las opiniones contradictorias sobre el significado biológico de la expansión del cerebro”. "Los resultados también ponen de manifiesto el valor de la perspectiva de la historia vital para avanzar en nuestra comprensión de las bases evolutivas de las conexiones entre el cerebro y la cognición", concluye Sol.

¿Pueden los robots tener conciencia?


Barry C. Smith, director del Instituto de Filosofía
Para la BBC
13 septiembre 2011
Actualizado 18 septiembre 2011


Si se fabrica un robot que se comporte igual que nosotros en todo aspecto, incluyendo el pensamiento, ¿tiene conciencia o es sólo una máquina hábil?, se pregunta el profesor Barry C. Smith, director del Instituto de Filosofía.

Los seres humanos están hechos de carne y hueso, una masa envuelta en un intrincado arreglo de tejido nervioso. Pertenecen al mundo físico de la materia y la causalidad, y sin embargo tienen una propiedad notable: de tanto en tanto están conscientes.

La conciencia le proporciona a criaturas como nosotros una vida interior: un reino mental en el que pensamos y sentimos, percibimos imágenes y sonidos, sabores y olores, según los cuales hemos llegado a conocer el mundo que nos rodea.

¿Cómo puede la mera materia provocar experiencias conscientes?

El filósofo francés del siglo XVII René Descartes pensaba que no podía. Él suponía que además de nuestra configuración física, criaturas como nosotros teníamos una mente no material, o alma, en la que se daba el pensamiento.

Descartes negaba que los animales tuvieran mentes.

Para Descartes, la mente no material era excepcionalmente humana. Negaba que los animales tuvieran mentes. Cuando se quejaban, en su opinión no era más que aire escapándose de sus pulmones. Los animales eran sólo mecanismos.

Hoy en día, pocos niegan nuestra naturaleza animal o aceptan que todos los otros animales están desposeídos de consciencia. La idea de un alma inmaterial, además, hace difícil entender cómo el mundo mental puede tener algún efecto en el físico, por lo cual muchos filósofos contemporáneos rechazan la idea del dualismo mente-cuerpo.

¿Cómo algo que no existe en el mundo material puede mover nuestras extremidades y responder a estímulos físicos? Seguro que es el cerebro el responsable de controlar el cuerpo, así que debe ser el cerebro el germen de la consciencia y la toma de decisiones.

Y, sin embargo, muchos de los mismos pensadores concordarían con Descartes en lo que se refiere a la consciencia de las máquinas y de su posibilidad de tener experiencias como los seres humanos.

Criaturas de carbón

Descartes también decía que así lográramos crear una muñeca mecánica inteligente que replicara todos nuestros movimientos y reacciones, no sería capaz de pensar pues no tendría el poder de la palabra.

Pero ya no podemos depender de su criterio para determinar cuáles seres pueden pensar. Hoy en día, las computadoras usan la palabra y el lenguaje sintetizado mejora todo el tiempo.

Alan Turing

Turing se imaginó un test para probar si se podía confundir una máquina con un ser humano.

Fue el potencial de las computadoras de usar el lenguaje y responder apropiadamente a preguntas lo que llevó a Alan Turing, el matemático y descodificador de mensajes durante la guerra, a proponer un experimento para medir la inteligencia de las máquinas.

Turing se imaginó a una persona sentada en una habitación, comunicándose por vía de una pantalla de computador con otros dos en habitaciones distintas. La persona escribiría preguntas y recibiría respuestas, y si no era capaz de adivinar cuál de las dos era la máquina y cuál el ser humano, no tendría razón para no tratarlas igual.

Eso es lo que se conoce como la Prueba de Turing, y si la situación se organiza con cuidado, los programas de computador pueden pasarla.

La prueba original de Turing depende de no poder ver quién está enviando las respuestas a las preguntas, pero la robótica se ha desarrollado rápidamente en la última década y ahora vemos máquinas que se mueven y comportan como humanos.

¿Qué pasaría si ampliáramos el test e instaláramos un programa de computador en un robot con apariencia de ser humano? ¿Podrían el comportamiento adecuado y las respuestas apropiadas convencernos de que la máquina no sólo es inteligente sino también consciente?

En tal caso, habría que distinguir entre pensar que el robot tiene conciencia y que realmente la tenga.

El último misterio

Quienes estudian la consciencia de las máquinas están tratando de desarrollar sistemas autoorganizados que inicien acciones y aprendan de lo que los rodea. La esperanza es que, si logramos crear o reproducir la consciencia en una máquina, podremos aprender qué es lo que hace posible que exista.

Los investigadores están lejos de hacer de ese sueño realidad y un gran obstáculo se levanta en su camino... necesitan una respuesta a la siguiente pregunta: ¿podrá una máquina basada en silicio alguna vez producir consciencia, o son sólo las criaturas hechas de carbón con nuestra configuración material las que puede producir los resplandecientes momentos tecnicolor de la experiencia consciente?

La pregunta es si la consciencia es más cuestión de lo que hacemos o de lo que estamos hechos.

La consciencia posiblemente sea el último misterio que le quedará a la ciencia, pero hasta cierto punto ha sido destronada del rol central que antes ocupaba en el estudio de lo mental.

Gracias a la neurociencia y la neurobiología, cada vez entendemos mejor que mucho de lo que hacemos es el resultado de procesos y mecanismos inconscientes.

Y eso le añade un giro a la historia: si lográramos producir un robot que se comporte como uno de nosotros en todos los aspectos, eso podría llevar a comprobar no tanto que el robot tiene conciencia sino cuánto podemos hacer sin tenerla.



TECNOLOGÍA PILAR VARGAS

¿Pueden los robots ser más conscientes?

Un nuevo sistema de aprendizaje sensible al contexto logró que los robots adquieran mayor conciencia sobre sus compañeros de trabajo. Un reciente estudio mostró que estos eran capaces de comprender su entorno, medir distancias y reconocer el volumen corporal de las personas.

La inteligencia artificial sigue avanzando y en Suecia ya lograron que máquinas pudieran interactuar con sus pares humanos en el trabajo de manera más eficiente.

Este sistema de colaboración humano-robot puede identificar a cada humano con el que trabaja, así como el modelo de esqueleto de la persona, que es un resumen del volumen corporal, según dice el investigador del KTH Royal Institute of Technology, Hongyi Liu.

Según Liu, la capacidad de reconocer su entorno, le permite al robot tomar decisiones tomando en cuenta lo que sucede a su alrededor. Esta habilidad de reconocimiento de su entorno dota la máquina de un contexto del que debe ser consciente al interactuar.

La investigación publicada en Robotics and Computer-Integrated Manufacturing exhibió que un robot pudo moverse alrededor de un brazo que obstaculizó su trayecto repentinamente, prediciendo cuál sería el movimiento, teniendo en cuenta volumen, velocidad y distancia con el brazo del humano, es decir, el contexto.

Esta capacidad permite no sólo mayor eficiencia, sino que mayor seguridad para el desarrollo del trabajo, evitando una posible coalición y reconociendo la línea de montaje, comenta Liu.

Lo que hace posible que los robots tomen conciencia de su entorno es un sistema de aprendizaje automático llamado aprendizaje de transferencia. Es un tipo de inteligencia artificial que reutiliza el conocimiento desarrollado a través de la capacitación antes de adaptarse a un modelo operativo.

Liu compara el sistema de robot sensible al contexto con un automóvil autónomo que reconoce cuánto tiempo ha estado rojo un semáforo y anticipa moverse nuevamente. En lugar de frenar o reducir la marcha, comienza a ajustar su velocidad navegando hacia la intersección, evitando así un mayor desgaste de los frenos y la transmisión.

Los experimentos con el sistema demostraron que, con el contexto, un robot puede operar de manera más segura y eficiente sin ralentizar la producción, al ser más consciente de su entorno.

Revisa el artículo original Robots can be more aware of human co-workers, with system that provides context de Science Daily.



Crean el primer robot consciente de sí mismo

RedacciónT21

8 febrero, 2019

Investigadores estadounidenses han creado un robot consciente de sí mismo y capaz de simularse para adaptarse rápidamente a los cambios del entorno. Un primer paso para traducir la consciencia a algoritmos y mecanismos concretos.

Investigadores de la Universidad de Columbia en la Ciudad de Nueva York (Estados Unidos), han creado un robot capaz de aprender descubrirse a sí mismo desde cero. Esa autoconciencia la consigue sin ningún conocimiento previo de física, geometría o dinámica motora.

Al principio, el robot no sabe qué forma tiene. Pero, tras un breve período de «titubeo», y en aproximadamente un día de intensos cálculos, este robot es capaz de crear una auto-simulación, que puede usar internamente para contemplar y adaptarse a diferentes situaciones, realizar nuevas tareas y detectar y reparar daños en su propia fisonomía.

La simulación






Los seres humanos somos únicos en nuestra capacidad de imaginarnos a nosotros mismos, de imaginarnos en escenarios diferentes o futuros. También podemos aprender a través de las experiencias pasadas y reflexionando sobre lo que salió bien o mal.

La mayoría de los robots aún aprenden utilizando simuladores y modelos proporcionados por humanos, o mediante largas y laboriosas pruebas de ensayo y error. Los robots todavía no han aprendido a simularse como lo hacen los humanos.

«Si queremos que los robots se vuelvan independientes para adaptarse rápidamente a los escenarios imprevistos por sus creadores, es esencial que aprendan a simularse», señala Hod Lipson, profesor de ingeniería mecánica, en un comunicado.

Para el estudio, Lipson y el estudiante de doctorado Robert Kwiatkowski utilizaron un brazo robótico articulado. Inicialmente, el robot se movió al azar y realizó aproximadamente mil trayectorias. Luego, el robot utilizó el aprendizaje profundo, una técnica moderna de aprendizaje automático, para crear un modelo de sí mismo.

Los primeros “auto-modelos” eran bastante inexactos, y el robot no sabía qué era ni cómo estaban conectadas sus articulaciones. Pero después de menos de 35 horas de entrenamiento, el auto-modelo se volvió consecuente con el robot físico hasta unos cuatro centímetros.

El auto modelo realizó una tarea de “tomar y colocar” en un sistema de circuito cerrado que permitió al robot recalibrar su posición original a cada paso a lo largo de la trayectoria, basándose completamente en el simulador interno.

Con el sistema de control de bucle cerrado, el robot fue capaz de tomar objetos en lugares específicos en el suelo y depositarlos en un recipiente con un 100 por ciento de éxito.

Incluso en un sistema de bucle abierto, que implica realizar una tarea basada completamente en el modelo interno, sin ningún tipo de retroalimentación externa, el robot pudo completar la tarea de selección y colocación con una tasa de éxito del 44 por ciento. «Eso es como tratar de recoger un vaso de agua con los ojos cerrados, un proceso difícil incluso para los humanos», señala Kwiatkowski.

Para probar si el auto-modelo podía detectarse daño a sí mismo, los investigadores imprimieron en 3D una parte deformada para simular el daño y el robot pudo detectar el cambio y volver a entrenar su auto-modelo. El nuevo modelo propio permitió que el robot reanudara sus tareas con poca pérdida de rendimiento.

https://www.youtube.com/watch?v=iSYn9ienWF0

Rompiendo los límites

Lipson señala que la autoimagen es clave para permitir que los robots se alejen de los confinamientos de la llamada «Inteligencia Artificial estrecha«, que solo puede dirigirse a un objetivo, y conducirla hacia habilidades más generales. Sería un paso hacia la “Inteligencia Artificial fuerte”.

«Esto es quizás lo que hace un niño recién nacido en su cuna, ya que aprende lo que es», explica Lipson. “Suponemos que esta ventaja también puede haber sido el origen evolutivo de la autoconciencia en los humanos. Si bien la capacidad de nuestro robot para imaginarse a sí misma aún no es comparable a la de los humanos, creemos que esta habilidad está en el camino hacia la autoconsciencia de la máquina».

Lipson cree que la robótica y la inteligencia artificial pueden ofrecer una nueva ventana al viejo rompecabezas de la consciencia. «Los filósofos, los psicólogos y los científicos cognitivos han estado reflexionando sobre la autoconsciencia de la naturaleza durante milenios, pero han progresado relativamente poco», observa. «Todavía ocultamos nuestra falta de comprensión con términos subjetivos, pero los robots ahora nos obligan a traducir estas nociones vagas en algoritmos y mecanismos concretos».

Lipson y Kwiatkowski son conscientes de las implicaciones éticas. «La autoconsciencia conducirá a sistemas más resistentes y adaptativos, pero también implica cierta pérdida de control», advierten. «Es una tecnología poderosa, pero debe manejarse con cuidado».

Los investigadores ahora están explorando si los robots pueden modelar no solo sus propios cuerpos, sino también sus propias mentes. Es decir, si los robots pueden pensar en pensar.

Referencia

Task-agnostic self-modeling machines. R. Kwiatkowski and H. Lipson. Science Robotics, 30 January 2019. DOI: 10.1126/scirobotics.aau9354.


Acerca de Watson.

https://www.youtube.com/watch?v=g0S5yNR1q8I

https://www.youtube.com/watch?v=Fqd59j9x6Ag&t=284s

 


domingo, 7 de agosto de 2022

¿Liberté, égalité, fraternité?

 Quisiera comenzar esta nota, estimados amigos, recordando algunas frases con las que ya nos topáramos en una nota anterior. Se trata de la nota: De conductores y conducidos del 31 de enero de 2022.

Veamos, las frases en cuestión eran las siguientes:

Comencemos con la que nos legó el agudo historiador latino del siglo I antes de nuestra era (a.n.e.), Cayo Salustio Crispo:

“Son pocos los que prefieren la libertad, la mayoría prefiere un amo justo”. 

¿Y por qué las traes nuevamente a colación, Martín?

Pues, porque me propongo, en esta nota reflexionar sobre la validez, los límites, los peligros de luchar denodadamente por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Liberté, égalité, fraternité, como reza el lema oficial de la República Francesa y de la República de Haití.

Y, entonces, ya nos choca la frase de Salustio que nos dice que ese valor tan preciado, la libertad, no es la aspiración de la mayoría.

¿Pero, cómo puede ser?, preguntamos alarmados. Y la respuesta va de la mano de esta otra frase, en este caso del también agudo pensador François-Marie Arouet,Voltaire. Dijo el francés:

“...encuentro que todo está al revés entre los hombres, que nadie conoce sus derechos ni sus deberes (...)”.

Voltaire nos da aquí una pista de por qué son pocos los que prefieren la libertad: Porque hay que conocer los derechos y los deberes y eso implica trabajo, dedicación, y participación. Recuérdese que la voz república proviene del latín y significa “cosa pública”, es decir, el que vive en una república vive bajo un régimen que le exige prepararse, conocer derechos y obligaciones y participar en la vida pública activamente. No participar en ella es como no participar en el sostenimiento y progreso de la casa en que se vive. Y, sin embargo, queridos amigos, ¿Cuántas veces escuchamos decir:

-No, yo en política no me meto.

- A mi no me interesa la política.

Mucho más cómodo es quedarse en la casa de uno o ir de farra con amigos. ¡Y que otro se haga cargo de la difícil tarea de conducir los destinos de la República!

Al respecto, considero aleccionador el siguiente video:

Y aquí calza otra de las frases que he rescatado para hoy, esta vez a cargo del moralista y pensador francés Michel de Montaigne quien nos advierte que:

 …estoy convencido que es más fácil y más satisfactorio seguir que conducir…

¡Claro que es más fácil! ¡Es mucho más fácil apoltronarse en un palco y ver a los actores desarrollar la obra, mientras se come pochoclo, y no participar en ella con todo el trabajo que exige!

Esto último nos recuerda la tan famosa frase del poeta latino Juvenal, autor de las Sátiras, panem et circenses, “pan y juegos de circo”. Esta frase se origina en la Roma del 100 a.n.e., en la Sátira X del poeta. En su contexto, la frase en latín panem et circenses es dada como una queja contra el pueblo romano, quien había olvidado su derecho de nacimiento a involucrarse en la política. Juvenal muestra su desprecio por la decadencia de sus contemporáneos.

Los políticos romanos visualizaron un plan en 140 a.n.e. para ganar los votos de los pobres; al regalar comida barata y entretenimiento, comprendieron que esta política de «pan y circo» sería la forma más efectiva de subir al poder.

Juvenal hace referencia a la práctica romana de proveer trigo gratis a los ciudadanos romanos (la llamada annona) así como costosas representaciones circenses y otras formas de entretenimiento como medio para ganar poder político a través del populismo. Julio César mandaba distribuir el trigo gratuitamente, o venderlo muy barato, a los más pobres, unos 200.000 beneficiarios. Tres siglos más tarde, Aureliano continuaría la costumbre repartiendo a 300.000 personas dos panes gratuitos por día.

Dice Juvenal: …desde hace tiempo —exactamente desde que no tenemos a quien vender el voto— este pueblo ha perdido su interés por la política, y si antes concedía mandos, haces, legiones, en fin todo, ahora deja hacer y sólo desea con avidez dos cosas: pan y juegos de circo.

 

Y, entonces, queridos amigos, si son pocos los que prefieren la libertad y, peor aún, son muchos los que no saben qué hacer con ella, ¿A qué diantres luchar por ella? ¿En qué queda el famoso lema del título de esta nota?

Más aún, otorgar la libertad a quien no sabe qué hacer con ella conlleva riesgos como los que ilustra la siguiente nota de la española Patricia Peiró, del 12 de junio de 2022.


Las bandas juveniles por dentro: “Te enseñan a apuñalar sin miedo a las consecuencias”

Dos menores hablan desde el centro en el que están ingresados sobre cómo fueron sus inicios en grupos violentos, qué misiones les exigen y a qué se debe el aumento de su agresividad

Los dos adolescentes protagonistas de esta historia cuentan los días para recuperar su libertad. Ambos están en un centro de menores de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor de Madrid por robos con violencia. Uno con condena firme, el otro, en situación provisional. Tienen 17 años, pero conocen los calabozos del Grupo de Menores de la Policía (Grume) desde los 13. A uno le faltan 48 días para salir, los tendrá que pasar en régimen cerrado después de haberse escapado en una de sus últimas salidas. Al otro le queda un poco más. Los dos conocen bien la realidad de las bandas juveniles.

Uno da el nombre de Ramiro. Ramiro reconoce abiertamente su pertenencia a una de las dos bandas juveniles mayoritarias en Madrid (Dominican Don’t Play y Trinitarios). El otro, que da el nombre de Manuel, sostiene que simpatizaba con integrantes de una de las minoritarias (Blood y Forty Two). Este año, las disputas de estos grupos enfrentados han dejado en Madrid cuatro muertos y más de un centenar de heridos.

Pocas veces existe la oportunidad de escuchar a los protagonistas de este juego macabro en el que cada vez intervienen agresores más y más jóvenes. Esta vez, ellos pueden explicar qué es lo que les lleva a formar parte de un grupo que los maltrata cuando no cumplen sus exigencias y en el que pueden llegar a perder la vida sin haber cumplido los 18. Lo explican por separado, pero sus relatos se entrelazan.

El inicio

A los 14 años, ambos habían dejado atrás el colegio y el instituto. Pasaban el día en la calle o en casas de otros amigos. “Mi madre se iba a trabajar temprano, me levantaba, pero yo le decía que noi ría al instituto. Ya había visto a mi hermano dejar de ir y yo quería hacer lo mismo. Ella no podía obligarme”, cuenta Ramiro. Ahora reflexiona en voz alta sobre algo que en ese momento ni se planteaba: “Me sentía solo, pero no porque mis padres no estuvieran, sino porque me sentía así y ya está”. Se pasaba el día en casa fumando porros. Sus padres también eran consumidores.

La historia de Manuel es idéntica: “Dejé de ir a clase muy pronto, sentí que tampoco le importaba mucho a nadie que dejara de ir. Te vas perdiendo”. En ese momento, él jugaba al fútbol y fue en las canchas donde conoció a los miembros de la banda dominante en la zona en la que él ha crecido. “Me dijeron que si me quería unir. Dos o tres veces. Yo siempre dije que no, que iba con ellos pero, no iba a hacer ninguna de las pruebas que me pedían. No sé en qué consistían, pero no serían nada bueno”, dice con una voz casi susurrante.

Ramiro ingresó en esa época en un centro público especializado en trastornos de conducta. Para entonces ya consumía LSD, éxtasis y tranquilizantes. En ese momento conoció a su “mayor”. Un miembro de la banda a la que luego se unió. “Mi mayor es el que me fue enseñando. Él no me dijo que me metiera a la banda, pero yo le dije que quería porque allí me sentía querido, tenía todo lo que me daba la gana y quería ganarme mi respeto”, cuenta.

 

Y aquí ya tenemos material para reflexionar. Vemos a un par de muchachos que, ni pidieron la libertad, ni saben qué hacer con ella. Por eso mismo es que los embarga la soledad, hay libertad para hacer cosas, pero no saben qué hacer. Y, entonces, caen en la solución “fácil”: las drogas, el alcohol. Algunos se pierden en ese mundo, otros siguen buscando un norte para su vida, pero han abandonado la escuela, la instrucción y, en un mundo cada vez más demandante, no encuentran dónde ir a dar con sus huesos. Y allí es donde aparecen las bandas juveniles, siempre ansiosas de reclutar adeptos, y les ofrecen lo que más están buscando: Un lugar en el mundo. Él no me dijo que me metiera a la banda, pero yo le dije que quería porque allí me sentía querido, tenía todo lo que me daba la gana y quería ganarme mi respeto.

 Fernando es el director del centro de menores en el que están ambos y reflexiona: “Un chico de 12 o 13 años no anticipa las consecuencias”. Desde su experiencia, asegura que los motivos por los que entran son siempre los mismos: necesidad de protección, búsqueda de una identidad y la pertenencia a un grupo. “Te pongo un ejemplo: un perfil muy común de estos chicos es el típico que de pequeño era gordito y se metían con él”, explica. “De repente aparece la banda y se dan cuenta de que adelgazan, los protegen y encima es él quien se pone a hacer lo mismo que le hacían a él”.

 ¿Qué falló aquí y qué se puede hacer para solucionarlo?

Claramente, la falla se encuentra en hacer salir a un jugador a la cancha sin la debida preparación, sin que conozca claramente las reglas del juego ni sepa qué le espera en el campo de juego… ¡y pretender que lo haga bien!

Hay sociedades que marcan, para cada uno de sus integrantes, un camino determinado, de modo que no quede al arbitrio de ellos decidir qué hacer. Esto no aparenta ser muy bueno porque cercena las libertades individuales,… ¡pero, ordena la sociedad! Otras sociedades dan una libertad total, solo restringida por el derecho de los demás. Esas sociedades son las que originan a los Ramiro y Manuel.

¿Hay, entonces, otra alternativa?

Si, la hay. Y, como era dable esperar, pasa por la educación. Hay que preparar a los jóvenes para el uso correcto de su libertad. Hay que enseñarles los peligros de manejarla incorrectamente. Hay que enseñarles lo mucho de bueno que tiene poseerla y lo mucho de malo que tiene perderla. Y todo esto desde su más tierna infancia. No se puede permitir que un humano se descubra a sí mismo jugando un partido de un juego del que no conoce ni las reglas.

Esta educación es de la mayor importancia y trasciende el aprender Matemática, Lengua, Historia, etc. que también hay que enseñar.

¡Hay que educar el soberano!

Y hay que educarlo para que sea capaz de manejar esa poderosa herramienta que es la libertad. De lo contrario el sujeto caerá en manos de dictadores que le dirán: ¡Ven, que yo te diré que hacer con tu vida!, lo que, normalmente, no acarreará beneficios para el “conducido”.

Hay que aprender a conducir la propia vida. Y nadie nace sabiendo, de modo que se deberá instruir a cada uno en cómo manejarse para ser un individuo pleno.

 

En cuanto a la “égalité”, es pertinente la frase que Julio César dijera a sus legionarios, que nos ha llegado a través del historiador, político y militar romano del siglo II de n.e. Dion Casio. Dijo César:

 …la propia naturaleza ha creado siempre hombres para mandar y hombres para obedecer.

Con lo cual, César remarca que no somos iguales y que la “égalité”, por lo tanto, es solo una ilusión (por más que todo el mundo use trajes Mao).

Al respecto, pergeñé en una oportunidad la risueña anécdota siguiente: Consideremos a los primeros cristianos, los que se reunían en las catacumbas de Roma y compartían alimentos, vestiduras, doctrina, etc. Si hacía mucho frío, el que tenía una capa la dividía en dos y la compartía con el que no tenía una. ¿Y qué sucedió? Que, al cabo de un tiempo, hubo uno que se ocupó de pedir muchas mitades de capa… ¡y puso una tienda de venta de ellas!

No somos iguales, queridos amigos, y partir de esa base es equívoco. Siguiendo el estilo del Eclesiastés les diré: Hay hombres para mandar y otros para obedecer, los hay para ser teóricos y los hay para ser prácticos, los hay para producir y los hay para vender lo que se produce, los hay para cultivar la tierra y los hay para cocinar lo que se cultiva… y así siguiendo.

La “égalité” es, entonces, solo una idealidad…

 

Queda, nomás, la “fraternité” que es, quizás, el objetivo más alcanzable por el humano; aunque solo por algún tiempo y en comunidades no muy grandes.

 

De modo que poco es lo que queda del lema de marras cuando se lo analiza con detenimiento. Y lo que sí emerge claramente es la enorme necesidad de preparar al individuo para el uso responsable y fructífero de su libertad.

domingo, 31 de julio de 2022

La Teoría de la Evolución. Sus precursores. Nota 2.

Bien, estimados amigos, continuamos nuestra recorrida por los personajes que sentaron las bases para que Darwin y Wallace formularan la Teoría de la Evolución. En este caso, hablaremos del Conde de Buffon, singular figura del siglo XVIII que, con su enorme entusiasmo, promoviera la discusión y el fecundo intercambio de ideas entre quienes, por ese tiempo, ya comenzaban a hacerse preguntas... 

Lo hacemos siempre bajo la guía de Maitland y Edey y su libro, La cuestión esencial.

Veamos, la ambición de Linneo, que fue grande, no admitió comparación con la del conde Buffon (1707-1788), que la superó con creces. Se dedicó a describir el mundo entero, sus orígenes y cuanto encerraba, y acabó componiendo una enciclopedia sobre la naturaleza, en cuarenta y cuatro tomos, la Histoire Naturelle, Générale et Particulaire (Historia natural, general y particular), vertida a otros idiomas tan pronto como los volúmenes aparecían. Fue la obra científica de mayor alcance y más influyente de su siglo, y con mucho la más popular, ya que combinó descripciones redactadas con elegancia con historias sobre la vida de una cantidad apabullante de plantas y animales, amén de introducir discursos sobre astronomía, edad de la Tierra y procesos vitales. Como otros, Buffon empezó a notar que las especies no estaban sometidas a inmutabilidad. Reparó en el éxito de ganaderos y cultivadores de frutos en cambiar y perfeccionar las castas, seleccionando las mejores con fines de reproducción. Observó que los colombófilos obtenían tipos fecundos y diferentes de los que había en estado natural. Resumió todo lo anterior en una declaración que merece ser subrayada:

Toda familia, así animal como vegetal, tiene idéntico origen, e incluso todos los animales proceden de uno solo, que, en la sucesión de las eras... ha producido todas las razas de los que ahora existen.

Realmente sorprende leer lo anterior, escrito casi a cien años de la aparición de Darwin. Asombrosa fue la mente de Buffon, capaz de adelantarse de modo tan pasmoso. Vio, como Malthus lo haría, que la vida se multiplicaba más aprisa que los alimentos, y que eso implicaba luchar por la supervivencia. Y también que había diferencias entre los individuos de una misma especie. Darwin amalgamaría aquellas ideas para hallar un mecanismo de evolución. Buffon jamás lo hizo, aunque rondó en los alrededores de manera en verdad fascinante. Su convencimiento creciente de que las especies no eran inmutables, le llevó a la audaz conjetura (ya mencionada) de que estuvieron probablemente emparentadas en un pretérito remoto. Comprendiendo la necesidad de éste, si las relaciones de parentela tenían que rastrearse a lo largo de un cambio parsimonioso, proporcionó un argumento. Calculó que la Tierra, caliente al comienzo, se había enfriado lo suficiente para acoger, la vida al menos 70.000 años antes; después propuso otros 70.000, al cabo de los cuales estaría tan gélida que la vida desaparecería. Las hipótesis sobre los cambios de temperatura le hicieron avanzar otro paso en forma de propuesta de solución del enigma de los fósiles: Eran ciertamente tipos extintos, y se habían extinguido a consecuencia del enfriamiento de nuestro planeta.

Por su aspiración de ordenar el universo, Buffon tuvo que convertirse en clasificador. Rechazó el sistema de Linneo, y llegó hasta la exageración de insistir que los dos nombres latinos de éste se pusieran en el dorso de los letreros de los ejemplares del Real Jardín Botánico, para no verlos. Su procedimiento de clasificación animal fue poco feliz. Jerarquizó los especímenes atendiendo a su utilidad para el hombre y comenzó con el caballo, «la más noble conquista alcanzada por los humanos». Ahora parece una tontera, pero, de todas maneras, revela con claridad el arraigo de la noción de la posición central del hombre en el cosmos..., antes de Darwin.

GEORGES-LOUIS LECLERC, CONDE DE BUFFON:
«DESCRIBIRÉ Y EXPLICARÉ TODO»

Observamos en Buffon una imaginación extraordinariamente inquieta, que intentó habérselas al mismo tiempo con demasiadas ideas esenciales. Entrechocaban unas con otras en un profundo océano vacío de información, cuya hondura se agrandaba tanto más, cuanto más cosas averiguaba Buffon. Se entreveían confusamente en las profundidades, con los bordes desdibujados y formas cambiantes, mientras se balanceaban en su mente, lejos del alcance del rayo iluminador de una teoría unificadora. Allí flotaban, a muchas brazas de las claras corrientes superficiales del pensamiento convencional: El mundo era reciente, y las especies, inmutables. Buffon creía lo opuesto: El mundo era viejo y las especies cambiaban.

La tragedia del conde fue que no se aferró a este criterio. Profesores de la Sorbona, a quienes ultrajó su herética manifestación sobre las especies antes copiada, examinaron su Histoire con detención y condensaron en catorce puntos una acusación contra él. Buffon se retractó en seguida: «Declaro que no alimenté el propósito de contradecir las Sagradas Escrituras y que creo con firmeza todo lo que dice sobre la Creación, bien en cuanto al tiempo, bien en cuanto a los hechos. Renuncio a todo lo que hay en mi libro que ataña a la formación de la Tierra, y, más en general, a todo lo que choque con la narración de Moisés.» Para calibrar con equidad a Buffon, recuérdese que era cortesano en una sociedad en que la corte era todo. Los hombres invertían sus vidas en descubrir expedientes para acercarse al trono o a los principales ministros, único modo de obtener patrocinio y privilegios. Buffon los consiguió llamando la atención de la amante del rey, madame de Pompadour, que se divertía y divertía a su señor haciendo pinitos de aficionada en el conocimiento de la naturaleza, lo que entonces se había convertido en moda de buen tono. En su salón comparecían científicos y eruditos, a quienes los elegantes de ambos sexos escuchaban, y con quienes ensanchaban los límites de sus refinados intelectos con conversaciones refinadas sobre asuntos refinados de la ciencia. Allí resplandecía Buffon, con sus elevadas especulaciones acerca del origen de la Tierra y sus absorbentes discursos sobre historias vivas de animales y plantas. Era joven, elegante, de vestimenta exquisita y palabra subyugante.

Mientras la marquesa de Pompadour estuvo en el candelero, todo fue a pedir de boca para él. La influencia de la dama le proporcionó el cargo de director del Real Jardín Botánico. Pero cuando cayó —y lo hizo de forma catastrófica ya que el soberano se cansó de ella—, Buffon se quedó sin “tutora”. Así se explica su indecorosa prisa en volver a la respetabilidad en el episodio de la acusación de la Sorbona. Tiempo después, cuando la marquesa reconquistó los favores regios, la carrera de su protegido prosiguió su trayectoria majestuosa. Fue elegido miembro de la Academia de Ciencias, el más alto honor intelectual de Francia (una vez más gracias a madame de Pompadour). Casó con la heredera de una gran fortuna y llegó a ser muy rico. Los volúmenes de su Histoire continuaron apareciendo sin interrupción, mediante el uso de un método semejante al de fabricación en cadena, con asistentes que trabajaban para él.

El transcurso de los años, a medida que se acercó el fin de su existencia, tuvo peso evidente en su obra. No cejó en sus esfuerzos ciclópeos, pero se deterioró su calidad. Nunca había sido científico escrupuloso, sino más bien persona de conocimientos y actividades enciclopédicos: Coleccionista, organizador, escritor, editor, autopropagandista, fuente de ideas y gran personaje público. Hoy hubiera sido ídolo de la televisión y las redes. Los fallos de su trabajo se mostraron cuando inteligencias científicas más rigurosas lo sometieron a crítica. Acabó por ser algo así como un monumento nacional, un cenotafio, que, por definición, no encierra sarcófago que lo justifique: Fachada magnífica e interior vacío. Sufrió un golpe aplastante cuando su adorado hijo, al que llamaba Buffonet, fracasó en la obtención de un cargo importante, clara prueba de que se había extinguido en la corte el influjo del padre. Peor aún. La linda y joven mujer de Buffonet fue seducida por el duque de Orleans, y luego por muchos otros, y se convirtió en escándalo. Pero, hasta el instante de su muerte, Buffon fue aún uno de los hombres más reverenciados de Francia. Los monarcas le visitaban. Su estatua se erigió en el Real Jardín Botánico. Las condecoraciones le cubrieron como las escamas a un pez. Rousséau, en un encuentro, besó el pavimento de su casa. A su entierro asistieron veinte mil personas. Luego, todo se trastocó. La Revolución se desencadenó al año de la muerte de Buffon. El populacho derribó su estatua, y sus restos fueron desenterrados y diseminados, en palabras de Will Durant, «por revolucionarios que no le perdonaron que fuese aristócrata, y su hijo fue guillotinado».

El hijo pronunció la última frase. Se ha olvidado a sus asesinos; en cambio, se guarda memoria de él, porque, en el momento anterior a la caída del tajo, exclamó: «Ciudadanos, me llamo Buffon.» Nada más, ni nada menos. Aquello significaba bastante para muchos franceses. Buffon nos legó su Histoire que dio a muchos la posibilidad de contemplar el mundo y las criaturas que lo habitan de un modo nuevo y osado. Que él, en su ansia de medrar, renegara convenientemente de sus proposiciones más atrevidas, no menoscaba el mérito de haberlas tenido. ni la influencia de que gozaron. El pensamiento convencional jamás sería el mismo de él.

El pensamiento convencional, tanto ordinario como científico, tuvo su centro doctrinal biológico, desde el siglo XVI al XIX, en el concepto que se conoce como la gran cadena de ser. Con él la ciencia acomodaba el mundo conocido con la Biblia que se consideraba el principio organizador de toda la vida. Era por completo estático y tenía en el meollo el acto (o actos) divino de la Creación universal. Las cosas vivas estaban engarzadas conforme a un plano superior inmutable, en una progresión lógica de formas, que iba desde los seres unicelulares más simples a los multicelulares, cada vez más complejos, para culminar en el más noble de todos: El hombre. Esta visión no necesitaba del tiempo ni tampoco de ningún cambio. Los simios seguían, en lo alto, a los humanos, y esta proximidad podía considerarse sin alarma alguna, porque no había más indicio de relación que la estampada arbitrariamente en unos y otros por el Creador. Resultaba impensable que unos pudieran descender de otros, o que tuvieran un antepasado común. ¿Cómo sería posible? Eran como eran, y siempre lo habían sido.

Aparte las sugerencias de variabilidad de Buffon, casi todos los estudiosos de la naturaleza llevaban a cabo sus investigaciones, a la sombra de la gran cadena de ser. Su lectura de la obra del conde los estimuló o disgustó en grado diverso; pero, en cualquier caso, no se sintieron impelidos a tomar sus ideas en serio, pues no se había molestado en asentarlas con argumentos y ejemplos, como se hacía en los teoremas de la geometría. Se asomaban acá y allá en su Histoire Naturelle como ocurrencias repentinas. En efecto, Buffon aporreaba y entreabría un número excesivo de puertas. Hubiera sido preciso un embate mucho más concentrado para producir brechas perceptibles en la fachada de la gran cadena de ser. Procederían en primer lugar de la geología, de un orbe en que menudearon cada vez más hombres de ojos perspicaces, que observaron la corteza terrestre y procuraron encontrar su sentido oculto.

La mayor parte de quienes llevaban a cabo tal inspección no eran científicos en la acepción que ahora posee el vocablo. Fuera de disciplinas como la astronomía, matemáticas, química y óptica —muchos de sus cultivadores gozaban del mecenazgo de reyes, que se servían de los hombres excepcionales a modo de preseas de su esplendor personal—, la ciencia apenas existió sino como forma aceptable de matar el tiempo en los siglos XVII y XVIII. No representaba algo de lo que pudiera vivir la persona ordinaria o hacia lo cual un padre bienintencionado orientase a su hijo. Por lo tanto, los interesados en lo que llegaría a ser ciencia —en particular las naturales—propendían a ser aficionados talentosos. Por lo general, fueron individuos acomodados y educados, movidos por la comprensión creciente de la complejidad del mundo, que comenzaba a ser desbrozado por las exploraciones y la tecnología. Gran parte de la ciencia auténtica estaba a la espera; aquellos hombres la forjarían. Casi todos fueron autodidactos espoleados por la curiosidad. Bastantes caballeros y párrocos rurales ingleses, de vida ordenada y con tiempo de sobra, ocuparon sus ocios con la botánica o la colección de ejemplares de toda clase, y muchos intercambiaron especímenes e información. Fueron apasionados escritores de cartas.

Uno de ellos, el reverendo John Ray (1627-1705), se convirtió en botánico experto, y hasta se anticipó a Linneo intentando crear un sistema de clasificación (muy poco refinado). Hoy día se le recuerda por sus esfuerzos para hacer cuadrar la doctrina bíblica con alarmantes granos de realidad que no coincidían con ella. Fue uno la impresión de un helecho fósil en una roca sumamente vieja. O el helecho era más antiguo que la fecha aceptada de la Creación, o su intrincado diseño se debía al capricho de las fuerzas geológicas. Luchó consigo mismo por admitir la segunda hipótesis, más el sentido común acabó por persuadirle de que aquello resultaba imposible. Más tarde, algunos tocones de un bosque desaparecido hacía mucho tiempo, enterrado en el sedimento de un estuario belga y vuelto a aflorar —¿cuántos siglos o centenares de siglos después?—, le pararon en seco. De golpe, la permanente superficie de la tierra se hizo erosiva y frágil. Los montes se alzaron y abatieron. El tiempo se dilató. Ray buscó tranquilidad en el comentario de «sea cual fuere la antigüedad de la Tierra y de los cuerpos que hay en ella, la estirpe humana es reciente».

Otro hombre se sentía acuciado por el tiempo de modo diferente. Edward Lhwyd vivía en una anfractuosa comarca de Gales, en la que los suelos de los valles se hallaban sembrados de enormes cantos rodados. No les prestó atención; siempre habían estado allí. Mas un día un gran canto rodado bajó con estrépito por la ladera montañesa. Lhwyd hizo averiguaciones y se enteró de que era el primer fenómeno de aquel género ocurrido hasta donde alcanzaba la memoria de los más ancianos de los valles. Si se necesitaba de cincuenta a cien años para que cayese una piedra, ¿cuántos tardarían en hacerlo millares de ellas? Porque, como podía comprobar, las había a miles.

 Rarezas aisladas como las descritas se acumularon poco a poco para martirio de los observadores de mente clara. Creció despacio el convencimiento de que el mundo podía ser muy viejo. Una forma de explicar aquellas anomalías, y hacer que se conformasen con la doctrina bíblica, estribaba en suponer un eslabonamiento de sucesos catastróficos, cada uno de los cuales habría causado descomposición y devastación de la superficie terrestre; el más reciente de ellos habría sido el diluvio de Noé. La teoría del catastrofismo se hizo muy popular en el siglo XVIII y se utilizó para interpretar muchas cosas anómalas. Por ejemplo, según ella, el Diluvio, torrente dislocador y absorbente, explicaba bien todos los cantos rodados de Lhwyd. Los esparció como simientes a lo largo y ancho de los valles, y en ellos siguieron hasta que Lhwyd apareció para contarlos. El que se desplomó fue el único que rodó cuesta abajo en el lapso de un milenio. Este género de razonamiento, que no satisfizo a la mente inquisitiva de unos pocos, contentó a la mayoría de la gente.

El catastrofismo conoció subdivisiones y disidentes, porque no lograba justificar todas las condiciones geológicas. Había el problema de la sedimentación, o sea el de colosales cantidades de materia terrena que la acción del agua había depositado durante asombrosas cantidades de tiempo, materia de todo género: barro, arcilla, grava, arena y más barro. Prosperó la teoría de que todos aquellos sedimentos habían ocurrido antes de que emergiera la tierra seca, cuando el cuerpo terrestre estaba cubierto por entero de una capa de agua. Los continentes aparecieron después, cuando el agua se escurrió a profundas cavernas subterráneas. Esta teoría se llamó neptunismo, derivación del nombre del dios romano del mar. Explicaba de modo plausible la sedimentación, pero no cómo o por qué desapareció el agua, o dónde se hallaban las cavernas. Como el propio Diluvio, el neptunismo se batió en retirada y el catastrofismo se robusteció.

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