¡Buenos
días, estimados amigos!
Como
sugiere el título de esta nota, me voy a referir en ella a un tema
arqueológico-histórico, tema que a mi, particularmente, me gusta mucho.
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¿Cuál
es el tal tema Martín?
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Pues,
se trata de una estatua del emperador Adriano que, tras 2.000 años, fue
reconstruida en la ciudad de Cibira destruida por un sismo hace 1.600 años. Más
aún, también aparece la emperatriz Sabina junto a su esposo, Adriano, entre los
escombros de una puerta romana.
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¿Por
qué no nos recuerdas la figura de Adriano, Martín?
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Con
gusto, Publio Elio Adriano (en latín: Publius Aelius
Hadrianus; Itálica o Roma, 24 de enero de 76-Bayas, 10
de julio de 138), conocido oficialmente durante su reinado como Imperator
Caesar Divi Traiani filius Traianus Hadrianus Augustus (Emperador César Trajano
Adriano Augusto, hijo del divino Trajano), y Divus Hadrianus
(Divino Adriano) tras su deificación, comúnmente conocido como Adriano,
fue emperador del Imperio romano del 117 al 138. Miembro de
la Dinastía Ulpio-Aelia y tercero de los «cinco emperadores buenos», así
como segundo de los emperadores nacidos en la provincia de Bética. Adriano
destacó por su afición a la filosofía estoica y epicúrea.
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Según
la Historia Augusta y la mayoría de los historiadores, Adriano nació
en Roma, aunque recientemente, hay autores que han propuesto que nació en
la Hispania Baética, probablemente en Itálica, en el actual término
municipal de Santiponce (Sevilla), en el seno de una familia
acomodada oriunda del Piceno (Italia) y establecida a fines
del siglo III antes de nuestra era en dicha
ciudad. Era sobrino segundo por línea materna de Trajano que lo
precedió en el cargo, quien, aunque nunca lo nombró públicamente su
heredero, le dio varias muestras de preferencia durante su reinado y, de
acuerdo con lo manifestado por su esposa Pompeya Plotina, lo declaró como tal,
momentos antes de morir.
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Aunque
es posible que debiera el trono sobre todo al favor de Plotina, su
condición de posible sucesor ya fue siendo marcada por el
propio Trajano durante su reinado. Así, en el periodo comprendido
entre los años 100 y 108 le concedió la mano de Vibia Sabina, lo
nombró quaestor Imperatoris y comes Augusti (cuestor
del emperador y compañero del Augusto), le regaló el diamante
de Nerva como «esperanza de sucesión» y lo recomendó como consul
suffectus (cónsul suplente), amén de otros honores y distinciones. A
pesar de estas preferencias, y de que era el único descendiente masculino de
Trajano, el apoyo de Plotina y de Lucio Licinio Sura (m. 108) fueron
determinantes en su ascenso al trono.
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Pero,
no quiera abandonar esta semblanza de Adriano sin mencionar la emotiva historia
de amor que vivió con el joven Antinoo. Me arriesgaría a decir que es la gran
historia de amor del Imperio Romano.
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Adriano
era el emperador más poderoso del mundo en 123 d.C. Tenía unos 47 años, casado
por política con Vibia Sabina, culto, griego de corazón, cansado de las
guerras.
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En
Bitinia, en la actual Turquía, conoce a Antínoo, un chico de 13-14 años, de una
belleza descrita como perfecta. Se lo lleva a Roma como parte de su séquito
personal - no esclavo, sino erómenos, protegido y amante en la tradición
griega que Adriano adoraba.
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Durante
7 años fueron inseparables. Antínoo viajaba a todos lados con él, cazaban
juntos, asistía al consejo imperial. Adriano, que era reservado y frío, se
mostraba abiertamente enamorado.
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El
final es en octubre del 130, en el Nilo. La corte navega hacia Tebas. Cerca de
Hermópolis, Antínoo, con 19 años, se ahoga en el río en circunstancias nunca
aclaradas.
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Adriano
quedó destrozado. Dión Casio dice que "lloró como una mujer". Lo que
hizo después no lo había hecho ningún emperador por nadie:
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Lo
deificó al instante. Ya no era un mortal, era el dios Antínoo.
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Fundó
una ciudad entera en el lugar donde murió: Antinoópolis, con templos y juegos
en su honor.
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Llenó
el imperio con más de 2.000 estatuas suyas. Hoy es el rostro no imperial del
que más retratos conservamos de la antigüedad.
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Creó
una constelación con su nombre y un nuevo culto religioso que duró siglos.
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Su
amor por Antínoo fue tan grande que, hasta su muerte fue un hombre transido por
el dolor.
Pues
bien, yendo a nuestro tema, digamos que: Bajo los escombros de una puerta
monumental que llevaba dos milenios en silencio, un equipo de arqueólogos
turcos ha devuelto la vida a dos rostros que gobernaron el Imperio romano en su
momento de mayor esplendor territorial. En la antigua ciudad de Cibira, en el
suroeste de Anatolia, han reaparecido los restos de las estatuas
del emperador Adriano y de su esposa, la emperatriz Sabina, que permanecieron
enterrados durante casi 1.950 años bajo un amasijo de bloques de mármol.
El
hallazgo deriva de una excavación sistemática que la Universidad Mehmet Akif
Ersoy de Burdur lidera desde 2006. En los últimos años, el proyecto
arqueológico ha concentrado sus esfuerzos en desenterrar una de las estructuras
más singulares de la ciudad: la Puerta Monumental. En ese punto de Cibira no
solo han emergido ejemplares de arte romano de altísima calidad, sino
también una instantánea congelada de la catástrofe que sepultó la
antigua urbe hace siglos.
¿Cómo
desaparece del mapa una ciudad próspera? ¿Qué queda de sus gobernantes cuando
la piedra se derrumba? La respuesta a estas preguntas procede, en este caso,
del rostro sereno de un emperador que quizá nunca llegó a pisar el lugar que lo
honró a través del mármol.
Estatuas halladas en
Cibira. Fuente: YÖK
Cibira,
una ciudad anexionada por Roma que el tiempo sepultó
La
urbe de Cibira se alzaba en la actual provincia de Burdur, en la costa
mediterránea de Turquía. Pasó a manos romanas en el año 133 a. n. e., tras la
anexión del reino atálida a la provincia de Asia. Durante los siglos
siguientes, se convirtió en una ciudad
de cierta relevancia en el entramado administrativo romano de Anatolia.
Su
Puerta Monumental, uno de los pocos ejemplos de este tipo de arquitectura
conservados en la región, se distingue por las torres circulares que la
flanquean y por un paso central con tres arcos. Estaba situada en el punto exacto donde el camino procedente de la
necrópolis se adentraba en la urbe, un lugar pensado para impresionar a quien
llegaba. Las excavaciones, que comenzaron en 2025, encontraron la estructura
reducida a una pila de bloques desprendidos.
El
trabajo ha sido ingente. Los equipos han movido, clasificado y
catalogado alrededor de 2.500 bloques de piedra solo en esta zona de
la ciudad. El director de las excavaciones, el profesor Şükrü Özüdoğru, calcula
que se necesitará al menos otra temporada de excavación para completar el
desmontaje del conjunto, antes de iniciar la restauración definitiva de la
puerta.
Materiales escultóricos
de Cibira. Fuente: YÖK
Un
emperador reconstruido
Fue
en medio de todo ese mármol disperso donde se encontró una de las piezas
estrella del hallazgo: una estatua de Adriano de aproximadamente 2,14
metros de altura, tallada en mármol de las canteras de Afyon-İscehisar. La
escultura pudo reconstruirse gracias a un dato afortunado: entre los fragmentos
apareció una cabeza-retrato prácticamente intacta que, al cotejarla con un torso
armado hallado previamente, permitió reconstruir la figura casi por completo.
La
estatua representa al emperador con indumentaria militar. En su coraza se
distinguen los relieves de un león y un águila, símbolos habituales de poder y
protección imperial en el arte romano. Según Özüdoğru, los rasgos del rostro
confirman que se trata de Adriano, lo que convierte la pieza en un ejemplo
especialmente valioso, ya que las estatuas completas de este emperador son
relativamente escasas en Anatolia.
Los
expertos sitúan la talla hacia el año 130 de nuestra era, en pleno gobierno de
Adriano, quien llevó las riendas del imperio entre 117 y 138. Una hipótesis
plausible apunta a que la ciudad la habría encargado con motivo de una
posible visita imperial, siguiendo una práctica habitual en la época. Por el momento
no existe, sin embargo, ninguna prueba documental de que Adriano llegara a
pisar Cibira en persona.
Sabina
y los otros rostros que emergieron del derrumbe
Junto
al emperador apareció también una segunda figura, algo menos completa: la de su
esposa, la emperatriz Sabina. La estatua conserva porciones significativas
del cuerpo, aunque todavía faltan fragmentos que los arqueólogos esperan
localizar en próximas campañas. Su presencia junto a la de Adriano no es
casual, ya que ambos formaban parte del mismo programa escultórico pensado
para exhibirse en la parte superior de la puerta.
Excavación. Fuente: YÖK
Las
excavaciones sacaron a la luz una tercera estatua, la de otro emperador con
armadura, de unos 1,86 metros, además de una cabeza masculina de
apenas 30 centímetros y una figura femenina cuyo cuerpo apareció
partido en dos secciones. En total, la campaña de 2026 ha permitido
recuperar veinte fragmentos de estatuas.
El
terremoto que derribó a los dioses de piedra
¿Por
qué acabaron estas figuras hechas pedazos? La respuesta más probable, según el
equipo dirigido por Özüdoğru, es un terremoto ocurrido en el año 417, que
habría hecho caer las estatuas desde lo alto de la puerta y las habría
fragmentado contra el suelo. Ese instante de destrucción, paradójicamente, es
también el que ha permitido conservar los restos hasta hoy, protegidos bajo las
capas de escombros.
Una
vez completada su restauración, las cuatro estatuas se trasladarán
al Museo de Burdur, donde se expondrán al público. En Cibira, ya se habían
encontrado otras piezas notables, como un busto del dios grecoegipcio
Serapis y una estatua de Asclepio, el dios griego de la medicina.
Este
tipo de hallazgos cambia, en cierta medida, nuestra manera de imaginar cómo se
vivía la presencia del poder imperial en las provincias más alejadas de Roma, y
demuestra que aún se conservan capítulos enteros de la historia
antigua a la espera de ser desenterrados.
Bien, queridos amigos, me despido:
¡Hasta la próxima!
Fuentes
consultadas: Wikipedia y Muy Interesante.