Hace unos pocos días, estimados amigos, mis ojos, apenados, eran mudos testigos de un video con otro triste episodio en la avenida Kensington de Philadelphia, Estados Unidos, donde, como ustedes saben, pululan los sintecho y los drogadictos.
En un momento dado, el locutor que
acompañaba el video aportó un dato que trajo a mi memoria algo que habíamos
discutido en este foro hace algunas notas. Ese algo era el concepto que sostuve
en aquellas notas acerca de que, para mí, las etapas más importantes en la
formación de una persona eran las que incluyen la niñez y la pubertad.
-
¿Y qué fue lo que aportó
el locutor, Martín?
-
Pues, aportó una
estadística que han medido que dice lo siguiente: Una persona que prueba la
droga antes de los 13 años, tiene un 70% de probabilidad de volverse adicto en
los siguientes 7 años, o sea, entre los 13 y los 20 años.
Como pueden ver ustedes, probar la
droga en la niñez o pubertad tiene un alto riesgo de adicción posterior. ¿Por
qué? Porque es la etapa que marca al individuo; la etapa que le deja un sello
que, si no es indeleble, está cerca de serlo.
Dentro de lo lamentable del tema,
sentí una satisfacción de ver apoyada mi hipótesis con el dato.
Y, ya que estamos, les comento que mi
hipótesis de la edad importante para la formación, lejos está de ser una
novedad, como me mostraron estudios posteriores que realicé. Ya iconos del
sicoanálisis como Freud y Jung se habían referido al tema con los mismos
resultados. Veamos:
Carl Jung consideraba que las
experiencias vividas en la niñez y pubertad tenían un impacto significativo en
la formación de la personalidad y el desarrollo psicológico de una persona.
Según Jung, estos eventos tempranos pueden influir en la forma en que una
persona se relaciona con el mundo y con sí misma a lo largo de su vida.
Carl Jung
Creía que la infancia y la pubertad
son períodos críticos para el desarrollo del inconsciente personal, que es la
parte del inconsciente que contiene recuerdos, pensamientos y sentimientos
reprimidos u olvidados. Estos eventos pueden dejar una huella en el
inconsciente y afectar la forma en que una persona se comporta y se relaciona
con los demás en el futuro.
Además, Jung también creía en el
concepto de que la imagen mental que una persona tiene de sí misma y de los
demás se forma a partir de las experiencias tempranas con los padres y otros
cuidadores y puede influir en la forma en que una persona se relaciona con los
demás y en su capacidad para formar relaciones saludables.
En resumen, Jung consideraba que las
experiencias vividas en la niñez y pubertad son fundamentales para el
desarrollo de la personalidad y pueden tener un impacto duradero en la vida de
una persona.
Sigmund Freud también consideraba que
las experiencias vividas en la niñez y pubertad eran fundamentales para el
desarrollo de la personalidad y la formación de la psique. De hecho, Freud es
famoso por su teoría del "trauma infantil", que sostiene que las
experiencias traumáticas o estresantes en la infancia pueden dejar una huella
duradera en la psique y contribuir al desarrollo de neurosis y otros trastornos
psicológicos en la edad adulta. En la nota anterior, en la que hablamos del
tema, les traje el caso de sicópatas americanos que lo fueron gracias a esas
experiencias traumáticas en la niñez.
Freud creía que la infancia es un
período crítico para el desarrollo del yo y que las experiencias de esta época
pueden influir en la forma en que una persona se relaciona con los demás y con
sí misma a lo largo de su vida. También creía que los conflictos y deseos
reprimidos en la infancia, especialmente aquellos relacionados con la
sexualidad y la agresividad, pueden emerger en la edad adulta en forma de
síntomas psicológicos o comportamientos problemáticos.
En resumen, tanto Freud como Jung
consideraban que las experiencias vividas en la niñez y pubertad son
fundamentales para el desarrollo de la personalidad y la formación de la
psique, aunque cada uno tenía sus propias teorías y enfoques sobre cómo se producen
estos procesos.
Sigmund Freud
-
Padre, ¿Los animales
tienen consciencia?
La respuesta fue breve y categórica:
-
¡No! Los animales tienen
instinto.
Esta era, efectivamente, la idea que
se tenía en aquella época.
Así fue que mis ojos pecadores
recorrían el artículo que a continuación les entrego, de la página The
conversation, e inevitablemente trajo este recuerdo a mi memoria. El título
nomás ya es provocativo. Veamos:
Si los animales sienten y
piensan,
¿cómo cambia eso
las cosas?
¿Qué
nos hace humanos? Durante siglos, nos hemos creído una excepción, la única
especie capaz de pensar, sentir o planificar. Los demás eran simplemente
autómatas, criaturas movidas por reflejos y aprendizajes mecánicos, casi como
máquinas gobernadas por genes (he aquí la respuesta que me dio el sacerdote).
Sin embargo, la primatología cambió ese relato. Hoy en día sabemos que la
frontera entre humanos y primates no humanos es una línea borrosa y difusa. Y,
paradójicamente, al entender cómo piensan y sienten los animales, comenzamos a
comprender mejor nuestra propia mente.
De
máquinas a mentes
A
mediados del siglo pasado, el paradigma del animal autómata empezó a
desmoronarse. La evidencia no llegó desde un único frente, sino de una oleada
de trabajos pioneros en todo el mundo. En los años 1960 y 1970, figuras
icónicas como Jane Goodall, Dian Fossey o Biruté Galdikas se adentraron en las
selvas para estudiar y descubrir a nuestros parientes más cercanos.
Documentaron
a chimpancés que fabricaban y utilizaban
herramientas,
formaban alianzas complejas y mostraban empatía hacia sus compañeros. Conocimos
a gorilas de montaña que, lejos de ser criaturas agresivas, eran seres sociales
y sensibles, capaces de cuidar, jugar y llorar la pérdida de sus
crías; y orangutanes que, aunque solitarios, invertían largos e intensos
periodos en el cuidado y la crianza de sus pequeños, casi más que los propios
humanos.
Al
mismo tiempo, el español Jordi Sabater Pi, en sus estudios en
Guinea Ecuatorial, documentó que los chimpancés usaban bastones para excavar y
alimentarse de termitas, años antes de que esas imágenes llegaran a
las revistas internacionales y a los documentales de la BBC. Su cuaderno de
campo, repleto de bocetos y apuntes, es un recordatorio de que la curiosidad
científica no siempre habla inglés.
Empatía
ecológica
Al
otro lado del mundo, la primatología japonesa, liderada por Kinji Imanishi y Junichiro Itani, aportó algo más que
datos: Una filosofía. Mientras el observador occidental mantenía las
distancias, los japoneses propusieron la “empatía ecológica”: Dejar de observar
al sujeto de laboratorio para comprender al individuo dentro de su grupo y su
entorno.
La observación
sistemática de un grupo de macacos salvajes que lavaban patatas en una playa de la isla Koshima,
Japón, fue el origen de la disciplina que hoy denominamos primatología cultural. La cultura ya no
era un fenómeno solo humano: La capacidad para transmitir conocimiento de
generación a generación también formaba parte del repertorio de nuestros primos
evolutivos.
Primates
capaces de consolar a un compañero angustiado
Como
punto de partida de esa visión cultural, la primatología ha revelado que los
primates poseen una vida mental y emocional rica. Especialmente los grandes
simios –chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes– poseen una sorprendente
variedad de habilidades cognitivas. Pueden reconocerse en un espejo,
recordar eventos pasados y anticipar las acciones de otros. Son capaces de
consolar a un compañero angustiado –lo que denominamos compasión– o, cuando les
conviene, tratan de engañar a los demás.
Algunos
exhiben conductas propias de la tanatología, manteniéndose al lado del
cuerpo de un ser querido fallecido a lo largo de horas o días. Piensan y
sienten, aunque quizá no de la misma forma en la que nosotros lo hacemos.
Recordar
el pasado, anticipar el futuro, la autoconsciencia o imaginar lo que otro sabe
ya no son capacidades exclusivamente humanas. Los chimpancés negocian alianzas
políticas y se reconcilian tras los conflictos.
Tampoco
lo es la cooperación, ni tampoco el sentido de justicia. En cuanto a la
comunicación, su repertorio es asombroso: vocalizaciones con matices
emocionales, gestos intencionales y miradas que “dicen” más que muchas
palabras. Aunque no usen un lenguaje simbólico como el nuestro, utilizan —de
forma intencional— un amplio repertorio de gestos comunicativos en sus
relaciones sociales, con una complejidad que roza la conversación.
Lo
que nos diferencia
Aún
no sabemos hasta dónde llega su conciencia de sí mismos, su capacidad de
imaginar el futuro o de atribuir creencias falsas a otros, lo que en psicología
llamamos teoría de la mente completa. La lista de preguntas sin respuesta
incluye cuestiones como: ¿Comprenden realmente la muerte o solo la ausencia?
¿Pueden mentir de forma deliberada? ¿Tienen sentido del humor? ¿Experimentan
belleza o placer ante un paisaje? ¿Pueden distinguir entre el bien y el mal en
términos morales?
Y
es que hay rasgos que parecen exclusivos o, al menos, más desarrollados, en
nuestra especie. Nos referimos a la enseñanza deliberada, al lenguaje
simbólico, a la imitación compleja y a nuestra ontogenia cultural, en la que
cada generación recibe y modifica el saber de la previa. Desde una mirada neovigotskiana, podríamos afirmar que
los seres humanos no venimos al mundo con una mente propia, sino dentro de una
ajena: La de otros.
Nuevas
miradas a viejas preguntas
Las
modernas técnicas de investigación han abierto una ventana inédita al mundo
interior de los animales. Herramientas como el eye-tracking permiten registrar hacia
dónde dirigen la mirada los primates y, con ello, inferir cómo perciben y
procesan la información visual o social del entorno en el que viven.
Otras
aproximaciones, como el análisis automatizado de expresiones faciales, la
inteligencia artificial aplicada al reconocimiento de gestos o los proyectos
colaborativos internacionales como ManyPrimates, multiplican las posibilidades de explorar
su mente.
Ciencia,
ética e implicaciones prácticas
Estas
nuevas miradas no solo buscan conocer, sino también cuidar. Reconocer que otros
animales piensan y sienten no es únicamente un avance científico. Implica
aceptar que poseen intereses, emociones y necesidades psicológicas propias. Y
esa comprensión transforma también nuestra forma de actuar.
Hoy sabemos que la mente
necesita tanto estímulo como el cuerpo; que un entorno complejo, con desafíos,
relaciones y decisiones, es tan vital como la comida o la atención veterinaria.
En
los centros de fauna en cautividad, donde muchos de ellos viven, ya no debe de
hablarse solo de mantenimiento o cuidado, sino de ofrecer vidas con sentido: Permitirles
elegir, explorar, cooperar, vincularse y decidir.
Si
tienen mente, también tienen derechos a experiencias mentales plenas. Debemos
garantizar que puedan expresar su curiosidad, su juego, su afecto y su libertad
de elección. El bienestar psicológico no es un lujo, es una obligación moral y
científica.
-
¿Qué
tal? ¿Eh?
-
Ya
la respuesta de que es instinto no alcanza.
Y
Así llegamos a la tercera y última (por ahora) reflexión. Y, para ello, nos
remontaremos a la Inglaterra Victoriana. La Inglaterra Victoriana se refiere al
período de la historia británica que abarca desde 1837, cuando la reina
Victoria ascendió al trono, hasta su muerte en 1901. Este período se
caracteriza por una gran expansión económica, industrial y cultural, y se
considera una época de gran cambio y transformación en la sociedad británica.
Pero…,
la época victoriana se caracterizó por una moralidad muy estricta y rígida,
especialmente en lo que respecta a la sexualidad, la familia y la conducta
social. La sociedad victoriana valoraba la respetabilidad, la modestia y la
contención emocional.
-
La moralidad sexual era muy restrictiva, y se consideraba que la sexualidad
debía ser reprimida y solo utilizada para la procreación.
-
La mujer se esperaba que fuera virtuosa, modesta y dedicada a la familia.
-
La homosexualidad era ilegal (penada por la ley) y se consideraba una
perversión.
-
La pornografía y la prostitución existían, pero se mantenían en secreto.
- ¿Y por qué nos has
llevado hasta entonces, Martín?
- Pues, porque les voy a
hablar del marqués de Queensberry y del poeta Oscar Wilde.
El
marqués de Queensberry, John Douglas, es conocido porque tuvo una relación
significativa con el boxeo. En 1867, él y su amigo, el boxeador John Graham
Chambers, crearon un conjunto de reglas para el boxeo, conocidas como las
"Reglas del Marqués de Queensberry".
Estas
reglas, que se basaban en las reglas de London Prize Ring, introdujeron varias
innovaciones importantes, como:
-
El uso de guantes de boxeo
-
La división del combate en rounds de 3 minutos
-
El conteo de 10 segundos para un knockout
-
La prohibición de golpear a un oponente que esté en el suelo
Las
Reglas del Marqués de Queensberry se convirtieron en el estándar para el boxeo
moderno y todavía se utilizan hoy en día, con algunas modificaciones. El
marqués de Queensberry es considerado uno de los fundadores del boxeo moderno.
A
mayor abundamiento, digamos que el marqués de Queensberry, John Douglas, era el
padre de Lord Alfred Douglas, quien fue el amante de Oscar Wilde que, como
vemos, era homosexual en una mala época para serlo. La relación entre Wilde y
Douglas fue muy estrecha, y el marqués de Queensberry se opuso vehementemente a
ella.
Oscar Wilde
De
hecho, el marqués de Queensberry fue el que desencadenó el escándalo que llevó
a la caída de Oscar Wilde. En 1895, el marqués de Queensberry dejó una tarjeta
en el club de Wilde con una nota que decía "Para Oscar Wilde, que se
hace pasar por sodomita", lo que llevó a Wilde a demandar al marqués
por difamación.
Sin
embargo, el juicio se volvió en contra de Wilde, y él mismo fue arrestado y
condenado por "indecencia grave" (un término que se utilizaba en la
época para referirse a la homosexualidad). La relación con Douglas y la
oposición del marqués de Queensberry fueron factores clave en la caída de
Wilde.
La
historia de Oscar Wilde es una tragedia que sigue fascinando a la gente hoy en
día. Su relación con Lord Alfred Douglas fue una de las más famosas de la
historia, y su caída fue un golpe devastador para el mundo literario y
artístico de la época. Como vemos, la oposición del marqués de Queensberry a la
relación de su hijo con Wilde fue un factor importante en la tragedia que se
desarrolló.
Después
del juicio, la vida de Oscar Wilde se convirtió en una tragedia. Fue condenado
a dos años de trabajos forzados en la prisión de Reading, donde sufrió
condiciones terribles y fue sometido a trabajos duros.
En
la prisión, Wilde se hundió en la depresión y la desesperanza. Fue sometido a
un régimen de trabajo agotador y fue separado de sus amigos y familiares (tenía
mujer y dos hijos). La prisión de Reading era conocida por su dureza y Wilde no
fue una excepción.
Después
de cumplir su condena, Wilde fue liberado en mayo de 1897. Sin embargo, su
salud había sido gravemente afectada por la prisión, y se convirtió en un
hombre roto. Se exilió en Francia, donde vivió en la pobreza y la soledad.
Wilde
se reunió con Lord Alfred Douglas en 1897, pero la relación fue breve y
tumultuosa. Wilde murió el 30 de noviembre de 1900, a los 46 años, en el Hotel
d'Alsace en París, debido a una meningitis cerebral causada por una otitis
media crónica. Su última palabra fue "Mi papel tapiz y mi reloj".
A
pesar de la tragedia de su vida, la obra de Wilde sigue siendo ampliamente
leída y admirada hoy en día. Su legado como uno de los escritores más
importantes de la época victoriana se ha mantenido, y su vida y obra siguen
inspirando a artistas y escritores en todo el mundo.
-
Bueno,
pero, ¿Adónde nos lleva todo esto?
Nos
lleva a Alan Turing (1912-1954) matemático, lógico y científico de la
computación británico. Es considerado uno de los padres de la computación
moderna.
Alan Turing
-
Desarrolló la Máquina de Turing, un modelo teórico de computación que sentó las
bases para la creación de los ordenadores modernos.
-
Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó en Bletchley Park, donde contribuyó
a descifrar el código Enigma con el que los alemanes encriptaban sus mensajes
para las tropas del frente, lo que significó una importante ayuda a los Aliados
para ganar la guerra.
-
En 1950, propuso el Test de Turing, un método para determinar si una máquina es
capaz de pensar de manera inteligente.
-
Fue perseguido por su homosexualidad (que seguía siendo penalizada por la ley
británica) y se le obligó a someterse a un tratamiento hormonal para evitar la
cárcel. Hay que tener en cuenta que encarcelarlo no era una opción válida para
con un héroe que había ayudado significativamente a ganar la guerra. Es posible,
incluso, que la eliminación de la homosexualidad del código penal, como un
delito, se deba a su casoparticular.
-
Murió en 1954, a los 41 años, por envenenamiento con cianuro, en circunstancias
que se han considerado un posible suicidio.
Turing
es recordado como un pionero en la computación y la inteligencia artificial. En
2009, el gobierno británico se disculpó oficialmente por la persecución que
sufrió. Su vida se ha llevado al cine en la película "The Imitation
Game" (2014).
Y,
finalmente, lo que quiero destacar aquí es el llamado test de Turing con
el que el inglés nos dio una herramienta para determinar, como dije más arriba,
si una IA es realmente inteligente, ¿o tiene consciencia? Esa herramienta, el Test
de Turing consiste en lo siguiente:
El
método fue propuesto por Alan Turing en 1950 para determinar si una máquina es
capaz de pensar de manera inteligente, es decir, si puede simular la
inteligencia humana.
¿En
qué consiste el test?
1.
Un juez humano se sienta en una habitación con un ordenador.
2.
El juez interactúa con alguien ubicado en otra habitación, a través de un
teclado y una pantalla sin saber si habla con un humano o con una IA.
3.
La IA intenta convencer al juez de que es un ser humano.
4.
Si el juez no puede discernir si habla con una IA o con un ser humano, la IA ha
superado el test.
- Si, Martín, pero ¿Puede
una IA realmente "pensar" o solo simula pensar de acuerdo a lo que la
han instruido los programadores?
- Y nosotros, estimados
amigos, ¿Podemos realmente pensar o solo simulamos pensar de acuerdo a lo que
nos ha programado nuestra programadora, la madre Naturaleza?
Téngase presente que con
86.000.000.000 de neuronas nuestra sensación de pensar es muy vívida. A las IA
todavía no se las ha provisto de semejante cantidad de neuronas artificiales.
Pero, cuando podamos hacerlo, ¿No tendrán la misma profundidad que nosotros?
Por último, piénsese que
hay IAs que ya han superado el Test de Turing…
¡Les
dejo la inquietud!
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