Hace
ya muchas lunas, queridos amigos, cayó en mis manos una novela del autor inglés
que menciona el título de esta nota: Michael Burt (1900 – 1967). El libro tenía
el curioso título de: El Caso de las Trompetas Celestiales y les
confieso que me atrapó desde sus primeras páginas y, a partir de allí, lo
devoré. Luego me enteré que Burt es autor, entre otras cosas, de una saga
memorable conformada por tres novelas. La ya mencionada, El Caso de la
Joven Alocada y El Caso del Jesuita Risueño. Todas ellas
publicadas en la colección El Séptimo Círculo de Emecé, que dirigieran Jorge
Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.
Aparentemente, el género policial es al que pertenece esta trilogía pero, en rigor, aunque encajen en dicho género, también se las puede considerar teológicas y metafísicas. Les cuento que Burt era un experto en demonología y ciencias ocultas, al tiempo que un católico convencido.
Del
tríptico que he mencionado es quizás El Caso de las Trompetas
Celestiales la más destacada. Se trata de una historia de brujas que Burt aborda
con total seriedad intelectual.
Trata
de una aparente intriga policial que deriva en una aventura de carácter
sobrenatural, ambientada en las mesetas de Sussex.
Ahora
bien, dentro de esa aventura, juega un papel fundamental cierto personaje, cuya
naturaleza no llega a quedar absolutamente en claro. Lo que sí queda claro es
que cuenta con poderes sobrenaturales. Ese personaje se apellida Drinkwater, que
podría traducirse, sin mucho miramiento, como Bebeagua.
Pero,
nos informa Burt que Drinkwater no es único en su género ya que, al
referirse a casos parecidos al sucedido en Sussex, nos informa que, en uno
ocurrido en Francia participó un señor Boileau y en otro, ocurrido en
Italia, un señor Bevilacqua. Ambos apellidos con el mismo significado que
Drinkwater.
Este
tema de los apellidos nos lleva al siguiente punto de nuestra historia que nos
va a relatar el periodista Juan Luis Gallardo
Nos
cuenta Gallardo que:
Durante
los últimos meses de 1954 y primeros de 1955, Perón se hallaba en un conflicto
con la Iglesia que hubiera resultado impensable años antes. Impensable porque,
hasta entonces, las relaciones entre el gobierno peronista y la jerarquía
eclesiástica habían sido apacibles y hasta cordiales, armonizando la doctrina
justicialista con la doctrina social de la Iglesia.
Pero,
en el período mencionado, tales relaciones se rompieron, entre otras razones
debido a la presencia en el gobierno de varias figuras adversas al
catolicismo.
Una
de esas figuras fue el ministro de Acción Social y Salud Pública que, designado
el 27 de julio de 1954, estuvo en funciones hasta el 21 de septiembre de 1955.
Y contribuyó de manera importante a agravar el conflicto con la Iglesia cuando,
el 31 de diciembre de 1954, impulsó la reapertura de prostíbulos en el país.
Dicho ministro había nacido en Junín, en 1912, y se llamaba Raúl Conrado
Bevacqua, sinónimo de Bevilacqua.
Sobrevenida
la revolución del 16 de junio, Perón ofreció una tregua a la oposición,
que no tuvo mayor eco. Y, el 31 de agosto de aquel año, se despachó con un
discurso tremendo, en el cual invitó a que sus seguidores se proveyeran de
alambre de fardo para ahorcar adversarios, agregando que por cada uno de
aquéllos que cayera deberían caer cinco de éstos.
Contaba
alguien que, cuando Perón se dirigía al balcón para pronunciar ese discurso, se
le acercó Bevacqua diciéndole que tomara un calmante, pues se lo veía muy
agitado. Y, en vez de un calmante, le suministró un excitante. Que contribuyó a
aumentar la violencia del discurso.
No
tiene nada de malo llamarse Bevacqua. Pero, en el contexto apuntado y después
de leer El Caso de las Trompetas Celestiales, las coincidencias
señaladas aparecen al menos como sugestivas.
Curiosa
anécdota, en verdad.
Bien,
a continuación, quiero que ustedes saboreen el fino humor inglés de Burt con un
pequeño extracto de la novela, acerca de cómo confeccionar el famoso pudding de
Sussex.
Veamos
qué nos cuenta Burt a través del personaje protagonista de la novela llamado
Roger Poynings:
Para
preparar un Budín de Sussex según la receta de Old Gumber, deben reunirse los
siguientes ingredientes en una mesa de cocina bien fregada: Una cantidad de
fina harina de Petworth; un buen trozo de mantequilla de Amberley; un tazón de
grasa de vaca de óptima calidad, finamente desmenuzada; unos cuantos huevos muy
frescos; un recipiente muy grande de azúcar de Demerara; un limón
excepcionalmente hermoso; una botella de ron de Jamaica y su penúltimo
barrilito de coñac traído de contrabando. A continuación, entonando la
antífona Propitious esto, Domine, seleccionar los citados
ingredientes en sus proporciones correctas y preparar una masa con grasa muy
flexible, en cantidad tal que resulte abundante para todos los comensales.
Con
la mayor parte de esta masa, se recubrirá la budinera más grande que sea
posible hallar: Una budinera de porcelana, se entiende, y nada de esos
recipientes modernos de hierro esmaltado. Una vez generosamente recubierta la
budinera, se coloca en el medio una gigantesca esfera o bolo que tendrá como
núcleo el limón, entero y con cáscara, y luego una pared espesa de manteca
dura, fuertemente impregnada con ron. Esta esfera o bolo debe adaptarse bien
dentro de un grueso almohadón de azúcar morena, con más azúcar —montañas y
moles de azúcar— acolchándolo en todos sus lados y ocultándolo totalmente, de
modo que la budinera quede llena de azúcar hasta el borde. Luego de apretar
bien el azúcar y cuando se tiene la seguridad de no poder añadir ni un grano
más, se tapa la budinera con el resto de la masa de grasa, se envuelve todo en
una servilleta bien limpia, y se hierve durante dos horas y media, según el
reloj de la cocina.
Si
usted me pregunta ahora en qué punto intervienen los huevos y el coñac de
contrabando, me veré obligado a replicar que éste es un secreto que por ley y
por tradición sólo puede ser murmurado por labios oriundos de Sussex
directamente junto a oídos oriundos también de Sussex. Mucho menos es
permisible escribirlo, por temor de que algún celta depredador, o un nativo de
Kent se apodere de la receta y usurpe nuestra capacidad de hacer un excelente
Budín de Sussex, si bien es verdad que muy pocos entre estos bárbaros saben
leer, y si lo saben, sólo en caracteres de gran tamaño. Pero semejante
contingencia es demasiado terrible para que la contemplemos aquí.
Se
necesitará, más tarde, un litro o dos de crema muy gorda.
Bien,
es verdad, estimados amigos, que un hablante de otra cultura y otro tiempo
puede resultar algo chocante prima facie. Sin embargo, me atrevo a
recomendarles enfáticamente El caso de las trompetas celestiales y, para
hacerles la tarea fácil, les dejo, a continuación, un link a una página donde
la podrán leer online y gratis.
¡Disfrútenla!
https://es.readanybook.com/leer-libros-online-gratis/el-caso-de-las-trompetas-celestiales-737/
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