Christof nos hace un interesante recorrido por el concepto de alma a lo largo de la historia. Los dejo, entonces, en su docta compañía.
La idea de una esencia humana imperecedera es más antigua que la
filosofía occidental. Ya en las pinturas de las cuevas de Lascaux, situadas al
sudoeste de Francia y que datan de hace más de 15.000 años, el alma de los
muertos se representaba como un pájaro. El filósofo naturalista y místico de
los números Pitágoras de Samos (hacia 570-510 a.C.) fue uno de los primeros
pensadores occidentales en formular una teoría de la reencarnación y el
renacimiento, la cual ya contaba con una larga tradición budista e hinduista.
Los pensadores de la Grecia clásica hablaban de la psique, derivada de la palabra
en griego antiguo psyché («aliento»). En español, la palabra alma proviene del latín ánima, en referencia a un
«soplo vital». Por ello, exhalarlo implicaba la muerte. A diferencia del
alemán, que utiliza la misma palabra para referirse al alma y a la mente (Geist), el español usa un
vocablo para cada concepto. Las connotaciones de ambos son dispares, a pesar
del origen conceptual que puedan compartir.
En su diálogo Fedón o Sobre el alma, Platón (hacia 428-348
a.C.) describe cómo su mentor Sócrates (469-399 a.C.) argumenta en pro de la
inmortalidad e incorporeidad del alma después de beberse un vaso con la mortal
cicuta. El idealismo platónico se caracteriza por una representación del alma
que incluye la capacidad cognitiva: De esta manera, los humanos solo tienen
acceso a la esfera de las «ideas puras» a través de ella.
Por el contrario, Aristóteles (384-322 a.C), discípulo de Platón, se
refería a la psique como «principio vital», diferenciándola del intelecto, de
la mente (nous). La sede del alma solía atribuirse al
corazón. Solo el médico Alcmeón (finales del siglo VI - principios del siglo V
antes de nuestra era) reconoció el cerebro como órgano responsable del alma.
En la Edad Moderna influyó sobre todo Rene Descartes (1596-1650) con sus enseñanzas sobre dos sustancias: La
corporal (res extensa) y la cognitiva (res cogitans). Esta doctrina se conoce
como dualismo sustancial. Un enfoque actual y extendido de esta
idea es el dualismo de propiedades, según el cual lo mental consiste en un producto
o efecto secundario de los procesos neuronales. El filósofo australiano David
Chalmers es el principal representante de esta perspectiva.
La contracorriente más relevante del dualismo es el monismo. Esta
doctrina argumenta que todo es cuerpo y que el alma constituye otra manera
(subjetiva) de describirlo. El filósofo Daniel Dennett es un representante
destacado de este enfoque.
En todas las variantes de representación del alma que se han dado a
lo largo de diferentes épocas y culturas, ha predominado la idea de una esencia
inmortal en el concepto de sí mismo humano. Es ahora cuando más pensadores se
alejan de ella.
«A diferencia de
cualquier otra entidad empírica de la Naturaleza, la presencia de la mente le
resulta inmediatamente obvia a sí misma, pero le es opaca a todos los
observadores externos.»
—George Makari, Soul Machine, 2015
En contraste con entes materiales como un huevo, un perro o el
cerebro, consciencia, mente y alma son constructos históricos dotados de un
universo de significados religiosos, metafísicos, culturales y científicos y
acompañados de una batería de presunciones subyacentes, algunas enunciadas con
claridad, pero otras ignoradas por completo. Estos significados se van adaptando
a los tiempos a causa de guerras y revoluciones, catástrofes, comercio y
tratados, inventos y descubrimientos. George Makari, psiquiatra e historiador,
se propone arrojar luz sobre esta evolución histórica. En su reciente libro Soul machine: The
invention of the modern mind, publicado en noviembre
de 2015, describe cuan elusivas resultan las nociones de consciencia, mente y
alma, las cuales filósofos, teólogos, estudiosos y médicos buscan domeñar con
conceptualizaciones, definiciones, cosificaciones, negando o redefiniendo estos
términos a través de los tiempos para enfrentarse con el misterio de nuestra
vida interior.
Descartes, Locke y
Hobbes
La búsqueda sistemática de respuestas se remonta a Aristóteles
(384-322 a.C), considerado el primero de los biólogos, taxonomistas,
embriólogos y evolucionistas. En su Acerca del alma (De Anima) ofrece una
clasificación de los seres vivos y expone su noción del alma (psyché), que significa, para él,
la esencia de una cosa. Un organismo es definido por su alma. Todos los seres
vivos poseen almas, de cualidades peculiares. El alma vegetativa da cuerpo a la fuerza
vital, que diferencia a la materia viva (ya se trate de plantas, animales o
personas) de la inanimada (las piedras, por ejemplo). El alma vegetativa es
sostén de la nutrición, el crecimiento y la reproducción. El alma sensitiva, en cambio, faculta la
percepción a través de los sentidos, del dolor y del placer, de la memoria, la
imaginación y la emoción. Es común en los animales y los humanos. Tanto el
alma vegetativa como la sensitiva son corpóreas y, por consiguiente, mortales.
El alma racional, exclusiva de los humanos, es responsable
del intelecto, el pensamiento y el razonamiento. El alma racional constituye
la esencia del ser humano. Para Aristóteles, aunque el alma racional es
inmaterial, no puede existir con independencia del cuerpo. Es sabido que
Sócrates y Platón diferían de Aristóteles en este punto, pues abogaban por la
inmortalidad del alma una vez fallecido el cuerpo.
Tomás de Aquino (1225-1274), fraile dominico y filósofo escolástico,
volcó estas ideas clásicas griegas en moldes acordes con las doctrinas
cristianas, tesis que ejercieron una gran influencia durante la Edad Media.
Según Tomás, todo individuo humano se encuentra integrado por una terna de
almas: Un alma nutriente, común a todos los
organismos; un alma sensible (o apetitiva), característica de los
animales y las personas, y un alma racional, la cual es inmortal,
depositaría de los rasgos divinos de la humanidad y que eleva a la persona
sobre el mundo natural, material. El alma racional no podía enfermar, por su
cualidad de inmaterial, pero sí ser poseída por el Diablo o algunos de sus demoníacos
servidores. La medicina no podía sanar a los que sufrían esa fatalidad; en
cambio, la autoridad eclesiástica sí sabía ayudarlos. Salvaba las almas
inmortales de un modo u otro, como demuestra la muerte en la hoguera de decenas
de miles de brujas y brujos.
Esta filosofía tomista constituyó durante cuatro siglos la narrativa
intelectual dominante en la cristiandad, tanto de nobles como de campesinos.
Ofrecía alivio al fatigado y consuelo al moribundo; justificaba el derecho
divino y el poder absoluto de la monarquía. Sin embargo, las encarnizadas
guerras de religión entre cristianos que acontecieron durante la primera mitad
del siglo XVII, en nombre de la «única fe verdadera», llevaron a una generalizada
crítica de estas verdades recibidas.
Filósofos, sabios, médicos, escritores y revolucionarios de la
Ilustración inglesa, escocesa, francesa y alemana metamorfosearon a lo largo de
dos siglos el alma racional hacia un ente mecanicista, natural y desacralizado,
describe Makari. Este proceso engendró la psicología, la neurología y la
psiquiatría, así como nuestro conocimiento actual de que hemos evolucionado
desde los simios.
La superstición,
ejemplificada en la obra La bruja de Endor, de William Blake,
recibió críticas fulminantes de los filósofos de la Ilustración, entre ellos,
Rene Descartes, Tilomas Hobbes y John Locke.
Todo comenzó con Rene Descartes (1596-1650),
un francés solitario, y Thomas Hobbes (1588-1679), un inglés radical y sin
pelos en la lengua. Descartes es uno de los padres de la ciencia moderna: Vinculó
el álgebra y la geometría, con lo que nos legó las coordenadas cartesianas.
Sustituyó las apolilladas formas y causas finales de los escolásticos («la
madera arde porque existe en ella una forma inherente que busca arder») y las
sustituyó por causas mecánicas. En concreto, sostuvo que las acciones y los
movimientos de los animales y los humanos se deben a partículas de diversas
formas que chocan y se empujan entre sí y se mueven de un lado a otro. Nada más
y nada menos.
Descartes postulaba que todo cuanto existe bajo el sol está formado
por una de dos sustancias. Lo tangible y dotado de extensión espacial es res extensa («sustancia extensa»).
Lo intangible, lo que no puede verse y no posee extensión, es cosa pensante, res cogitans. Solo la sustancia
pensante faculta a los humanos para razonar, hablar y decidir libremente. El
dualismo cartesiano dividía al mundo en dos magisterios. Uno, el mecanicista,
debía ser el campo de juego de los filósofos experimentales, los precursores de
los científicos y clínicos modernos. El otro, el teológico, estaba destinado al
dominio del alma inmortal e inmaterial. De este modo, el filósofo francés amparaba
el dogma cristiano y la autoridad eclesiástica.
Esa dicotomía le supuso a Descartes la enemistad de Hobbes, autor del
famoso Leviatán, un osado manifiesto materialista que se
considera el fundamento de la filosofía política occidental. Para Hobbes, todo
estaba formado por materia. No había necesidad alguna de una sustancia pensante
especial. La materia podía pensar. El grueso del Leviatán es un argumento en pro
de la monarquía absoluta y no tanto de la autoridad religiosa, para prevenir
la sangría de las guerras de religión europeas (entre 1524 y 1648). No
obstante, Hobbes fue tenido por blasfemo y sus libros, quemados.
John Locke (1632-1704), filósofo y médico inglés, atribuyó al alma
racional un carácter más natural todavía en su Ensayo sobre el
entendimiento humano. Lo escribió en Holanda, durante el exilio, y se
publicó por vez primera en una edición abreviada en francés. El empirismo de
Locke contribuyó a convertir el alma en algo más cercano a la mente moderna, el
escenario de nuestra experiencia subjetiva. La mente se encuentra poblada de
ideas que proceden del exterior, de las sensaciones, puesto que, al fin y al
cabo, la mente al nacer es una hoja en blanco, una tabula rasa. Las ideas de Dios, de
la justicia, de las matemáticas o la idea del propio ser o de los objetos
cotidianos, trátese de útiles, máquinas, animales o personas, no son innatas.
Por el contrario, se aprenden por experiencia, por reflexión y por asociación.
El modo en que la mente podía llevar a cabo tales tareas constituía para Locke
un misterio, como también lo fue para Descartes, Hobbes y para todos los demás.
A la luz de la mecánica y la química de su época, resultaba inexplicable que la
mera materia cerebral pudiera pensar, razonar o hablar. Locke postuló que Dios
había implantado fuerzas activas en la materia cerebral.
Descartes, Hobbes, Locke, Baruch Spinoza y otros pensadores radicales
compartían el desprecio por la superstición. Makari cita una entrada del
diario de Locke: «Las tres grandes cosas
que gobiernan la humanidad son la razón, la pasión y la superstición. La
primera rige solo a unos pocos; las dos últimas las comparte la mayoría de la
humanidad y la poseen en sus cambios. Pero la superstición, con más poder,
produce el mayor daño». El «gran inquisidor», de Fyodor Dostoievski, a dos
siglos de distancia, comprendía perfectamente esta disposición mental: «Las tres únicas fuerzas capaces de
conquistar y conservar cautivas para siempre las conciencias de estos débiles
rebeldes, para su propia felicidad... son el milagro, el misterio y la
autoridad». Dos siglos después, en nuestros días, la humanidad sigue
combatiendo estas fuerzas.
En las postrimerías del siglo XVII, la mente había perdido
muchos de sus atributos celestiales y pasado a formar parte de la naturaleza.
Ahora podía sufrir las corrupciones que padece todo lo material: podía volverse
disfuncional, enfermar o sufrir melancolía (una dolencia de amplia difusión).
También podía ser falible y formar asociaciones equivocadas que conducían a
errores de cognición, lo que explicaría la creciente marea de fanáticos,
entusiastas y profetas religiosos: anabaptistas, metodistas, adventistas,
cuáqueros y otros autoproclamados mensajeros de la divinidad, que recorrían el
mundo predicando su especial interpretación de Dios y de la Biblia. Quizá no
era Dios quien hablaba por su boca, sino que, sencillamente, se engañaban. De
igual manera, tal vez los brujos no estuvieran posesos; tal vez solo fuesen
enfermos o locos. Y no tendrían que haber sido quemados.
Si las mentes de las personas podían desequilibrarse, ¿Sería posible
devolverles el equilibrio? ¿Podrían curarse? ¿De qué modo? ¿Encerrándolas en
manicomios? ¿Cómo distinguir a los locos de los excéntricos? Estas preguntas
apasionaron al Reino Unido a causa del estrafalario comportamiento del rey
Jorge III, el soberano que perdió las colonias americanas y cuya salud mental
provocó una crisis política por su locura y por el debate sobre cómo podría
devolvérsele el juicio. Todavía hoy suenan los ecos de estas controversias
sobre quién ha de ser culpado de los atentados en masa: Los individuos
perturbados, la posesión de armas o los factores culturales.
Siempre muy lentamente, con un sinfín de pasos atrás, conforme los
decenios sumaban un siglo y luego dos, las explicaciones religiosas de
comportamientos idiosincrásicos se convirtieron en explicaciones clínicas, con
sus asilos mentales concomitantes y sus médicos especialistas para tratar a
los afectados, quienes ya no eran considerados diablos ni seres tocados por
Dios, sino pacientes que necesitaban ayuda.
El astrónomo y filósofo prusiano Immanuel Kant (1724-1804) hizo más
que ningún otro para sondear y delimitar lo que la mente puede conocer y lo que
la razón puede deducir sobre el mundo. Con precisión de bisturí, sostuvo que
nuestra mente no podrá jamás penetrar la auténtica naturaleza de las cosas.
De espíritus y profanos
Las posesiones y los exorcismos habían servido de prueba visible de
la realidad del mundo espiritual. Si estas materias eran de carácter profano,
sujetas a la medicina y la razón, ¿Dónde quedaría la justificación divina de
los derechos absolutos de la monarquía?
Makari concluye a mediados del siglo XIX, con una semblanza de los
médicos Franz Joseph Gall (1758-1828) y su ayudante Johann Spurzheim
(1776-1832). Gall, basándose en la disección sistemática de cerebros humanos y
de animales, formuló una descripción materialista, concienzudamente
fundamentada, en la que el cerebro era, en exclusiva, el órgano de la mente; un
órgano que no es homogéneo, sino un agregado de partes y, en consecuencia, de
diferentes «funciones». Sostenía que su número era 27, asignadas una por una a
distintas regiones del cerebro. Cada individuo hereda un conjunto peculiar de
órganos, algunos más pequeños, otros más grandes, lo cual explica las
diferencias entre unos y otros. Estas teorías, que veían en el cerebro una
máquina para producir pensamientos y recuerdos, chocaban con los sentimientos
religiosos y la moralidad pública de su tiempo. Al final, el médico tuvo que
abandonar su Viena natal y establecerse en el París posrevolucionario.
Gall y Spurzheim aseguraban que a partir de los detalles de
curvatura, forma y tamaño del cráneo podían inferir el tamaño e importancia del
órgano subyacente y diagnosticar el carácter mental del individuo examinado.
Su método frenológico adquirió una inmensa popularidad, pues era del agrado de
la creciente clase media gracias a su apariencia científica, refinada y
moderna. La frenología se empleó para clasificar a criminales, lunáticos y
eminencias; también a los famosos (o infames). No obstante, la técnica acabó
sin el prestigio de un método científico serio; poco a poco fue languideciendo
hasta comienzos del siglo XX.
Aunque no existe relación discernible entre la morfología externa del
cráneo y el tamaño y la función del tejido neural subyacente, la insistencia de
Gall sobre la ubicación de funciones cognitivas específicas en la corteza
cerebral encontró apoyo en 1848, en los trabajos del neurólogo parisino Paul
Broca (1824-1880). Este médico expuso un caso de referencia: Un paciente incapaz
de hablar, con la curiosa excepción de que solo podía pronunciar la sílaba tan. Se demostró que el cerebro
del enfermo (quien se acabaría conociendo en la literatura médica como
«Tan-Tan») había sufrido una lesión en el lóbulo frontal izquierdo. Broca
dedujo que la función del habla se encontraba en estrecha relación con dicha
región. El análisis de un segundo paciente reforzó su convicción de que un área
circunscripta de la corteza cerebral (el giro frontal inferior izquierdo, hoy
llamada área de Broca) era responsable del habla productiva, la conducta humana
por excelencia.
De Descartes al paradigma computacional
Las ideas cartesianas arraigaban en la incapacidad del filósofo
francés para concebir procedimientos y mecanismos que explicasen la
inteligencia, el razonamiento y el lenguaje. Nadie en el siglo XVII podía
soñar que la aplicación automática («sin mente») de una infinidad de
instrucciones, minuciosamente detalladas y ejecutadas paso a paso (lo que ahora
llamamos un algoritmo pudiera conseguir que una máquina computadora jugase al
ajedrez, reconociese rostros, etiquetase fotografías o tradujese páginas de
Internet. Descartes tuvo que apelar a una sustancia misteriosa, etérea, que, de
alguna nebulosa manera, efectuaba el pensar y el razonar.
En la moderna concepción de la mente computacional, todo contenido
sobrenatural ha sido lixiviado por el baño ácido de la Ilustración: Si no hay
cerebro, no hay mente. No obstante, nuestra comprensión del entramado de
consciencia, mente y alma no ha alcanzado en absoluto su definitivo apogeo.
Seguirá evolucionando a la par que científicos, clínicos y filósofos, a quienes
recientemente se han sumado ingenieros, buscan una talla cada vez más precisa
de sus articulaciones naturales, por usar una hermosa metáfora platónica.
Hasta aquí Christof. Espero que su exposición les haya interesado y, como dije al comienzo, en futuras notas iremos aportando más opiniones.
¡Hasta la próxima!