domingo, 16 de febrero de 2025

Las ideas políticas a lo largo de la historia - 3

Bien, queridos amigos, dejamos el período chino para adentrarnos, ¡cómo no!, en el período griego. Y me voy a apartar, hasta una próxima nota, del libro que nos guía, Antología de las Ideas Políticas de Bouthoul y Ortuño, que comienza con Tucídides, para hacerlo con un admirado mío: El polímata Demócrito de Abdera (hacia 460-370 antes de nuestra era, a.n.e.).


Demócrito logró dominar y sintetizar todo el saber de su época. Era un hombre de un genio uni­versal, como en el siglo siguiente lo fue Aristóteles. También como éste, era De­mócrito al mismo tiempo físico y filósofo o, como entonces se decía, sofista; y en ambos territorios alcanzó cotas muy elevadas.

Sus innumerables escritos comprendían todas las ramas de la ciencia de aquel tiempo: Matemática, astronomía, geografía, medicina, biología, físi­ca, teoría del conocimiento, ética, filología, teoría del arte.

Fue uno de los primeros pensadores que, buscando una explicación a la constitución de la materia, estableció lo que se conoce como atomismo. Al hacerlo, continuaba el pensamiento de sus maestros Anaxágoras y Leucipo. Según esta idea, la realidad está formada tanto por infinitas partículas, indivisibles, de formas variadas y siempre en movimiento, los átomos (del griego antiguo ἄτομοι, lo que no puede ser dividido), como por el vacío. Así, Demócrito afirma que existe tanto el ser como el no-ser: El primero está representado por los átomos y el segundo, por el vacío, que existe no menos que el ser, siendo imprescindible para que exista movimiento.

Ahora bien, me interesa detenerme en la Ética de Demócrito, que muestra con claridad su pensamiento y se aplica a la Ciencia Política como una piedra basal. Veamos, sostenía Demócrito que:

1. El derecho del más fuerte es fundado en la Naturaleza; pero viene limitado por el orden del Estado, de cuya consistencia depende toda nuestra bienandanza e infortunio.

Es decir, Demócrito nos dice que, liberados los hombres de toda norma de justicia, de toda ley, prevalecerá el derecho del más fuerte. Y se desprende de su pensamiento que el Estado tiene la función primordial de ir en contra de esta tendencia natural, estableciendo una igualdad entre los hombres, regida por la Justicia.

Podemos observar la Naturaleza y descubrir, por ejemplo, que en las familias o clanes de nuestros primos los primates, rige exactamente la visión de Demócrito. El puesto de liderazgo, el macho alfa, es el que se impone por la fuerza. Y esto, solo para no hablar de nosotros los humanos que hacemos uso de la fuerza permanentemente, aunque, claro está, en general, de forma más disimulada.

Ahora bien, además de la aguda sentencia de Demócrito, tenemos también el aporte de otro filósofo griego, Zenón de Elea, famoso por las paradojas que planteaba, como la de Aquiles y la tortuga. Zenón, en el siglo V antes de nuestra era (a.n.e.), nos dijo que: Si un pueblo puede sojuzgar a otro, tiene derecho a hacerlo. Dicho así, esto parece algo inaceptable: ¿Derecho a sojuzgar a otro?

Pues bien, para esclarecer la verdad que se esconde detrás de estos asertos, invitaré a la charla a un tercer griego. Se trata, precisamente, del historiador y militar ateniense Tucídides (Antigua Atenas, c. 460 a.n.e. - Tracia, c. ¿396 a.n.e.?), aunque no todavía, como queda dicho, con lo que menciona de él nuestro libro guía.

Su obra Historia de la guerra del Peloponeso narra la historia de la guerra que, en el siglo V a.n.e., involucró a Esparta y Atenas. Tucídides ha sido considerado como el padre de la historiografía (arte de escribir o investigar la historia mediante el análisis crítico de las fuentes, o sea, es el estudio científico de la historia), debido a sus estrictos estándares de recopilación de pruebas y de sus análisis en términos de causa-efecto sin referencia a la intervención de dioses, tal y como él mismo subraya en su introducción a su obra. ​

También ha sido considerado el padre de la escuela del realismo político, que valora las relaciones entre las naciones en función de su poder, y no en razón de la justicia. Su texto todavía se estudia en academias militares avanzadas de todo el mundo, y el Diálogo de los melios continúa siendo una importante obra en el estudio de la teoría de las relaciones internacionales.

Dejemos que el propio Tucídides nos narre el diálogo de marras:

“En el transcurso de su conflicto con Esparta, los atenienses quieren destruir la isla de Melos, tradicional aliada de sus enemigos, aunque en este conflicto se haya mantenido neutral. Con ese objetivo en mente, los atenienses dicen a los melios lo siguiente:”

“– No os vamos a aburrir con discursos largos convenciéndoos de que nosotros tenemos el derecho de hacer lo que hacemos porque hemos vencido a los persas o intentando demostrar que nos habéis provocado. Nada de eso. Simplemente os decimos que o bien os sometéis, o bien os destruimos.”

“Los melios se niegan, por orgullo y sentido de la justicia, pero los atenienses les contestan que los principios de la justicia rigen sólo entre contendientes de fuerzas iguales, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan.”

“Los melios, puesto que no pueden apelar a criterios de justicia, responden siguiendo la misma lógica del adversario y se remiten a criterios de utilidad, intentando convencer a los invasores de que, si Atenas saliera derrotada de la guerra contra los espartanos, correría el riesgo de tener que soportar la dura venganza de las ciudades atacadas injustamente, como Melos.”

Los atenienses responden que están dispuestos a asumir ese riesgo. "Pero, lo que ahora queremos demostraros es que estamos aquí para provecho de nuestro imperio y que os haremos unas propuestas con vistas a la salvación de vuestra ciudad, porque queremos dominaros sin pérdidas y conseguir que vuestra salvación sea de utilidad para ambas partes.”

“A esto los melios aducen ¿Y cómo puede resultar útil para nosotros convertirnos en esclavos, del mismo modo que para vosotros lo es ejercer el dominio? Y los atenienses responden: Porque vosotros, en vez de sufrir los males más terribles, serías súbditos nuestros y nosotros, al no destruiros, saldríamos ganando.”

“Tenaces, los melios, en busca de una solución, proponen ser amigos en lugar de enemigos, sin ser aliados de ninguno de los dos bandos. Los atenienses, a su vez, responden aplastantemente: ¡No! Porque vuestra enemistad no nos perjudica tanto como vuestra amistad que, para los pueblos que están bajo nuestro dominio, sería una prueba manifiesta de debilidad, mientras que vuestro odio se interpretaría como una prueba de nuestra fuerza. Nos tendréis que perdonar, pero es que nos conviene más someteros que dejaros vivir, dado que así seremos temidos por todos.”

“Los melios les dicen que no piensan resistir a su poderío pero que, a pesar de todo, tienen confianza en no sucumbir porque, siendo devotos de los dioses, se oponen a la injusticia. ¿Los Dioses? responden los atenienses, desde luego que con nuestras exigencias y nuestras acciones no hacemos nada que vaya contra la creencia de los hombres en la divinidad y, además, estamos convencidos de que tanto el hombre como la divinidad, si se encuentran en una posición de fuerza, la ejercen, por un inexorable impulso de la naturaleza. Y no somos nosotros quienes hemos instituido esta ley ni fuimos los primeros en aplicarla una vez establecida, sino que la recibimos como ya existente y la dejaremos en vigor habiéndonos limitado a aplicarla, convencidos de que vosotros, como cualquier otro pueblo, harías lo mismo, de encontraros en la misma posición de poder que nosotros.”

“En definitiva, los melios no cedieron y los atenienses iniciaron un largo asedio que finalmente venció su resistencia. Los vencedores ingresaron en la ciudad y Tucídides nos dice que: Mataron a todos los melios adultos y redujeron a la esclavitud a sus hijos y mujeres.”

¡Impresionante el relato de Tucídides! Y deja mucha tela para cortar, por ejemplo, el argumento de los atenienses de que: los principios de la justicia rigen sólo entre contendientes de fuerzas iguales, mientras que, en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan.

La moraleja de esta historia, tal como adelantan los atenienses, es que, el verdadero derecho, el único que existe provisto por la Naturaleza, es el derecho del más fuerte. Así pues, debe ser especialmente tenido en cuenta por cualquier político pues surge en forma natural. Todo lo demás, las constituciones, las leyes, etc. son constructos del hombre para morigerar el único y verdadero derecho: ¡El del más fuerte!

Bien, después de haber leído la fría y contundente exhibición que del derecho del más fuerte hicieran los atenienses (y que Tucídides guardara para nosotros de forma tan precisa), nos preguntamos si, con el paso de los siglos, el homo predator, mejoró o no en lo que a este tema concierne.

Para ello, de la miríada de ejemplos disponibles, nos centraremos en uno del cual, el tiempo transcurrido desde entonces permite conocer sus detalles a la perfección.

Europa, 1938. Desde su ascenso al poder, Adolf Hitler acaricia el proyecto del Anschluss, la unión de Austria y Alemania que haría de él, y en su propio provecho, el restaurador del Sacro Imperio Romano Germánico. Luego de diversas presiones diplomáticas y, ante el temor de un apoyo franco-británico a una Austria amenazada en su independencia, el 11 de marzo de 1938, Hitler dirige al gobierno austríaco un ultimátum de capitulación. Francia e Inglaterra no toman ninguna medida, ni siquiera de carácter diplomático. Abandonado por todos, el canciller austríaco dimite y su reemplazante pide a las tropas alemanas que entren en Viena para restablecer el orden.

Sin perder un solo soldado, Hitler había conseguido sus propósitos. Sin embargo, aún quedaban tres millones de alemanes fuera del Reich habitando los sudetes en la vecina Checoslovaquia.

La República de Checoslovaquia fue creada por los tratados de paz, odiados por los alemanes, que se firmaron después de la Primera Guerra Mundial, en 1918. Con el pasar de los años, desde su fundación, se había transformado en el estado más próspero y progresista de Europa Central.

Ahora bien, no todo era bienandanza en Checoslovaquia ya que padecía un problema interno desde su creación: El de las minorías que lo poblaban. En ella vivían 1.000.000 de húngaros, 500.000 bielorusos y 3.250.000 alemanes en los sudetes. Gentes que miraban con nostalgia sus respectivas madres patrias.

Así pues, Hitler decidió anexar al Reich la zona de los sudetes con el pretexto de que los habitaba sangre alemana, si bien los sudetes nunca habían pertenecido al Reich, sino a Austria. Sin embargo, había un inconveniente, los tratados de asistencia mutua entre Checoslovaquia y Francia e Inglaterra.

Alemania comenzó entonces una fuerte y persistente presión diplomática persiguiendo la anexión jugando hábilmente con la sombra de la guerra en una Europa que acababa de salir de una y lo que menos deseaba era caer en otra. Del otro lado hay que rescatar la figura de Neville Chamberlain, el Primer Ministro inglés, quien, munido de las mejores intenciones para preservar la paz, participó activamente en negociaciones con el líder alemán con ese fin.

Así las cosas, se llegó a la famosa “cita de Munich” en la cual se iba a decidir, finalmente, qué se haría con los sudetes. Los asistentes a esta última oportunidad fueron Chamberlain por Inglaterra, Daladier por Francia, Hitler y Mussolini que se había plegado a último momento. ¿Y por Checoslovaquia? La principal interesada no estaría presente en la reunión en la que se decidiría su futuro porque Hitler se opuso terminantemente a ello. Como una especial concesión a Chamberlain que abogó para que los checoslovacos estuvieran, Hitler permitió que lo hicieran en la habitación contigua.

Y así, a las diez de la noche, los incrédulos enviados checoslovacos fueron informados por un funcionario británico de las zonas sudetes que debían ser inmediatamente evacuadas por los checos. Desde luego, estos intentaron protestar, a lo que el funcionario les dijo: Esto es lo mejor que pudimos hacer por ustedes, si no lo aceptan, deberán enfrentar el problema solos.

Hasta aquí, los hechos. Para la interpretación de los hechos, contamos con la ayuda de los atenienses, inmortalizados por Tucídides. Veamos:

Dicen los atenienses: Los principios de justicia rigen solo entre contendientes de fuerzas iguales. Los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan.

Como puede apreciarse, qué era lo justo y qué no, lo decidieron contendientes de fuerzas iguales: Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. Y determinaron lo posible, lo que había que hacer. El débil, en este caso Checoslovaquia, solo tuvo la alternativa de aceptar lo que decidieron los fuertes.

Es decir, el mismo curso de acción de lo sucedido entre atenienses y melios. Esto quiere decir que, veinticuatro siglos después de la guerra del Peloponeso, se repite la misma historia. Y este es UN ejemplo, no EL ÚNICO EJEMPLO.

De modo que, para nuestra serie de las ideas políticas a lo largo de la historia, es importante destacar la fundamental importancia del derecho del más fuerte que rige las relaciones entre los hombres y entre los países, aunque lo haga solapadamente la mayoría de las veces.

O sea que el homo predator profundizó grandemente la disciplina de la Moral y la Ética… ¡En los libros! En los hechos… ¡Sigue siendo siempre el mismo!

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