domingo, 19 de enero de 2025

Acerca de los muchos dioses

El número exacto de dioses creados por el ser humano desde la antigüedad es incalculable, ya que varía según las culturas, épocas y creencias personales. Sin embargo, se estima que existen alrededor de 4.000-5.000 deidades distintas documentadas.

Desde que el hombre cazaba en forma solitaria o recolectaba frutos en familia, tenía la necesidad de creer en algo: un dios, un mito, un ritual y más.

Cada cultura humana conocida tiene su mito de la creación. Algunas encuestas sugieren que hasta el 84% de la población mundial es miembro de grupos religiosos o dice que la religión es importante en su vida.

¿Pero desde cuándo el hombre comenzó a creer en algo sobrenatural? Los etnógrafos más reconocidos afirman que los primeros humanos vivían en sociedades pequeñas, donde el comportamiento inmoral era expuesto enseguida. Pero al constituirse las sociedades en grupos cada vez más grandes y al establecerse en lugares estables, la inmoralidad era difícil de percibir.


La nueva hipótesis de "dioses moralizantes" ofrece una solución a ambos enigmas al proponer que la creencia en agentes sobrenaturales moralmente preocupados evolucionó culturalmente para facilitar la cooperación entre extraños en sociedades a gran escala.

Para develar un poco este rompecabezas histórico, científicos de distintos países se unieron en una investigación publicada en Nature, donde codificaron sistemáticamente registros de 414 sociedades que abarcan los últimos 10.000 años de 30 regiones de todo el mundo, utilizando 51 medidas de complejidad social y 4 medidas de cumplimiento sobrenatural de la moralidad. En total analizaron 47.613 registros.

La investigación llevada adelante por un equipo de científicos de las universidades de Oxford, Connecticut y Keio, en Fujisawaen, trabajó con la base de datos Seshat: Global History Databank, un archivo de más de 300.000 registros con información sobre "complejidad social y religión".

Dioses y sociedad

"Nuestros análisis no solo confirman la asociación entre los dioses moralizantes y la complejidad social, sino que también revelan que los dioses moralizadores siguen, en lugar de preceder, grandes aumentos en la complejidad social", aseguró el científico Peter Turchin, investigador en la Universidad de Connecticut y coautor del estudio.

Y agregó: "Durante siglos se debatió por qué los humanos, a diferencia de otros animales, cooperan en grandes grupos de individuos no relacionados genéticamente. Las respuestas eran por la agricultura, la religión y la guerra. Para nuestra sorpresa, nuestros datos contradicen fuertemente la hipótesis de la etnografía tradicional que sostiene que los dioses moralizantes son necesarios para permitir la aparición de las grandes sociedades", indicó Harvey Whitehouse, investigador en la Universidad de Oxford.

"En casi cualquier región del mundo de la que tenemos datos, los dioses moralizantes tendieron a seguir, no a preceder, a los crecimientos de la complejidad social. Fueron los rituales religiosos los que ayudaron a crear una identidad colectiva y un sentimiento de pertenencia, que actuaron como un pegamento social y que ayudaron a que la gente de estas sociedades cooperase", destacó Whitehouse en una nueva teoría respaldada por sus estudios, afirmando que las identidades colectivas son más importantes para facilitar la cooperación que las creencias religiosas.

Así, también indicaron que contrariamente a las predicciones anteriores, los poderosos "grandes dioses" moralizantes y el castigo sobrenatural prosocial tienden a aparecer solo después del surgimiento de "megasociedades" con poblaciones de más de un millón de personas. Los dioses moralizantes no son un requisito previo para la evolución de la complejidad social, pero pueden ayudar a sostener y expandir complejos imperios multiétnicos una vez que se hayan establecido.

"En contraste, los rituales que facilitan la estandarización de las tradiciones religiosas en grandes poblaciones generalmente preceden a la aparición de los dioses moralizantes. Esto sugiere que las prácticas rituales eran más importantes que el contenido particular de las creencias religiosas para el aumento inicial de la complejidad social", concluyeron.

Para Patrick Savage, investigador en la Universidad Keio en Fujisawa, Japón y autor del estudio: "Una vez que las sociedades alcanzaron un tamaño de alrededor de un millón de habitantes, los dioses moralizantes llegaron para estabilizar la cooperación entre personas con diferentes lenguas, etnias y trasfondos culturales".

Los autores atribuyen que ya en la Dinastía II, en Egipto, el dios del Sol, Ra, actuó como el primer dios moralizante que mediante el uso de un código conocido como maat, representaba "lo que es correcto". Luego de Ra le siguió Shamash, en la dinastía Akkad, en la actual Irán, que castigaba a los "injustos", a aquellos que mentían o robaban.

También expusieron el caso del Antiguo Reino de Hatti, en la actual Turquía y ya en la Edad Contemporánea, "pasando por la dinastía Zhou, en China, el imperio aqueménida, la república romana, la confederación islandesa o el imperio inca".


Y hablando de los egipcios, quisiera exponer a su aguda consideración de ustedes una breve historia de uno de los tantos "inventores de dioses": Amenophis IV.

La reina Teye, esposa de Amenophis III

Cuando Amenophis III cerró los ojos, hacia el año 1375 antes de nuestra era (a.n.e.), subió al trono su sucesor, el cuarto de la serie, hijo del anterior y de su esposa Teye. Tan pronto como se sentó en el trono, el joven faraón —que por en­tonces tenía veinticinco o veintiséis años— se mostró muy poco dispuesto a tolerar la oprimente tutela del clero de Amón y se dispuso a reformar la religión egipcia y a dar una nueva fe a su pueblo. Comenzó por hacerse coronar en el templo de Ra en lugar de hacerlo en el templo tebano, como era lo usual de sus antepasados, y continuó organizando, poco a poco, una religión totalmente nueva en torno a un Dios absolutamente secundario hasta ese momento: Atón, Dios del disco solar. Su figura asume el carácter de Dios único, inmaterial e interesado en todos los pueblos y no solamente en los egipcios.

Desde hacía más de un milenio, el Dios Horus, de Heliópolis, cerca de la actual Cairo, representado con cabeza de halcón, el Re-Harajte (o Re-Harakhte, o Re-Harakhty, o Ra-Harakhte, según las distintas grafías y pronunciaciones), era el Dios principal de Egipto y propiamente el Dios del Imperio. Pero cuando, a principios del Imperio nuevo, Tebas fue nombrada capital, el Dios Amún-Re (o Amón-Ra, según las distintas grafías y pronunciaciones), procedente de Hermúpolis y ado­rado desde el Imperio medio, vino a situarse al frente de las deidades egipcias En su nombre, emprendieron Thutmosis y Amenofis las grandes guerras en Nubia y en Siria. A Amún-Re fueron construidos santuarios en las comarcas ­conquistadas y a sus templos en Tebas correspondió la mayor parte del botín. La actual Kárnak era la sede principal de su culto. El santuario que le había sido construido ya en el Imperio medio y que llevaba el orgulloso nombre de «Trono del mundo», recibió una grandiosa ampliación en la primera mitad de la dinastía XVIII y llegó a ser, por así decirlo, el templo de todo el Imperio egipcio. Amún-Re fue el Dios nacional del nuevo imperio, el afortunado competidor del antiguo Re-Harajte.

Horus o Re-Harajte

Los sacerdotes de Heliópolis no consideraban sin disgusto la debilitación de su influencia religiosa y política. Esperaban impacientes una ocasión para lograr la caída del «rey de los Dioses”, Amún-Re y devolver al antiguo Dios de Heliópolis la posición que había perdido. Esta ocasión se presentó al subir al trono Amenofis IV. No es inve­rosímil que éste, quizá bajo la influencia de su madre Teye, estuviese antes de su adveni­miento al trono en relación con los sacerdotes de Heliópolis y se convirtiese a la doctrina que éstos enseñaban sobre la unidad de esencia de los Dioses y la po­sición preeminente de Re-Ha­rajte. Fue probablemente incluso gran sacerdote de Re-Harajte y ostentó este título en la lista de sus dignidades.


Tan pronto como subió al trono se declaró seguidor del Dios de Heliópolis y, aún más, elevó a Re-Harajte a la categoría de Dios principal, dán­dole un nombre especial, «Vive Re, el Horus de las dos monta­ñas luminosas, el que se deleita en la montaña de luz, en su nombre de Schu, que es Atón». En lugar de este nombre, largo, detallado y sin duda poco com­prensible para los antiguos egip­cios, se designó al Dios con un nombre que por entonces se usaba con frecuencia, «Atón», es decir, Sol.

Junto a Atón, entonces, se continuó el culto de los antiguos Dioses y, en el año sexto del reinado, se dio el último y decisivo paso: La adoración de Atón fue con­vertida en religión del Estado, los antiguos Dioses quedaron abolidos, sus nom­bres y sus imágenes fueron destruidos y en todo el país fueron cerrados sus templos. En primer término, la persecución se enderezó contra Amún y todo lo que con este Dios tuviese relación. Una cuestión quedaba por solucionar, el fanático del nuevo Dios llevaba un nombre en el cual estaba incluido el nombre odiado de Amún. Esto es así porque Amenophis es la versión griega del nombre egipcio Amenhotep, que significa Amón está satisfecho. De este modo, el faraón decidió cambiar de nombre y adoptar uno nuevo. Y tomó el de «Ejnatón» (o Akhenatón, según las distintas grafías y pronunciaciones), es decir, grato a Atón.

Amenophis IV

Ejnatón también rompió con la tradición antigua en las formas del culto. El nuevo Dios se representaba al principio todavía como hombre con cabeza de halcón y con el disco solar sobre la cabeza. Pero ahora, en la religión monoteísta del Es­tado, se suprimió toda representación personal de la deidad y se anuló toda ima­gen del Dios. La adoración se dirigía tan sólo al astro solar visible y radiante y se lo representaba como un disco que dilata sus largos rayos, terminándolos en manos.


Para poder servir con todo celo a su nuevo Dios, el faraón concibió la resolución de abandonar con su Corte la ciudad de Tebas donde, desde antaño, todo estaba en relación con Amún. A 450 kilómetros más al sur, a mitad de camino entre Menphis y Tebas, fundó una nueva capital, en el distrito que ahora se llama Tell-el-Amarna, a la que llamó Akhet-Atón, «Horizonte del disco solar». La misma fue consagrada como comarca sagrada a Atón. Toda la región delimitada por mojones de piedra había de pertenecer a Atón, con toda la tierra laborable, la montaña y el desierto, los hombres y los animales; todo, en suma, lo creado por el Dios Sol. La nueva capital fue planeada en gigantescas dimensiones. Habían de ponerse, por lo menos, cinco templos al servicio de Atón y además palacios suntuosos para el faraón y su familia.

Con la nueva religión emprendió también un arte nuevo su marcha victoriosa. Los promotores y creadores espirituales de este arte fueron el faraón y sus cortesanos. La religión de Ejnatón no es nada nuevo, sino un producto na­cido de la religión antigua. Sin embargo, un nuevo espíritu se manifiesta en este arte, una tendencia hacia la naturalidad y la verdad, que se expresa en primer término en la representación del faraón. Ya no es el semidiós idealizado, substraído a la realidad, el faraón, por decirlo así, puro de las ante­riores representaciones. Ahora vemos a Ejnatón reproducido con la fidelidad de un retrato en todas las particularidades de su cuerpo, nada hermoso. También se nota en las representaciones de los hombres y de los animales una mayor libertad de dibujo, en la cual creemos rastrear la influencia del arte cretense micénico. También se modificó la estructura de los templos que ya no se construyeron con pequeños aposentos cerrados, sino dejando amplios espacios abiertos donde pudiesen entrar los rayos del sol.

Poco sabemos acerca de lo que sucedió en Amarna y en el resto de Egipto después del cambio de capital. Indudablemente, Ejnatón fue sumergiéndose cada vez más en su religión, de la cual era el más celoso sacerdote. La doctrina fue limpiada de toda suerte de esco­rias antiguas. Por eso se había cam­biado el nombre de Atón y para eliminar las últimas relaciones con la antigua fe fueron abolidos tam­bién los nombres de Re-Harajte y Schu. Recibió entonces una forma nueva, no menos misteriosa: «Vive Re, dominador de las dos montañas de la luz, que se deleita en la mon­taña de la luz, en su nombre, como padre de Re, que ha vuelto como Atón.»

Ejnatón se preocupó poco de la administración del Estado. Los fun­cionarios, abandonados a sí mismos, se dedicaron a oprimir al pueblo y la masa popular, poco adicta a la nueva religión practicada en la Cor­te y favorable en secreto a los anti­guos Dioses, hubo de sufrir bajo la arbitrariedad de las autoridades.

En Asia, la dominación egipcia se des­hacía poco a poco, los vasallos del faraón detenían con harto trabajo los enemigos que se precipitaban con­tra el territorio egipcio: las tribus del desierto (Cabirios), que empujaban hacia la comarca culta, los ejércitos de Mitani y del pueblo hitita, así como los príncipes Amoritas, que reclamaban su independencia. Una campaña llevada a cabo para asegurar la dominación egip­cia tuvo poco éxito. «Cuando se enviaron soldados a Fenicia para ampliar las fronteras de Egipto no se consiguió nada.»

No más de dieciséis años ocupó el trono Ejnatón. No sabemos si murió de muerte natural o violenta. ¿Quién iba a ser su sucesor y asumir la herencia pro­fana y religiosa del Faraón hereje? De su matrimonio con la hermosa Nofretete (o Nefertiti, según las distintas grafías y pronunciaciones) habían nacido seis hijas, pero ningún varón. La princesa mayor, Meritatón, estaba casada con un tal Smenjkere; otra, Anjesenpaatón, era la esposa de Tutanjatón, quizá su medio hermano, procedente de un matrimonio de Amenofis IV con una concubina. Ninguno de ellos quería dejar a la ambiciosa Nofretete en el trono, pues evidentemente el deseo de esta era ejercer el poder real, como anta­ño Hatschepsut. Para conseguirlo, Nofretete se dirigió —inaudita decisión— al faraón de los hititas, Schubbiluliuma, rogándole que le enviara uno de sus numerosos hijos para casarse con él y hacerle faraón de Egipto.

Nofretete o Nefertiti


El hitita desconfió primero de tan extraña proposición, pero luego se convenció de que la reina hablaba en serio. Llegó, pues, del Asia Menor un candidato al trono; pero antes de alcan­zar la capital fue acometido y muerto en el camino, sin duda por iniciativa del partido contrario. Este suceso violento puso fin a las pretensiones de Nofretete. Su yerno mayor, Smenjkere, subió al trono. Este Smenjkere había sido ya durante una temporada corregente con Ejnatón. Ocupó el trono poco tiempo. Después reinó Tutanjatón, que apenas había llegado a la edad adulta. Tras él se hallaban, sin duda, importantes per­sonalidades, que tenían en las manos las riendas del Gobierno y conducían los pasos del joven soberano. Estas personalidades eran, probablemente, el generalísimo Haremhab y un cierto Eye, uno de los favoritos de Ejnatón, que en la Corte de Amarna desempe­ñaba igualmente un cargo militar de importancia. La muerte de Ejnatón dio un rudo golpe a la obra de la reforma religiosa. Apenas hubo cerrado los ojos el Faraón, cuando los partidarios de la antigua fe y al frente de ellos los sacer­dotes tebanos de Amún, pusieron en juego todas sus fuerzas para restituir a los Dioses expulsados y recobrar la posesión de los ingresos perdidos. Ya Smenjkere reconoció que habían pasado los días de la «Doctrina» y que la dinastía, para man­tenerse, debía concertar la paz con la antigua fe. Declaró libre el culto de los antiguos Dioses, sin por ello separarse de la doctrina de Atón y sin abandonar su residencia de Amarna. Cuando, después de breve gobierno, dejó el puesto a su cuñado Tutanjatón, éste siguió al principio la misma política de su predecesor. Pero pronto abandonó la doctrina y se declaró públicamente con su esposa par­tidario de Amún, todavía perseguido.

Como antaño Amenofis IV había cam­biado su nombre por contener la odiada palabra «Amún», ahora la real pare­ja cambió también su nombre, compuesto con la palabra Atón. El faraón ya no se llamó Tutanjatón («Exquisito en la vida es Atón»), sino que se llamó Tu­tanjamún (o Tutankhamón, según las distintas grafías y pronunciaciones) y la reina, Anjesenjamún («Ella vive de Amún»).

La residencia de Amarna fue abandonada y la Corte se trasladó a Tebas. Las fiestas de Amún, que durante muchos años habían estado suspendidas, se reanudaron con gran pompa de suerte que, a mediados de la época de la inundación, la fiesta co­menzó en Luksor; las barcas sagradas de Amún y sus acompañantes divinos salían del templo de Kárnak y navegaban por el Nilo hacia Luksor para volver luego a Kárnak.

Abandonando el pasado, Tutanjamún se precia de «haber ha­bitado de nuevo Tebas, haber hecho buenas leyes y haber afianzado el dere­cho, porque es amado de Amún-Re, faraón de todos los Dioses». Mas, pese a la benevolencia y favor que el faraón o sus consejeros mostraban públicamente a los partidarios de la antigua religión, en el fondo el faraón permanecía ajeno a ella y jamás pudo borrar la mancha que sobre él había por sus relaciones con Ejnatón.

Tutankhamón

En el siguiente link podremos apreciar la reconstrucción de la bella ciudad de Amarna, tan cara a Amenophis IV: https://www.youtube.com/watch?v=nQZCg4CKxBk








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