El viernes 12 de marzo de 2020, llegó a mi mesa de trabajo la nota de Loris Zanatta que acompaño más abajo. En ella, el
historiador y ensayista italiano, se refiere a la vida y acciones de Ernesto
Cardenal. Y ustedes dirán ¿Y quién diantres es Ernesto Cardenal? Ernesto
Cardenal fue un idealista, in extremis, que hizo de su vida
una cruzada por la gloria de su Señor Jesucristo. De alguna manera, su
pensamiento me hace recordar la frase de Hannah Arendt en su libro sobre el
juicio de Adolf Eichmann la banalidad del mal. Me
refiero, y creo que fue lo que Hannah quiso decir, a que el mal no es,
necesariamente, producto de una mente malévola que lo planea con obsesiva
perfección, sino que puede provenir hasta de un oficinista que cumple a
rajatablas con su deber, por ejemplo. O gente que sostiene honestamente ideas
equivocadas. Y quizás sean estos oscuros demiurgos más peligrosos que el propio
Belcebú. ¿O serán quizás su arma perfecta?
Lo
cierto es que este muy interesante artículo del profesor Loris Zanatta me ha
motivado a reflexionar sobre el tema del fanatismo. Someto el resultado de
dicha reflexión a su impiadosa consideración de ustedes.
Vamos
primero con el profesor Zanatta.
La biografía política de Ernesto Cardenal, recientemente fallecido, invita a reflexionar sobre la vigencia de unos ideales que, a la larga, solo han producido opresión y miseria.
12 de marzo de 2020
BOLONIA.- Ha muerto el padre Ernesto Cardenal y sobre su figura abundan los recuerdos, los perfiles, las estampas. Era un poeta, un revolucionario, un profeta, se lee por todas partes. Para algunos, ya huele a santidad. Solo la entrada al velorio de algunos matones sandinistas perturbó la sinfonía de los violines, el candor de tanta hagiografía. Dado que lo trataron como "traidor", su mito se levanta aún más fulgente: Tenía que ser un santo, ese hombre gentil de larga barba blanca, si los esbirros de Daniel Ortega lo odiaban tanto. ¿O no?
No quiero disertar sobre la persona, que pocos hoy en día recuerdan: Que descanse en paz. Quiero reflexionar sobre su biografía política, sobre sus sueños y nuestras pesadillas, sobre lo que sembró y lo que todos hemos cosechado. Creo que hacerlo es necesario e instructivo. Nadie como él ha encarnado, durante medio siglo, el "populismo jesuita": La planta más difundida en la historia de América Latina, más aún que el cactus en México, la palmera en Brasil, el jacarandá en Buenos Aires.
¡Pero Cardenal no era jesuita!, protestará alguien. Lo sé. Por eso hay que aclarar el concepto. Llamo "populismo jesuita" al sueño eterno de restaurar el Reino de Dios en la tierra, de "liberar" al "pueblo" del "pecado social" y conducirlo a la tierra prometida, al "orden perfecto", donde habrá desaparecido el egoísmo y reinarán la fraternidad, la justicia y la paz. Transpuesto del empíreo del espíritu a la prosaica materia, de la parábola salvífica a la historia concreta, ese "pueblo" puro e inocente son los "pobres" de América Latina. Al igual que los guaraníes de las antiguas misiones jesuitas, modelo de Estado católico y de sociedad cristiana, los "pobres" son virtuosos por instinto y religiosos por cultura. Así es el relato del "populismo jesuita".
Que continúa: Sobre ese "pueblo elegido", sobre el "pueblo" de los "humildes", cayó un día la furia corruptora de la modernidad capitalista, la impiedad liberal con la que las potencias protestantes buscaban envenenar su alma, destruir su identidad, subyugar su patria. Para combatirlas, se precisaba la "redención", llamada "revolución". El Estado revolucionario, como los antiguos Estados confesionales, debía borrar todo rastro de esas doctrinas blasfemas, desenvainar la espada contra los herejes y la cruz para imponer la fe.
Esta es la historia del "populismo jesuita" en América Latina y esta es, paso a paso, la biografía de Ernesto Cardenal. Desde los primeros comienzos juveniles, cuando su sueño aún volaba sobre las alas de la hispanidad, viril y falangista, caudillista y corporativa, clerical y militar. Así fue hasta el advenimiento del hombre de la providencia, Fidel Castro. Cardenal se enamoró perdidamente. ¿No tenía acaso su mismo pedigrí? ¿No era un vástago de los jesuitas? ¿No conocía a dedillo los discursos de José Antonio? ¿No prometía "erradicar el egoísmo"? ¿No decía a los cubanos: "Viviremos en paraíso"? Él y Fidel estaban cortados con la misma tijera, tenían la misma fe, odiaban al mismo enemigo: soy "un comunista cristiano", se inflamó Cardenal.
Cuando visitó La Habana en 1970, no cabía en sí de felicidad. Los discursos de Fidel le sonaron a "liturgia de la palabra". Describió una ciudad oscura y tetra, poblada por gente pobre y mal vestida, con largas colas en las escasas tiendas, librerías vacías. “Me encanta esta escasez”, se alegró: “Esperemos que nunca llegue demasiada abundancia”. Fue la única profecía que acertó en su vida. “Aquí reina el Evangelio, señaló, aquí ha surgido un nuevo Orden Sagrado”.
En realidad, reunió una colección de horrores. Le contaron que había campos de concentración, persecuciones, torturas, libros quemados; que las cárceles rebosaban de presos políticos, que en los colegios se realizaban siniestras "asambleas de moral comunista", autos de fe dignos de la Inquisición; conoció a mujeres furiosas, prisioneros humillados, fieles exasperados. Los ricos existen, le decían, ¡son los dirigentes del partido! Nada. Para él, Fidel estaba en guerra "contra dos mil años de individualismo"; la espada al servicio de la cruz, como siempre.
Nueve años después, el Reino de Dios abrió una sucursal en su tierra natal, Nicaragua. La revolución sandinista era cristiana y marxista; su programa, "el Evangelio". El día del juicio había llegado: Cardenal fue nombrado ministro de Cultura; su hermano, jesuita de verdad, ministro de Educación y guía espiritual de la juventud sandinista. Había un "pueblo" para evangelizar, una nación para redimir: ¿quién mejor que ellos para hacerlo? El papa Wojtyla estaba furioso: Había visto suficiente marxismo en su vida. ¿Qué hacían todos esos curas en el gobierno? La época del poder temporal de la Iglesia había terminado; la era de las misiones jesuitas también. En absoluto: cuando visitó Managua, los sandinistas lo cubrieron de insultos. ¿Cómo se permitía ese polaco reaccionario no bendecir el paraíso que ellos estaban construyendo para la gloria del Señor?
Pero el Reino de Dios no es de este mundo y el de Nicaragua no se le parecía en nada. El aflato evangélico desapareció en la piñata sandinista, el botín del Estado que los comandantes de la revolución se repartieron sin vergüenza. Por lo demás, el menú habitual: A Dios rezando y con el mazo dando, autoritarismo hispano y consignas antiimperialistas. Fue demasiado incluso para Cardenal: Se bajó del carro del régimen.
¿Arrepentido? ¿Resignado? Para nada: Otro redentor, Hugo Chávez, se asomaba ya en el horizonte. ¿Otra vez la misma historia? Sí, otra vez. El anciano poeta volvió a ser un joven revolucionario, empacó las maletas y voló a Caracas, la nueva capital del Reino. Mejor correr un velo sobre sus exaltadas odas de la revolución bolivariana, por respeto a quienes la padecen. Baste decir que terminó así su crónica: "La lucha sigue y estemos seguros de que va a seguir, Dios mediante, mi Comandante Jesucristo".
¿Qué pensar de tanta obstinación, de esta obsesión por el Reino de Dios en la tierra? Si los mismos ideales siempre producen las mismas consecuencias -opresión y miseria- el hombre de ciencia o el ciudadano con sentido común deducirán que algo está mal con esos ideales. Pero para los hombres cegados por la fe no es así. Para ellos, la historia es la culpable de no ajustarse a sus ideales. Por lo tanto, pretenden moldearla a su semejanza, como sea y caiga quien caiga: "Hay que reprimir al hombre para salvarlo", decía su amigo Fidel Castro. Mejor estar precavidos frente a semejantes personajes, aunque escriban poemas y tengan una tierna barba blanca.
Por: Loris Zanatta
Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia
La lectura de este, por demás interesante, ensayo me motivó a reflexionar sobre uno de los muchos tópicos que trata. Concretamente: El fanatismo. ¿Qué es el fanatismo? ¿Cuáles son sus raíces que subyacen en la mente del individuo y lo llevan a transformarse en un fanático? ¿Por qué es tan peligrosa y nociva su existencia?
Bien, comencemos por el principio: Hemos hablado ya, sin ir más lejos en la nota pasada, de la tendencia natural del humano de agruparse en clanes. Ahora bien, la pertenencia a uno de ellos puede desarrollar en sus miembros una desmedida actitud de defensa del ideario de dicho clan; es a esto a lo que llamamos fanatismo.
El fanatismo es el apasionamiento o actividad que se manifiesta con pasión exagerada, desmedida, irracional y tenaz de, una idea, teoría, cultura, estilo de vida, entre otros. El fanático es una persona que defiende con tenacidad desmedida sus creencias y opiniones, también es aquel que se entusiasma o preocupa ciegamente por algo o alguien.
Se ha definido, también, el término fanatismo como la búsqueda o defensa de algo de una manera extrema y apasionada que va más allá de la normalidad.
Existe el fanatismo en cualquier ámbito de la actividad humana, en política, religión, deportes, cultura, etc. Sin embargo, quizás uno de los más notorios es el fanatismo religioso.
El fanatismo religioso es uno de los tipos de fanatismo que más ha generado controversia a través de la historia. En nombre de diversas ideas religiosas, se han producido conflictos bélicos, por ejemplo, las Cruzadas, ejecuciones públicas como los autos de fe, holocaustos, asesinatos y actos terroristas, de los que el Islam ha provisto variados ejemplos. Durante siglos, miles de hombres fanáticos se han apoyado en las religiones para así cometer tales actos en contra de otras personas que no creían en su religión. También, si bien son mucho menos comunes, se registran casos de personas manifiestamente ateas que se han denunciado como fanáticas en contra de las personas religiosas, por ejemplo, Mao Zedong y Enver Hoxha, el dictador comunista albanés.
Pero, sea cual fuere el caso, el fanático sustituye su conciencia, dejando de funcionar como sujeto único, por una ideología o creencia. La obsesión de un fanático puede ser muy peligrosa ya que no valora otras formas de pensar que no sea la suya y eso puede arreglarlo de manera moderada o violenta. Los obsesos de una idea confunden lo que imaginan con la realidad.
Es real que la mayor parte de los fanáticos son los más jóvenes. El período de la juventud se caracteriza por cambios de la personalidad, de adaptación al entorno. Las sectas, de la naturaleza que sean, se meten en esta fase psicológica para apoderarse de la conciencia de aquellos a los que atrapan, aquellos más vulnerables. Ellos lo viven como algo suyo, dentro de un proceso natural, sin darse cuenta de la manipulación a la que están sometidos. Muchos jóvenes son propensos a meterse en un mundo de obsesiones por las propias características de la adolescencia. Están en el proceso en el que buscan su identidad, acciones, personajes a quien seguir por la carencia que tienen en su entorno; y es más fácil buscar los parámetros afuera.
Otra característica es que el fanático nunca se equivoca. Si algo no sucede como explica o piensa, quienes están cometiendo el error son los demás. Los que no tienen su misma mentalidad no le comprenden y se pone en la actitud de mártir. Obviamente, el ejemplo palmario de esto es la persona que muere en defensa de su religión. Para sus compañeros es un héroe que ha entregado su vida por establecer el orden divino.
El fanatismo puede repercutir en la personalidad del fanático, provocando una doble personalidad. Cuando alguien se convierte en seguidor incondicional de un grupo o secta, vive en dos mundos: El que le rodea y el de la organización. Y ambos suelen ser incompatibles.
En los casos más extremos, el fanático puede agredir o acabar con la vida de alguien que lo contradiga, con la suya propia o incluso con la de su ídolo. Ahora, ¿Por qué un fanático sería capaz de asesinar a alguien que admira? Obviamente, hablamos de un individuo transtornado, por ejemplo, uno de los casos más conocidos de homicidios cometidos por fanáticos es el asesinato del famoso cantante inglés John Lennon, que ocurriera el 8 de diciembre de 1980. Lennon recibió 5 disparos en la espalda perpetrados por David Chapman, en la entrada del edificio de departamentos en el cual vivía en Nueva York. Chapman afirmó que pensaba que matándolo conseguiría su misma fama.
Sin embargo, todo esto, que nos ubica en el qué es, no nos aclara mucho acerca de porqué es. Y fue pensando en ello que recordé, una vez más, la preclara sentencia de Cayo Salustio Crispo, el historiador latino del siglo I, que nuevamente traigo a su consideración de ustedes:
Surge entonces una nueva pregunta, ¿Por qué la mayoría de los hombres no querría la libertad? A poco que lo pensemos, la respuesta surge clara: Porque la libertad implica responsabilidad, compromiso, toma de decisiones, planificación, tiempo, habilidad, tenacidad. Y la mayoría no se anima a encarar todo esto, o no puede, o no sabe, o no quiere, o es incapaz de hacerlo y, entonces, deja en manos de otros la tarea. Cabe recordar aquí, también una vez más, la frase del moralista y pensador francés Michel de Montaigne quien nos advierte que:
Es por eso que el fanático abraza la causa de su fanatismo con frenética euforia, ¡Porque estaba perdido y ahora, gracias a la idea o al líder, su vida tiene un norte! ¡No es más una vida sin sentido!
Por supuesto que no todos los fanáticos son peligrosos. Por ejemplo, Doña Rosa, que todos los días va a rezar el rosario a la iglesia, no es de poner bombas o de asesinar a alguien, pero díganle ustedes que no participan de su fe y verán cómo los mira como si fuesen el diablo.
Así pues, tengo para mí que el verdadero motivo por el que surge el fanatismo se encuentra en la inhabilidad o incapacidad manifiesta de la mayoría de los humanos para conducir su propia vida, esto, como hemos dicho, conlleva una sensación de vacuidad difícil de soportar, de vivir con ella y, como consecuencia, se busca desesperadamente algo o alguien que sirva de brújula a una vida desnortada.
Ahora bien, si por su naturaleza el fanático tiene una personalidad exaltada, estaremos en presencia de un individuo peligroso para la sociedad. Si, por el contrario, su natural es pacífico y tranquilo, su fanatismo no representará mayor problema.
Pero, me dirán ustedes, ¿Eso significa que la mayoría de los humanos son un rebaño que necesita un perro ovejero que los lleve del corral a los pastizales? Pues, sí, estimados amigos, eso es precisamente lo que se desprende de este análisis.
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