Los saludo, estimados amigos. Los saludo y les cuento que leía una nota del prehistoriador Alberto Lombo Montañés y encontré mucho de lo que ya hemos hablado en este foro. Así pues, juzgué oportuno exponerlo en esta nota, a modo de resumen de lo que ya hemos hablado.
-
¿Y
de qué trata el tema, Martín?
-
Pues
trata del por qué, personas razonables, pueden equivocarse al seguir la opinión
del grupo.
Veamos:
La estupidez no siempre es individual. Personas perfectamente razonables pueden
tomar decisiones absurdas cuando forman parte de un grupo, sobre todo si
perciben que hay una opinión dominante y discrepar tiene algún coste.
Un
claro ejemplo de esto fue el nazismo. No todos los que levantaban la mano en el
clásico saludo nazi lo hacían por serlo, más bien lo hacían siguiendo a todos los
que los rodeaban que tenían las manos levantadas de ese modo.
Vean
ustedes el siguiente video y díganme si todos los que saludan el paso de Hitler
y sus tropas eran nazis convencidos o seguían la opinión dominante o temían que
si mostraban desacuerdo les iría mal.
https://www.youtube.com/watch?v=hRSwWuVtHF4
La
psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. En los célebres
experimentos de Solomon Asch, realizados en la década de 1950, varios
participantes debían comparar la longitud de unas líneas. La respuesta correcta
era evidente, pero cuando, en alguna ocasión, los cómplices del investigador
daban deliberadamente una respuesta falsa muchos acababan sumándose al error
colectivo. No porque no pudieran distinguir una línea de otra: ¡reaccionaban a
la presión del grupo!
Sin
embargo, seguir al grupo tiene también su lado positivo. Desde un punto de
vista evolutivo esta conducta no resulta tan extraña, fue una estrategia de
supervivencia. Para nuestros antepasados, pertenecer a un grupo proveía
recursos de protección y seguridad. Quedarse aislado podía significar perder
protección, alimento, información o posibilidades de reproducción.
Seguir
al grupo, por tanto, no era necesariamente una muestra de torpeza, sino una
estrategia razonable. El problema aparece cuando ese mecanismo se activa en
situaciones en las que la mayoría está equivocada. Este es el nudo de la
cuestión y, por ello, merece que lo repita: El problema aparece cuando ese
mecanismo se activa en situaciones en las que la mayoría está equivocada. Nuestra
tendencia a imitar, obedecer o buscar aprobación puede transformar una idea errónea
en un comportamiento colectivo. Vuelve el nazismo a ser un ejemplo
paradigmático de ello. Los alemanes que hasta el día anterior no tenían ninguna
animosidad contra los judíos, de repente, siguiendo el comportamiento
colectivo, se convirtieron en antijudíos.
Ahora
bien, Internet amplifica la presión social ya que ha dado a este viejo
mecanismo una potencia desconocida. Una afirmación repetida miles de veces
puede adquirir apariencia de verdad, aunque sea falsa. El número de
seguidores, los «me gusta», las tendencias y la acumulación de comentarios
funcionan como señales sociales: Si tanta gente lo cree, piensa el miembro
de la manada, debe ser cierto.
A
ello se suma que tendemos a relacionarnos con personas y contenidos que
confirman nuestras opiniones, mientras descartamos rápidamente aquello que las
contradice. El resultado puede ser paradójico: Nunca habíamos dispuesto de
tanta información y, sin embargo, podemos acabar viviendo frente a un espejo
que solo nos devuelve nuestra propia imagen.
Esto
no significa que la inteligencia colectiva sea una contradicción. Los grupos
también pueden resolver problemas mejor que cualquiera de sus miembros por
separado. Para que ello ocurra, necesitan diversidad de conocimientos,
independencia de criterio y libertad para discrepar.
Cuando
todos imitan al vecino, la manada deja de sumar inteligencias y empieza a
multiplicar errores. Quizá una de las habilidades más importantes de nuestra
época consista en saber cuándo confiar en los demás y cuándo detenerse a pensar
por cuenta propia.
La
evolución nos convirtió en animales sociales; la tecnología ha convertido esa
sociabilidad en una red gigantesca. El reto consiste en impedir que nuestra
antigua necesidad de pertenecer a un grupo nos transforme en una pieza de un
engranaje destinada a hacer solo lo que le dicen.
Bien,
hasta aquí hoy y me despido:
¡Hasta
la próxima!
No hay comentarios:
Publicar un comentario