domingo, 11 de octubre de 2026

Del comportamiento de la manada

 Los saludo, estimados amigos. Los saludo y les cuento que leía una nota del prehistoriador Alberto Lombo Montañés y encontré mucho de lo que ya hemos hablado en este foro. Así pues, juzgué oportuno exponerlo en esta nota, a modo de resumen de lo que ya hemos hablado.

-         ¿Y de qué trata el tema, Martín?

-         Pues trata del por qué, personas razonables, pueden equivocarse al seguir la opinión del grupo.

Veamos: La estupidez no siempre es individual. Personas perfectamente razonables pueden tomar decisiones absurdas cuando forman parte de un grupo, sobre todo si perciben que hay una opinión dominante y discrepar tiene algún coste.

Un claro ejemplo de esto fue el nazismo. No todos los que levantaban la mano en el clásico saludo nazi lo hacían por serlo, más bien lo hacían siguiendo a todos los que los rodeaban que tenían las manos levantadas de ese modo.

Vean ustedes el siguiente video y díganme si todos los que saludan el paso de Hitler y sus tropas eran nazis convencidos o seguían la opinión dominante o temían que si mostraban desacuerdo les iría mal.

https://www.youtube.com/watch?v=hRSwWuVtHF4

La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. En los célebres experimentos de Solomon Asch, realizados en la década de 1950, varios participantes debían comparar la longitud de unas líneas. La respuesta correcta era evidente, pero cuando, en alguna ocasión, los cómplices del investigador daban deliberadamente una respuesta falsa muchos acababan sumándose al error colectivo. No porque no pudieran distinguir una línea de otra: ¡reaccionaban a la presión del grupo!

Sin embargo, seguir al grupo tiene también su lado positivo. Desde un punto de vista evolutivo esta conducta no resulta tan extraña, fue una estrategia de supervivencia. Para nuestros antepasados, pertenecer a un grupo proveía recursos de protección y seguridad. Quedarse aislado podía significar perder protección, alimento, información o posibilidades de reproducción.

Seguir al grupo, por tanto, no era necesariamente una muestra de torpeza, sino una estrategia razonable. El problema aparece cuando ese mecanismo se activa en situaciones en las que la mayoría está equivocada. Este es el nudo de la cuestión y, por ello, merece que lo repita: El problema aparece cuando ese mecanismo se activa en situaciones en las que la mayoría está equivocada. Nuestra tendencia a imitar, obedecer o buscar aprobación puede transformar una idea errónea en un comportamiento colectivo. Vuelve el nazismo a ser un ejemplo paradigmático de ello. Los alemanes que hasta el día anterior no tenían ninguna animosidad contra los judíos, de repente, siguiendo el comportamiento colectivo, se convirtieron en antijudíos.

Ahora bien, Internet amplifica la presión social ya que ha dado a este viejo mecanismo una potencia desconocida. Una afirmación repetida miles de veces puede adquirir apariencia de verdad, aunque sea falsa. El número de seguidores, los «me gusta», las tendencias y la acumulación de comentarios funcionan como señales sociales: Si tanta gente lo cree, piensa el miembro de la manada, debe ser cierto.

A ello se suma que tendemos a relacionarnos con personas y contenidos que confirman nuestras opiniones, mientras descartamos rápidamente aquello que las contradice. El resultado puede ser paradójico: Nunca habíamos dispuesto de tanta información y, sin embargo, podemos acabar viviendo frente a un espejo que solo nos devuelve nuestra propia imagen.

Esto no significa que la inteligencia colectiva sea una contradicción. Los grupos también pueden resolver problemas mejor que cualquiera de sus miembros por separado. Para que ello ocurra, necesitan diversidad de conocimientos, independencia de criterio y libertad para discrepar.

Cuando todos imitan al vecino, la manada deja de sumar inteligencias y empieza a multiplicar errores. Quizá una de las habilidades más importantes de nuestra época consista en saber cuándo confiar en los demás y cuándo detenerse a pensar por cuenta propia.

La evolución nos convirtió en animales sociales; la tecnología ha convertido esa sociabilidad en una red gigantesca. El reto consiste en impedir que nuestra antigua necesidad de pertenecer a un grupo nos transforme en una pieza de un engranaje destinada a hacer solo lo que le dicen.

Bien, hasta aquí hoy y me despido:

¡Hasta la próxima!

 

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