Los
fósiles
Desde
el siglo XIX se hicieron esfuerzos para determinar la edad de la Tierra, pero
hasta el descubrimiento de la radiactividad en 1896 los geólogos sólo pudieron
formular hipótesis razonables.
Pero,
fue en 1907 que el químico norteamericano Bertram Borden Boltwood (1870-1927)
indicó que, si el uranio se desintegra en plomo a una velocidad constante, muy
lenta, pero fácilmente determinable, se podría calcular el tiempo durante el
cual una roca determinada se ha mantenido sólida e inalterada midiendo la
cantidad de uranio y de plomo que contiene. Es decir, si hay una cantidad
medible de plomo y sabemos la velocidad con que se forma, no hay problema en
calcular el tiempo que ha transcurrido.
Desde
luego que se idearon métodos para medir la edad mediante la desintegración del
uranio y otros lentos cambios radiactivos. Estas mediciones permitieron
calcular finalmente que la edad del sistema solar, y de la Tierra en concreto,
es de cuatro mil seiscientos millones de años. Por lo menos ésta fue la época
en que la nube original de gas y de polvo se condensó dando objetos sólidos de
considerable tamaño que todavía existen hoy.
En
realidad, la Tierra ha experimentado todo tipo de cambios geológicos en el
transcurso de su historia y, por tanto, no es probable, o quizá es totalmente
imposible, localizar rocas que se hayan mantenido inalteradas desde los mismos
inicios planeta. Las rocas terrestres más antiguas descubiertas tienen unos
tres mil cuatrocientos millones de años; por tanto, carecemos de evidencia
directa sobre los primeros mil millones de años de la Tierra.
La
Luna, más pequeña que la Tierra y menos activa, geológicamente hablando, ha
proporcionado rocas que tienen hasta cuatro mil cuatrocientos años de edad. Sin
embargo, ni siquiera la Luna ha permanecido totalmente inalterada desde el
principio. Tanto la Tierra como la Luna sufrieron en los primeros centenares de
millones de años, cuando finalizaba el proceso de formación de estos dos
mundos, un intenso bombardeo de cuerpos más pequeños. Las señales del bombardeo
ya no existen en la Tierra, gracias a la acción del viento, del agua y de la
vida, pero en la Luna han dejado claras muestras en los numerosos cráteres que
señalan los lugares de la colisión.
Afortunadamente,
los meteoritos son cuerpos pequeños que no han sufrido alteración casi desde el
principio, y es su análisis lo que justifica mejor la edad de cuatro mil
seiscientos millones de años atribuida al sistema solar.
La
vida no es un fenómeno muy reciente en la Tierra. La vida ha estado en la
Tierra durante una gran parte de su larga historia, como se ha comprobado
directamente con los fósiles descubiertos en las rocas. Estos fósiles son
restos petrificados de porciones de antiguas formas vivas y han de ser antiguos
porque están incorporados en estratos rocosos situados muy por debajo de la
superficie. Estos fósiles llamaron la atención incluso en épocas antiguas, pero
se ignoró su existencia durante gran parte de la historia occidental, o se
intentó darles explicaciones diversas e improbables, porque durante un tiempo
el sistema de pensamiento dominante afirmaba, muy dogmáticamente, que la Tierra
y el universo entero sólo tenían unos cuantos miles de años de edad. Incluso
los científicos se resistían a abandonar o a contradecir este dogma.
¿Y
quién fue el autor de este dogma, Martín?
Bueno,
se trató del obispo anglicano James Ussher (también Usher) 1581-1656.
James Ussher
En
1650 Ussher escribió el libro Los anales del mundo, en él y basándose
en la Biblia, hizo una estimación del número de generaciones (desde
Adan y Eva hasta Jesucristo) y de la duración media de la vida humana, para
afirmar que Enrique VIII, (rey de Inglaterra en el momento en que sucedió
la separación de la Iglesia de Roma), era descendiente de Adán por la línea
directa de la primogenitura desde Set, y así tener un mejor argumento contra la
Iglesia de Roma que reclamaba ser la verdadera iglesia por afirmar que ellos
venían por tradición desde Pedro; entonces, si Roma venía desde Pedro, la
Iglesia de Inglaterra venia desde Adán por línea directa desde Set. Para ello
se valió de las principales figuras bíblicas entre Adán y Eva y el
nacimiento de Jesucristo y varios hechos históricos. Como
consecuencia de su estudio, dedujo fechas "exactas" para ciertos
eventos:
·
Creación
de la Tierra: «el anochecer previo al domingo 23 de octubre» (o sea, el sábado
22 de octubre a las 18:00) del 4004 a. C.
·
Expulsión
de Adán y Eva del Paraíso: el lunes 10 de noviembre de
4004 a. C.
·
Final
del Diluvio Universal (el arca de Noé se posa sobre el
monte Ararat): el miércoles 5 de mayo del 2348 a. C.
El
efecto de verosimilitud generado por su aparente precisión le dio una gran
credibilidad entre sus contemporáneos, unida al hecho de que esta cronología se
escribiera al pie de las ediciones inglesas de la Biblia.
Veamos,
a guisa de ejemplo, un pasaje del Génesis en el que se da la edad de los
patriarcas y que sirvió a Usher para hacer sus cálculos sobre la edad de la
Tierra:
Génesis
5:21-27:
21.
Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén.
22.
Y anduvo Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y
engendró hijos e hijas.
23.
Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años.
24.
Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque lo tomó Dios.
25.
Vivió Matusalén ciento ochenta y siete años, y engendró a Lamec.
26.
Y vivió Matusalén, después que engendró a Lamec, setecientos ochenta y dos
años, y engendró hijos e hijas.
27.
Fueron, pues, todos los días de Matusalén novecientos sesenta y nueve años; y
murió.
Sin
embargo, en el transcurso del siglo XIX los científicos se vieron obligados a
aceptar el hecho de que la Tierra es muy antigua.
Los
científicos no podían determinar todavía la edad absoluta de los fósiles, pero
sí su edad relativa. Podían decir qué rocas eran más antiguas determinando a
qué profundidad estaba la capa (o el «estrato») donde se encontraba una roca
concreta. Lo más natural era suponer que las capas de sedimentos iban cubriendo
de modo gradual y muy lento lo superficie de la Tierra a medida que pasaba el
tiempo, de modo que cuanto más profundo estuviera situado debajo de la
superficie un determinado estrato rocoso, más antiguas serían las rocas de
aquel estrato.
Una
vez determinada la edad relativa de los estratos, la edad relativa de los
fósiles podía determinarse observando en qué estrato se encontraba cada fósil. Es
decir, todavía no se podía dar la edad exacta de un fósil, pero si se podía
decir si era más antiguo que otro
¿Por
qué?
Porque
se hallaba en un estrato más profundo, es decir más antiguo.
El
geólogo inglés Adam Sedgwick (1785-1871) dio a las rocas con fósiles más
antiguas el nombre de “cámbricas”, en honor de «Cambria», el antiguo nombre romano
de la región que ahora llamamos Gales. Sedgwick había estudiado las primeras
rocas de este tipo en Gales.
Era
evidente que los fósiles cámbricos eran los restos de organismos marinos. No
hay signos de vida terrestre en el registro fósil de aquel período. La forma
dominante de vida eran varios tipos de crustáceos, que recibieron el nombre de trilobites.
Trilobite
Todas
las rocas más antiguas que el Cámbrico se reúnen en el «Precámbrico».
El
desarrollo de las determinaciones de edad mediante la desintegración radiactiva
permitió saber que las rocas cámbricas más antiguas, y, por tanto, los fósiles
más antiguos tienen unos seiscientos millones de años. Es una edad tremenda; al
parecer incluso los fósiles más antiguos eran relativamente recientes
comparados con la edad total de la Tierra.
En
las rocas depositadas durante los primeros cuatro mil millones de años de
historia terrestre (siete octavos de la vida de la Tierra) no se han encontrado
fósiles. ¿Es posible que la vida sólo haya existido en la Tierra durante la
octava parte final de su existencia?
Los
biólogos no podían creerlo. La formación de fósiles es un proceso muy casual y
sólo tiene lugar en circunstancias insólitas. Un número incontable de miles de
millones de organismos ha vivido y muerto sin dejar nada que luego se haya
petrificado y se haya conservado en forma fósil. Podría ser muy bien que por
motivos casuales grupos enteros de organismos no hayan dejado nada que se haya
conservado y que haya podido encontrarse en la actualidad. Por otra parte,
algunos organismos menos comunes pueden haber dejado casualmente series enteras
de restos fósiles.
También
algunas partes de los organismos se fosilizan más fácilmente que otras. Los
dientes, los huesos y los caparazones, las «partes duras» de un organismo, se
fosilizan mucho más fácilmente que los tejidos blandos. Así, por ejemplo, desde
hace de cincuenta mil años a cuatro millones de años había organismos de tipo
humano que vagaban por África y por Eurasia, pero disponemos de muy pocos
restos fósiles de ellos, pues eran demasiado inteligentes para que la muerte
los sorprendiera en condiciones favorables a la formación de fósiles y los
restos que hoy existen son casi siempre partes duras petrificadas,
especialmente cráneos y dientes.
Los
trilobites, algunos de los fósiles más antiguos, son organismos con caparazón y
que ya tienen una estructura bastante complicada.
En
general, cuanto más antiguo es un organismo, menos avanzado es y menos
complicada es su estructura. Es, pues, es natural suponer que antes de la era
cámbrica había otras formas vivas antiguas menos avanzadas que los trilobites:
tan poco avanzadas que no tenían partes duras, que todo su cuerpo era tan
blando como el de las modernas lombrices o babosas. Estos animales no habrían
dejado prácticamente restos fósiles; por tanto, la ausencia de fósiles no
indica necesariamente ausencia de «vida», sino sólo ausencia de «partes
blandas».
En
la década de 1950 el biólogo norteamericano Elso Sterrenberg Barghoorn
(1915-1984) descubrió rastros de colonias fosilizadas de algas verdiazules
cerca del lago Superior. Las algas verdiazules son algunas de las formas más
simples de vida celular existentes hoy día. Se parecen mucho a las bacterias,
pero las algas verdiazules contienen clorofila y las bacterias no.
Tanto
las algas verdiazules como las bacterias están formadas por células muy
pequeñas que carecen de un núcleo aislado y su material nuclear está esparcido
por todo el conjunto de la célula. Se llaman procariotas, de unas
palabras griegas que significan «anterior al núcleo», o sea, existían antes de
que aparecieran células con núcleo. Todas las demás células, desde las plantas
y animales unicelulares a las células que forman los organismos multicelulares
(incluyéndonos a nosotros), son eucariotas, de unas palabras griegas que
significan «núcleo auténtico».
Las
algas verdiazules no son fáciles de localizar. Son tan pequeñas que han de
estudiarse con el microscopio y las diminutas células se han de identificar
como tales por delicados signos estructurales cuyo origen pueda demostrarse que
es biológico y no mineralógico.
La
tarea no era fácil, pero Barghoorn pudo presentar las pruebas de modo
meticuloso y, en definitiva, convincente. Los primeros «microfósiles» que
localizó y estudió estaban en rocas que tenían dos mil millones de años. Cuando
supo qué buscar encontró pruebas de vida microscópica muy simple en rocas cada
vez más antiguas. En 1977 descubrió estos microfósiles en rocas sudafricanas
cuya edad resultó ser de tres mil cuatrocientos millones de años.
Bien,
lo dejamos aquí, por ahora, pero volveremos sobre la datación de cuando se
formó la vida.
Entre
tanto les digo: ¡Hasta la próxima!
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