domingo, 17 de noviembre de 2024

Lucas 17, 1-3


Les comento, queridos amigos, el curioso motivo que me indujo a publicar esta nota. Una amiga mía y yo pertenecemos a un grupo de Whatsapp en el que ella publicó, hace pocos días, un mensaje que aludía a un pasaje del Evangelio de Lucas. El tema es que yo, in illo tempore, había escrito un cuento cuyo tema central es el dicho pasaje, lo cual tornó inevitable la tentación de publicarlo. Mi amiga borró el mensaje al poco tiempo de haberlo publicado. ¡Pero, yo ya lo había leído!

Así pues, mi cuento Lucas 17, 1-3 pasa a integrar la lista de cuentos de mi autoría que he publicado en este foro. Ellos son:

1.- Novissima verba, 29 de noviembre de 2021.

2.- Mizuki, el 3 de enero de 2022.

3.- Gábor, el 13 de marzo de 2023.

4.- Minerva, el 10 de marzo de 2024.

5.- Lucas 17, 1-3, hoy.

Como siempre, espero y deseo que Lucas 17, 1-3 satisfaga sus siempre elevados estándares de ustedes.

¡Allá vamos!

  

Exactamente a la hora convenida sonó el timbre en la casa del Dr. Theodor Carl Werner Herzog, eminente profesor de Teología en la Universidad de Tubinga. Enfundado en un delantal de cocina y con un guante para manipular fuentes calientes, el profesor Herzog se digirió hacia la puerta y, al abrirla, saludó con alegría a su colega, el también profesor de la misma Universidad, pero de Matemáticas, Dr. Friedrich Augustus Becker.

– Profesor Becker, es un gusto recibirlo en mi casa. Pase, pase usted.

– Profesor Herzog, cómo está usted. Tome, camino hacia aquí compré estas apetitosas masitas que pienso que serán de nuestro agrado.

– ¡Por favor, no se hubiera molestado! Desde luego que le haremos los honores a estas deliciosas masitas. Pero, venga, pase, permítame el sobretodo y pasemos a la sala.

 

Minutos después, ambos amigos disfrutaban de una animada charla en el cálido living room de la casa del profesor Herzog. Sobre una hermosa mesita, estilo Luis XV, que ostentaba un delicado trabajo de marquetería, este había dispuesto las masitas y una apetitosa tarta Sacher acerca de la cual le contaba a su amigo:

– No sé si usted sabe, estimado amigo, que esta tarta fue inventada en 1832 por Franz Sacher, joven aprendiz de repostería, para deleitar a un selecto grupo de invitados del príncipe Klemens Wenzel von Metternich. Luego de diversos destinos, Sacher se instaló en Viena y abrió una tienda de delikatessen y vinos. Eduard, su hijo mayor, fue aprendiz de repostero en la confitería vienesa Demel. Allí empezó a confeccionar la tarta de su padre en la forma que hoy se conoce. En 1876 fundó el Hotel Sacher, todavía hoy existente, y comenzó a vender la Sachertorte. Se todo esto porque la Sachertorte me ha acompañado toda mi vida. Es una tarta de chocolate típica de Austria y mi madre, no sé si usted sabe, era austríaca. Como puede ver, consiste en dos planchas gruesas de bizcocho de chocolate separadas por una fina capa de mermelada de damasco y recubiertas con un glaseado de chocolate negro por encima y por los lados. Tradicionalmente, se suele acompañar con crema chantilly. A mí me trae gratos recuerdos pues yo ayudaba a mi madre a confeccionarla, ella me dejaba verter el chocolate y extenderlo sobre la torta lo cual, para mí, era toda una aventura…

– Ja, ja, me imagino, ¿Qué edad tenía usted por ese entonces?

– Seis años, siete.

– Y esta, tan rica, que estamos comiendo, ¿La hizo usted?

– Así es, mi querido amigo.

– Pues, siendo así, no me queda sino felicitarlo porque está riquísima. Del mismo modo que este té de jazmín de un sabor realmente muy delicado.

– Sí, son pequeños placeres que me permito de vez en cuando.

Los minutos transcurrieron en una charla amable y ambos amigos degustaban del té con torta y masitas disfrutando del momento, agradecidos de la vida.

Sin embargo, al cabo de dichos minutos, el profesor Herzog adoptó un tono grave y se dirigió a su amigo diciendo:

– Debo decirle, Profesor Becker, que esta invitación tiene una segunda intención que no es otra que discutir el tema de la consciencia. Con todo respeto y honestidad, debo decirle que no puedo estar de acuerdo con usted en la idea de que la consciencia es un fenómeno fisicoquímico producto, solamente, de la conjunción de una cierta cantidad mínima de neuronas, de determinada cantidad de interconexiones entre ellas y de algunas propiedades fisicoquímicas que poseen. Y, de nuevo con todo el respeto que usted me merece, también debo decirle que me sorprende sobremanera que una persona lúcida como usted atribuya a un simple objeto, como es la neurona, la excelsa propiedad de la reflexión y del autoconocimiento.

– Yo no tengo una explicación clara de la consciencia, pero, para mi es palmariamente evidente que excede las posibilidades de la materia y que debe ser atribuida a algo por encima de ésta. Llamémosle espíritu, o alma, si usted quiere, como tradicionalmente se ha hecho. Debe existir algo, de naturaleza diferente, que anima la materia permitiéndole la proeza de la consciencia.

– Que si este espíritu o alma es o no creado por Dios es algo que tampoco me consta, aunque no veo otra forma en la que pueda explicarlo.

– Por favor, profesor Herzog, no necesita usted disculparse. Si estamos los dos aquí charlando es porque siempre nos hemos respetado y hemos discutido en un alto nivel, sin permitirnos agravios o posturas obcecadas. Ahora, dígame, ¿profesa usted alguna religión?

– Pues sí, soy un católico practicante y, como tal, creo que, así como la existencia de un reloj presupone la de un relojero que lo haya creado, la existencia del Universo presupone la de un Ser Superior que lo haya creado. Algo que ya nos adelantara Santo Tomás de Aquino cuando habló de las cinco vías para demostrar la existencia de Dios.

– Y ese Ser Superior sería el que insufla en la materia el espíritu o alma, que usted mencionaba, que la torna consciente de sí misma, ¿verdad?

– Pues, sí. Así lo creo. Como le dije, me resulta imposible de creer que la consciencia sea sólo producto de la evolución de la materia como sostienen algunos científicos como el doctor Carl Sagan, por ejemplo. Y es por ese motivo que escuché con mucha atención y, debo decirlo, desasosiego, su charla de hace unos días en la televisión en la que usted trazó un claro paralelismo entre la inteligencia natural y la artificial.

Augustus Becker, que completaba en ese momento su segundo té con una porción de sachertorte, levantó sus ojos hacia su amigo y preguntó:

– Sí, recuerdo la charla y ya veo qué fue lo que le causó desasosiego…

En este momento, el profesor Augustus Becker no pudo reprimir un bostezo del que se sintió inmediatamente, avergonzado.

– ¡Discúlpeme querido amigo! ¡Sinceramente no he podido…!

– No hay nada que disculpar, querido profesor. Se trata del efecto del somnífero que ha bebido usted con el té.

– ¡Cómo! ¡Somnífero en el té! Pero… ¡No entiendo!

– Somnífero en el té y un poderoso veneno en la torta que acabará con usted en unas ocho horas. Por eso el somnífero, lo necesito dormido hasta su muerte.

El profesor Becker no podía dar crédito a lo que escuchaba, pero, lo cierto era que sentía que iba perdiendo la consciencia y sus fuerzas.

  – Pe.. pe,..pero, está loco. ¿Qué dice?

  – Escúcheme, no tenemos mucho tiempo, dentro de poco perderá usted la consciencia y quiero que sepa por qué lo mando al juicio de Dios.

– ¿Al juicio de Dios? ¡Usted está rematadamente loco! ¡Me voy de aquí!

El profesor Becker quiso levantarse del sillón en el que se hallaba, pero, comprendió que no le iba a ser posible, su cuerpo no le respondía. Herzog continuó impertérrito.

– ¿Recuerda usted que en nuestra anterior reunión usted me comentó acerca de su actual investigación? ¿Recuerda que me relató que estaba a punto de lograr un cerebro artificial, residente en una computadora, que, a todos los fines prácticos, era indistinguible de un humano? Sus palabras fueron Esto aclara, de una vez por todas, que el alma no existe y, por extensión, la religión católica que la sostiene como idea, es falsa.

Becker escuchaba el relato de su amigo cada vez más débilmente, sin poder dar crédito a sus palabras.

– Pe-ro, us-ted es cató-li-co. No puede…

– ¿No puedo matar quiere usted decir? Sí, tuve que pensarlo mucho, pero lo que finalmente me decidió fue el pasaje de Lucas 17 1-3 que dice: Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a mis pequeños. Y eso es lo que usted quería hacer, profesor Becker, ¿No lo ve? Usted quería escandalizar a la grey de Dios y eso es algo que yo, querido amigo, como soldado de Cristo, no puedo permitir. Yo le he atado una piedra al cuello y lo precipitaré al mar de la eternidad. Pero, hay dos cosas que le quiero decir, no guardo animosidad contra usted. Usted es solo una oveja descarriada y he querido darle estos minutos finales para que se arrepienta, para que le pida el perdón a Dios misericordioso. Confíe en su infinito amor y misericordia. La otra cosa es que yo lo acompañaré en el viaje, mi querido amigo. Sí, no habría manera de explicar esto, de modo que también yo me presentaré ante Él esperando su comprensión y perdón. Pero antes, recemos mi amigo, recemos al Dios misericordioso pidiendo por nosotros.

– Padre nuestro que estás en los cielos… 


 Bien, me despedido, pero, no sin antes recordarles que: Si tienen un hijo, sobrino, nieto, o ustedes mismos a quien tienen que agasajar, qué mejor que regalarle mi libro de El Ajedrez de la B a la Q, Tomo I (no se demoren que ya viene el Tomo II), que podrán encontrar en Mi Librería:

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