Estas mujeres, exquisitas y dotadas de grandes cualidades para la vida social, eran evidentemente una excepción en el sórdido mundo de la prostitución. En Venecia había más de tres mil prostitutas censadas, pero sólo unas doscientas se consideraban cortigiane oneste. Eran, asimismo, unas privilegiadas en otros ámbitos de la sociedad ya que gozaban de una libertad, una autosuficiencia y un acceso a la cultura que estaban vedados tanto a las mujeres del pueblo llano como a las hijas y esposas de las grandes familias de la aristocracia y la burguesía.
Un oficio heredado
Verónica Franco había nacido en Venecia en 1546, en el hogar de Francesco María Franco, un veneciano perteneciente a los "ciudadanos", lo que hoy llamaríamos clase media, y de Paola Fracassa, una famosa cortesana que, al casarse, abandonó su antiguo oficio. La muerte temprana de Francesco obligó a Paola a regresar a su antigua y lucrativa profesión, si bien intentó dar a su hija una vida honorable. A tal fin, cuando Verónica sólo contaba dieciséis años, la madre concertó su matrimonio con Paolo Panizza, un médico aficionado al juego y a la bebida que sólo reportó a su joven esposa grandes sufrimientos.
Tras su separación, Verónica regresó junto a su madre, que acabó por iniciarla en el oficio hasta el punto de que ambas lo ejercieron a la vez. Así lo demuestra que sus nombres aparezcan en la edición de 1572 de la Tariffa delle puttane, el libro en el que se hallan catalogadas las 215 cortesanas de mayor prestigio de Venecia con sus respectivas tarifas. En este caso, el importe era el mismo para ambas: dos escudos por noche, si bien se dice que, años más tarde, un beso de Verónica se valoraba en quince escudos y en cincuenta una velada completa en su compañía.
Hermosa y delicada en el trato, inteligente y culta, Verónica no tardó en abrirse paso en los salones venecianos. Las cortigiane oneste gozaban del privilegio de elegir a sus amantes y Verónica los escogía sistemáticamente en base a su clase social, dinero y cultura, lo que le permitió codearse con los poderes fácticos de la ciudad. No es de extrañar, pues, que en el verano de 1574, cuando Enrique de Valois viajó al Véneto en vísperas de ser coronado rey de Francia, la Señoría (la República veneciana) recurriera a los servicios de la afamada Verónica.
Venecia precisaba de la alianza gala y nada mejor para conseguirla que hacer inolvidable la estancia del futuro rey en la ciudad. La Señoría se dispuso a recibir al ilustre huésped con banquetes, arcos triunfales, conciertos y fuegos artificiales, pero por si tal derroche no fuera suficiente se decidió añadir un exclusivo y particular regalo: disfrutar durante una noche de la compañía de Verónica Franco, la más bella, culta y refinada ciudadana de Venecia. Las autoridades no habían contado con que la condición sexual del visitante, al que solía verse en París en compañía de efebos vestidos de mujer, no parecía augurar el éxito. Ignoramos el nivel de intimidad que alcanzaron la cortesana y el futuro Enrique III, pero lo cierto es que éste se mostró tan satisfecho de la velada que desde entonces la Señoría contó con la alianza francesa, y Verónica se consagró como la cortesana más influyente de Venecia.
En aquel momento, Verónica Franco contaba con la amistad de Domenico Venieri, un célebre poeta seguidor de Petrarca, que influyó grandemente en su carrera literaria y que avaló la publicación de su poemario, Terze Rime, en 1574. Por entonces, Verónica mantenía relaciones con dos sobrinos de Domenico: Marco y Maffeo. El primero fue, sin duda, el gran amor de su vida, por lo que Maffeo, al verse desplazado por su hermano, no dudó en dedicar a Verónica unos ofensivos versos que circularon libremente por toda Venecia: "Veronica, ver unica puttana" (Veronica, la única y verdadera puta). No contaba con que la cortesana, en vez de darse por ofendida, le retase públicamente a un duelo poético del que salió vencedora y que le sirvió para consagrarse como poeta.
Instalada en un hermoso palacio en Santa Maria Formosa, Verónica Franco convirtió su residencia en un auténtico ateneo donde se reunían músicos, pintores y nobles y donde, además de gustar de placeres mucho más terrenales, se disfrutaba de conciertos, debates filosóficos y lecturas de poesía.
Uno de sus más ilustres visitantes fue el humanista francés Michel de Montaigne, que en 1580 recaló en Venecia. El 7 de noviembre, según cuenta el propio escritor, cenó con Verónica y recibió como obsequio un pequeño volumen que ella misma había editado bajo el título de Lettere familiari e diversi (Cartas íntimas y variadas), en el cual se recogía su correspondencia con diversos personajes de la época y que hoy constituye un testimonio único de los usos y costumbres de la Venecia del Cinquecento.
El ocaso de una cortesana
La visita de Montaigne marcó un punto de inflexión en la vida de Verónica Franco. Pocos meses después, Ridolfo Vannitelli, preceptor de uno de sus cuatro hijos y, posiblemente, amante despechado, la denunció al Santo Oficio acusándola de falta de celo religioso y prácticas de hechicería. Encarcelada en la prisión de la República, la vista tuvo lugar el día 8 de octubre de 1581 y, aunque las excelentes relaciones de Verónica con los jerarcas de la curia veneciana y de la Señoría le permitieron salir absuelta, este proceso marcó su declive definitivo y la pérdida de la práctica totalidad de sus bienes.
Disponemos de pocos datos sobre los últimos años de la vida de Verónica. Retirada en su mansión, sabemos que medió ante las autoridades venecianas para crear un asilo donde se acogiese a las cortesanas enfermas o ancianas, y donde se enseñase un oficio a las mujeres que decidieran retirarse de la profesión. Asimismo, es muy probable que trabajara en nuevas obras literarias que –lamentablemente– no se han conservado.
El rastro de Verónica Franco se pierde definitivamente en 1582 y su nombre sólo vuelve a aparecer en el registro del Magistrato alla Sanità, donde un escueto parte fechado el 22 de julio de 1591 informa de que "la signora Verónica Franco ha fallecido de fiebres a la edad de cuarenta y cinco años". Con ella desaparecía la edad de oro de las cortesanas venecianas. Mujeres fuertes, libres, instruidas y sensuales que, en palabras de la propia Verónica Franco, estaban "condenadas a comer con boca ajena, dormir con ojos ajenos, moverse según los deseos ajenos, corriendo en manifiesto naufragio siempre de las facultades y de la vida".









