El Viaduc des Arts en París, queridos amigos, es un lugar único donde se puede experimentar la artesanía y la creatividad. Este antiguo viaducto ferroviario, que se transformó en un parque y centro de artesanía, alberga a diseñadores y artesanos que crean joyas, accesorios y luminarias. Los visitantes pueden disfrutar de un paseo por el parque elevado, que ofrece vistas únicas y detalles arquitectónicos invisibles desde la calle. Además, el Viaduc des Arts es un lugar ideal para los amantes del arte y la cultura, ya que ofrece una experiencia única de la creación artesanal contemporánea.
Pues,
es desde el Viaduc que nos llega la siguiente nota sobre temas que venimos
tratando en Policromía de Ideas. Se trata, en este caso, nuevamente de nuestra
ya conocida Hannah Arendt y del tema de la política, los sistemas de gobierno, el
accionar del pueblo y los métodos para manipular la voluntad de este.
Decía
más arriba que ya nos hemos encontrado con Hannah en notas anteriores que, para
los que les interese son:
Punto
de encuentro T-01 E-03 y
La
banalidad del mal.
El
análisis es interesante y nos permitirá agregar algunas conclusiones a lo expuesto
en él. Veámoslo:
CÓMO DESTRUIR EL
PENSAMIENTO CRÍTICO
CON MENTIRAS PERMANENTES
Arendt
nos advirtió hace 70 años: El verdadero peligro no es hacer que la gente crea
mentiras, sino que se les esté haciendo abandonar la verdad por completo.
Hannah
Arendt fue una filósofa política nacida en Alemania que sobrevivió al ascenso
del nazismo, huyó de Europa y dedicó el resto de su vida a entender cómo las
sociedades civilizadas pueden hundirse en pesadillas totalitarias. En 1951,
publicó "The Origins of Totalitarianism", una obra que sigue siendo
inquietante aún hoy.
La
idea central de Arendt era esta: Los sistemas totalitarios no convencen a la
gente de su ideología lo que buscan es destruir la capacidad de los individuos
para pensar corto.
En
una de sus observaciones más famosas, ella escribe:
El
resultado ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista
convencido, sino personas para las que ya no existe la distinción entre hecho y
ficción (entre real y falso).
Por
favor, lee eso de nuevo.
El
objetivo no es hacer creer, es confundir, hacer que la gente esté tan abrumada
con declaraciones contradictorias, tan enterrada en mentiras y contramentiras,
que simplemente abandonen el esfuerzo por saber lo que es real.
Cuando
ya no puedes distinguir la verdad de la mentira, no puedes distinguir el bien
del mal. Y cuando eso sucede, nos volvemos fáciles de controlar, no porque
hayamos sido convencidos, sino porque hemos dejado de pensar por nosotros
mismos.
Arendt
había entendido algo esencial: La educación totalitaria no trata de adoctrinar,
sino de destruir la capacidad de incluso formar convicciones. Si la gente ya no
cree en nada, no cuestiona nada, y no confía en nada, no se resistirá a nada.
Se desviará, adormecida y pasiva, mientras que el mundo a su alrededor se
oscurece.
En
su último ensayo Truth and Politics (1967), Arendt exploró cómo
funcionan las mentiras en los sistemas políticos. Observó que la mentira
constante y omnipresente no es sólo difundir la falsedad, sino erosionar el
concepto mismo de la verdad. Cuando todo se disputa, cuando cada hecho se descarta
como 'partidista', cuando la realidad misma se convierte en una cuestión de
opinión, entonces la verdad pierde completamente su poder.
Y
cuando la verdad no tiene poder, tampoco lo tienen ni la justicia, ni la
moralidad, ni la dignidad humana.
Arendt
vio suceder esto en tiempo real en Alemania de 1930. Observó cómo los nazis no
estaban sólo mintiendo: Estaban creando un ambiente donde la mentira se volvió
tan constante, tan abrumadora, que la gente común dejó de preocuparse por lo
que era verdad. Se estaban volviendo insensibles, cínicos. Y en ese
adormecimiento, las atrocidades se hicieron posibles.
Ella
no escribió esto para acusar errores, sino para advertir:
Puede
suceder en cualquier lugar. Le puede pasar a cualquiera.
Todo
empieza no con violencia, sino con la destrucción gradual de nuestra capacidad
de distinguir la realidad de la ficción.
Entonces,
¿qué hacer?
Arendt
pensó que la respuesta estaba en lo que ella llamó "pensar". No sólo
absorber información, sino participar activamente en ella cuestionando,
pensando, considerando varias perspectivas, rechazando respuestas fáciles o
explicaciones simplistas.
Ella
escribió: El revolucionario más radical se volverá conservador el día
después de la revolución.
En
otras palabras: En el momento en que dejemos de pensar críticamente, en el
momento en que aceptemos una narrativa sin cuestionarla, incluso una narrativa
con la que estamos de acuerdo, ya hemos perdido.
El
totalitarismo no se anuncia con botas y tanques militares. Comienza en
silencio, con la erosión gradual de nuestra capacidad de saber lo que es real. Prospera
en el cinismo, el agotamiento, y la idea de que todos los políticos mienten,
o no se puede confiar en nadie, o ¿quién sabe lo que es realmente
cierto, de todos modos?
Esta
renuncia -este agotamiento- es exactamente de lo que Arendt nos advirtió.
Hannah
Arendt murió en 1975, pero su advertencia todavía suena cierta:
*Protege
tu capacidad de pensar.
*Exige
la evidencia.
*Distingue
hechos de opiniones.
*No
dejes que la inundación de mentiras te haga abandonar la propia verdad.
Porque
tan pronto como dejas de preocuparte por lo que es real, ya has perdido todo lo
que importa.
Vía Arts in París.
Hasta
aquí, entonces, este interesante artículo. Y, como decía al comienzo, me
permite hacer algunas reflexiones. Veamos:
Creo
que el núcleo del artículo se encuentra en el siguiente tramo:
“El
objetivo no es hacer creer, es confundir, hacer que la gente esté tan abrumada
con declaraciones contradictorias, tan enterrada en mentiras y contramentiras,
que simplemente abandonen el esfuerzo por saber lo que es real”.
“Cuando
ya no puedes distinguir la verdad de la mentira, no puedes distinguir el bien
del mal. Y cuando eso sucede, nos volvemos fáciles de controlar, no porque
hayamos sido convencidos, sino porque hemos dejado de pensar por nosotros
mismos”.
“Arendt
había entendido algo esencial: La educación totalitaria no trata de adoctrinar,
sino de destruir la capacidad de incluso formar convicciones. Si la gente ya no
cree en nada, no cuestiona nada, y no confía en nada, no se resistirá a nada.
Se desviará, adormecida y pasiva, mientras que el mundo a su alrededor se
oscurece”.
Coincido
plenamente con ello, pero me parece que es mucho más fácil adoctrinar a un
individuo que nada sabe de su función dentro del engranaje social que a aquel
que tiene una clara conciencia de su función en la sociedad.
Y
cómo se logra esa conciencia es algo que ya hemos tratado en diversas notas
como, por ejemplo, en De conductores y conducidos o en Tres
propuestas – Addendum. Se debe formar al individuo, en la niñez y pubertad,
para que sea una célula sana y útil en el organismo social y no una célula
cancerosa que devengue en un tumor.
Es
por eso que los sistemas totalitarios, como nos previene Hannah, no favorecen
la educación, siguiendo el consejo de Lao Tsé de que: Al pueblo hay que
mantenerlo en la ignorancia y la apatía. ¡Tremenda frase! Tremenda porque
nos dice que no solo el pueblo debe ser ignorante (y hay que mantenerlo así)
sino apático, es decir, sumido en un estado de dejadez, indolencia, falta de
vigor o energía. Así fue que, en una nota anterior, yo postulaba que, que mejor
manera de mantener un pueblo apático que suministrarle droga que lo transforme
en zombis.
Como
ven, estimados amigos, todo está relacionado y, entonces, si uno forma un
Alejandro Magno, difícilmente obtendrá de él un ignorante y apático. Por el
contrario, si uno diluye la exigencia de la educación, haciendo de esta una
farsa, fácil será manejar al ciudadano.
De
allí entonces lo que yo propongo en De conductores y conducidos y en las
dos notas tituladas La actualización de la democracia.
Bien,
hasta aquí la nota de hoy, pero antes de despedirme los invito a leer o releer
las notas mencionadas en este artículo.
Ahora
sí, me despido:
¡Hasta pronto!
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