Les
comento, estimados amigos, que hace un par de días me encontraba huroneando en
una pila de papeles que adornan mi biblioteca desde hace tiempo, cuando mis
ojos pecadores recalaron en unas fotocopias que ostentaban un título que
reclamó mi vigorosa atención. El mismo rezaba de la siguiente guisa: Para
arreglar todo esto, hay que leer a Maquiavelo. La nota era del 21 de
octubre de 2017 y la firmaba Erica Benner.
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¿Y
quién es Erica Benner, Martín?
Pues,
Erica Benner es una filósofa política e historiadora de las ideas. Nacida en
Tokio, creció en Japón y en el Reino Unido. Tras obtener su doctorado en
Oxford, enseñó en la Universidad de Varsovia y en la Academia Polaca de
Ciencias, la Universidad de Oxford y la London School of Economics. Su primer
libro, Really Existing Nationalisms, se publicó en 1995. Como becaria en
ética y filosofía política en Yale, publicó otros tres libros aclamados,
incluyendo Be Like the Fox, una biografía de Maquiavelo que fue finalista
del Premio Elizabeth Longford y libro de la semana de la BBC. En 2016-17 fue
investigadora senior en el Instituto de Estudios Avanzados de la Central
European University.
Como
pueden ustedes apreciar, Erica es una figura de categoría. Aquí la tienen:
Erica
actualmente enseña en la Hertie School of Governance en Berlín, en LSE Ideas en
Londres y en programas académicos en Suecia y China. Es presidenta de la
European Society for the History of Political Thought y editora fundadora de la
serie de Brill History of European Political and Constitutional Thought. Sus
escritos han sido traducidos a muchos idiomas, incluyendo chino sencillo y
complejo, holandés, finlandés, francés, alemán, hebreo, italiano, coreano,
español, sueco, tamil y turco. Su nuevo libro, Adventures in Democracy: The
Turbulent World of People Power, salió en 2024 con Penguin Allen Lane y fue
seleccionado por el Financial Times en su lista de Qué Leer en 2024.
Y
el hecho de que sea presidente de la Sociedad Europea para la Historia del
Pensamiento Político claramente la acerca a Policromía de Ideas que tiene una
serie de artículos con el mismo objetivo.
Pero,
no quisiera proseguir sin efectuar antes un comentario lingüístico. La Real
Academia de la Lengua a aceptado el uso de la palabra presidenta, con lo
cual yo no estoy de acuerdo.
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¿Por
qué Martín?
Porque
presidente no es masculino como para hacer necesario un femenino. Si existiera presidento
entonces sí sería aceptable el femenino presidenta, pero lo que existe
es presidente que no es ni masculino ni femenino. Por ello, yo me
mantengo con presidente, y aquí paz y después gloria.
Y
ahora sí, someto a su impiadosa consideración de ustedes el artículo de Benner.
Para arreglar todo esto,
hay que leer a Maquiavelo
El
autor de El príncipe dedicó su vida a tratar advertir a la gente sobre
los peligros que amenazaban sus libertades. Sus reflexiones sobre desigualdad y
abuso de poder tiene plena vigencia
ERICA
BENNER
21
octubre 201'7-19:00 ART
Me
gustaría enseñarles el camino al infierno para que se mantengan apartados de él. El famoso filósofo
italiano Nicolás Maquiavelo escribió estas palabras a un amigo en 1526, poco
antes de su muerte. El infierno al que se refería era muy terrenal, el que
surge de malas decisiones políticas e instituciones corruptas. Las personas a
las que quería rescatar eran, para empezar, sus propios compatriotas, los
ciudadanos de Florencia y de otros lugares de Italia que estaban a punto de
perder sus últimos restos de soberanía y libertades civiles.
Así
como él había aprendido mucho de la historia antigua, Maquiavelo deseaba que
sus enseñanzas fueran útiles a futuros lectores —vivieran donde vivieran— para
que evitaran caer ciegamente en sus respectivas pesadillas políticas. Sobre
todo, quería enseñar a la gente cómo enfermaban las democracias y cómo podían
curarse.
Hoy
día, pocos consideran al viejo Nicolás como un sanador de enfermedades
democráticas. Incluso podría parecer perverso pedir consejo médico al autor de El
príncipe, un libro que muchos consideran un auténtico manual para tiranos.
Sin embargo, las reflexiones de Maquiavelo no consisten solo en luchas salvajes
por alcanzar el poder o en dominar los medios sin escrúpulos para lograr un fin
que lo justifique. Los primeros lectores de El príncipe —filósofos como
Spinoza y Rousseau— sabían, sin lugar a dudas, que el libro era una astuta
denuncia de los métodos que emplean los tiranos en su ascenso al poder.
En
1585, el jurista italiano exiliado Alberico Gentili dijo que Maquiavelo era un
firme defensor y entusiasta de la democracia, que pretendía no instruir
al tirano, sino poner al descubierto todos sus secretos ante los
ciudadanos. Mientras parecía educar al príncipe, decía Gentili, en
realidad, estaba educando al pueblo.
Los
primeros lectores de sus obras sabían que eran una astuta denuncia de los
métodos de los tiranos
Si
nos detenemos en la dramática historia de la vida de Maquiavelo y en la época
que inspiró sus ideas, esta opinión cobra verosimilitud. Los florentinos, como
los ciudadanos de las democracias establecidas de hoy, estaban orgullosos de su
particular forma de gobierno. Florencia era una república en la que había
amplias asambleas populares, cambios frecuentes de magistrados y una aversión oficial
a cualquier dirigente que sobrepasara los estrictos límites de su poder.
Pero,
al mismo tiempo, aquella era una época agitada en Florencia y en Italia, y la
inquietud hacía que la gente bajara la guardia. Cuando nació Maquiavelo la
acaudalada familia de los Médicis se había convertido en la dinastía más
poderosa de la ciudad, unos auténticos príncipes, pese a que, como los primeros
emperadores romanos, mantenían la fantasía de que no eran más que los primeros
ciudadanos de la República.
Con
sus relaciones y sus recursos económicos sin igual, y con su habilidad para
explotar las divisiones sociales, los Médicis redujeron la famosa libertá
de Florencia a una cáscara vacía.
Varios
familiares de Maquiavelo intentaron impedir sus maniobras anticonstitucionales:
uno de ellos murió en prisión, y otro, en el exilio.
Cuando
Nicolás tenía poco más de 20 años, los Médicis fueron expulsados de Florencia y
se restableció un gobierno popular. Durante 15 años, Maquiavelo fue uno de los
funcionarios más fieles de la República. Nadie luchó tanto como él para
defenderla frente a los peligros constantes que la acechaban desde fuera y
desde dentro. Aquella lucha le llevó a un largo viaje por Francia con el rey
Luis XII y a la hermética corte de César
Borgia, que amenazaba con atacar la ciudad y restaurar a los Médicis en el
poder.
El
secretario Maquiavelo y su ciudad escaparon por los pelos, pero esto no duró
mucho. En 1512, en un golpe apoyado por el Papa y por las temibles tropas
españolas, los Médicis volvieron al Gobierno. Despojaron a Maquiavelo de todos
sus cargos, le encarcelaron y le torturaron bajo sospecha de haber conspirado
contra ellos.
Diez
meses después, tras pasar un periodo deprimido y desempleado, Maquiavelo dijo a
sus amigos que había escrito el libro que conocemos con el título de El
príncipe.
Se
dice con frecuencia que fue su manera de solicitar trabajo, de congraciarse de
nuevo con sus patrones. Pero el contenido de la obra es tan escandaloso que no
parece probable que su autor se la enviara nunca a los dueños de Florencia, o,
si lo hizo, que creyera que la iban a recibir como una muestra de repentino
respeto por su poder. El libro está lleno de irónicos "elogios" a los
príncipes y Papas que habían llegado al poder a base de mentiras, sobornos y
asesinatos, una extraña selección de ejemplos para una dinastía cuyo jefe, Juan
de Médicis, acababa de ser elegido líder espiritual de toda la cristiandad, con
el nombre de papa León X.
Más
bien, como pensaron Gentili y otros, El príncipe es un manual de
autoayuda retorcido y astuto al servicio de los ciudadanos: parece que elogia a
los príncipes más taimados, pero, en realidad, enseña a los ciudadanos a no
deslizarse por sus rampas y a protegerse contra la tiranía.
Tanto
cuando era secretario de la República como a través de sus brillantes y
variados escritos —que incluyen comedias picantes, poemas, canciones festivas y
una historia de Florencia—, Maquiavelo dedicó su vida a tratar de advertir a la
gente sobre los peligros que amenazaban sus libertades políticas, con la
esperanza de que aprendieran a defenderse. ¿Qué diría sobre las dificultades
que atraviesan hoy nuestras democracias?
Las
demandas de conformidad empujan a los fanáticos a dividir a la gente en bandos
enemigos
Seguramente
empezaría por recomendar que, para tratar al Estado, hay que practicar una
medicina de calidad y no quedarse en los síntomas superficiales, sino buscar
las causas fundamentales. En sus escritos sobre Florencia, la antigua Roma y
otras repúblicas, Maquiavelo llega a la conclusión de que las crisis
democráticas tienen dos causas especialmente profundas. Una es el sectarismo
extremo, que no es lo mismo que las discrepancias, por grandes que sean, entre
unos partidos políticos organizados. Las discrepancias, subraya, pueden ser
síntomas de la buena salud de una democracia: en toda sociedad libre existen
valores e intereses distintos, y hay que dejar que se expresen, que ocupen su
parte correspondiente del espacio público. La enfermedad aparece cuando la
gente confunde la sana discrepancia con unos desacuerdos irremediables y
empieza a exigir la conformidad ideológica además de la obediencia a las leyes
comunes.
Las
demandas de conformidad empujan a los más fanáticos a dividir a la gente en
bandos enemigos, no a tener en cuenta los intereses comunes y pensar que
necesitan la "victoria suprema" sobre sus adversarios. Quienes
creen que así se puede unir una república, dice Maquiavelo, están muy
engañados", y aspiran a algo que va en detrimento de la libertad.
La
otra gran amenaza es la que generan las desigualdades extremas. Maquiavelo no
era un estricto partidario de la igualdad, pero sí pensaba que, para evitar la
corrupción, las democracias necesitan tener una vaga "igualdad" de
oportunidades, riqueza y posición social entre los ciudadanos. Un exceso de
desigualdades destruye la confianza de la gente porque facilita que los ricos
dominen a los demás y hace pensar a los pobres que el sistema está manipulado
en su contra. Y o, alteran el equilibrio general de las libertades que preserva
la estabilidad de las sociedades libres.
Maquiavelo
hace hincapié en una cosa: que los ciudadanos corrientes son tan responsables
de estas patologías como los dirigentes y los ricos. Después de presenciar los
enfrentamientos sangrientos entre partidarios y enemigos del carismático fraile
dominico Girolamo Savonarola —cuyos sermones contra la corrupción le
convirtieron, durante un tiempo, en el líder real de Florencia—, Maquiavelo se
dio cuenta de que el increíble poder del religioso derivaba, más que de sus
manipulaciones, de la credulidad de sus seguidores.
Entre
dichos seguidores había algunos muy educados y otros más "toscos",
pero todos deseaban un drástico cambio, en aquellos tiempos llenos de miedo y
corrupción, y vieron a Savonarola, con sus palabras contra el sistema, como su
salvador. Sus seguidores y adversarios transformaron la política en una lucha
por el alma de Florencia y, en el proceso, casi acabaron con la República.
Respecto
a las desigualdades, Maquiavelo señala que, en sociedades de mercaderes y
banqueros, con tanta competitividad —hoy habría encontrado muchas similitudes—,
todo el mundo se obsesiona con ganar y perder, con las clasificaciones y los
títulos, e intenta adelantar a los demás como sea. A menudo, los que proceden
de las capas medias, muy preocupados por su estatus, son los que más quieren
avanzar, para no quedarse atrás: Porque a los hombres no les parece que
tienen asegurada la posesión de lo que corresponde a un hom-bre si no adquieren
algo nuevo. Es lo que ocurrió en Florencia, recuerda Maquiavelo en sus
Historias florentinas, cuando los ciudadanos de clase media arrinconaron y
expulsaron a los trabajadores pobres del sistema gremial que había protegido
sus derechos. El resultado fue una guerra civil que destruyó la confianza entre
las clases sociales durante siglos.
Si
examinamos las democracias liberales de hoy, es fácil ver grietas como las que
denunciaba Maquiavelo, que fue testigo de la facilidad con la que el
autoritarismo puede arraigar y florecer en unas circunstancias semejantes.
Pero, un momento, ¿no nos dice el "realismo maquiavélico" que, en
este mundo despiadado, uno debe pensar ante todo en su propia seguridad, y que
la preocupación por las luchas civiles y las desigualdades debe pasar a un
segundo plano muy distante?
Solo
si nos tomamos en serio el consejo de algunas frases estremecedoras de El
príncipe como que los príncipes deben saber entrar en el mal; pero
eso es no tener en cuenta la opinión autorizada de que Maquiavelo no estaba
elogiando esos métodos, sino enseñando a los ciudadanos los mecanismos de la
tiranía. Maquiavelo era un hombre muy divertido, con un irrefrenable impulso
satírico, y sus blancos preferidos eran los gobernantes que no respetaban
ningún límite en su búsqueda de un poder cada vez mayor. Los argumentos más
enérgicos de El príncipe plantean que el unilateralismo egocéntrico es
una forma muy poco realista de adquirir seguridad. Las victorias nunca están
aseguradas sin cierto grado de respeto", dice en un fragmento que la
mayoría de los estudiosos suele pasar por alto; sobre todo, respeto a la
justicia.
¿Qué
pueden hacer los ciudadanos para salvar sus democracias acosadas? Si Maquiavelo
viviera hoy, quizá empezaría por decirnos que asumamos más responsabilidad por
nuestros problemas, en lugar de culpar a determinados líderes o al
"sistema". No cabe duda de que los políticos engañan, inflaman,
difunden "noticias falsas" y "hechos alternativos" pero
algunos ciudadanos son tan quisquillosos respecto a su honor, tan propensos a
caer en el pánico, que se cumple la máxima de que quien engaña siempre
encuentra a alguien que se deja engañar. No cabe duda de que las
democracias actuales son inmensas máquinas impersonales manejadas por personas
a las que parece importar más su carrera que el bien público. Pero los
ciudadanos que desean el cambio deben organizarse y trabajar para lograrlo, no
dejar todo en manos de extremistas o grandes salvadores que les prometen
transformar el sistema. Cuando la gente está harta e irritada, apunta con
perspicacia Maquiavelo, le es muy fácil "convencerse" de que un líder
de comportamiento ilegal y vida sin escrúpulos puede hacer que surja la
libertad. Pero el resultado nunca es el esperado. Los ciudadanos, que se
dejan llevar demasiado deprisa por grandes esperanzas y promesas
deslumbrantes, a menudo se encuentran después con que bajo la superficie
se esconde la ruina de la República.
Maquiavelo
pensaba que señalar a los ciudadanos sus errores fuera suficiente para que se
despertaran y se alejaran del abismo. Le gustaba analizar los trucos retóricos
con los que las personas se engañan a sí mismas para no tener que asumir su
responsabilidad democrática: la responsabilidad de juzgar con atención las
políticas y a los candidatos, de escuchar a la otra parte, de entablar un
diálogo civilizado y de no pretender tener más poder y recursos de los que, con
justicia, le corresponden. Sin embargo, a pesar de su brutal franqueza al
hablar de los defectos del gobierno popular y sus responsables, Maquiavelo deja
claro por qué una democracia basada en las leyes es siempre mejor que un
gobierno autoritario: Un pueblo capaz de hacer lo que quiere no es sabio,
pero un príncipe capaz de hacer lo que quiere está loco. Maquiavelo nos
ayuda a interpretar con agudeza las señales de peligro político, y su vida y
sus palabras nos enseñan a no crear nuestros propios infiernos políticos, ni
empeorar los que ya tenemos.
Bien,
hasta aquí el interesante artículo de Benner. Pero, no quisiera cerrar esta
nota sin extraer algunos conceptos de lo que nos aporta Maquiavelo,
respondiendo a la pregunta de Erica acerca de ¿qué diría Nicolás sobre las
dificultades que atraviesan hoy nuestras democracias? Y, al responder esta pregunta, se hace claro que Maquiavelo fue un ávido lector de Policromía de Ideas 😉 pues llega a las mismas conclusiones que se han obtenido en este foro.
Pues,
hemos leído más arriba que Maquiavelo considera que una de las causas de las
crisis de la democracia es el sectarismo extremo, que no es lo mismo que las
discrepancias, por grandes que sean, entre unos partidos políticos organizados.
Y,
por ejemplo, en Argentina hemos vivido ese tipo de sectarismo con el peronismo.
Se decía, en época del gobierno de Perón que quien no era peronista, era
antiperonista en una clara muestra de sectarismo extremo. Lo mismo se
podría decir del nazismo y de cualquier grupo político que se arrogue la verdad
absoluta.
Y
el siguiente punto muy interesante de lo que nos trae Banner de Maquiavelo es
el pasaje que dice: ¿Qué pueden hacer los ciudadanos para salvar sus
democracias acosadas? Si Maquiavelo viviera hoy, quizá empezaría por decirnos
que asumamos más responsabilidad por nuestros problemas, en lugar de culpar a
determinados líderes o al "sistema".
Esto es fundamental y lo hemos tratado en notas anteriores acerca del fracaso de la democracia y la actualización de la misma. ¡¡¡En democracia hay que PARTICIPAR!!! Hay que ocuparse de ella como del hogar en que vivimos. Hemos hablado de ello en la nota Homo ¿sapiens? Allí vimos el ¿chiste? Gráfico tan ilustrativo donde una persona le dice a un hincha de fútbol (se sabe por la vestimenta) que el fútbol es una tapadera de los problemas políticos y sociales y el hincha responde: ¿Y a mi qué me importa?
A ese cero a la izquierda,
Maquiavelo lo mandaría al cadalso… ¡y a mi no me faltan ganas!
Bien
amigos, espero que este repaso de las ideas del florentino, gracias a la pluma
de Erica Banner haya sido de interés para todos ustedes.
Y
ahora sí, para terminar, les recuerdo que mi libro de ajedrez El
Ajedrez de la B a la Q, Tomo I, lo podrán encontrar en Mi
Librería:
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Bueno, queridos amigos, llegados a este punto, me despido con un sonoro:
¡Hasta la próxima!
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