domingo, 16 de agosto de 2026

Historia de las ideas políticas - 7

Les comento, estimados amigos, que hace un par de días me encontraba huroneando en una pila de papeles que adornan mi biblioteca desde hace tiempo, cuando mis ojos pecadores recalaron en unas fotocopias que ostentaban un título que reclamó mi vigorosa atención. El mismo rezaba de la siguiente guisa: Para arreglar todo esto, hay que leer a Maquiavelo. La nota era del 21 de octubre de 2017 y la firmaba Erica Benner.

-         ¿Y quién es Erica Benner, Martín?

Pues, Erica Benner es una filósofa política e historiadora de las ideas. Nacida en Tokio, creció en Japón y en el Reino Unido. Tras obtener su doctorado en Oxford, enseñó en la Universidad de Varsovia y en la Academia Polaca de Ciencias, la Universidad de Oxford y la London School of Economics. Su primer libro, Really Existing Nationalisms, se publicó en 1995. Como becaria en ética y filosofía política en Yale, publicó otros tres libros aclamados, incluyendo Be Like the Fox, una biografía de Maquiavelo que fue finalista del Premio Elizabeth Longford y libro de la semana de la BBC. En 2016-17 fue investigadora senior en el Instituto de Estudios Avanzados de la Central European University.

Como pueden ustedes apreciar, Erica es una figura de categoría. Aquí la tienen:

Erica actualmente enseña en la Hertie School of Governance en Berlín, en LSE Ideas en Londres y en programas académicos en Suecia y China. Es presidenta de la European Society for the History of Political Thought y editora fundadora de la serie de Brill History of European Political and Constitutional Thought. Sus escritos han sido traducidos a muchos idiomas, incluyendo chino sencillo y complejo, holandés, finlandés, francés, alemán, hebreo, italiano, coreano, español, sueco, tamil y turco. Su nuevo libro, Adventures in Democracy: The Turbulent World of People Power, salió en 2024 con Penguin Allen Lane y fue seleccionado por el Financial Times en su lista de Qué Leer en 2024.

Y el hecho de que sea presidente de la Sociedad Europea para la Historia del Pensamiento Político claramente la acerca a Policromía de Ideas que tiene una serie de artículos con el mismo objetivo.

Pero, no quisiera proseguir sin efectuar antes un comentario lingüístico. La Real Academia de la Lengua a aceptado el uso de la palabra presidenta, con lo cual yo no estoy de acuerdo.

-         ¿Por qué Martín?

Porque presidente no es masculino como para hacer necesario un femenino. Si existiera presidento entonces sí sería aceptable el femenino presidenta, pero lo que existe es presidente que no es ni masculino ni femenino. Por ello, yo me mantengo con presidente, y aquí paz y después gloria.

Y ahora sí, someto a su impiadosa consideración de ustedes el artículo de Benner.

 

Para arreglar todo esto, hay que leer a Maquiavelo

 

El autor de El príncipe dedicó su vida a tratar advertir a la gente sobre los peligros que amenazaban sus libertades. Sus reflexiones sobre desigualdad y abuso de poder tiene plena vigencia

 

ERICA BENNER

21 octubre 201'7-19:00 ART

Me gustaría enseñarles el camino al infierno para que se mantengan apartados de él. El famoso filósofo italiano Nicolás Maquiavelo escribió estas palabras a un amigo en 1526, poco antes de su muerte. El infierno al que se refería era muy terrenal, el que surge de malas decisiones políticas e instituciones corruptas. Las personas a las que quería rescatar eran, para empezar, sus propios compatriotas, los ciudadanos de Florencia y de otros lugares de Italia que estaban a punto de perder sus últimos restos de soberanía y libertades civiles.

Así como él había aprendido mucho de la historia antigua, Maquiavelo deseaba que sus enseñanzas fueran útiles a futuros lectores —vivieran donde vivieran— para que evitaran caer ciegamente en sus respectivas pesadillas políticas. Sobre todo, quería enseñar a la gente cómo enfermaban las democracias y cómo podían curarse.

Hoy día, pocos consideran al viejo Nicolás como un sanador de enfermedades democráticas. Incluso podría parecer perverso pedir consejo médico al autor de El príncipe, un libro que muchos consideran un auténtico manual para tiranos. Sin embargo, las reflexiones de Maquiavelo no consisten solo en luchas salvajes por alcanzar el poder o en dominar los medios sin escrúpulos para lograr un fin que lo justifique. Los primeros lectores de El príncipe —filósofos como Spinoza y Rousseau— sabían, sin lugar a dudas, que el libro era una astuta denuncia de los métodos que emplean los tiranos en su ascenso al poder.

En 1585, el jurista italiano exiliado Alberico Gentili dijo que Maquiavelo era un firme defensor y entusiasta de la democracia, que pretendía no instruir al tirano, sino poner al descubierto todos sus secretos ante los ciudadanos. Mientras parecía educar al príncipe, decía Gentili, en realidad, estaba educando al pueblo.

Los primeros lectores de sus obras sabían que eran una astuta denuncia de los métodos de los tiranos

Si nos detenemos en la dramática historia de la vida de Maquiavelo y en la época que inspiró sus ideas, esta opinión cobra verosimilitud. Los florentinos, como los ciudadanos de las democracias establecidas de hoy, estaban orgullosos de su particular forma de gobierno. Florencia era una república en la que había amplias asambleas populares, cambios frecuentes de magistrados y una aversión oficial a cualquier dirigente que sobrepasara los estrictos límites de su poder.

Pero, al mismo tiempo, aquella era una época agitada en Florencia y en Italia, y la inquietud hacía que la gente bajara la guardia. Cuando nació Maquiavelo la acaudalada familia de los Médicis se había convertido en la dinastía más poderosa de la ciudad, unos auténticos príncipes, pese a que, como los primeros emperadores romanos, mantenían la fantasía de que no eran más que los primeros ciudadanos de la República.

Con sus relaciones y sus recursos económicos sin igual, y con su habilidad para explotar las divisiones sociales, los Médicis redujeron la famosa libertá de Florencia a una cáscara vacía.

Varios familiares de Maquiavelo intentaron impedir sus maniobras anticonstitucionales: uno de ellos murió en prisión, y otro, en el exilio.

Cuando Nicolás tenía poco más de 20 años, los Médicis fueron expulsados de Florencia y se restableció un gobierno popular. Durante 15 años, Maquiavelo fue uno de los funcionarios más fieles de la República. Nadie luchó tanto como él para defenderla frente a los peligros constantes que la acechaban desde fuera y desde dentro. Aquella lucha le llevó a un largo viaje por Francia con el rey Luis XII  y a la hermética corte de César Borgia, que amenazaba con atacar la ciudad y restaurar a los Médicis en el poder.

El secretario Maquiavelo y su ciudad escaparon por los pelos, pero esto no duró mucho. En 1512, en un golpe apoyado por el Papa y por las temibles tropas españolas, los Médicis volvieron al Gobierno. Despojaron a Maquiavelo de todos sus cargos, le encarcelaron y le torturaron bajo sospecha de haber conspirado contra ellos.

Diez meses después, tras pasar un periodo deprimido y desempleado, Maquiavelo dijo a sus amigos que había escrito el libro que conocemos con el título de El príncipe.

Se dice con frecuencia que fue su manera de solicitar trabajo, de congraciarse de nuevo con sus patrones. Pero el contenido de la obra es tan escandaloso que no parece probable que su autor se la enviara nunca a los dueños de Florencia, o, si lo hizo, que creyera que la iban a recibir como una muestra de repentino respeto por su poder. El libro está lleno de irónicos "elogios" a los príncipes y Papas que habían llegado al poder a base de mentiras, sobornos y asesinatos, una extraña selección de ejemplos para una dinastía cuyo jefe, Juan de Médicis, acababa de ser elegido líder espiritual de toda la cristiandad, con el nombre de papa León X.

Más bien, como pensaron Gentili y otros, El príncipe es un manual de autoayuda retorcido y astuto al servicio de los ciudadanos: parece que elogia a los príncipes más taimados, pero, en realidad, enseña a los ciudadanos a no deslizarse por sus rampas y a protegerse contra la tiranía.

Tanto cuando era secretario de la República como a través de sus brillantes y variados escritos —que incluyen comedias picantes, poemas, canciones festivas y una historia de Florencia—, Maquiavelo dedicó su vida a tratar de advertir a la gente sobre los peligros que amenazaban sus libertades políticas, con la esperanza de que aprendieran a defenderse. ¿Qué diría sobre las dificultades que atraviesan hoy nuestras democracias? 

Las demandas de conformidad empujan a los fanáticos a dividir a la gente en bandos enemigos

Seguramente empezaría por recomendar que, para tratar al Estado, hay que practicar una medicina de calidad y no quedarse en los síntomas superficiales, sino buscar las causas fundamentales. En sus escritos sobre Florencia, la antigua Roma y otras repúblicas, Maquiavelo llega a la conclusión de que las crisis democráticas tienen dos causas especialmente profundas. Una es el sectarismo extremo, que no es lo mismo que las discrepancias, por grandes que sean, entre unos partidos políticos organizados. Las discrepancias, subraya, pueden ser síntomas de la buena salud de una democracia: en toda sociedad libre existen valores e intereses distintos, y hay que dejar que se expresen, que ocupen su parte correspondiente del espacio público. La enfermedad aparece cuando la gente confunde la sana discrepancia con unos desacuerdos irremediables y empieza a exigir la conformidad ideológica además de la obediencia a las leyes comunes.

Las demandas de conformidad empujan a los más fanáticos a dividir a la gente en bandos enemigos, no a tener en cuenta los intereses comunes y pensar que necesitan la "victoria suprema" sobre sus adversarios. Quienes creen que así se puede unir una república, dice Maquiavelo, están muy engañados", y aspiran a algo que va en detrimento de la libertad.

La otra gran amenaza es la que generan las desigualdades extremas. Maquiavelo no era un estricto partidario de la igualdad, pero sí pensaba que, para evitar la corrupción, las democracias necesitan tener una vaga "igualdad" de oportunidades, riqueza y posición social entre los ciudadanos. Un exceso de desigualdades destruye la confianza de la gente porque facilita que los ricos dominen a los demás y hace pensar a los pobres que el sistema está manipulado en su contra. Y o, alteran el equilibrio general de las libertades que preserva la estabilidad de las sociedades libres.

Maquiavelo hace hincapié en una cosa: que los ciudadanos corrientes son tan responsables de estas patologías como los dirigentes y los ricos. Después de presenciar los enfrentamientos sangrientos entre partidarios y enemigos del carismático fraile dominico Girolamo Savonarola —cuyos sermones contra la corrupción le convirtieron, durante un tiempo, en el líder real de Florencia—, Maquiavelo se dio cuenta de que el increíble poder del religioso derivaba, más que de sus manipulaciones, de la credulidad de sus seguidores.

Entre dichos seguidores había algunos muy educados y otros más "toscos", pero todos deseaban un drástico cambio, en aquellos tiempos llenos de miedo y corrupción, y vieron a Savonarola, con sus palabras contra el sistema, como su salvador. Sus seguidores y adversarios transformaron la política en una lucha por el alma de Florencia y, en el proceso, casi acabaron con la República.

Respecto a las desigualdades, Maquiavelo señala que, en sociedades de mercaderes y banqueros, con tanta competitividad —hoy habría encontrado muchas similitudes—, todo el mundo se obsesiona con ganar y perder, con las clasificaciones y los títulos, e intenta adelantar a los demás como sea. A menudo, los que proceden de las capas medias, muy preocupados por su estatus, son los que más quieren avanzar, para no quedarse atrás: Porque a los hombres no les parece que tienen asegurada la posesión de lo que corresponde a un hom-bre si no adquieren algo nuevo. Es lo que ocurrió en Florencia, recuerda Maquiavelo en sus Historias florentinas, cuando los ciudadanos de clase media arrinconaron y expulsaron a los trabajadores pobres del sistema gremial que había protegido sus derechos. El resultado fue una guerra civil que destruyó la confianza entre las clases sociales durante siglos.

Si examinamos las democracias liberales de hoy, es fácil ver grietas como las que denunciaba Maquiavelo, que fue testigo de la facilidad con la que el autoritarismo puede arraigar y florecer en unas circunstancias semejantes. Pero, un momento, ¿no nos dice el "realismo maquiavélico" que, en este mundo despiadado, uno debe pensar ante todo en su propia seguridad, y que la preocupación por las luchas civiles y las desigualdades debe pasar a un segundo plano muy distante?

Solo si nos tomamos en serio el consejo de algunas frases estremecedoras de El príncipe como que los príncipes deben saber entrar en el mal; pero eso es no tener en cuenta la opinión autorizada de que Maquiavelo no estaba elogiando esos métodos, sino enseñando a los ciudadanos los mecanismos de la tiranía. Maquiavelo era un hombre muy divertido, con un irrefrenable impulso satírico, y sus blancos preferidos eran los gobernantes que no respetaban ningún límite en su búsqueda de un poder cada vez mayor. Los argumentos más enérgicos de El príncipe plantean que el unilateralismo egocéntrico es una forma muy poco realista de adquirir seguridad. Las victorias nunca están aseguradas sin cierto grado de respeto", dice en un fragmento que la mayoría de los estudiosos suele pasar por alto; sobre todo, respeto a la justicia.

¿Qué pueden hacer los ciudadanos para salvar sus democracias acosadas? Si Maquiavelo viviera hoy, quizá empezaría por decirnos que asumamos más responsabilidad por nuestros problemas, en lugar de culpar a determinados líderes o al "sistema". No cabe duda de que los políticos engañan, inflaman, difunden "noticias falsas" y "hechos alternativos" pero algunos ciudadanos son tan quisquillosos respecto a su honor, tan propensos a caer en el pánico, que se cumple la máxima de que quien engaña siempre encuentra a alguien que se deja engañar. No cabe duda de que las democracias actuales son inmensas máquinas impersonales manejadas por personas a las que parece importar más su carrera que el bien público. Pero los ciudadanos que desean el cambio deben organizarse y trabajar para lograrlo, no dejar todo en manos de extremistas o grandes salvadores que les prometen transformar el sistema. Cuando la gente está harta e irritada, apunta con perspicacia Maquiavelo, le es muy fácil "convencerse" de que un líder de comportamiento ilegal y vida sin escrúpulos puede hacer que surja la libertad. Pero el resultado nunca es el esperado. Los ciudadanos, que se dejan llevar demasiado deprisa por grandes esperanzas y promesas deslumbrantes, a menudo se encuentran después con que bajo la superficie se esconde la ruina de la República.

Maquiavelo pensaba que señalar a los ciudadanos sus errores fuera suficiente para que se despertaran y se alejaran del abismo. Le gustaba analizar los trucos retóricos con los que las personas se engañan a sí mismas para no tener que asumir su responsabilidad democrática: la responsabilidad de juzgar con atención las políticas y a los candidatos, de escuchar a la otra parte, de entablar un diálogo civilizado y de no pretender tener más poder y recursos de los que, con justicia, le corresponden. Sin embargo, a pesar de su brutal franqueza al hablar de los defectos del gobierno popular y sus responsables, Maquiavelo deja claro por qué una democracia basada en las leyes es siempre mejor que un gobierno autoritario: Un pueblo capaz de hacer lo que quiere no es sabio, pero un príncipe capaz de hacer lo que quiere está loco. Maquiavelo nos ayuda a interpretar con agudeza las señales de peligro político, y su vida y sus palabras nos enseñan a no crear nuestros propios infiernos políticos, ni empeorar los que ya tenemos.

 

Bien, hasta aquí el interesante artículo de Benner. Pero, no quisiera cerrar esta nota sin extraer algunos conceptos de lo que nos aporta Maquiavelo, respondiendo a la pregunta de Erica acerca de ¿qué diría Nicolás sobre las dificultades que atraviesan hoy nuestras democracias? Y, al responder esta pregunta, se hace claro que Maquiavelo fue un ávido lector de Policromía de Ideas 😉 pues llega a las mismas conclusiones que se han obtenido en este foro.

Pues, hemos leído más arriba que Maquiavelo considera que una de las causas de las crisis de la democracia es el sectarismo extremo, que no es lo mismo que las discrepancias, por grandes que sean, entre unos partidos políticos organizados.

Y, por ejemplo, en Argentina hemos vivido ese tipo de sectarismo con el peronismo. Se decía, en época del gobierno de Perón que quien no era peronista, era antiperonista en una clara muestra de sectarismo extremo. Lo mismo se podría decir del nazismo y de cualquier grupo político que se arrogue la verdad absoluta.

Y el siguiente punto muy interesante de lo que nos trae Banner de Maquiavelo es el pasaje que dice: ¿Qué pueden hacer los ciudadanos para salvar sus democracias acosadas? Si Maquiavelo viviera hoy, quizá empezaría por decirnos que asumamos más responsabilidad por nuestros problemas, en lugar de culpar a determinados líderes o al "sistema".

Esto es fundamental y lo hemos tratado en notas anteriores acerca del fracaso de la democracia y la actualización de la misma. ¡¡¡En democracia hay que PARTICIPAR!!! Hay que ocuparse de ella como del hogar en que vivimos. Hemos hablado de ello en la nota Homo ¿sapiens? Allí vimos el ¿chiste? Gráfico tan ilustrativo donde una persona le dice a un hincha de fútbol (se sabe por la vestimenta) que el fútbol es una tapadera de los problemas políticos y sociales y el hincha responde: ¿Y a mi qué me importa? 

A ese cero a la izquierda, Maquiavelo lo mandaría al cadalso… ¡y a mi no me faltan ganas!

Bien amigos, espero que este repaso de las ideas del florentino, gracias a la pluma de Erica Banner haya sido de interés para todos ustedes.

Y ahora sí, para terminar, les recuerdo que mi libro de ajedrez El Ajedrez de la B a la Q, Tomo I, lo podrán encontrar en Mi Librería:
Avenida España 1927 – Mendoza – Argentina.
Celular: +54 9 261 6321054
E-mail: consultas@milibreria.net
Web: www.milibreria.net
Bueno, queridos amigos, llegados a este punto, me despido con un sonoro:

¡Hasta la próxima!

  

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