Les
comento, queridos amigos, que mis ojos vagaban divertidos por el simpático
libro Historias de la Historia, de Carlos Fisas (1919-2010), cuando, en
uno de los apartados, leo el título que acompaña esta nota de Policromía de
Ideas. Desde luego que, al igual que ustedes, reconocí inmediatamente que se
trataba de Niccoló Paganini e inmediatamente me surgió el deseo de compartir
con ustedes la biografía de ese excelente músico contada por Fisas que aporta
el chismerío siempre sabroso.
Pero,
antes, les comento un poco quién fue Carlos Fisas. Se trató de un español apasionado de
la historia que recopiló una serie de anécdotas y curiosidades que hicieron de Historias de la Historia
un libro de referencia en la divulgación histórica. Este libro, que ha sido
reeditado en múltiples ocasiones, ha encabezado regularmente listas de bestsellers
y se ha convertido en un arcón con historias divertidas y entretenidas. Fisas, quien
también fue conferenciante por universidades y centros culturales en Europa, ha
contribuido a la cultura popular a través de su trabajo en la televisión y la radio.
Es
interesante notar también que Fisas recorre la misma senda de Policromía de
Ideas pues su libro recoge anécdotas de Literatura, Música, Historia, Religión…
El único ámbito que no explora es la Ciencia.
Por
último, les comento que la portada del ejemplar que poseo menciona que se trata
de la trigésima edición (les pido un minuto de silencio por los números
ordinales que han muerto) con 118.000 ejemplares vendidos.
Y
ya que toqué el tema de los números ordinales, les comento, apesadumbrado, que,
viendo un video de la National Geographic sobre el antiguo Egipto, escuché,
incrédulo, que el locutor mencionaba a Ramsés onceavo, en lugar de Ramsés
decimoprimero. Es decir, Ramsés dividido once…
Sin
embargo, no todo ha de ser negativo, así que, para equilibrar la balanza, les
transcribo un epigrama que registra Fisas en su libro en el apartado que lleva
ese nombre: EPIGRAMAS. Como ustedes sabrán, mis doctos amigos, un epigrama es
una composición poética breve en que, con precisión y agudeza, se expresa un
motivo por lo común festivo o satírico. Veámoslo:
Se queja de padecer
dolor de cabeza Irene,
más no acierto a
comprender
cómo le puede doler
si es algo que ella no
tiene.
Y,
ahora sí, vamos a lo que nos cuenta Fisas de Paganini.
EL VIOLINISTA DIABÓLICO
El 27 de octubre de 1782 nacía en Génova un genio de la música. Se llamaba Niccoló Paganini. En algunas enciclopedias figura el año 1784 como el de su nacimiento. Pero ello poco importa. El caso es que el pequeño Paganini era un niño prodigio. A los cuatro años conocía perfectamente los rudimentos de la música. Su padre le compró un violín de segunda o cuarta mano, y con él el pequeño Niccoló descubría aspectos insospechados del arte musical.
Tenía
doce años cuando su padre le mandó al maestro Alessandro Rolla para que
siguiese sus lecciones. A los pocos días el maestro vio que Paganini seguía a
primera vista un concierto, harto difícil, y no pudo menos de decirle:
—Has
venido para aprender; pero no tengo nada que enseñarte.
Era,
como he dicho, un niño prodigio. Ustedes, amigos lectores, saben que,
generalmente, estos niños son enormemente repugnantes y repipis. Niccoló no era
de ellos. Jugaba y se divertía con sus amigos; pero su ansia y su afición era
la música y especialmente el violín.
A
pesar de ello, en 1801, contaba sólo diecinueve años de edad, se enamoró de una
rica señora, bastante mayor que él, y quiso abandonar la música para dedicarse
a la agricultura. Afortunadamente, la fiebre erótica le duró poco y la música
ganó un genio.
Su
habilidad en tocar el violín era extraordinaria. Tenía largos dedos y largos
brazos lo que le permitió hacerse construir un arco más largo de lo normal y
abarcar más espacio en las cuerdas.
En
aquella época, inicios del siglo XIX, los intérpretes intercalaban en sus
conciertos números que hoy nos parecerían inadmisibles. Testimonio de ello es
la siguiente anécdota.
En
Ferrara, una tal Pallerini, de oficio bailarina, había cantado en sustitución
de la soprano Marcolini, ídolo del público, que se encontraba indispuesta; los
espectadores la silbaron y Paganini, a quien le tocaba actuar inmediatamente,
decidió vengarla. Ante el público y con su violín imitó el trino de diversos
pájaros, el grito de diferentes animales y por fin el rebuznar del asno, y
dijo:
—Ésta
es la voz de aquellos que han silbado a la Pallerini.
La
que se armó fue de órdago. Paganini tuvo que presentar excusas y no volvió a
tocar en Ferrara.
Era
tan extraordinaria la habilidad de Paganini al tocar el violín, que se creyó
que no era posible haberlo alcanzado por medios naturales y se creó una leyenda
a su alrededor. Se dijo que Paganini había matado a un rival y condenado por
ello a presidio y que en él había pactado con el diablo entregándole su alma a
cambio de la libertad y la maravillosa técnica violinista que mostraba. El
vulgo creyó en la leyenda y no faltó quien asegurase que, durante un concierto,
había visto con sus propios ojos al diablo al lado del violinista ayudándole en
los momentos difíciles.
Tuvo
fama de avaro, y no era verdad. No fue dispendioso, pero tampoco avariento,
como lo prueba el caso de Berlioz, que era entonces un desconocido, y que a
duras penas consiguió que en un concierto se ejecutara su misa. En la sala se
encontraba Paganini, quien se dio cuenta en seguida del valor del joven compositor.
Cuando terminó el concierto fue a verle, se arrodilló a sus pies —no se olvide
que se estaba en la época romántica y estas efusiones hoy risibles eran
corrientes entonces— y le dijo que era el rey de los músicos. No contento con
esto, aquella misma noche hizo llegar a Berlioz un pagaré de veinte mil francos
contra la Banca Rothschild para ayudarle económicamente.
A
Paganini le molestaba mucho que le invitasen a comer para luego tener que
ejecutar algunas piezas gratis ante sus anfitriones. Cuando le invitaban y le
decían: «No olvide el violín», respondía invariablemente:
—Mi
violín no come nunca fuera de casa.
Se
unió sentimentalmente —como ahora suele decirse— a una cantante llamada Antonia
Bianchi, de la que tuvo un hijo al que llamó Aquiles.
Un
día, cuando estaba en Milán, pasó por una calle y un tentador olor a pescado
frito le llamó la atención y se dispuso a entrar en el local cuando el dueño
del mismo, señalando el estuche de su violín del que casi nunca se separaba, le
mostró al mismo tiempo un letrero fijado en la puerta: «Prohibida la entrada a
los músicos ambulantes.» Y aquel día Paganini no comió pescado frito.
Durante
su estancia en París, en 1831, en la cual cosechó triunfos muy sonados, tuvo
una noche que alquilar un coche de punto para que le llevase a la sala donde
debía dar el concierto. Al llegar allí le preguntó al cochero:
—¿Cuánto
le debo?
—Veinte
francos.
—¿Veinte
francos? ¿Tan caros son los coches en París?
—Mi
querido señor —respondió el cochero, que le había reconocido. Cuando se ganan
cuatro mil francos en una noche por tocar con una sola cuerda, se pueden pagar
veinte francos por una carrera.
Paganini
se enteró por el portero de la sala del precio justo y volvió al coche.
—He
aquí dos francos, que es lo que le debo; los otros dieciocho se los daré cuando
sepa conducir el coche con una sola rueda.
Era
vanidoso, pero se reía de su propia vanidad. Un día, conversando con un
pianista, éste le dijo que, en un concierto que había dado, el gentío era tan
numeroso que ocupaba los pasillos del local.
—Esto
no es nada —replicó Paganini—: cuando yo doy un recital hay tanta gente que
hasta yo debo estar de pie.
Sobre
su muerte corrieron muchas versiones. Una de ellas aseguraba que el sacerdote
que le atendía en sus últimos momentos, influido por la leyenda demoníaca que
aureolaba al gran músico, le preguntó qué contenía, en realidad, el estuche de
su violín. Paganini se incorporó en el lecho gritando:
—¡El
diablo! ¡Esto es lo que contiene, el demonio!
Y
tomando el violín en sus manos lo empezó a tocar hasta que lo lanzó contra la
pared, expirando al tiempo que el instrumento se rompía.
La
historia es falsa. El violín de Paganini se conserva, según creo, en el museo
de Génova.
Lo
cierto es que, aquejado de laringitis tuberculosa, el músico se trasladó a Niza
y de allí a Génova. Vuelto a Niza, murió allí el 27 de mayo de 1840. Tenía 56
años. Pero también es verdad que su fama de endemoniado le persiguió después de
su muerte.
El
obispo de Niza le negó la sepultura eclesiástica y tuvo que ser enterrado en el
cementerio del lazareto de Villefranche. Su cadáver fue trasladado después por
su hijo Aquiles a varias poblaciones hasta encontrar definitivo reposo en el
cementerio de Parma.
Bien,
hasta aquí Fisas. Más no contentos con ello, buscamos ahondar en Paganini y,
para ello, buscamos el aporte de Raquel de la Morena que tiene algo para
decirnos. Múnanse del jugo de piña y de los popcorns porque Raquel hace un análisis
exhaustivo. Aquí va ella:
https://www.youtube.com/watch?v=uhnDBe8Xdy0&t=3099s
Por
último, queridos amigos, los invito a repasar la obra de Paganini desde
cualquiera de los reservorios de Internet donde podrán hallarlos sin problemas.
Así
pues, no me queda sino desearles un afectuoso: ¡Hasta pronto!
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