¡Buen día estimados policromáticos!
Hoy quiero charlar de un tema que juzgo importante para la humanidad porque hace a su supervivencia. Como suele suceder ya hay dos notas previas en este foro que tratan sobre el tema pero, ha aparecido nueva evidencia que me lleva a esta ampliación. Veamos, el 20 de octubre de 2023 se publicaba, en Policromía de Ideas, una nota titulada ¡Seremos cyborgs! que, como digo, planteaba lo que hoy vamos a ampliar.
Copiaré, a continuación la parte que me interesa rescatar para el tema de hoy. Aquí está:
El 6 de septiembre de 2021, estimados amigos, escribí en la nota de este blog titulada: Robots conscientes: ¿El próximo paso de la evolución? Parte 2 de 2, lo siguiente:
Bien, para finalizar, ¡Por ahora!, nuestro recorrido por estos temas, veamos una posibilidad de supervivencia, frente a la IA y a la robótica, que encarna la frase: ¡Si no puedes vencerlos, úneteles!Esta estrategia supone que el humano se transforme en un ser mezcla de Biología y Robótica, es decir: En un cyborg. Evidentemente, debemos comenzar por definir qué es un cyborg.
El término cyborg proviene de un acrónimo en inglés mezcla de cyber (cibernético) y organism (organismo). Es decir, estamos hablando de un organismo cibernético, en otras palabras, una criatura compuesta de elementos biológicos y dispositivos cibernéticos agregados con la intención de mejorar las capacidades de la parte orgánica mediante el uso de tecnología.
El término fue acuñado por Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline en 1960 para referirse a un ser humano mejorado que podría sobrevivir en entornos extraterrestres. Llegaron a esa idea después de pensar sobre la necesidad de una relación más íntima entre los humanos y las máquinas en un momento en que empezaba a trazarse la nueva frontera representada por la exploración del espacio. Diseñador de instrumentación fisiológica y de sistemas de procesamiento de datos, Clynes era el director científico del Laboratorio de Simulación Dinámica del Rockland State Hospital, en el estado de Nueva York. El término apareció por primera vez en forma impresa, 5 meses antes, cuando Clynes y Kline presentaron por primera vez un trabajo, con la siguiente definición: «Un cyborg es esencialmente un sistema hombre-máquina en el cual los mecanismos de control de la porción humana son modificados externamente por medicamentos o dispositivos de regulación para que el ser pueda vivir en un entorno diferente al normal».
Y la creación de cyborgs dista de ser algo nuevo y ya ha comenzado hace tiempo. Por ejemplo, una persona a la que se le haya implantado un marcapasos podría considerarse un cyborg, puesto que le sería más difícil sobrevivir sin ese componente mecánico. Otras tecnologías médicas, como el implante coclear, que permite que un hipoacúsico oiga a través de un micrófono externo conectado a su nervio auditivo, también hacen que sus usuarios adquieran acceso a un sentido gracias a la tecnología.
Más aun, alguien dijo alguna vez: Si quieres conocer el futuro, lee la ciencia ficción. Y así, The Six Million Dollar Man, (en Argentina conocida como El hombre biónico), una película de televisión de 1973 transmitida por la red ABC, se convirtió en una serie semanal en 1974, pasando a ser un éxito internacional en más de 70 países. En ella, el actor Lee Majors interpreta al coronel de la USAF Steve Austin, un astronauta y piloto de pruebas que intenta salvar una aeronave experimental y termina estrellándose. Los médicos deben amputarle ambas piernas y el brazo derecho; además pierde la visión del ojo izquierdo. Pero la agencia gubernamental O.S.I. que trabajaba en el desarrollo de un proyecto secreto llamado Biónica, toma a Steve como sujeto de prueba y reemplaza sus miembros perdidos por partes cibernéticas que tienen un costo de seis millones de dólares (de ahí el nombre de la serie), reclutándolo para complejas misiones que solo son posibles gracias a sus nuevas habilidades y fuerza.
Sin embargo, el mayor reto para la Biónica es la conexión de chips al cerebro que potencien el funcionamiento de este y permitan al hombre igualar las prestaciones de un robot inteligente o, más importante, de un robot consciente.
¿Podrá, esto último, lograrse? Si se tuviera todo el tiempo disponible, con toda seguridad que sí. De hecho, ya hay empresas trabajando en ello, como la de Elon Musk. Pero, hay circunstancias limitantes:
1. Que aparezcan robots conscientes antes de que se logren cyborgs competitivos.
2. Que las luchas intestinas entre los humanos para ver quién se transforma en un cyborg más poderoso, o a quienes se deja fuera de la transformación, demoren la consecución de cyborgs que se encuentren en un pie de igualdad con los robots conscientes y se caiga, entonces en la circunstancia 1.
Lo cierto es que la evolución parece que mostrará un giro sorprendente en el que, por vez primera, será el hombre el que produzca el cambio… ¿O serán los robots conscientes los que diseñen el hombre del futuro?
Pues bien, la empresa de Elon Musk, Neuralink, ha informado que pronto comenzarán los ensayos clínicos en seres humanos.
Ahora, ¿qué clase de ensayos clínicos? Pues, los que conllevan la conexión de circuitos eléctricos al cerebro.
O sea, un paso necesario para convertirnos en cyborgs.
La empresa lo anunciaba recientemente, y aunque dicho proceso será largo —se estiman seis años— es un paso decisivo para el avance de su tecnología BCI (Brain-Computer Interface = Interfase cerebro-computadora).
Preguntémonos esto: ¿qué pasaría si el cerebro hiciera las veces de teléfono móvil, teclado y mando a distancia y se pudiera comunicar directamente con el ordenador? Y, puestos a ser ambiciosos, ¿qué tal si tus neuronas pudieran conectarse a internet?
Es la pregunta que lleva años haciéndose Adam Pantanowitz, ingeniero biomédico de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo (Sudáfrica). Su proyecto Brainternet consiste en recoger las señales eléctricas del encéfalo mediante un casco con electrodos de electroencefalograma (EEG) y transmitirlas a un Raspberry Pi, un ordenador muy básico de placa única. Este envía los datos a una aplicación que los traduce y los expone en tiempo real en una página de libre acceso en la Red.
El software empleado está dotado de inteligencia
artificial (IA) con capacidad de aprender a distinguir a qué acción corresponde
cada gráfico cerebral. Así, en la pantalla, no solo vemos las líneas
de la actividad eléctrica encefálica, sino también información sobre qué
movimiento están haciendo los participantes. “Si las ondas son de determinada
manera, sabemos que está moviendo el brazo derecho, el izquierdo o la mano”,
explica su creador.
El futuro de las comunicaciones
El invento, presentado en 2017, es, en sí mismo, bastante
sencillo, pero abrió el debate sobre el futuro de las comunicaciones entre
seres humanos y máquinas. “El próximo paso será la transferencia de información
en ambas direcciones”, aventura Pantanowitz en declaraciones a MUY. Es decir,
poder también bajar datos desde internet a nuestra materia gris y convertir
el cerebro humano en parte del internet de las cosas.
“Igual que los móviles o los aparatos de aire acondicionado
tienen direcciones IP, una persona podría conectarse a la Red a través de
señales biológicas”, asegura. Además, conocer en directo las señales eléctricas
que emite tu mente “puede servir para entender tu estado mental y, así, darte
la oportunidad de modificarlo”, precisa.
Pero, sobre todo, este investigador ve claras sus
aplicaciones en medicina. “Si eres epiléptico, puede ser muy útil para monitorizar
en tiempo real la actividad cerebral.
Así, puedes hacer vida normal y, cuando el sistema te
advierte de que estás cerca de sufrir una crisis, anticiparte y ponerte a
salvo, por ejemplo, si vas conduciendo”. Lo mismo sucedería con las migrañas,
que siguen patrones cerebrales concretos antes de aparecer. “Además, no haría
falta llevar un aparatoso casco con electrodos y cables. Se podría hacer de
modo inalámbrico, esto es, comprimirlo en una cinta para el pelo o, incluso,
captar la señales desde un dispositivo en una patilla de las gafas”, precisa.
Red cerebral pasiva
Su propuesta, BrainConneCt, es lo que Pantanowitz define
como una red cerebral pasiva. “Lo que hacemos es usar el
encéfalo como un mero intermediario entre la información y el ordenador”,
añade. Podríamos pensar en este sistema como una especie de código morse a
través de señales luminosas:
Un ordenador emite destellos para transmitir un mensaje
delante de los ojos de una persona que no hace nada, solo presta su cerebro a
la operación. Su córtex visual, la zona del encéfalo que procesa la luz,
registra los destellos parpadeantes. Estos datos son captados por un EEG y
transmitidos a un segundo ordenador, que descifra el mensaje. BrainConnect
puede desentrañar diecisiete símbolos a una velocidad de cuatro segundos por
símbolo; y cuanto más relajado esté el sujeto, mayor es el potencial para suscitar
una respuesta. Es una prueba de cómo nuestra materia gris puede
funcionar como una interfaz, igual que lo haría una herramienta
informática.
También, es una muestra de que pronto será algo normal
conectar el cerebro a una máquina. “Ocurrirá antes de menos de diez años”,
vaticina Pantanowitz. “Entonces es cuando realmente tendremos que preocuparnos,
ya que nuestra privacidad más íntima, la mente, podría ser hackeada”.
Brainternet es, como nos confía, una forma de poner la polémica sobre la mesa y
de “anticiparnos a los riesgos del futuro que se avecina, para poder
prevenirlos”.
Integración mente y ordenadores
También Eric Leuthardt, escritor de ficción futurista y
neurocirujano de la Universidad Washington, en San Luis (EE. UU.), asegura que
una verdadera integración entre mente y ordenadores es inevitable: “Al paso que
vamos, no es inconcebible que, en apenas dos décadas, todo lo que contiene un
móvil quepa en algo más pequeño que un grano de arroz que podría introducirse
en la cabeza de forma mínimamente invasiva y sería capaz de actuar como una interfaz
mente-máquina”, asegura.
Especializado en operar a personas con epilepsia que no
responden a los fármacos, un día decidió aprovechar su oficio para algo más.
Sus pacientes tienen que pasar días hospitalizados antes de la intervención,
con unos electrodos implantados en la corteza cerebral para recoger información
sobre los patrones neuronales que disparan sus crisis epilépticas;
así, los cirujanos saben después dónde han de cortar para zanjar el problema.
¿Por qué no sacar partido de esa información para aprender
cuál es el correlato cerebral de nuestras acciones y pensamientos? De ese modo,
se le ocurrió encargar a los pacientes de terminadas tareas –moverse y hablar,
incluso pensar que se movían o hablaban– y ver cómo estas quedaban retratadas
en el EEG. Leuthardt continuaba así las investigaciones de Apostolos
Georgopoulos, de la Universidad Johns Hopkins (EE. UU.), quien había
localizado las neuronas específicas que se encienden de manera previa a determinados
movimientos.
Manipular la mente
Precisamente, ese es el mayor reto al que se enfrentan
quienes quieren manipular la mente: aún no conocemos cuál es el lenguaje del
cerebro ni el código por el que se comunican las neuronas entre sí y con el
resto del organismo para ejecutar acciones cotidianas. Pero todo llegará,
aseguran los neurocientíficos. Y el código que emplea el córtex motor para
mover brazos y piernas es el más estudiado –y descifrado– por el momento.
Los pacientes de Leuthardt fueron capaces de jugar
a Space Invaders –un videojuego en
el que el usuario puede desplazar su nave a ambos lados– solo con la mente.
Al pensar que se movían a la derecha, los electrodos implantados en su cabeza
captaban la activación de ciertas neuronas de su corteza motora, enviaban la
información a un ordenador y este seguía las instrucciones, traduciéndolas en
el movimiento de la nave en el juego.
¿Imaginas lo útil que sería esta técnica para mover miembros prostéticos?
Es una aplicación que hoy está en fase de pruebas en
humanos. Aunque también, conectados al internet de las cosas, podría
servir para apagar la calefacción solo con mandar un mensaje mental al
interruptor.
Este neurocirujano hizo otra prueba con doce de sus
pacientes: les dio una hoja con 36 palabras que sonaban de forma similar –como
bat, beat y bet– y les pidió que las pronunciaran en voz alta y, luego, que
imaginaran que las decían. Tal y como explicó en 2014 en la revista PNAS, un
programa de IA para reconocer los patrones de activación de las neuronas,
diseñado por el ingeniero Gerwin Schalk, del Departamento de Salud del estado
de Nueva York, analizó los datos enviados por el EEG durante la tarea y
buscó pistas en el cerebro para diferenciar cada palabra imaginada de las
demás.
Todo un logro, que daba sus primeros pasos en la capacidad
de leer la mente desde un ordenador. Sin embargo, por el momento, este sistema
solo da en el clavo el 45 % de las veces, según recoge un artículo de la
publicación MIT Technology Review. Pero Leuthardt no se rinde. Para seguir
investigando, Schalk y él han fundado la compañía NeuroLutions, que ya ha
creado una interfaz cerebral no invasiva para quienes han perdido la movilidad
de un lado de su cuerpo tras sufrir un ictus.
Señales neuronales
En la fase de pruebas en la Facultad de Medicina de la
Universidad Washington, en San Luis, los pacientes aprendieron a usar
su mente para abrir y cerrar un dispositivo ortopédico en sus manos paralizadas,
tal y como recogían los autores en la revista Stroke. Lo lograron gracias a
unos electrodos colocados sobre el cráneo que captan las señales neuronales que
indican una intención de movimiento. Los datos son enviados a un programa que
los traduce y envía instrucciones al artefacto ortopédico para hacer realidad
ese desplazamiento.
En el futuro, tal vez también podrán recrearse
sensaciones y visiones mentalmente, “aunque todavía carecemos de la
capacidad de grabar y estimular las neuronas necesarias para replicar una
imagen en la mente”, señala Leuthardt. Traducir el lenguaje con el que hablan
las células nerviosas es el gran reto. Según Schalk, “se trata de poder
escuchar y hablar al cerebro de manera que este no pueda distinguirlo de la
forma en que se comunica internamente. Es algo que aún no podemos hacer, pero
cuando suceda, nuestras vidas experimentarán un cambio sin precedentes”.
El negocio de los implantes cerebrales
Otros investigadores exploran este terreno como modelo de
negocio. Hasta Mark Zuckerberg ha revelado que su compañía está trabajando en
crear interfaces para que podamos introducir nuestros comentarios en Facebook o
WhatsApp solo con pensarlos. Por no hablar de los millonarios Bryan Johnson
–con su compañía Kernel– o Elon Musk –con Neuralink–, ambas con el objetivo de
diseñar neuroprótesis de IA que se fusionen con las neuronas.
“Es posibe que ya hayan logrado manipular un cerebro desde
el ordenador. No lo sabemos, porque guardan sus proyectos bajo el máximo
secreto”, comenta Pantanowitz. “Si para crear Brainternet solo necesitamos un
puñado de dólares y ocho semanas de trabajo, ¿qué no podría hacerse con
millones y más tiempo de investigación?”.
En su opinión, los implantes cerebrales son “una
herramienta que, si se usa correctamente, puede sernos muy útil”. Algunos
sueñan con aprovechar esta tecnología para trascender las limitaciones físicas
y cognitivas del ser humano, y no solo cuando exista un problema médico. Aunque
también cabe la posibilidad de que sean diseñados para favorecer a las grandes
compañías que copan la economía mundial.
Siempre conectado
¿Cómo sería tener la mente conectada a internet en
tiempo real y, a cada momento, verte asaltado por publicidad personalizada
dentro de tu propia cabeza?.
Probablemente, una auténtica pesadilla, por no hablar
del peligro de que tus pensamientos o recuerdos más íntimos resulten ser
pirateados. O, peor aún, que tus acciones sean dirigidas o mediadas desde el
exterior, enviando instrucciones directamente a tu cerebro. Para intentar
evitarlo, Pantanowitz propone conectar nuestra mente con un tipo de red
distinta de internet, “una red
cuántica, que se modifica ante los intentos de hackeo y es más
difícil de manipular”.
Pero antes habrá que solucionar algunos problemas
técnicos. Por ejemplo, las neuroprótesis actuales –que se usan para paliar los
síntomas del párkinson o monitorizar la epilepsia– consisten en abrir el cráneo
para colocar electrodos en el cerebro. Se trata de un método rudimentario,
según Charles Lieber, profesor de Química en la Universidad de Harvard, pues
tiene el gran inconveniente de que el organismo puede reaccionar para
defenderse del artefacto, un cuerpo extraño.
No es ciencia ficción
Lieber es uno de los científicos contratados por Musk
para crear su Neuralink, que pretende solucionar este problema. Se trata de “un
circuito electrónico capaz de comunicarse con las neuronas y, por sus
propiedades mecánicas y su tamaño, ser recibido por el organismo igual que si
se tratara de parte de la red neural del
cerebro”, explica Lieber en una entrevista en Nautil.us.
El tejido del cerebro puede crecer a través del implante,
fusionarse con él. “Cuando se inyecta con una jeringuilla en el encéfalo, es
una estructura bidimensional y, una vez dentro, se desarrolla con forma de
cilindro”, indica.
Entre otras cosas, este invento “podrá ofrecer información sobre lo que está
pasando dentro de la cabeza a nivel biológico muy detallado. Con el escáner
de imágenes por resonancia magnética (IRM) podemos ver que algo está pasando en
determinada área, pero si quieres tratar una dolencia con precisión, necesitas
un punto de vista más celular. Es el poder que tienen los implantes como instrumentos
de medida de señales eléctricas”, apunta. Y no es ciencia ficción.
“Ya podemos inyectar los circuitos electrónicos a través de
una aguja en el encéfalo, conectar con ellos desde fuera y monitorizar la
actividad cerebral”, asegura. Pantanowitz, por su parte, sigue empeñado en
alertar a la sociedad de lo que está por llegar. Así, ya ha ideado un
experimento en el que es posible manipular el movimiento de los brazos de un
individuo a través de impulsos eléctricos enviados al cerebro y orquestados
desde un ordenador. Para demostrarlo, él mismo se ha propuesto ser esa marioneta
humana.
Como ven, estimados policromáticos, ya hay mucha gente (y muchos dólares) trabajando sobre el tema.
¡Seremos cyborgs!
Estaré atento para traerles las novedades que se vayan produciendo.
¡Hasta la próxima!
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